A las tres y veintitrés, recibí una dirección.
No era una oficina.
Era el salón privado de un hotel situado a dos calles de Palmer Group.
Guardé el teléfono y continué preparando la entrega como si nada hubiera ocurrido.
A las cuatro en punto envié el correo.
Ocho años de proyectos.
Fechas.
Responsables.
Riesgos.
Contactos.
Pendientes.
No dejé ninguna trampa.
Tampoco les regalé nada que no perteneciera legalmente a la empresa.
A las 4:03, Daniel apareció en mi oficina.
—¿De verdad enviaste todo?
—Dijiste que podías asumirlo.
—Puedo.
—Entonces no entiendo el problema.
Daniel cerró la puerta.
—Vivian, deja de comportarte como si esto fuera personal.
Lo miré.
—Mi salario bajó un ochenta por ciento y mis proyectos pasarán a tus manos. ¿Qué parte debería considerar impersonal?
—Frank cree que te has vuelto demasiado cara.
—Entonces debería estar encantado de perderme.
Daniel guardó silencio.
Ahí estaba la contradicción.
Querían pagarme menos.
Pero no podían permitirse que dejara de trabajar como antes.
Tomé mi bolso.
—Tengo una reunión.
—¿Con quién?
Sonreí.
—¿Desde cuándo debo informarte de mis reuniones personales?
Salí.
Diez minutos después entré en el hotel.
Un asistente me condujo hasta un salón privado.
Cuando abrió la puerta, comprendí inmediatamente quién había enviado el mensaje.
Marcus Reed.
Presidente de Reed International.
El rival más peligroso de Palmer Group.
Durante cinco años habíamos competido por los mismos contratos.
Marcus se levantó.
—Directora Hart.
—Señor Reed.
—Gracias por venir.
Sobre la mesa había una carpeta.
No la abrió inmediatamente.
—Supongo que quiere saber cómo conseguí su número.
—No es mi primera pregunta.
Marcus sonrió.
—¿Cuál es?
—¿Por qué trece veces?
Él soltó una pequeña carcajada.
—Directa. Por eso quería contratarla.
Abrió la carpeta.
—Su nuevo salario en Palmer será de 264.000 yuanes anuales.
—Correcto.
—Mi propuesta inicial es de 3,43 millones.
No reaccioné.
Marcus continuó:
—Más bono por rendimiento, participación en beneficios de los proyectos que lidere y autoridad para construir su propio equipo.
—Eso es demasiado dinero para contratar a una sola persona.
—No estoy contratando a una sola persona.
Me sostuvo la mirada.
—Estoy contratando ocho años de criterio.
Aquella frase me golpeó más de lo esperado.
No porque fuera un cumplido.
Sino porque Palmer Group acababa de decirme exactamente lo contrario.
Marcus deslizó unos documentos hacia mí.
—No necesito sus archivos. No quiero información confidencial. No quiero bases de datos de clientes ni secretos comerciales.
Eso me hizo respetarlo inmediatamente.
—Entonces, ¿qué quiere?
—Lo que Palmer nunca pudo poner en un servidor.
Señaló mi cabeza.
—Eso.
Leí la oferta.
Directora general de estrategia comercial.
Autonomía operativa.
Presupuesto propio.
Contrato de tres años.
Pero no firmé.
—Necesito revisar las cláusulas.
—Por supuesto.
—Y no voy a llevarme clientes de Palmer utilizando información interna.
—No se lo pediría.
—Tampoco empleados mientras siga vinculada contractualmente.
Marcus sonrió.
—Ahora comprende por qué quiero contratarla.
Mi teléfono vibró.
Frank.
Lo silencié.
Volvió a llamar.
Después apareció un mensaje.
“Regresa inmediatamente. Tenemos un problema con la cuenta Huaxin.”
Huaxin.
Nuestro segundo cliente más grande.
Exactamente uno de los proyectos que había entregado a Daniel.
Marcus vio mi expresión.
—¿Problemas?
—Ya no son míos.
Guardé el teléfono.
A las 4:41 salí del hotel con la oferta dentro del bolso.
Cuando regresé al edificio de Palmer Group, el piso ejecutivo parecía una sala de emergencias.
Tres personas hablaban simultáneamente.
Laura corría por el pasillo.
Daniel tenía el teléfono pegado a la oreja.
Frank me vio.
—¡Vivian!
Se acercó.
—Huaxin amenaza con suspender la negociación.
—Lo siento.
—¿Lo sientes?
—Sí.
Intenté pasar.
Frank bloqueó mi camino.
—Soluciónalo.
—Daniel dirige el proyecto.
—¡Daniel no consigue que respondan!
Miré hacia él.
Estaba pálido.
—Quizá debería usar los contactos que le entregué.
Daniel bajó el teléfono.
—El vicepresidente Zhao dice que solo hablará contigo.
—Entonces dile que ya no soy responsable.
Frank apretó los dientes.
—Vivian, no juegues conmigo.
—No estoy jugando.
—¡Ese contrato vale cuatrocientos millones!
—Precisamente por eso me sorprende que lo hayan entregado a alguien que no puede conseguir que el cliente conteste una llamada.
Daniel golpeó el escritorio.
—¡Tú preparaste esto!
Lo miré.
—¿Preparé qué?
—Sabías que reaccionarían así.
—Claro que lo sabía.
El silencio cayó.
Daniel sonrió triunfalmente.
—¿Ves?
—Porque llevo siete años trabajando con ellos.
Su sonrisa desapareció.
—Eso se llama experiencia, Daniel. No sabotaje.
Frank respiró profundamente.
—Bien. Resolverás Huaxin y después hablaremos sobre tus funciones.
—No.
—¿Qué dijiste?
—Dije que no.
—Todavía eres empleada de Palmer Group.
—Correcto. Y cumpliré exactamente las responsabilidades correspondientes a mi nueva posición y remuneración.
Laura apareció con unos documentos.
—Vivian, quizá podamos reconsiderar el ajuste.
Ahí estaba.
Solo habían necesitado cuarenta minutos.
—¿Reconsiderarlo cuánto?
Frank me miró.
—Podríamos restaurar el cincuenta por ciento.
Casi sonreí.
—No.
—Setenta.
—No.
—Tu salario anterior completo.
Daniel giró la cabeza hacia él.
—Presidente Palmer…
Frank levantó una mano.
—Cállate.
Después me miró.
—Tu salario anterior, todos tus proyectos y un bono extraordinario.
Saqué lentamente del bolso la carpeta de Reed International.
La dejé sobre la mesa.
Frank vio el logotipo.
Y palideció.
—¿Qué es eso?
—Mi reunión.
Daniel se acercó.
—Reed…
Laura abrió mucho los ojos.
Frank tomó la primera página.

Sus dedos comenzaron a temblar.
—Tres millones cuatrocientos treinta mil…
—Oferta inicial —aclaré.
Frank levantó la cabeza.
—No puedes aceptar esto.
—¿Por qué?
—Porque Reed es nuestro competidor.
—Ese parece ser problema de Palmer Group.
Frank arrojó la carpeta sobre la mesa.
—¡Te están utilizando para atacarme!
—Tal vez.
Me acerqué y recuperé los documentos.
—Pero al menos conocen mi precio.
Aquello lo enfureció.
—¡Nos debes ocho años!
Por primera vez perdí la sonrisa.
—No.
La habitación quedó inmóvil.
—Ustedes me pagaron por ocho años y yo les entregué ocho años de resultados. La deuda está saldada.
Frank no encontró respuesta.
Entonces sonó el teléfono de Daniel.
Contestó.
—¿Sí?
Su expresión cambió.
—¿Qué quiere decir con que también se retira Longwei?
Frank giró bruscamente.
—¿Qué?
Daniel escuchó unos segundos.
—No, no. La directora Hart sigue aquí.
Pausa.
—Entiendo.
Colgó.
—Longwei suspendió la renovación.
Laura palideció.
—Eso son otros ciento veinte millones.
Frank me miró como si acabara de comprender algo terrible.
Yo no había construido un departamento exitoso.
Había construido relaciones que Palmer Group confundió con propiedad.
Mi teléfono vibró.
Marcus Reed.
Un mensaje.
“Si está lista, el contrato definitivo puede firmarse mañana.”
Guardé el teléfono.
Frank lo vio.
—¿Qué quieres?
—Nada.
—Todo el mundo quiere algo.
—Yo quería respeto.
Mi voz salió tranquila.
—Esta mañana habría sido suficiente.
Tomé mi bolso.
—Ahora es demasiado tarde.
Caminé hacia mi oficina.
Pero antes de llegar, Laura me llamó.
—Vivian.
Me giré.
Tenía una expresión extraña.
—Hay un problema con tu salida.
—¿Qué problema?
Miró a Frank.
Él evitó mis ojos.
Eso fue suficiente para alarmarme.
—Laura.
Ella bajó la voz.
—Hace dos meses el consejo aprobó una cláusula especial relacionada con determinados ejecutivos estratégicos.
—¿Qué cláusula?
Frank habló finalmente.
—Una restricción de competencia.
Lo miré.
—Nunca firmé ninguna.
—No necesitábamos una nueva firma.
—Eso es absurdo.
Laura parecía incómoda.
—Utilizaron un anexo de tu contrato original.
Sentí que algo no encajaba.
—Mi contrato original no contiene esa cláusula.
Nadie respondió.
Abrí mi laptop.
Busqué la copia digital que había guardado durante años.
La encontré.
Diecisiete páginas.
Entonces Laura colocó otra versión sobre mi escritorio.
Dieciocho páginas.
Mi corazón se aceleró.
—¿De dónde salió la página dieciocho?
Frank permaneció callado.
Comparé ambas versiones.
Y allí estaba.
Una cláusula que supuestamente me impedía trabajar para cualquier competidor durante veinticuatro meses.
Debajo aparecía mi firma.
Una firma casi perfecta.
Casi.
Levanté lentamente la mirada.
—Yo nunca firmé esto.
Daniel dejó de moverse.
Frank también.
Laura tragó saliva.
Y entonces comprendí por qué Recursos Humanos parecía tan nerviosa.
—¿Quién añadió esta página?
—Vivian… —empezó Frank.
—¿Quién falsificó mi firma?
Nadie respondió.
Mi teléfono volvió a vibrar.
Esta vez no era Marcus.
Era un mensaje de un número desconocido.
Solo contenía una fotografía.
La abrí.
Era Daniel.
Estaba dentro de la oficina de Recursos Humanos, dos meses atrás, sosteniendo exactamente aquella página.
Debajo había una frase:
“Si quiere saber quién ordenó falsificar su contrato, no firme todavía con Reed. Tengo la grabación completa.”
Levanté la cabeza.
Daniel me estaba mirando.
Y por primera vez desde que lo conocía, parecía verdaderamente aterrorizado.