Marcus miró la luz roja del colgante y comprendió antes que yo lo que acabábamos de hacer.
—¿Eso envió una señal?
Asentí apenas.
—A mi padre.
Su rostro perdió el color.
Todo el mundo en Manhattan conocía a Richard Sterling.
Pero muy pocos sabían que, después de mi matrimonio, mi relación con él se había roto casi por completo.
Julian se había encargado de eso.
Primero dijo que mi padre interfería demasiado.
Después, que debía demostrar que mi lealtad pertenecía a mi esposo.
Finalmente, me convenció de que los Sterling nunca aceptarían que yo hubiera elegido a un Grant.
Yo fui lo bastante ingenua para creerlo.
Marcus miró la puerta.
—Señora, si el señor Grant descubre que activó esto…
—¿Qué hará?
Lo miré.
—¿Matarme? Ya lo intentó.
Marcus bajó la cabeza.
Entonces escuchamos pasos.
La puerta se abrió.
No era Julian.
Era Isabella.
Llevaba un abrigo blanco sobre los hombros y una sonrisa tranquila.
—Vaya —murmuró al verme—. Todavía respiras.
Marcus se puso de pie.
—Señorita Moore, no debería estar aquí.
—Julian me permite entrar donde quiera.
Sus ojos cayeron sobre mi mano.
Sobre el jade.
Y su sonrisa desapareció.
—¿Qué es eso?
Cerré los dedos.
Demasiado tarde.
Isabella avanzó.
—Dámelo.
Marcus se interpuso.
—No.
Ella lo miró sorprendida.
—¿Acabas de desobedecerme?
—Usted no es mi superior.
Isabella sacó el teléfono.
—Quizá Julian piense diferente.
—Llámalo —susurré.
Ella me miró.
—¿Qué?
—Llámalo.
Mi voz apenas tenía fuerza, pero sonreí.
—Quiero que esté aquí cuando lleguen.
Por primera vez, Isabella pareció inquieta.
—¿Quiénes?
No respondí.
No hacía falta.
Desde algún lugar de la mansión llegó el sonido de un teléfono.
Después otro.
Luego escuchamos movimiento en el piso superior.
Voces.
Órdenes.
Unos minutos más tarde, Julian apareció.
Bajó las escaleras con el rostro endurecido.
—Marcus, ¿qué está pasando? Seguridad acaba de informarme de que varios vehículos están acercándose a la propiedad.
Entonces vio el colgante.
Se detuvo.
—Amelia.
No respondió mi corazón.
Eso fue lo que más me sorprendió.
Durante años, bastaba con escuchar mi nombre en sus labios para que algo dentro de mí corriera hacia él.
Ahora no sentí nada.
—¿Qué hiciste?
Levanté lentamente la mano.
—Llamé a casa.
Julian palideció.
—Desactívalo.
—No puedo.
—¡Amelia!
Marcus dio un paso hacia él.
—Señor Grant, necesita un hospital.
Julian lo ignoró.
—¿Tu padre viene?
—Probablemente.
Isabella agarró su brazo.
—Julian, no entiendo. ¿Por qué importa tanto su padre?
Él la miró como si acabara de recordar que estaba allí.
—Porque Richard Sterling no sabe nada de esto.
Ella soltó su brazo.
—Me dijiste que su familia la había abandonado.
Una pequeña risa escapó de mis labios.
—También me lo dijo a mí.
Julian me miró.
Por primera vez vi algo parecido al miedo.
Entonces la mansión tembló con el ruido de motores.
Uno.
Cinco.
Diez.
Marcus se acercó a la pequeña ventana del sótano.
—Dios mío.
Julian subió dos escalones.
—¿Cuántos?
Marcus no respondió inmediatamente.
—Demasiados.
Las luces exteriores atravesaron los cristales.
Después llegó una voz por el comunicador de seguridad.
—Señor Grant, tenemos un problema.
Julian tomó el aparato.
—Habla.
—Hay vehículos bloqueando ambas entradas.
—¿Policía?
—No.
Silencio.
—Son los Sterling.
Isabella retrocedió.
Yo cerré los ojos.
Habían venido.
Julian dio una orden inmediata.
—Nadie entra.
La respuesta tardó tres segundos.
—Señor… el jefe del equipo exterior acaba de renunciar.
—¿Qué?
—Y otros seis hombres también.
Marcus soltó una risa amarga.
—Supongo que nadie quiere impedirle el paso a Richard Sterling para proteger al hombre que dejó morir a su hija.
Julian giró hacia él.
—Estás despedido.
Marcus se quitó tranquilamente el auricular de seguridad.
—Entonces puedo decirlo sin preocuparme por mi empleo.
Lo miró directamente.
—Es usted un miserable.
Julian levantó el puño.
Pero no llegó a golpearlo.
La puerta principal de la mansión se abrió arriba con un estruendo.
Escuché voces.
Pasos rápidos.
Muchos.
Y después una voz que no había oído en casi cuatro años.
—¡AMELIA!
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
—Papá…
Los pasos bajaron las escaleras.
Richard Sterling apareció primero.
Cabello gris.
Abrigo oscuro.

El mismo hombre que había intimidado consejos de administración enteros sin levantar la voz.
Pero cuando me vio…
Se detuvo.
Su rostro se quebró.
—Mi niña.
Intenté incorporarme.
No pude.
Mi padre llegó hasta mí y cayó de rodillas.
Cuando vio la sangre, sus manos comenzaron a temblar.
—¿Quién hizo esto?
Nadie respondió.
Mi padre levantó lentamente la mirada.
Julian estaba detrás de él.
—Richard, puedo explicarlo.
Mi padre se puso de pie.
No gritó.
Eso fue peor.
—¿Tú ordenaste esto?
Julian tragó saliva.
—Amelia atacó a Isabella.
—Pregunté si tú lo ordenaste.
Silencio.
Marcus respondió.
—Sí.
Julian lo fulminó con la mirada.
Marcus continuó:
—Tres horas. Después ordenó que la encerráramos aquí sin asistencia médica.
Mi padre cerró los ojos.
Cuando volvió a abrirlos, ya no parecía un padre.
Parecía el hombre que había construido un imperio.
—Doctores.
Cuatro personas entraron inmediatamente con una camilla.
Mientras me examinaban, mi padre sacó el teléfono.
—Edward.
Una voz respondió.
—Señor Sterling.
—Activa todas las cláusulas.
Julian se quedó rígido.
—Richard.
Mi padre continuó:
—Suspende las líneas de crédito de Grant Holdings. Ejecuta las garantías de los préstamos Sterling y convoca una reunión extraordinaria de sus principales acreedores para mañana.
Julian avanzó.
—¡No puedes hacer eso!
Mi padre lo miró.
—Puedo.
Señaló hacia mí.
—Porque el dinero con el que construiste tu imperio salió de la familia de la mujer que acabas de dejar morir en un sótano.
Isabella comenzó a alejarse.
Mi padre la vio.
—¿Y ella?
—Isabella Moore —respondió Marcus—. Todo comenzó por ella.
Isabella palideció.
—Yo no pedí que golpearan a Amelia.
—No —susurré desde la camilla—. Solo mentiste.
Todos me miraron.
Respiré con dificultad.
—Dile, Isabella.
—No sé de qué hablas.
—Diles lo que me dijiste antes de dejarte caer.
Julian frunció el ceño.
—¿Dejarse caer?
Isabella negó rápidamente.
—Está confundida.
—Entonces revisemos las cámaras —dijo Marcus.
El silencio fue inmediato.
Isabella se quedó inmóvil.
Julian la miró.
—¿Qué cámaras?
Marcus sacó su teléfono.
—Las del corredor. La señorita Moore creyó que aquella zona estaba fuera del sistema.
Isabella perdió todo el color.
—Marcus…
Él pulsó la pantalla.
El video comenzó.
Allí estaba Isabella acercándose a mí.
Su voz se escuchaba perfectamente.
“Aunque seas su esposa, él siempre vendrá cuando yo lo llame”.
Después aparecía retrocediendo.
Mirando hacia la puerta.
Y dejándose caer sola.
Julian observó la pantalla sin pestañear.
—Bella…
Ella comenzó a llorar.
—Puedo explicarlo.
La misma frase.
La misma maldita frase.
Los médicos levantaron mi camilla.
Antes de salir, vi a Julian intentar acercarse.
Mi padre se interpuso.
—No vuelvas a tocarla.
—Es mi esposa.
Mi padre sonrió con una frialdad aterradora.
—Por poco tiempo.
Entonces uno de los hombres de mi padre entró apresuradamente.
—Señor Sterling, encontramos algo en la habitación de Isabella.
Le entregó una carpeta.
Mi padre la abrió.
Su expresión cambió.
—¿Dónde conseguiste esto?
Isabella dejó de llorar.
Julian miró la carpeta.
—¿Qué es?
Mi padre sacó una fotografía antigua.
La observé desde la camilla.
En ella aparecía Isabella mucho más joven.
Y junto a ella…
estaba mi madre.
Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
Mi madre había muerto doce años atrás.
—Papá…
Richard levantó la fotografía.
En el reverso había una fecha.
Tres días antes de la muerte de mi madre.
Y debajo, una frase escrita con su propia letra:
“Si me ocurre algo, busca a Isabella Moore.”
Mi padre levantó lentamente los ojos hacia Isabella.
Y por primera vez desde que había llegado, vi verdadero terror en el rostro de aquella mujer.