—¡¿MI COARTADA LLEVABA AÑOS ENAMORADA DE MI HERMANO?!
—Chloe —dije—. Baja la voz.
—¡No pienso bajar nada!
Se volvió hacia Alexander.
—¿Desde cuándo?
—No es asunto tuyo.
—¡Claro que es asunto mío! ¡Ella es mi mejor amiga!
Alexander cruzó los brazos.
—Precisamente por eso no hice nada.
Chloe se quedó callada.
Después me miró.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿También te gustaba?
Quise desaparecer debajo de la mesa.
Alexander respondió por mí.
—Sí.
Lo fulminé con la mirada.
—No hables por mí.
—Entonces niégalo.
Abrí la boca.
Nada salió.
Chloe soltó un grito y empezó a caminar en círculos.
—¡Esto explica demasiadas cosas!
—¿Qué cosas? —pregunté.
—¡Navidad de hace dos años! Alexander echó de casa a Kevin porque dijo que te estaba mirando demasiado.
Me giré hacia él.
—¿Hiciste qué?
—Kevin estaba borracho.
—¡También explica por qué interrogaste durante cuarenta minutos al chico que acompañó a Sarah a mi cumpleaños!
—Parecía sospechoso.
—¡Era su primo!
Alexander guardó silencio.
Chloe se llevó ambas manos a la cabeza.
—He vivido entre dos idiotas.
—Tú inventaste a Daniel Zhou —le recordé.
—¡Porque intentaba esconder mi caja, no destapar un romance secreto de tres años!
Entonces Alexander la miró.
—Hablando de la caja…
Chloe dejó de respirar.
—Me voy.
—Siéntate.
—Tengo veinticuatro años.
—Entonces puedes tener una conversación adulta.
—Sarah, dile algo.
—Esta vez estás sola.
—¡Traición otra vez!
Chloe terminó confesando que tenía novio desde hacía casi un año.
Alexander se quedó sorprendentemente tranquilo.
Pidió su nombre.
Dónde lo había conocido.
Y, después de varias preguntas, dijo:
—Tráelo a cenar cuando quieras.
Chloe parpadeó.
—¿Eso es todo?
—¿Qué esperabas?
—¿Que lo buscaras en una base de datos secreta?
—No puedo hacer eso.
Pausa.
—Por razones personales.
—¡Alexander!
Por primera vez en toda la noche me reí.
Y algo cambió.
Ya no éramos tres personas escondiendo secretos.
Bueno…
Quedaba uno.
El nuestro.
Cuando Chloe se fue a llamar a su novio, recogí mi bolso.
—Yo también debería irme.
Alexander se puso delante de la puerta.
No bloqueándome.
Solo esperando.
—Sarah.
—¿Qué?
—No quiero volver a dejar esto sin terminar.
Mi sonrisa desapareció.
—Tú lo dejaste sin terminar.
—Lo sé.
—Durante tres años.
Asintió.
—También lo sé.
Lo miré fijamente.
—Entonces explícame por qué ahora.
Alexander tardó unos segundos.
—Porque ayer pensé que había perdido mi oportunidad.
Recordé sus mensajes.
¿Cómo se llama?
¿Qué hace?
¿Cuántos años tiene?
Casi sonreí.
—¿Estabas celoso de Daniel Zhou?
—Muchísimo.
—Daniel Zhou no existe.
—Ahora lo sé.
—Trabaja en tecnología.
Alexander levantó una ceja.
—Eso escuché.
—Y es alto.
—Sarah.
Me reí.
Pero él permaneció serio.
—No estoy jugando.
Mi risa desapareció.
—Yo tampoco quiero jugar.
Alexander asintió.
—Entonces no lo hagamos.
—¿Qué significa eso?
—Que si alguna vez ocurre algo entre nosotros, será porque tú lo quieres. Sin secretos. Sin usar a Chloe de intermediaria. Y sin que yo decida por ti solo porque soy mayor.
Aquello era exactamente lo que necesitaba escuchar.
No una declaración perfecta.
No una escena de película.
Una elección.
Mía.
—¿Y si digo que necesito tiempo?
—Espero.
—¿Y si digo que aquello de hace tres años ya pasó?

Su expresión cambió apenas.
—Lo aceptaré.
—¿Y si digo que todavía estoy enfadada contigo?
—Eso ya lo sabía.
Sonreí.
Entonces Chloe apareció otra vez.
—Mi novio puede venir mañana.
Nos miró.
—¿Interrumpo algo?
—Sí —respondió Alexander.
—No —dije yo al mismo tiempo.
Chloe abrió mucho los ojos.
—Esto va a ser divertidísimo.
Durante las siguientes semanas, Alexander hizo algo que jamás esperaba.
No me presionó.
No apareció de repente en mi casa.
No convirtió cada conversación en una insinuación.
Simplemente empezó a hablar conmigo.
De verdad.
Me contó cosas que nunca había contado delante de Chloe.
Lo difícil que había sido convertirse prácticamente en su tutor cuando todavía era demasiado joven para saber cuidar de sí mismo.
El miedo constante a equivocarse.
La costumbre de controlar todo porque durante años había sentido que, si él fallaba, nadie vendría a arreglar las cosas.
Y yo también fui sincera.
—A veces proteger demasiado a alguien se parece bastante a no confiar en esa persona.
Alexander permaneció callado.
—Lo sé.
Y empezó a cambiar.
Incluso con Chloe.
Cuando finalmente conoció a su novio, no hubo interrogatorio militar.
Bueno.
Hubo siete preguntas.
Chloe contó diecinueve.
Pero nadie fue amenazado.
Consideramos aquello un progreso.
Dos meses después, estaba otra vez en casa de Chloe.
Ella salió a comprar bebidas.
Alexander y yo quedamos solos.
Exactamente como aquella vez tres años atrás.
La misma ventana.
El mismo pasillo.
La misma distancia incómoda entre nosotros.
—Sarah.
—¿Sí?
—Tengo una pregunta.
—Últimamente tienes demasiadas.
—¿Sigues necesitando tiempo?
Lo miré.
Durante tres años había imaginado muchas veces qué habría ocurrido si aquella noche ninguno de los dos se hubiera apartado.
Pero ya no tenía veinte.
Y él ya no estaba decidiendo por mí.
Así que esta vez fui yo quien redujo la distancia.
No hizo falta decir mucho.
Solo:
—Ya no.
Cuando Chloe regresó, nos encontró sentados demasiado cerca.
Dejó las bolsas sobre la mesa.
Nos miró.
Miró la distancia entre nosotros.
Después señaló hacia mí.
—Una pregunta.
—No.
—¡Todavía no la hice!
—Conociéndote, la respuesta sigue siendo no.
Chloe sonrió.
—Entonces ahora que sales con mi hermano…
Sacó una pequeña caja de su bolso.
La reconocí inmediatamente.
Retrocedí.
—Ni se te ocurra.
—Solo necesito que me la guardes hasta mañana.
—¡Chloe!
Alexander salió de la cocina.
—¿Qué ocurre?
Las dos escondimos las manos detrás de la espalda.
Nos miró con sospecha.
—¿Otra vez?
Chloe salió corriendo.
Yo fui detrás de ella.
Y mientras Alexander exigía explicaciones desde el pasillo, comprendí que aquella ridícula caja sí había provocado un desastre.
Solo que no el que esperábamos.
Había destruido una mentira de tres años.
Y había obligado al hombre que siempre protegía a todos desde la distancia a admitir, por fin, que conmigo nunca había querido mantener distancia alguna.