Parte 2: EL ACCIONISTA QUE NUNCA EXISTIÓ

Nadie se atrevió a cortar la llamada.

Richard seguía de pie junto a la mesa, con el rostro tan pálido que parecía haber envejecido diez años en treinta segundos.

—Presidente Song —dijo finalmente—, puedo explicarlo.

La voz de mi abuelo llegó tranquila desde el teléfono.

—Perfecto. Empieza.

Richard miró a Chloe.

Ella bajó inmediatamente los ojos.

—Cuando dije “accionista”, quizá utilicé una expresión poco precisa.

—¿Poco precisa? —preguntó mi abuelo.

—Me refería a una persona cercana a determinados inversionistas del grupo.

—Nombre.

Silencio.

—Richard.

—Señor…

—Dame el nombre del supuesto inversionista.

Una gota de sudor apareció junto a su sien.

—Victor Zhao.

Chloe levantó la cabeza.

Mi abuelo guardó silencio unos segundos.

—No conozco a ningún Victor Zhao con participación en Everstone.

Chloe intervino de repente.

—¡Mi tío tiene conexiones con el consejo!

Richard la miró horrorizado.

Demasiado tarde.

Mi abuelo preguntó:

—¿Tu tío?

Chloe pareció comprender que acababa de empeorar todo.

—Yo… quiero decir…

—Emily —dijo mi abuelo—, ¿sigues en la sala?

—Sí.

—No entregues Riverside.

Richard reaccionó.

—Presidente Song, el departamento necesita mantener una cadena de mando.

—Estoy de acuerdo.

Mi abuelo hizo una pausa.

—Por eso quiero saber quién está utilizando una cadena de mando inventada.

Después colgó.

Durante varios segundos nadie habló.

Richard fue el primero en reaccionar.

—Todos fuera.

Los empleados comenzaron a recoger sus cosas.

—Emily, tú quédate.

Cerré mi laptop.

—Preferiría que Recursos Humanos estuviera presente.

Su rostro se endureció.

—Te estoy dando una orden.

—Y después de esta llamada considero prudente que cualquier conversación relacionada con Riverside quede documentada.

Daniel Wu, uno de los supervisores veteranos, se detuvo junto a la puerta.

—Yo puedo quedarme como testigo.

Richard lo fulminó con la mirada.

—He dicho fuera.

Daniel no se movió.

Entonces ocurrió algo todavía peor para Richard.

La puerta se abrió.

Entraron la directora de Recursos Humanos y el jefe de auditoría interna.

Detrás de ellos venía el secretario personal de mi abuelo.

Richard se quedó inmóvil.

—¿Ya estaban aquí?

El secretario respondió:

—Desde esta mañana.

Lo miré sorprendida.

Él colocó una carpeta sobre la mesa.

—La revisión comenzó hace nueve días.

Ahí comprendí por qué mi abuelo sabía lo de la investigación externa.

No me estaba vigilando a mí.

Estaba investigando a Richard.

El auditor abrió la carpeta.

—Durante los últimos seis meses recibimos cuatro denuncias anónimas sobre asignación irregular de proyectos.

Richard se sentó lentamente.

—Nunca fui informado.

—Precisamente.

El auditor continuó:

—También encontramos solicitudes de reembolso rechazadas que posteriormente fueron presentadas nuevamente bajo nombres diferentes.

Sentí un escalofrío.

—¿Mi investigación de Riverside?

El hombre me miró.

—Su solicitud original era de 8.600 yuanes.

—Sí.

—Richard la rechazó alegando falta de presupuesto.

Asentí.

—La pagué yo.

El auditor deslizó una hoja hacia mí.

—Doce días después apareció una factura de 26.000 yuanes por “consultoría estratégica Riverside”.

Beneficiaria:

Zhao Business Consulting.

Todos miraron a Chloe.

Ella se levantó.

—Yo no sé nada de eso.

—¿Zhao? —pregunté.

—Es un apellido común.

El auditor colocó otra hoja.

—La empresa pertenece a Victor Zhao.

El mismo supuesto accionista.

Chloe dejó de hablar.

Richard golpeó la mesa.

—Esto no demuestra nada.

—Tiene razón —respondió el auditor—. Por eso seguimos revisando.

Sacó más documentos.

Cinco proyectos.

Nueve reembolsos.

Tres proveedores.

En todos aparecía de alguna manera Victor Zhao.

—¿Quién es realmente? —pregunté.

Chloe comenzó a llorar.

Richard la miró con desesperación.

—No digas nada.

Toda la sala lo escuchó.

El auditor levantó la cabeza.

—Señor Liu, le recomiendo que tenga cuidado con sus próximas palabras.

Chloe respiró profundamente.

—Es mi padre.

Silencio.

—¿Tu padre? —pregunté.

Asintió.

—Nunca fue accionista.

Richard cerró los ojos.

—Pero tú decías que era…

—Richard me dijo que lo hiciera.

Él se levantó de golpe.

—¡Mentirosa!

—¡Tú dijiste que nadie comprobaría!

La discusión explotó.

—¡Tú querías los proyectos!

—¡Porque prometiste ascenderme!

—¡Cállate!

El auditor golpeó la mesa.

—Se acabó.

Chloe estaba llorando.

—Richard decía que si alguien preguntaba, mencionáramos a mi padre como representante de un accionista silencioso. Los empleados normales nunca se atrevían a verificarlo.

Sentí frío.

Funcionaba porque la mentira estaba diseñada para explotar exactamente lo que yo había visto durante tres meses.

Miedo a preguntar.

Miedo a superiores.

Miedo a personas supuestamente poderosas.

—¿Cuántos proyectos? —pregunté.

Chloe negó.

—No sé.

—¿Cuántos?

—Tal vez doce.

El auditor respondió:

—Hasta ahora encontramos diecisiete.

Richard dejó caer la cabeza.

Entonces mi teléfono volvió a sonar.

Abuelo.

Contesté.

—¿Sí?

—Sube al piso veintiséis.

—¿Ahora?

—Ahora.

Veinte minutos después entré en la sala del consejo.

Mi abuelo estaba sentado al fondo.

No parecía el anciano con quien había comido cerdo estofado.

Parecía exactamente lo que era.

El hombre que había construido Everstone durante cuarenta años.

—Siéntate.

Obedecí.

Había otros seis directivos.

Uno habló:

—Señorita Su, revisamos Riverside.

—¿Y?

—El cliente confirmó que la estrategia, negociación y seguimiento fueron realizados principalmente por usted.

Mi abuelo añadió:

—El proyecto seguirá bajo tu responsabilidad.

Negué.

—No.

Todos me miraron.

—¿No?

—Si me lo devuelven únicamente porque soy su nieta, entonces Richard gana de otra manera.

Mi abuelo arqueó una ceja.

—Explícate.

—Quiero una evaluación formal.

Respiré profundamente.

—Mi experiencia es de tres meses. Si una comisión independiente considera que puedo liderarlo, lo haré. Si no, que nombren a alguien competente y que mi trabajo quede reconocido.

Mi abuelo me observó durante varios segundos.

Después sonrió apenas.

—Bien.

Uno de los directivos preguntó:

—¿Y Chloe?

—Eso corresponde a la investigación —respondí.

Mi abuelo asintió.

—Exactamente.

Pensé que aquello terminaba allí.

Me equivocaba.

El auditor entró sin llamar.

Traía otra carpeta.

—Presidente Song, encontramos algo.

Mi abuelo dejó de sonreír.

—¿Qué?

—Riverside no fue elegido al azar.

Me tensé.

—¿Qué significa?

El auditor abrió un documento.

—Hace seis semanas Richard recibió instrucciones para transferir específicamente este proyecto a Chloe.

—¿De Victor Zhao? —pregunté.

—No.

Miró a mi abuelo.

—De alguien dentro de Everstone.

La sala quedó inmóvil.

—¿Quién? —preguntó mi abuelo.

El auditor dejó una copia sobre la mesa.

Era un correo interno.

El remitente pertenecía al piso ejecutivo.

Mi abuelo lo leyó.

Su expresión cambió.

—Esto es imposible.

Me acerqué.

Reconocí el apellido inmediatamente.

Song.

Mi apellido familiar.

—Abuelo…

Él cerró la carpeta.

—Emily, sal de la sala.

—¿Quién lo envió?

—Ahora.

Nunca me había hablado así.

No me moví.

El auditor intervino.

—Señor presidente, creo que ella debería saberlo.

Mi abuelo lo miró.

Finalmente soltó la carpeta.

Tomé el documento.

Y sentí que el estómago se me cerraba.

La orden decía:

“Entreguen Riverside a Chloe Zhao antes de que Emily complete el periodo de prueba. No permitan que acumule méritos suficientes para entrar al programa ejecutivo.”

Debajo aparecía el nombre de la persona que había enviado la instrucción.

Alguien que conocía mi identidad desde el primer día.

Alguien que sabía perfectamente quién era mi abuelo.

Levanté lentamente la cabeza.

—¿Por qué haría esto?

Mi abuelo no respondió.

Pero uno de los miembros del consejo sí.

—Porque Riverside nunca fue el verdadero objetivo.

—Entonces ¿cuál era?

El hombre miró a mi abuelo antes de responder.

—Impedir que algún día puedas heredar el control de Everstone.

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