Durante varios segundos, nadie habló.
Yo tampoco.
Porque cuando descubres que tu esposo, tu suegra y el abuelo de tu esposo pueden escuchar cada pensamiento que pasa por tu cabeza, hablar deja de ser tu principal preocupación.
Mi principal preocupación era dejar de pensar.
«No pienses».
Alexander cerró los ojos.
«He dicho que no pienses».
Henry soltó otra carcajada.
—Esta cena será memorable.
Lo fulminé con la mirada.
«Anciano traidor. Se está divirtiendo».
—Muchísimo —respondió Henry.
Casi grité.
Olivia seguía en medio del salón, completamente perdida.
—¿Alguien puede explicarme qué ocurre?
Victoria recuperó su expresión glacial.
—Nada que te concierna, Olivia. Ve a cambiarte el vestido antes de cenar.
—Pero…
Victoria miró la mancha.
—Ahora.
Olivia apretó los labios y salió.
En cuanto desapareció escaleras arriba, me giré hacia los Grant.
—Quiero una explicación.
Alexander se acercó.
—Nosotros también.
—¿Desde cuándo pueden escucharme?
—Desde que entraste en esta casa —respondió Victoria.
«Fantástico».
—No lo es —dijo Alexander.
—¡Deja de responderme cuando no estoy hablando!
—No sé cómo evitar escucharte.
«Pues tápate los oídos».
Henry volvió a reír.
—Eso no funciona, querida.
Me dejé caer en un sillón.
Entonces recordé algo.
Si podían escuchar mis pensamientos…
¿Qué más habían escuchado desde que llegué?
Mi mirada encontró la de Alexander.
Sus orejas volvieron a ponerse rojas.
Oh.
Todo.
Absolutamente todo.
«Tierra, trágame».
—Sofía —dijo Alexander.
—No me hables.
—Tenemos que entender qué está pasando.
Victoria tomó asiento frente a mí.
—En treinta años jamás he escuchado los pensamientos de nadie.
Henry dejó lentamente su taza.
—Yo sí.
Todos lo miramos.
La sonrisa desapareció de su rostro.
—Una vez.
Alexander se tensó.
—¿De quién?
Henry permaneció callado unos segundos.
—De tu abuela.
Victoria palideció.
—Papá, nunca mencionaste eso.
—Porque ocurrió solamente durante una noche.
—¿Qué noche?
Henry me observó.
—La noche en que aceptó casarse conmigo.
El silencio cayó sobre nosotros.
Sentí un escalofrío.
—¿También fue un matrimonio arreglado?
—Completamente.
Henry sonrió con nostalgia.
—Yo creía que Eleanor me despreciaba. Durante nuestra cena de compromiso descubrí que estaba aterrorizada… pero también que llevaba meses enamorada de mí.
Alexander me miró involuntariamente.
«Ni se te ocurra sacar conclusiones».
Su ceja se levantó.
Quise desaparecer.
Victoria intervino.
—¿Y después?
—A la mañana siguiente dejé de escucharla.
—Entonces mañana todo habrá terminado —dije.
—Probablemente.
Respiré aliviada.
Henry añadió:
—Aunque existe otra posibilidad.
Mi alivio murió.
—¿Cuál?
—Que continúe hasta que salga a la luz aquello que está siendo ocultado.
Alexander frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Henry se encogió de hombros.
—Tu abuela siempre decía que la familia Grant tenía una extraña forma de obligarnos a enfrentar las verdades que intentábamos enterrar.
Mis ojos fueron hacia Alexander.
El motivo real por el que se había casado conmigo.
Él lo supo inmediatamente.
—No.
—¿No qué?
—No empieces.
«Demasiado tarde».
Alexander apretó la mandíbula.
Victoria se levantó.
—La cena está servida.
La miré incrédula.
—¿Pretende que cenemos normalmente después de esto?
—En esta familia hemos cenado durante adquisiciones hostiles, demandas multimillonarias y dos intentos de expulsar a Alexander de su propia compañía. Sobreviviremos a tus pensamientos.
«Empiezo a entender por qué Alexander tiene la personalidad de una nevera».
Henry soltó una carcajada.
Victoria escondió una sonrisa.
Alexander me miró ofendido.
Por primera vez desde que lo conocía, tuve ganas de reír.
La cena comenzó peor.
Olivia regresó con un vestido azul y se sentó deliberadamente junto a Alexander.
Yo quedé enfrente.
—Alexander —dijo ella dulcemente—, ¿recuerdas cuando prometiste llevarme a París?
«Primer plato y ya empezó».
Victoria tosió.
—Estábamos hablando de negocios —contestó Alexander.
Olivia hizo un pequeño puchero.
—Antes eras más amable conmigo.
«Y ahora viene la mirada triste».
Olivia bajó los ojos.
«Tres… dos… uno…»
Una lágrima apareció perfectamente colocada.
Henry dejó los cubiertos.
—Extraordinario.
Olivia levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Nada.
Yo mordí mi labio para no reír.
Entonces Olivia extendió la mano hacia Alexander.
—Solo quiero recuperar nuestra relación de antes.
Alexander retiró la mano antes de que ella pudiera tocarlo.
Su mirada cayó sobre mí.
—Las cosas han cambiado.
—¿Por ella?
«Dilo, señor Grant. Vamos. Quiero escuchar cómo explicas por qué te casaste conmigo».
Alexander se quedó inmóvil.
Y entonces ocurrió algo extraño.
Su expresión cambió.
Ya no parecía avergonzado.
Parecía preocupado.
—Sofía, deja ese tema.
Aquello despertó inmediatamente mi curiosidad.
«Así que sí hay algo».
Victoria dejó de comer.
Henry también.
«¿Dinero? No. Mi familia tiene menos poder que los Grant».
Alexander me observó fijamente.
«¿Acciones? Tampoco».
—Sofía.
«¿Una cláusula del testamento?»
Henry miró a Alexander.
«¿Una adquisición?»
Victoria palideció.
Me detuve.
Había acertado algo.
Y todos lo sabían.
—¿Qué adquisición? —pregunté en voz alta.
Olivia nos miraba desconcertada.
Alexander dejó los cubiertos.
—Hablaremos en casa.
—Quiero saberlo ahora.
—No.
Entonces mi mente conectó recuerdos.
Meses antes de nuestra boda, Grant Global había intentado comprar una empresa tecnológica llamada Meridian Systems.
La operación había fracasado misteriosamente.
Mi padre había trabajado para Meridian durante veinte años.
Y yo…
Me incorporé.
«Las acciones de mamá».

Alexander cerró los ojos.
Victoria susurró:
—Dios mío.
Mi madre había muerto cuando yo tenía diecisiete años.
Entre las cosas que me dejó existía un pequeño paquete de acciones que nunca vendí porque tenían valor sentimental.
Yo jamás había preguntado cuánto valían.
Alexander se puso de pie.
—Sofía.
«No eran acciones normales, ¿verdad?»
Nadie respondió.
Pero no necesitaba respuesta.
Sus rostros acababan de confirmarlo.
Me levanté.
—¿Te casaste conmigo por las acciones de mi madre?
—No exactamente.
—Eso significa que sí.
Olivia dejó escapar una risita.
—Bueno, Sofía, tampoco deberías sorprenderte. Un hombre como Alexander no se casaría por amor con…
—Olivia —dijo Victoria.
Su voz cortó el aire.
—Termina esa frase y será la última cena a la que te inviten en esta casa.
Olivia enmudeció.
Yo solo miraba a Alexander.
—Dime la verdad.
Él rodeó la mesa.
—Tus acciones contienen derechos especiales sobre Meridian. Sin ellas, Grant Global nunca podrá controlar completamente la empresa.
Sentí una punzada de humillación.
—Entonces era eso.
—Al principio.
Aquellas dos palabras me detuvieron.
—¿Al principio?
Alexander abrió la boca.
Pero antes de responder, escuchamos un golpe.
Henry había dejado caer su copa.
Miraba fijamente hacia Olivia.
Yo también la miré.
Ella estaba blanca.
Terriblemente blanca.
Y entonces apareció en mi cabeza un recuerdo que no era mío.
Una conversación que había escuchado accidentalmente meses atrás.
La voz de mi padre.
“Sofía jamás debe descubrir por qué murió realmente su madre.”
Victoria se levantó de golpe.
—¿Qué acabas de pensar?
—Eso no fue un pensamiento —susurré—. Fue un recuerdo.
Alexander me agarró suavemente del brazo.
—¿Quién dijo esas palabras?
—Mi padre.
Henry parecía haber envejecido diez años en segundos.
—¿Y dónde las escuchaste?
Intenté recordar.
Una oficina.
Una puerta entreabierta.
Mi padre hablando con alguien.
Entonces recordé la segunda voz.
Miré lentamente hacia la cabecera de la mesa.
Hacia Henry.
El anciano dejó de respirar.
—Era usted —dije—. Mi padre estaba hablando con usted.
Alexander soltó mi brazo.
—Abuelo…
Henry no respondió.
Y de pronto comprendí algo todavía peor.
Olivia estaba retrocediendo hacia la puerta.
Muy despacio.
Como alguien intentando escapar sin llamar la atención.
Mi mente volvió a trabajar.
«¿Por qué Olivia está asustada?»
Ella se detuvo.
«¿Qué sabe sobre mi madre?»
Olivia palideció.
Alexander giró hacia ella.
—No te muevas.
—No sé de qué hablan.
Entonces vi algo sobresaliendo de su bolso.
Una vieja fotografía.
Reconocí inmediatamente a mi madre.
Me abalancé y la saqué antes de que Olivia pudiera impedirlo.
—¡Devuélvemela!
En la fotografía aparecían mi madre, Henry Grant y otra mujer frente a Meridian Systems.
En el reverso había una fecha.
Dos días antes de la muerte de mi madre.
Y una frase escrita a mano:
“SI ALGO ME OCURRE, NO DEJEN QUE LOS GRANT ENCUENTREN A SOFÍA.”
Levanté la mirada.
Alexander estaba completamente pálido.
Victoria miraba a Henry.
Y Henry, por primera vez aquella noche, parecía verdaderamente aterrorizado.
—Abuelo —dijo Alexander—. ¿Qué significa esto?
Henry me observó durante un largo instante.
Luego susurró:
—Significa que Alexander no fue el primero de esta familia que intentó encontrarte.
Mi corazón se detuvo.
—¿Quién fue?
Henry abrió la boca.
Pero antes de responder, todas las luces de la mansión se apagaron.
Y desde la oscuridad llegó el sonido seco de la puerta principal cerrándose con llave.