El hombre mayor pareció darse cuenta demasiado tarde de que había dicho más de la cuenta.
Cerró la carpeta con suavidad.
—Doctora Chen, podemos hablar después.
Lucas no apartó los ojos de mí.
—No.
Su voz salió baja.
Demasiado baja.
—Quiero saberlo ahora.
—Lucas…
—Siete años, Claire.
Dio un paso hacia mí.
—Siete años preguntándome qué hice mal.
El pasillo se había quedado completamente silencioso.
Incluso Gloria había perdido la expresión burlona.
Tomé la carpeta del especialista.
—Esto no es lugar para hablar.
—Entonces salgamos.
—No.
—¿Por qué?
Porque tenía miedo.
No de Lucas.
De mí misma.
De recordar aquella época con demasiada claridad.
—Porque no te debo una explicación.
Vi cómo aquello lo golpeaba.
Pero no retrocedió.
—Quizá no.
Su mirada bajó hacia mis lentes.
—Pero si desapareciste para protegerme de algo, entonces llevas siete años castigándonos a los dos.
Sentí un nudo en la garganta.
El hombre mayor intervino.
—Doctora Chen, debo llevar los documentos al museo.
Asentí rápidamente.
—Voy contigo.
Lucas se hizo a un lado.
Pensé que me dejaría marchar.
Entonces dijo:
—Profesor Wang.
El hombre se detuvo.
—¿Sí?
—¿Qué es ese programa?
El profesor me miró.
No respondió.
Lucas comprendió inmediatamente.
—Usted lo sabe.
—No me corresponde hablar de información privada.
—Entonces dígame solo una cosa.
Su expresión cambió.
—¿Claire estaba enferma?
Me quedé inmóvil.
—Lucas, basta.
El profesor Wang no dijo nada.
Pero aquel silencio fue suficiente.
Lucas palideció.
—Dios mío.
Me fui antes de que pudiera hacer otra pregunta.
Dos horas después estaba en la biblioteca.
El edificio era mi refugio.
Luz tenue.
Madera antigua.
El olor de papel envejecido que siempre me había parecido más seguro que cualquier casa.
Me puse los guantes y comencé a revisar un manuscrito del siglo XIX.
Era absurdo.
Mis manos sabían exactamente qué hacer mientras mi mente se desmoronaba.
A las nueve y cuarto escuché pasos.
Pensé que era el guardia.
No lo era.
Lucas apareció entre las estanterías.
—¿Cómo entraste?
—Daniel Chen llamó al director.
Cerré los ojos.
Por supuesto.
—Vete.
—No.
—Lucas.
—Solo dime si aquella noche ya lo sabías.
Mis dedos se quedaron quietos.
—¿Qué noche?
—La última vez que nos vimos.
No respondí.
Él se acercó lentamente.
—Estábamos sentados junto al lago.
Recordaba cada segundo.
Lucas llevaba una camiseta blanca.
Yo había apoyado la cabeza sobre su hombro.
Habíamos hablado de graduarnos.
De viajar.
De compartir un apartamento ridículamente pequeño mientras él empezaba su carrera y yo hacía el doctorado.
Entonces él había dicho:
—Cuando todo esto termine, vámonos juntos.
Y yo había contestado:
—Claro.
Al día siguiente desaparecí.
—¿Ya sabías que estabas enferma? —preguntó.
Tragué saliva.
—Sí.
La palabra pareció atravesarlo.
—¿Qué tenías?
Miré hacia los manuscritos.
—Un trastorno neurológico poco frecuente.
Lucas no respiró durante un segundo.
—¿Qué hacía?
—Afectaba mi visión.
Su mirada cayó hacia mis lentes.
—Por eso…
—Sí.
Me quité lentamente la montura.
—Estos cristales nunca tuvieron la graduación adecuada para mí.
Lucas frunció el ceño.
—Entonces ¿por qué los usas?
Pasé el dedo por la pequeña marca de la patilla izquierda.
—Porque cuando mi visión empezó a fallar, eran lo único que me ayudaba a orientarme emocionalmente.
Lucas me miró sin comprender.
—No era por los cristales.
Sonreí débilmente.
—Era porque eran tuyos.
El silencio fue insoportable.
—Claire…
—Durante meses tuve episodios en los que las letras desaparecían. Los rostros se volvían borrosos. A veces caminaba por una calle conocida y durante segundos no reconocía dónde estaba.
—¿Y no me dijiste nada?
—Tenías una beca para irte al extranjero.
—¿Qué tiene que ver?
—Todo.
Me levanté.
—Los médicos no sabían si mejoraría.
—¿Y decidiste por mí?
Su tono cambió.
—¿Decidiste que yo preferiría una beca a quedarme contigo?
—Sabía que te habrías quedado.
—¡Claro que me habría quedado!
Su voz resonó entre los estantes.
—Ese era el problema.
Lucas me miró como si acabara de abofetearlo.
—¿Problema?
—Tenías veintidós años.
Mi voz empezó a temblar.
—Habías trabajado toda tu vida para salir del país. No iba a permitir que renunciaras porque yo quizá iba a necesitar ayuda para cruzar una calle.
—No tenías derecho.
—Lo sé.
Aquello lo silenció.
—Lo sé —repetí—. Pero estaba aterrada.
Por primera vez mis ojos se llenaron de lágrimas.
—Mi padre acababa de morir. Mi madre estaba endeudada. Yo podía perder la visión y tú me mirabas como si nuestra vida ya estuviera escrita.
Lucas apretó los puños.
—Así que hiciste que te odiara.
—Era más fácil.
—¿Para quién?
No contesté.
La respuesta era evidente.
Para nadie.
Lucas caminó hacia una ventana.
Pasó varios segundos mirando la oscuridad.
—Te busqué.
Mi corazón se contrajo.

—Lo sé.
Giró bruscamente.
—¿Lo sabías?
—Daniel me escribió una vez.
—¿Y?
—Le pedí que no te dijera dónde estaba.
Lucas soltó una risa amarga.
—Increíble.
—Lucas…
—Pasé dos años creyendo que habías conocido a otra persona.
—Lo siento.
—Pasé otros dos pensando que quizá había hecho algo horrible sin darme cuenta.
Se volvió.
Sus ojos estaban rojos.
—Y después dejé de buscar porque pensé que seguir haciéndolo era humillarme.
No pude sostener su mirada.
—Lo siento.
—Deja de decirlo.
El silencio volvió.
Después de unos segundos señaló la carpeta.
—¿Y ese programa?
—Investigación.
—¿Sobre tu enfermedad?
Asentí.
—¿Funcionó?
No respondí.
Lucas lo entendió.
—Claire.
—Estoy estable.
—Eso no responde.
—Puedo trabajar.
—Tampoco responde.
Respiré profundamente.
—Mi visión central se recuperó parcialmente después del tratamiento. Pero algunas secuelas permanecieron.
—¿Qué secuelas?
Antes de que pudiera contestar, mi teléfono vibró.
Profesor Wang.
Contesté.
—¿Sí?
Su voz sonaba extraña.
—Doctora Chen, ¿sigue en la biblioteca?
—Sí.
—Necesito que venga al laboratorio de conservación inmediatamente.
Miré el reloj.
—¿Qué ocurrió?
Pausa.
—La colección Rothman no es lo que creíamos.
Lucas me observaba.
—¿Qué significa?
El profesor bajó la voz.
—Encontramos algo dentro de uno de los manuscritos.
—¿Qué?
—Una fotografía.
Mi estómago se tensó.
—¿De quién?
Otra pausa.
Entonces respondió:
—De usted.
Sentí que la habitación se inclinaba.
—Eso es imposible.
—La fotografía tiene al menos veinte años.
Lucas se acercó.
—¿Qué pasa?
No pude responder.
El profesor continuó:
—Y hay algo escrito detrás.
—Léalo.
Escuché cómo daba vuelta la fotografía.
Después guardó silencio.
—Profesor Wang.
—Claire…
Su voz se volvió casi un susurro.
—Dice: “Si ella empieza a perder la visión, no permitan que descubra por qué.”
Mis dedos se aflojaron alrededor del teléfono.
Lucas me sostuvo antes de que perdiera el equilibrio.
—Claire.
Pero apenas podía escucharlo.
Porque durante siete años había creído que mi enfermedad había sido una tragedia al azar.
Y ahora alguien acababa de demostrar que había una persona que sabía que ocurriría mucho antes de que yo mostrara el primer síntoma.