Durante tres segundos, ninguno de los dos se movió.
Ethan seguía mirándome por el espejo retrovisor.
Yo sonreí como si no hubiera ocurrido nada.
—Estoy pensando que conduce demasiado despacio.
Sus ojos se estrecharon.
«Está mintiendo.»
Sentí un escalofrío.
Pensé deliberadamente:
«Qué hombre tan insoportable.»
La mandíbula de Ethan se tensó.
Perfecto.
Así que no había sido una coincidencia.
Él podía escucharme.
Y, aparentemente, yo también podía escucharlo a él.
—¿Algún problema? —pregunté.
—Ninguno.
«Definitivamente escuché su voz.»
«Pero sus labios no se movieron.»
«¿Qué demonios es esta mujer?»
Me acomodé tranquilamente en el asiento.
Aquello cambiaba las reglas.
Hasta ese momento mi habilidad había sido un secreto perfecto.
Ahora tenía delante al único hombre capaz de descubrirla.
Y precisamente era el hombre que Valeria había enviado para destruirme.
Llegamos al estudio cuarenta minutos después.
La grabación correspondía a una campaña de joyería.
Nada más bajar, Valeria apareció con dos cafés.
—Camila, traje tu favorito.
Sonreí.
—Gracias.
Su pensamiento llegó inmediatamente.
«Bébelo.»
Miré el vaso.
«Quiero ver cómo trabajas cuando empiecen los mareos.»
No lo toqué.
—Ethan.
Él giró.
Le entregué el café.
—Tómalo.
Su ceja se levantó.
«¿Ahora también soy su asistente?»
—No bebo café.
—Entonces tíralo.
Valeria palideció.
—Pero lo traje especialmente para ti.
—Hoy no me apetece.
Pasé junto a ella.
Ethan permaneció inmóvil.
Entonces escuché:
«¿Por qué sabía que no debía beberlo?»
Un segundo después:
«Voy a analizar ese café.»
Sonreí sin volverme.
Al menos era inteligente.
Durante la sesión, Ethan permaneció cerca del set.
Frío.
Silencioso.
Observándolo todo.
Pero su mente era mucho menos profesional.
«¿Por qué ese vestido tiene la espalda completamente descubierta?»
«¿Esto es necesario para vender un collar?»
Giré ligeramente hacia él.
Ethan apartó la mirada.
Tuve que morderme el labio para no reír.
Entonces apareció Valeria acompañada por el productor ejecutivo.
—Camila —dijo—, cambiamos la última escena. Tendrás que grabarla en la plataforma superior.
Miré hacia donde señalaba.
Una estructura metálica elevada sostenía parte del decorado.
La escena no era peligrosa.
En teoría.
Entonces escuché a Valeria.
«El soporte ya está manipulado.»
Mi sonrisa desapareció.
«Cuando caiga, parecerá un accidente.»
Esta vez no se trataba de rumores.
Ni contratos.
Valeria estaba dispuesta a herirme de verdad.
—Claro —respondí—. Hagámoslo.
Ethan me miró bruscamente.
«¿Está loca?»
Caminé hacia la plataforma.
Él me siguió.
—Espere.
—¿Qué?
Se agachó junto al soporte.
Lo inspeccionó.
Sus dedos tocaron uno de los pernos.
Su expresión cambió.
—Nadie sube.
El productor frunció el ceño.
—¿Por qué?
Ethan retiró una pieza.
—Esto fue aflojado manualmente.
El set quedó en silencio.
Valeria fingió sorpresa.
—¿Cómo puede pasar algo así?
Pero su mente gritaba.
«Imposible.»
«Yo misma comprobé que nadie me viera.»
Ethan levantó lentamente la cabeza.
Su mirada se clavó en ella.
«Interesante.»
Mi corazón aceleró.
Quizá mi plan estaba funcionando demasiado rápido.
Una hora después, Ethan recibió el análisis del café.
Me encontró sola en mi camerino.
Cerró la puerta.
—Tenemos que hablar.
—Qué serio.
Dejó una bolsa de evidencia sobre la mesa.
—Había un sedante en su bebida.
Fingí sorpresa.
—¿En serio?
—Usted ya lo sabía.
—¿Cómo iba a saberlo?
Ethan se acercó.
—Esa es exactamente mi pregunta.
Retrocedí hasta tocar el tocador.
Él apoyó una mano junto a mí.
—Primero piensa mi nombre sin hablar. Después rechaza una bebida manipulada. Y finalmente acepta subir a una plataforma sabiendo, aparentemente, que algo ocurrirá.
Sus ojos descendieron hacia los míos.
—¿Quién es usted realmente?
Pensé:
«Alguien que sabe que eres Ethan Shaw, heredero de los Shaw.»
Su rostro se congeló.
Error.
Un error enorme.
—¿Quién le dijo eso? —preguntó.
—¿Decirme qué?
—No juegue conmigo.
«Lo escuchó.»
«Puede escuchar pensamientos.»
Entonces hizo algo inesperado.
Cerró los ojos.
Su mente quedó completamente silenciosa.
Nada.
Ni una palabra.
Me quedé sorprendida.
Ethan volvió a abrirlos.
—Interesante.
—¿Qué?
—Nada.
Se apartó.
Pero antes de abrir la puerta pensó claramente:
«Si puedes escucharme, no reacciones.»
Me obligué a permanecer inmóvil.
Entonces añadió:
«Valeria no es la infiltrada que estoy buscando.»
Mi corazón dio un salto.
Casi imperceptible.
Pero Ethan lo vio.
Sonrió.
Había caído en su trampa.

—La encontré —murmuró.
—¿A quién?
—A la mujer que puede escucharme.
No tuve tiempo de responder.
Alguien golpeó la puerta.
Valeria entró llorando.
—¡Camila! La policía está aquí.
—¿Por qué?
Se llevó una mano a la boca.
«Ahora sí estás acabada.»
—Encontraron información confidencial de la productora filtrada a una empresa extranjera.
Ethan se tensó.
—¿Y?
Valeria me miró.
—La transferencia salió desde la computadora de Camila.
Dos agentes aparecieron detrás de ella.
Uno mostró una orden.
—Señorita Moore, necesitamos revisar sus dispositivos.
Comprendí inmediatamente.
La plataforma había fallado.
El café también.
Así que Valeria había pasado al verdadero plan.
Convertirme en la infiltrada que Ethan estaba buscando.
Uno de los agentes tomó mi portátil.
Valeria bajó la cabeza para ocultar una sonrisa.
«Cuando encuentren los archivos, Ethan la entregará personalmente.»
Pero entonces escuché otro pensamiento.
No provenía de Valeria.
Provenía de Ethan.
«Exactamente como esperaba.»
Lo miré.
Él no parecía sorprendido.
En absoluto.
El agente abrió una carpeta oculta.
Había contratos confidenciales, fotografías y registros de transferencias.
—Señorita Moore —dijo—, tendrá que acompañarnos.
Valeria pensó:
«Se acabó.»
Entonces Ethan dio un paso adelante.
—Antes de detenerla, revise la fecha de creación de esos archivos.
El agente frunció el ceño.
Valeria palideció.
—¿Qué?
Ethan sacó su teléfono.
—Instalé un sistema de vigilancia digital en sus dispositivos esta mañana.
Me giré hacia él.
«¿Esta mañana?»
Ethan me lanzó una mirada.
«Sí, curiosa. Mientras estabas maquillándote.»
El agente revisó la información.
Su expresión cambió.
—Estos archivos fueron copiados hace cuarenta y siete minutos.
—Exactamente —respondió Ethan.
Valeria retrocedió.
—Eso no demuestra nada.
Ethan sonrió.
—Todavía no.
Sacó una pequeña cámara.
—Pero esto quizá sí.
La cara de Valeria perdió el color.
Y su mente explotó.
«No.»
«No puede tener una grabación.»
«Si descubre que fui yo, también encontrará la cuenta.»
La cuenta.
Aquellas dos palabras llamaron inmediatamente mi atención.
Ethan me miró.
Había escuchado mi pensamiento.
Y pensó una sola frase:
«Tú también lo oíste.»
Antes de que pudiera responder, Valeria salió corriendo.
Ethan la persiguió.
Yo fui detrás.
Pero al llegar al estacionamiento, Valeria ya había desaparecido.
En el suelo había dejado caer su teléfono.
La pantalla estaba desbloqueada.
Lo recogí.
Había un mensaje abierto de un contacto sin nombre.
“Si Ethan descubre quién eres, elimina a Camila y desaparece.”
Debajo aparecía una fotografía.
Era una imagen tomada tres meses atrás.
Mi automóvil destrozado después del accidente.
El accidente después del cual había empezado a escuchar pensamientos.
Sentí que se me helaba la sangre.
Ethan tomó el teléfono de mis manos.
Su expresión se volvió mortalmente seria.
—Camila…
—¿Qué?
Amplió la fotografía.
En una esquina, casi oculto entre los vehículos de emergencia, aparecía un hombre observando los restos de mi automóvil.
Ethan lo reconoció inmediatamente.
Y por primera vez escuché auténtico miedo dentro de su cabeza.
«No puede ser. Mi padre me dijo que estaba muerto.»