Parte 2 – EL SALUDO QUE SILENCIÓ LA UCI

La mano del general Calloway tembló junto a su frente.

Durante un segundo nadie se movió.

Victor Hale estaba en la puerta.

El doctor Price acababa de regresar.

Las enfermeras miraban al hombre inconsciente que, minutos antes, supuestamente no podía reconocer a nadie.

Thomas mantuvo los ojos clavados en mí.

—Todavía… aquí —murmuró.

Sentí un nudo en la garganta.

Habían pasado años desde aquel sótano.

Años desde la última vez que escuché esas palabras.

Me puse firme.

—Todavía aquí, señor.

La habitación quedó completamente en silencio.

Victor palideció.

—General, ¿conoce a la enfermera Bennett?

Thomas intentó girar la cabeza.

—¿Enfermera?

Una sonrisa débil apareció en sus labios.

—Ella me mantuvo vivo cuando hombres mucho más importantes ya me habían dado por muerto.

Nadie volvió a reírse.

Pero no teníamos tiempo para explicaciones.

Miré el monitor.

—Necesitamos actuar ahora.

Price se acercó.

—Yo soy el médico responsable.

—Entonces mire el electrocardiograma.

Lo hizo.

Su expresión cambió.

La alteración que había advertido antes era evidente.

Thomas estaba empeorando.

—Magnesio —dije.

Price dudó apenas un instante.

Esta vez me escuchó.

El equipo comenzó a trabajar.

No hubo milagros.

Solo medicina, coordinación y minutos que parecieron horas.

Finalmente el ritmo empezó a estabilizarse.

Solté el aire.

Entonces Thomas volvió a perder la conciencia.

Pero esta vez sus parámetros estaban mejorando.

Price me miró.

Ya no había burla en su rostro.

—¿Cómo sabía que esto ocurriría?

—Porque ya lo había visto antes.

—¿En otro paciente?

Miré a Thomas.

—En él.


Una hora después, dos vehículos federales llegaron al hospital.

El hombre que encabezaba el equipo se presentó como coronel Marcus Reed.

Victor intentó interceptarlo.

—Coronel, soy el administrador de Sterling. Tenemos una situación con una empleada suspendida que accedió—

—¿Nora Bennett?

Victor se detuvo.

—Sí.

Reed me vio al final del corredor.

Inmediatamente caminó hacia mí.

—Pensábamos que nunca volveríamos a encontrarla.

Ahora fue mi turno de sorprenderme.

—¿Encontrarme?

Sacó una carpeta sellada.

—El general Calloway dejó instrucciones hace seis años. Si alguna vez era hospitalizado bajo determinadas circunstancias, debíamos localizarla.

Price frunció el ceño.

—¿Por qué una enfermera?

Reed lo miró.

—Porque no siempre fue enfermera.

Victor permaneció inmóvil.

—¿Entonces qué era?

—Eso sigue siendo información restringida.

Me entregó la carpeta.

Reconocí el código de operación inmediatamente.

El mismo de aquella misión.

—¿Qué está pasando?

Reed bajó la voz.

—Creemos que la enfermedad del general no comenzó de forma natural.

Sentí frío.

—¿Qué encontraron?

—Todavía nada concluyente.

—Entonces ¿por qué me buscaban?

Reed miró hacia la habitación 912.

—Porque Calloway empezó a sospechar hace meses que alguien cercano estaba manipulando su tratamiento.

Mi estómago se cerró.

—¿Y no informó a nadie?

—Sí.

—¿A quién?

Reed tardó demasiado en responder.

—Al director de esta institución.

Giré lentamente.

Victor Hale ya no estaba en el corredor.


La violación de seguridad adquirió de repente otro significado.

El fallo eléctrico no había sido general.

Alguien había interferido con sistemas específicos del noveno piso.

Entre ellos, los registros electrónicos de la habitación 912.

Y mientras todos corrían hacia los monitores…

Victor había desaparecido.

Reed ordenó cerrar accesos.

Yo regresé junto a Thomas.

Había algo que seguía molestándome.

Su fiebre.

Los electrolitos.

Las alteraciones cardíacas.

Todo podía encajar con su cuadro clínico.

Pero también podía encajar con algo que habíamos visto años atrás.

Abrí la carpeta que Reed me había entregado.

Dentro había resultados médicos antiguos.

Thomas los había guardado desde aquella operación.

Entonces comprendí por qué.

—Necesito sus análisis actuales.

Price me los entregó sin discutir.

Comparé ambas series.

Una diferencia destacó inmediatamente.

—Aquí.

Price se inclinó.

—¿Qué?

—Esto también ocurrió durante aquella misión.

Reed levantó la cabeza.

—¿Está diciendo que tiene relación?

—No lo sé todavía.

Miré a Thomas.

—Pero aquella vez no fue una enfermedad.

El coronel cerró la puerta.

—Nora, ¿qué sucedió realmente en ese sótano?

Durante años me habían ordenado no hablar.

Ahora Thomas podía morir por el mismo secreto.

—Nuestro equipo encontró un laboratorio clandestino.

Reed se quedó rígido.

—Eso no aparece en ningún informe.

—Porque alguien hizo desaparecer esa parte.

Price preguntó:

—¿Qué había allí?

—Compuestos experimentales. Thomas estuvo expuesto durante la evacuación.

Reed me miró.

—¿Y usted?

—También.

Silencio.

—Entonces ¿por qué él enfermó y usted no?

Esa era la pregunta que había intentado olvidar durante años.

—Porque después de la exposición descubrimos algo extraño.

Miré mi antiguo expediente.

—Mi organismo producía una respuesta inmunitaria que el suyo no.

Price negó.

—Eso no significa que pueda salvarlo.

—No.

Pasé la página.

—Pero explica por qué Calloway ordenó que me localizaran.

Dentro había una solicitud médica preparada meses atrás.

Mi nombre figuraba como contacto autorizado para una investigación clínica de emergencia.

Thomas sabía que aquello podía regresar.

Y había estado preparándose.

Entonces escuchamos un golpe afuera.

Un agente entró.

—Coronel, encontramos a Hale.

—¿Dónde?

—En el archivo del hospital.

—¿Qué hacía?

El agente dejó una bolsa de evidencia sobre la mesa.

Dentro había varias unidades de almacenamiento y documentos parcialmente destruidos.

Uno llevaba mi nombre.

NORA BENNETT.

Me quedé helada.

—¿Por qué tiene un expediente mío?

Reed abrió el documento.

Su expresión cambió.

—Esto no es un expediente laboral.

Me lo entregó.

Era un informe de seguimiento.

Fotografías de mi apartamento.

Mi automóvil.

Mis horarios.

Incluso fotografías tomadas fuera del hospital meses antes de la llegada de Thomas.

Alguien llevaba mucho tiempo vigilándome.

—Esto no empezó cuando ingresaron al general —dije.

—No —respondió Reed.

Entonces encontramos la última página.

Había una lista de nombres relacionados con la antigua operación.

Casi todos estaban tachados.

Thomas Calloway.

Tachado.

Otros seis militares.

Tachados.

Mi nombre aparecía al final.

Sin tachar.

Junto a él había una sola palabra:

PENDIENTE.

Price retrocedió.

—¿Qué significa eso?

Yo ya lo sabía.

Thomas no era necesariamente el objetivo final.

Quizá nunca lo había sido.

La puerta de la habitación se abrió.

El general estaba despierto otra vez.

Me acerqué.

—Señor, ¿quién hizo esto?

Thomas movió lentamente la cabeza.

—No confíes… en la lista.

—¿Por qué?

Sus dedos se cerraron alrededor de mi muñeca.

—Porque Hale no trabaja para ellos.

Reed se inclinó.

—¿Para quién trabaja?

Thomas reunió fuerzas.

—Para nosotros.

Nadie habló.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—Entonces ¿por qué tenía mi expediente?

Los ojos del general se llenaron de una urgencia que jamás había visto.

—Porque intentaba encontrarte antes que ellos.

—¿Quiénes?

Thomas señaló débilmente la carpeta.

—Mira… los nombres tachados.

Lo hice.

Y entonces entendí.

No significaban muertos.

Significaban localizados.

Todos excepto yo.

Levanté la mirada.

—¿Qué quieren de mí?

Thomas respiró con dificultad.

—Lo mismo que querían aquella noche.

—¿Qué?

Apretó mi mano.

—Tu sangre.

Y entonces añadió algo todavía peor:

—Nora… aquella misión no fue la primera vez que estuviste en ese laboratorio.

Me quedé inmóvil.

—¿De qué está hablando?

Thomas cerró los ojos.

—Tú no llegaste allí como médica.

Abrió nuevamente los ojos.

Tú saliste de allí cuando eras niña.

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