Parte 2: LOS 3,8 MILLONES NO ERAN PARA VERÓNICA

Adrián miró la pantalla de la tableta.

Durante unos segundos, pareció incapaz de respirar.

—Lucía, baja eso.

Su hermana no se movió.

—¿Por qué?

—Porque no sabes lo que estás haciendo.

—Sé exactamente lo que estoy haciendo. Hay 3,8 millones de euros saliendo de una sociedad que ocultaste al consejo y terminando en una cuenta vinculada a Verónica.

Los dos policías intercambiaron una mirada.

Verónica había dejado de llorar.

Claudia seguía en el suelo, con una mano sobre su vientre.

Entonces sintió un dolor agudo.

—Adrián…

Él reaccionó inmediatamente.

—¿Qué pasa?

—El bebé.

La expresión de Adrián cambió.

Se arrodilló junto a ella.

—Llamad a una ambulancia.

Verónica dio un paso hacia ellos.

—Adrián, yo puedo explicar…

No te acerques a mi mujer.

La frase resonó en el vestíbulo.

Verónica se quedó inmóvil.

Era la primera vez que Adrián le hablaba así.

Uno de los agentes pidió asistencia médica mientras Lucía se acercaba a Claudia.

—La ambulancia está en camino.

Claudia asintió, respirando lentamente.

Pero sus ojos estaban puestos en su esposo.

—Contesta la pregunta.

Adrián la miró.

—Ahora no.

—Ahora.

—Claudia…

—¿Le pagaste?

Silencio.

Aquello dolió más que cualquier respuesta.

—Dios mío —susurró Claudia.

—No es lo que parece.

—Entonces dime qué parece.

Adrián se puso de pie.

—La cuenta no pertenece a Verónica.

Lucía frunció el ceño.

—La transferencia llegó a Salvatierra Consulting.

—Exactamente.

Verónica palideció.

Adrián la señaló.

—Pregúntale quién controla realmente esa empresa.

Todos miraron hacia ella.

—Es mía —respondió Verónica.

—Mientes.

—Adrián…

—La empresa fue constituida a tu nombre, pero el beneficiario final está protegido mediante dos sociedades extranjeras.

Lucía bajó la vista hacia la tableta.

—¿Cómo sabes eso?

Adrián no respondió.

Y Lucía comprendió.

—Porque tú también estás involucrado.

—Estaba investigándolo.

—¿Con 3,8 millones?

Adrián apretó la mandíbula.

—Ese dinero era un cebo.

Lucía soltó una risa incrédula.

—¿Moviste casi cuatro millones sin informar al consejo para tender una trampa?

—Porque alguien dentro del consejo estaba filtrando información.

El silencio se hizo absoluto.

Hasta Claudia olvidó durante un instante el dolor.

—¿Qué información? —preguntó.

Adrián la miró.

Y Claudia vio miedo.

No miedo por la policía.

Miedo por ella.

—Información sobre nuestro hijo.

Claudia se quedó helada.

—¿Qué?

Verónica retrocedió hacia la puerta.

Uno de los agentes la detuvo.

—Señora, permanezca aquí.

—No estoy detenida.

—Entonces no nos obligue a cambiar eso.

Lucía se volvió hacia su hermano.

—Explícate.

Adrián respiró profundamente.

—Hace cuatro meses recibí una copia del informe prenatal de Claudia.

Ella frunció el ceño.

—¿Qué informe?

—Uno que nunca debió salir de la clínica.

—¿Quién te lo envió?

—Un número anónimo.

—¿Y qué decía?

Adrián guardó silencio.

Claudia sintió otro escalofrío.

—Adrián.

—Que alguien estaba pagando por información sobre el embarazo.

Verónica cerró los ojos.

Lucía la vio.

—Tú sabes algo.

—No.

—Mírame.

Verónica abrió los ojos.

Su máscara elegante comenzaba a derrumbarse.

—Yo solo debía conseguir información.

Adrián avanzó hacia ella.

—¿Para quién?

—No puedo decirlo.

—Acabas de atacar a mi esposa embarazada.

—¡Porque me prometieron que nadie saldría herido!

Claudia sintió que se le helaba la sangre.

—¿Quién te lo prometió?

Verónica se tapó la boca.

Había hablado demasiado.

Lucía tomó la tableta.

—Tenemos más grabaciones.

Buscó rápidamente entre los archivos.

—La cámara del vestíbulo lleva funcionando toda la noche. Si Verónica habló con alguien…

—Lucía —dijo Adrián.

Su hermana levantó la mirada.

—¿Qué?

—Busca las imágenes de las diez y cuarto.

—¿Por qué?

—Porque fue cuando desapareció durante veinte minutos.

Verónica corrió hacia la tableta.

—¡No!

Uno de los agentes la sujetó.

Lucía abrió la grabación.

A las 22:16, Verónica aparecía entrando en una biblioteca privada.

No estaba sola.

Un hombre ya la esperaba.

Pero permanecía de espaldas a la cámara.

Lucía aumentó el volumen.

La voz de Verónica se escuchó claramente.

—El dinero llegó.

El hombre respondió:

—Entonces cumple tu parte.

—Claudia está embarazada de ocho meses. No pienso hacerle daño.

—No necesitas hacerle daño.

El hombre hizo una pausa.

—Solo necesitamos que parezca inestable.

Claudia sintió que Adrián agarraba su mano.

En la grabación, Verónica preguntó:

—¿Y después?

—Después Adrián perderá la custodia cuando nazca el niño.

Lucía detuvo el vídeo.

—¿Custodia?

Claudia miró a su esposo.

—¿Por qué alguien querría nuestro bebé?

Adrián parecía devastado.

—Eso es lo que llevo cuatro meses intentando descubrir.

Lucía reanudó la grabación.

Verónica preguntaba lo mismo.

La respuesta del hombre hizo que nadie volviera a respirar con normalidad.

Porque el niño será propietario de una parte de Valcárcel que ninguno de ellos sabe que existe.

Lucía detuvo el vídeo otra vez.

—Eso es imposible.

Adrián la miró.

—No.

—Las acciones familiares están repartidas entre nosotros y papá.

—Las conocidas.

Lucía palideció.

Claudia apretó la mano de Adrián.

—¿Qué me estás ocultando?

Antes de que pudiera responder, llegaron los sanitarios.

Tras una rápida valoración, decidieron trasladar a Claudia para comprobar que tanto ella como el bebé estuvieran bien.

Cuando colocaron la camilla frente a la puerta, una voz surgió desde el salón principal.

—¿Qué significa todo esto?

Los invitados se apartaron.

Octavio Valcárcel, padre de Adrián y presidente del grupo familiar, avanzó hacia ellos.

Al ver la tableta, se detuvo.

Lucía observó a su padre.

Después miró nuevamente la imagen congelada del hombre misterioso.

Algo en su postura le resultó familiar.

Amplió la grabación.

El hombre llevaba un reloj antiguo.

Octavio instintivamente escondió su muñeca bajo la manga.

Lucía levantó lentamente los ojos.

—Papá…

Octavio no respondió.

Adrián se puso delante de Claudia.

—Enséñame tu reloj.

—No seas ridículo.

Enséñamelo.

Por primera vez, Octavio perdió la calma.

—¡Aquí mando yo!

Lucía retrocedió.

—Dios mío.

Pero Claudia estaba mirando otra cosa.

En el vídeo, detrás de Verónica y aquel hombre, había un espejo.

La cámara no mostraba el rostro del desconocido directamente.

El espejo sí.

Lucía amplió la imagen.

Adrián quedó inmóvil.

No era Octavio.

Era alguien mucho más inesperado.

Claudia conocía aquel rostro.

Había comido con esa persona todos los domingos durante los últimos cuatro años.

—No puede ser…

Adrián miró a Claudia.

—¿Quién es?

Ella apenas pudo pronunciar las palabras.

—Mi padre.

En ese mismo instante, su teléfono sonó.

PAPÁ.

Claudia respondió con manos temblorosas.

—¿Qué has hecho?

La voz al otro lado permaneció tranquila.

—Hija, escucha con atención. Adrián te ha mentido desde el día que te conoció.

—Te vi en la grabación.

Silencio.

Entonces su padre dijo:

—Perfecto. Eso significa que ya no tenemos que fingir.

Claudia sintió que el bebé se movía.

—¿Por qué quieres a mi hijo?

Su padre tardó unos segundos en responder.

—Porque ese niño no heredará una parte de los Valcárcel, Claudia. Heredará el control de todo.

Y antes de cortar la llamada añadió:

—Ahora pregúntale a Adrián por qué te eligió a ti entre todas las mujeres de Madrid.

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