La prueba de ADN tardó menos de seis horas.
Durante ese tiempo permanecí en una sala privada del último piso de Grant Corporation mientras Alexander hacía llamadas que yo no podía escuchar.
El bebé dormía dentro de una pequeña cuna improvisada.
Yo no podía dejar de mirarlo.
Era extraño.
No era mío.
No tenía ninguna obligación de quererlo.
Sin embargo, cuando sus dedos diminutos se cerraron alrededor del mío, sentí una rabia profunda al pensar que Sophia había sido capaz de abandonarlo como si nada.
Finalmente, Alexander entró.
Llevaba un sobre blanco.
Su rostro no revelaba nada.
—Llegaron los resultados.
Me levanté.
—¿Y?
Dejó el documento frente a mí.
Probabilidad de paternidad: 99,99 %.
Alexander Grant era su padre.
Cerré los ojos.
Al menos una parte de aquella locura era cierta.
—Entonces ya puedo irme.
Tomé mi mochila.
Alexander frunció el ceño.
—¿Adónde piensa ir?
—A buscar una habitación barata y terminar la escuela.
—Su familia acaba de amenazarla con acusarla de secuestro.
—Ya no tengo al bebé.
—Eso no significa que hayan terminado con usted.
Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió.
Un hombre mayor entró acompañado por dos abogados.
Cabello gris.
Traje impecable.
Bastó verlo para comprender que pertenecía a la familia Grant.
Alexander se puso rígido.
—Padre.
Richard Grant ignoró completamente mi presencia.
Miró al bebé.
Después el informe.
—Así que es cierto.
—Sí.
Richard permaneció en silencio varios segundos.
Entonces preguntó:
—¿Dónde está la madre?
—Fuera del país.
—Encuéntrenla.
Alexander entrecerró los ojos.
—No.
Su padre lo miró.
—¿Qué dijiste?
—Sophia abandonó a mi hijo. Hasta que sepamos por qué, nadie irá corriendo detrás de ella.
Richard finalmente me observó.
—¿Y quién es esta joven?
—Su hermana.
Su expresión cambió.
—¿También es una Carter?
Asentí.
Richard me estudió como si intentara calcular cuánto peligro representaba.

—Entonces sabe algo.
—Sé que mi familia quería obligarme a fingir que el niño era mío.
—No me refiero al bebé.
Sacó una carpeta negra.
La abrió.
Dentro había fotografías de Sophia entrando y saliendo de edificios que no reconocí.
—Hace tres semanas desaparecieron documentos confidenciales del fideicomiso Grant.
Sentí un escalofrío.
Alexander tomó una fotografía.
—¿Estás diciendo que fue Sophia?
—Estoy diciendo que las cámaras la colocan en el edificio la noche en que desaparecieron.
Recordé aquellas palabras doradas.
Sophia no había huido únicamente para estudiar.
Era verdad.
—¿Qué contienen esos documentos? —pregunté.
Richard no respondió.
Alexander sí.
—Las reglas de sucesión del fideicomiso.
Mi mirada se dirigió automáticamente hacia el bebé.
Richard cerró la carpeta.
—El fondo controla aproximadamente cuarenta mil millones en activos familiares.
Mi garganta se secó.
—¿Y qué tiene que ver un recién nacido con eso?
Padre e hijo intercambiaron una mirada.
Alexander finalmente habló.
—Mi abuelo estableció que, cuando naciera el primer descendiente directo de mi generación, varias acciones pasarían automáticamente a una estructura administrada en beneficio de ese niño.
Miré la cuna.
Aquel bebé dormía tranquilamente, ajeno a que su nacimiento acababa de modificar una fortuna gigantesca.
—Sophia lo sabía —murmuré.
—Eso estamos intentando descubrir.
Mi teléfono vibró.
Un mensaje de mi madre.
“Emma, vuelve a casa. Podemos arreglarlo.”
Lo ignoré.
Llegó otro.
“Tu hermana cometió un error. No destruyas su vida.”
Sentí ganas de reír.
Incluso después de todo, seguían preocupándose por Sophia.
Nunca por mí.
—Me voy —dije.
Richard arqueó una ceja.
—¿Después de escuchar todo esto?
—Precisamente por eso.
Me puse la mochila.
—No quiero dinero Grant. No quiero fideicomisos. No quiero formar parte de ninguna pelea familiar. Entregué al niño a su padre. Mi responsabilidad terminó.
Alexander me observó largamente.
—¿Y sus estudios?
—Encontraré una manera.
Salí.
Dos días después estaba instalada en una pequeña residencia estudiantil.
Alexander había intentado pagarme un apartamento.
Me negué.
También había enviado dinero.
Lo devolví.
Lo único que acepté fue una declaración legal que demostraba que había llevado voluntariamente al bebé ante su padre.
La necesitaría antes de lo esperado.
Porque aquella misma semana mis padres denunciaron que yo había secuestrado al hijo de Sophia.
Pero no llegaron lejos.
Los abogados Grant presentaron mensajes, cámaras de seguridad y registros médicos.
La denuncia se derrumbó.
Entonces sucedió algo que mi madre jamás imaginó.
La universidad a la que yo había solicitado ingreso meses antes publicó los resultados de sus becas extraordinarias.
Había conseguido una.
No era la mejor estudiante de mi familia.
Pero tampoco era la inútil que mi madre describía.
Simplemente había pasado años estudiando sin profesores privados, sin academias y trabajando los fines de semana mientras Sophia recibía todas las oportunidades.
Por primera vez, tenía una oportunidad que nadie había comprado para mi hermana antes que para mí.
Pasaron tres meses.
Empecé la universidad.
Conseguí un empleo de medio tiempo.
Y traté de olvidar a los Grant.
Hasta que Alexander apareció una tarde frente a la biblioteca.
Llevaba al bebé.
—¿Qué hace aquí?
—Necesito hablar con usted.
—¿Sobre qué?
Me entregó un documento.
Era una copia del fideicomiso.
Una sección estaba marcada.
Leí dos veces.
Después una tercera.
—No entiendo.
Alexander señaló una cláusula.
—Sophia falsificó documentos antes de marcharse.
—¿Qué clase de documentos?
—Una declaración que la nombraba representante legal del niño en caso de que yo negara la paternidad.
Sentí un nudo en el estómago.
—Pero usted no la negó.
—Por eso el plan falló.
Alexander sostuvo mi mirada.
—Y ahora sabemos quién la ayudó.
Sacó una fotografía.
Mi corazón se detuvo.
Era mi padre.
Entrando en una oficina de Grant Corporation junto a Sophia.
—Eso es imposible.
—No.
Alexander colocó otro documento sobre la mesa.
Había transferencias bancarias.
Fechas.
Firmas.
Mi padre había recibido dinero meses antes del nacimiento.
—Su familia nunca quiso que usted criara al bebé —dijo Alexander.
—Entonces ¿por qué querían obligarme a fingir que era mío?
Su expresión se endureció.
—Porque necesitaban esconder quién era el verdadero padre hasta que Sophia pudiera tomar control del fideicomiso desde el extranjero.
Sentí que las piernas me fallaban.
Mi propia familia había estado dispuesta a destruir mi reputación para cubrir un fraude multimillonario.
—¿Dónde está Sophia?
Alexander guardó silencio.
—¿Dónde está?
Finalmente respondió:
—Regresó esta mañana.
Mi teléfono vibró en ese mismo instante.
Número desconocido.
Abrí el mensaje.
Era una fotografía.
Sophia estaba frente a la casa de nuestros padres.
Debajo había una sola frase:
“Emma, devuelve lo que me pertenece antes de que Alexander descubra que el bebé no es el único heredero que existe.”
Levanté lentamente la mirada.
Alexander había leído el mensaje sobre mi hombro.
Por primera vez desde que lo conocía, el rostro del hombre más poderoso de la ciudad perdió todo color.