PARTE 2: DOCE MILLONES POR UNA MENTIRA

Daniel miró a Renata durante varios segundos.

—¿Quieres pagarme doce millones para fingir que soy tu novio?

—Exactamente.

—Estás loca.

—Probablemente.

Renata estaba sentada junto al ventanal, más delgada que tres noches antes. Sobre la mesa había medicamentos, documentos corporativos y una botella de agua.

—Pero también estoy quedándome sin tiempo.

Daniel dejó el contrato.

—Explícame.

Renata respiró hondo.

—Mi padre dejó una cláusula especial en el fideicomiso que controla las acciones de Grupo Salgado. Mientras yo pueda ejercer personalmente mis derechos, conservo el control. Si soy declarada incapaz, la administración temporal pasa al consejo.

—¿Y quién controla el consejo?

—Mi tío, Ernesto Salgado.

Daniel entendió.

—Quiere declararte incapaz.

—Quiere demostrar que mi enfermedad me impide tomar decisiones.

—¿Y para qué necesitas un novio falso?

Renata sonrió con amargura.

—Porque están construyendo una imagen de mí como una mujer aislada, emocionalmente inestable y dependiente de medicamentos. Mauricio ayudó bastante.

El nombre hizo que Daniel levantara la vista.

—¿Tu ex?

—Declaró ante dos miembros del consejo que yo tenía episodios de confusión.

—¿Es verdad?

—No.

Su respuesta fue inmediata.

—Mauricio mintió.

Daniel sintió rabia.

Había acompañado a Mariana durante años de tratamiento.

Sabía lo fácil que era confundir debilidad física con incapacidad.

—¿Por qué yo?

Renata bajó la mirada.

—Porque cuando creías que yo era una desconocida cualquiera, viniste al hospital.

Daniel permaneció callado.

—Todos los demás saben cuánto dinero tengo —continuó—. Contigo sé que, al menos aquella primera noche, no importó.

—Eso no significa que puedas comprarme.

—No estoy comprándote.

—Doce millones dicen otra cosa.

Renata lo miró fijamente.

—Estoy comprando seis meses de tu tiempo. La confianza todavía tendrás que decidir si me la das gratis.


Daniel rechazó la propuesta.

Duró exactamente veinticuatro horas.

Al día siguiente, Renata volvió al hospital.

Alguien había enviado al consejo una copia de su expediente médico antes incluso de que ella recibiera ciertos resultados.

Daniel cambió de opinión cuando escuchó eso.

No por los doce millones.

Porque alguien estaba utilizando la enfermedad de una mujer para enterrarla antes de tiempo.

Firmó.

Su primera aparición juntos fue tres días después.

Una cena de beneficencia.

Daniel llevaba un traje prestado que costaba más que su automóvil.

—Deja de tocarte la corbata —susurró Renata.

—No puedo respirar.

—Es una corbata.

—Eso dicen ustedes, los ricos.

Renata soltó una carcajada.

Varias cámaras captaron el momento.

Por primera vez aquella noche, su sonrisa parecía auténtica.

Entonces Daniel vio a un hombre acercándose.

Alto.

Elegante.

Seguro de sí mismo.

Renata dejó de sonreír.

—Mauricio.

Él miró a Daniel de arriba abajo.

—Así que era cierto.

—¿Qué cosa?

—Que encontraste reemplazo rápido.

Daniel sintió cómo Renata tensaba la mano sobre su brazo.

Mauricio sonrió.

—Espero que te hayan contado en qué te estás metiendo.

—Solo lo importante.

—Entonces seguramente sabes que Renata puede ser muy… inestable.

Daniel dio un paso hacia él.

—Mi esposa murió de cáncer.

Mauricio perdió ligeramente la sonrisa.

—Pasé cuatro años viendo cómo personas perfectamente lúcidas eran tratadas como si su enfermedad les hubiera quitado el derecho a decidir.

Su voz bajó.

—Así que conmigo esa historia no va a funcionar.

Renata lo miró sorprendida.

Mauricio se marchó sin responder.

Pero Daniel alcanzó a ver algo.

Mauricio intercambió una mirada con Ernesto Salgado.

No parecían dos hombres que simplemente se conocieran.

Parecían socios.


Una semana después, Daniel recibió una llamada de Valentina.

—Papá, hay un señor preguntando por ti.

Se levantó inmediatamente.

—¿Qué señor?

—Dice que trabaja con la señora Renata.

Daniel sintió un frío en el pecho.

Renata estaba sentada frente a él.

Negó con la cabeza.

Ella no había enviado a nadie.

—Valentina, entra al taller y cierra la puerta.

Daniel condujo hasta Iztapalapa como si cada semáforo fuera un enemigo.

Cuando llegó, el hombre ya se había marchado.

Valentina estaba bien.

Sobre la mesa había dejado un sobre.

Dentro solo había una fotografía de Daniel entrando en la casa de Renata.

Y una frase:

“Los doce millones no valen la vida de tu hija.”

Renata palideció cuando lo vio.

—Se acabó —dijo Daniel.

Ella bajó la mirada.

—Lo entiendo.

—No. Se acabó fingir que esto es una disputa empresarial.

Colocó la amenaza frente a ella.

—Alguien está dispuesto a acercarse a una niña.

Renata permaneció en silencio.

—Quiero saber todo lo que no me has contado.

Por primera vez, pareció asustada de él.

—Daniel…

—Todo.

Renata cerró los ojos.

—Mi padre no murió de un infarto.

Daniel se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Eso dijo la familia públicamente.

Se levantó y abrió una caja fuerte.

Sacó un pequeño disco duro.

—Tres días antes de morir, papá descubrió transferencias por más de cuatrocientos millones de pesos hacia empresas fantasma.

—¿Ernesto?

—No lo sabía.

—¿Y ahora?

Renata conectó el disco.

Aparecieron contratos, cuentas y nombres.

Uno hizo que Daniel se inclinara hacia la pantalla.

Mauricio.

—Tu novio estaba involucrado.

—Creo que por eso empezó conmigo.

La voz de Renata se quebró.

—No me abandonó porque enfermara. Me abandonó cuando comprendió que yo había encontrado parte de los archivos de mi padre.

Daniel sintió repulsión.

—¿Y tu trasplante?

Renata se quedó quieta.

—¿Qué pasa con él?

—Dijiste que todavía buscaban un donante.

—Sí.

Daniel señaló un documento médico abierto accidentalmente entre los archivos.

—Entonces explícame eso.

Renata miró la pantalla.

Su rostro perdió el color.

Era un registro del hospital.

Compatibilidad de donantes.

Había una coincidencia.

96,8 %.

—Esto tiene fecha de hace cinco semanas —dijo Daniel.

Renata empezó a temblar.

—Nunca me dijeron que existía.

Daniel siguió leyendo.

El donante había sido descartado por una supuesta anomalía.

Pero debajo había una nota administrativa.

“Suspender contacto hasta nueva autorización.”

—¿Quién dio la autorización? —preguntó Daniel.

Renata abrió el registro.

Aparecieron unas iniciales.

E.S.

Ernesto Salgado.

El silencio se volvió insoportable.

Su propio tío podía haber retrasado deliberadamente el trasplante que podía salvarle la vida.

Renata llamó inmediatamente a la doctora Méndez.

No contestó.

Volvió a llamar.

Nada.

Entonces el teléfono de Daniel sonó.

Número desconocido.

Contestó.

—¿Señor Herrera?

—Sí.

Una mujer hablaba muy bajo.

—Soy enfermera del Hospital Ángeles. Trabajo con la doctora Méndez.

—¿Qué ocurre?

—No puedo hablar mucho.

Se escucharon pasos al otro lado.

—La doctora descubrió quién alteró el expediente de la señorita Salgado.

Renata se acercó.

—Póngala en altavoz.

Daniel obedeció.

—¿Dónde está la doctora Méndez? —preguntó Renata.

La enfermera tardó demasiado en responder.

—Desapareció esta mañana.

Renata se llevó una mano a la boca.

—¿Y el donante?

Silencio.

—¿Quién es?

La enfermera respiró profundamente.

—Eso es lo que intentaba decirles.

Daniel miró la pantalla.

—¿Qué?

—El nombre del donante también fue eliminado del expediente principal, pero la doctora alcanzó a imprimir una copia.

—Dígame el nombre.

La respuesta llegó como un golpe.

Valentina Herrera.

Daniel dejó de respirar.

Renata retrocedió.

—Eso es imposible.

Daniel agarró el teléfono.

—Mi hija tiene diez años. ¿Por qué demonios aparece en el expediente de Renata?

La enfermera comenzó a llorar.

—Porque el análisis no se hizo esta semana, señor Herrera.

—¿Entonces cuándo?

—Hace casi diez años.

Daniel sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—Eso no tiene sentido.

—Sí lo tiene —susurró la mujer—. Porque el expediente original de Valentina no lleva el apellido Herrera.

Daniel quedó inmóvil.

—¿Qué apellido lleva?

Antes de que la enfermera pudiera responder, se oyó una puerta abrirse violentamente.

La llamada se cortó.

Y en la pantalla de Renata apareció una alerta del sistema.

Alguien acababa de acceder al fideicomiso de Octavio Salgado.

Usando las credenciales de una persona que oficialmente llevaba años muerta:

Mariana, la esposa de Daniel.

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