Adrian miró nuestras manos entrelazadas.
Por primera vez desde que lo conocía, vi miedo en sus ojos.
—Suéltala, Julian.
Julian ni siquiera parpadeó.
—¿Por qué?
—Porque Claire es la madre de mi hijo.
Sentí ganas de reír.
Una semana atrás yo era una carga.
Una mujer que, según Adrian, había utilizado un hijo para mantenerlo atrapado.
Ahora, de repente, volvía a ser “la madre de su hijo”.
Retiré suavemente mi mano de la de Julian.
—No necesito que nadie decida por mí.
Julian inclinó la cabeza.
—Tienes razón.
Adrian aprovechó para acercarse.
—Entonces deja de hacer este espectáculo y sube al coche.
—No.
Una sola palabra.
Adrian se quedó inmóvil.
Dentro del automóvil, Ethan abrió la puerta.
—¡Mamá!
Corrió hacia mí.
Se abrazó a mis piernas con tanta fuerza que casi perdí el equilibrio.
—Quiero ir contigo.
Miré al niño que días antes había celebrado mi partida.
—Ethan, tú querías que Sophie fuera tu mamá.
—Ya no.
—¿Por qué?
Su pequeño rostro se arrugó.
—Porque no sabe hacer las cosas como tú.
Aquellas palabras me dolieron de una manera distinta.
No me extrañaba.
Extrañaba lo que yo hacía por él.
—No quieres a mamá —dije suavemente—. Quieres que alguien prepare tus panqueques, encuentre tus juguetes y te abrace cuando tienes miedo.
—¡Pero eres tú!
—Precisamente.
Me agaché.
—Y me dijiste claramente que querías que desapareciera.

Ethan empezó a llorar.
Sophie se acercó.
—Claire, es un niño. No puedes tomar en serio cada cosa que dice.
La miré.
—¿Tampoco debía tomar en serio que le enseñaras a llamarte mamá?
Su rostro cambió.
—Yo nunca…
—Te escuché.
Adrian giró hacia Sophie.
—¿Qué?
Ella palideció.
Julian soltó una risa sin humor.
—Esto se está poniendo interesante.
—No te metas —gruñó Adrian.
—Estoy aquí porque Grace estudia aquí.
Julian miró su reloj.
—Tú eres el que vino a montar una escena delante de una escuela infantil.
Me volví hacia Adrian.
—Llévate a Ethan.
—No volverá a casa sin ti.
—Entonces tendrás que aprender a ser su padre.
Su rostro se endureció.
—Claire.
—Durante seis años yo hice todo.
Levanté la voz por primera vez.
—Fiebres. Reuniones escolares. Noches sin dormir. Cumpleaños. Médicos. Pesadillas. Tú aparecías cuando te convenía y yo debía sentirme agradecida.
Ethan lloraba en silencio.
Mi corazón se rompía.
Pero regresar por culpa habría sido enseñarle algo peor.
Que podía despreciar a una persona y recuperarla cuando volviera a necesitarla.
Me arrodillé nuevamente.
—Ethan, siempre voy a preocuparme por ti.
Él levantó la mirada esperanzado.
—¿Entonces vuelves?
Negué.
—No.
Su rostro se desmoronó.
—Pero…
—Las palabras tienen consecuencias.
Lo abracé.
Esta vez no porque él me lo pidiera.
Porque yo lo necesitaba.
—Algún día entenderás.
Me levanté y entré en la academia.
Solo entonces escuché a Julian decir detrás de mí:
—Adrian.
Hubo una pausa.
—La perdiste mucho antes de que ella hiciera la maleta.