PARTE 2: LO QUE NOS ROBARON

Adrián permaneció inmóvil.

Por primera vez desde que lo conocía, no tenía una respuesta preparada.

Sus ojos bajaron hacia la caja de terciopelo que acababa de cerrar y después regresaron a Gabriel.

—Cinco años —murmuró—. ¿Quieres decir que esto empezó hace cinco años?

—No exactamente —respondí.

Gabriel apretó suavemente mi mano.

El padre de Adrián, Ricardo Valdés, dejó su copa sobre una bandeja con tanta brusquedad que el cristal tintineó.

—Gabriel —dijo—. Este no es lugar para asuntos del pasado.

Gabriel sonrió.

—Curioso. Hace diez años tampoco parecía ser el momento adecuado.

Varias personas intercambiaron miradas.

Camila observaba a Adrián.

—¿Qué está pasando?

—Nada que te concierna —respondió él.

Ella retiró inmediatamente la mano de su brazo.

—Hace cinco minutos era tu novia oficial. Ahora resulta que no me concierne.

Adrián ni siquiera la miró.

Seguía mirándome a mí.

—Elena, quiero hablar contigo a solas.

—No.

—Cinco minutos.

—Tuviste cinco años.

Su mandíbula se tensó.

Gabriel intervino:

—Y esta noche no hemos venido para hablar de sentimientos.

Ricardo palideció.

Aquello me confirmó que sabía exactamente por qué habíamos regresado.

Gabriel sacó un sobre del interior de su chaqueta.

—Mañana a las nueve, el Grupo Valdés recibirá una notificación formal.

Ricardo dio un paso adelante.

—No hagas esto aquí.

—¿Por qué no? Hace diez años ustedes tampoco tuvieron inconveniente en hacerlo públicamente.

Adrián miró a su padre.

—¿De qué está hablando?

Ricardo guardó silencio.

Y entonces comprendí algo inesperado.

Adrián no lo sabía.

Durante años había imaginado aquel momento creyendo que toda la familia Valdés había participado.

Pero la confusión en su rostro era auténtica.

Gabriel también la vio.

—Interesante.

—¿Qué demonios ocurre? —exigió Adrián.

Ricardo bajó la voz.

—Lo discutiremos después.

—No. Ahora.

Saqué una copia de los documentos que habíamos preparado.

—Hace diecisiete años, mi padre y el padre de Gabriel desarrollaron juntos una tecnología de gestión logística.

Adrián frunció el ceño.

—¿Qué tiene eso que ver con nosotros?

—Todo.

La empresa de ambas familias todavía era pequeña entonces.

El padre de Gabriel aportó la patente.

El mío consiguió los primeros clientes.

Los Valdés aportaron capital.

Tres socios.

Un acuerdo.

Hasta que ocurrió el accidente en el que murió el padre de Gabriel.

Poco después, los documentos societarios cambiaron.

Las participaciones Beaumont desaparecieron.

Las de mi padre quedaron reducidas a una fracción.

Y los Valdés terminaron controlándolo todo.

—Eso es mentira —dijo Ricardo.

Gabriel lo miró.

—Entonces mañana será muy sencillo demostrarlo.

El rostro de Ricardo se endureció.

Adrián tomó los documentos de mi mano.

Leyó rápidamente.

Después levantó la vista.

—¿Por esto te vas a casar con él?

La pregunta me dejó helada.

Después de todo lo que acababa de escuchar, aquello era lo único que le importaba.

—Todavía no entiendes nada.

—Entiendo perfectamente. Beaumont necesitaba a alguien con acceso a nuestra familia y te encontró a ti.

Gabriel avanzó un paso.

—Cuidado.

—¿O qué?

Me interpuse.

—Basta.

Adrián me miró.

—Dime que no te está utilizando.

Solté una risa amarga.

—Qué extraño escucharte preocupado por que otro hombre me haga daño.

El golpe dio donde debía.

Adrián bajó la mirada.

Camila, mientras tanto, había empezado a alejarse.

Él finalmente la vio.

—Camila.

Ella negó con la cabeza.

—No.

—Esto no tiene que ver contigo.

—Precisamente.

Sus ojos brillaban.

—Toda nuestra relación ha tenido que ver con ella.

Camila me señaló.

—Cada vez que alguien decía que yo era la primera mujer que consiguió que olvidaras a Elena, tú sonreías. Nunca los corregiste.

Adrián guardó silencio.

Camila se quitó lentamente una pulsera.

—Me dijiste que odiabas el piano porque te recordaba a alguien.

Miró hacia mí.

Entonces entendí.

Yo había tocado el piano durante toda mi adolescencia.

Camila dejó la pulsera sobre una mesa.

—No pienso ser otra sustituta.

Y se marchó.

Adrián no la siguió.

Me siguió mirando a mí.

Aquello fue todavía peor.

—Elena —dijo—, aquella noche del hotel…

—No.

—Necesitas saber algo.

Mi corazón dio un golpe incómodo.

—Ya no necesito ninguna explicación.

—La mujer que besé no era mi amante.

Gabriel se tensó.

Yo no dije nada.

Adrián continuó:

—Mi padre me había dicho que tu familia estaba intentando comprometerte con Gabriel.

Giré hacia Ricardo.

Él evitó mi mirada.

—Pensé que te marchabas a Boston porque ya habías elegido.

—¿Y decidiste besar a otra mujer?

—Decidí darte una razón para odiarme antes de que pudieras abandonarme.

Durante un segundo volvió a aparecer el muchacho que había conocido.

El que nunca decía lo que sentía.

El que prefería destruir algo antes que admitir que podía perderlo.

Pero ya no tenía diecinueve años.

Y yo tampoco.

—Entonces fuiste un cobarde —dije.

Adrián cerró los ojos.

—Sí.

No esperaba que lo admitiera.

—Pero tú tampoco me dijiste nada sobre Gabriel.

Miré el anillo.

—Porque no había nada que contar.

Adrián frunció el ceño.

Gabriel me observó en silencio.

—Gabriel me dio ese anillo aquella misma noche —continué—. Pero no acepté casarme con él.

Adrián pareció recuperar el aire.

—Entonces…

—Lo rechacé.

Su expresión cambió.

Esperanza.

Y sentí una tristeza profunda al reconocerla.

—Me fui sola, Adrián. Pasaron años antes de que Gabriel y yo volviéramos a encontrarnos.

Su esperanza desapareció.

—¿Y ahora lo amas?

Gabriel no intervino.

No necesitaba hacerlo.

—Sí.

Una sola palabra.

Pero fue suficiente.

Adrián retrocedió.

Entonces Ricardo golpeó la mesa.

—¡Se acabó!

Todos se volvieron.

Su rostro estaba rojo.

—Elena, dile a Beaumont que retire la demanda. Podemos negociar.

Gabriel sonrió.

—Ahora sí quiere negociar.

—¿Cuánto?

—No queremos dinero.

Ricardo palideció.

—Entonces, ¿qué quieren?

Saqué otro documento.

—La devolución de las participaciones originales, las patentes y una auditoría completa de los últimos diez años.

—Eso destruiría el grupo.

—No —respondí—. Solo destruiría la parte construida sobre lo que robaron.

El teléfono de Gabriel vibró.

Miró la pantalla.

Su expresión cambió.

—Tenemos un problema.

—¿Qué ocurre?

Me mostró un mensaje de su abogado.

Una fotografía acompañaba el texto.

Era un documento antiguo.

El acuerdo original entre nuestras tres familias.

Pero alguien había añadido una página que nosotros jamás habíamos visto.

Gabriel amplió la imagen.

Había tres firmas.

La de su padre.

La de mi padre.

Y la de Ricardo Valdés.

Debajo aparecía una cláusula.

La leí dos veces.

En caso de fallecimiento de uno de los socios fundadores, sus derechos no pasarían automáticamente a sus herederos.

Había una condición.

Una condición que podía cambiar completamente nuestra reclamación.

—Esto no estaba en los archivos —susurré.

Gabriel seguía leyendo.

Entonces levantó la mirada hacia Ricardo.

—¿Dónde consiguió esto?

Ricardo sonrió por primera vez en toda la noche.

—Pregúntale a tu prometida.

Sentí un escalofrío.

—¿A mí?

Ricardo señaló la fecha escrita al final de aquella página.

Era de hacía cinco años.

Exactamente tres días antes de que yo abandonara Madrid.

Adrián se acercó para verla.

Y de pronto se quedó completamente pálido.

—Elena…

—¿Qué?

Me miró como si acabara de comprender algo terrible.

Esa no es la firma de tu padre.

El salón entero quedó en silencio.

Adrián amplió todavía más la fotografía.

Luego señaló el último trazo.

—La conozco porque la vi cientos de veces cuando éramos jóvenes.

Tragó saliva.

Esa firma es tuya.

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