PARTE 2: EL VIDEO QUE NOS ROBÓ CINCO AÑOS

Alejandro se quedó inmóvil.

—¿Qué acabas de decir?

La joven tragó saliva.

—Fui yo quien te envió el vídeo.

Su nombre era Lucía.

Lo supe cuando uno de los agentes murmuró:

—Lucía, será mejor que pienses bien lo que estás diciendo.

Ella soltó una risa nerviosa.

—Ya lo he pensado durante cinco años.

Alejandro avanzó hacia ella.

—¿Lo falsificaste?

—Yo conseguí el vídeo original.

—¿Qué vídeo original?

Lucía me miró.

—El de Claudia despidiéndose de tu hermano en el hospital.

Sentí que las piernas me fallaban.

Entonces lo recordé.

Mateo Montes había muerto de cáncer tres meses antes de nuestra ruptura.

Una semana antes de morir me pidió que fuera a verlo.

Alejandro estaba fuera de la ciudad.

Mateo estaba sedado, débil, apenas podía hablar.

Cuando me despedí, besé su frente.

Nada más.

—Alteraste ese vídeo —dije.

Lucía asintió.

—Un amigo mío sabía editar.

Alejandro parecía incapaz de respirar.

—¿Por qué?

Lucía comenzó a llorar.

—Porque llevaba años enamorada de ti.

Él retrocedió.

—Teníamos dieciocho años —continuó ella—. Tú nunca mirabas a nadie excepto a Claudia. Después murió Mateo y estabas destruido. Pensé que si creías que ella te había traicionado con tu propio hermano…

—Yo la dejaría.

—Sí.

La palabra cayó como una piedra.

Alejandro se pasó una mano por el rostro.

—¿Y después?

Lucía guardó silencio.

—¡Después qué!

—Cuando descubriste que el vídeo era falso, yo ya había borrado todo lo que pude sobre Claudia.

La miré.

—¿Qué significa eso?

—Alejandro empezó a buscarte. Yo tenía acceso a algunas de sus cuentas porque lo ayudaba con los trámites después de la muerte de Mateo.

Se secó las lágrimas.

—Cuando encontraba alguna pista, la eliminaba.

Alejandro cerró los ojos.

—Dos años.

—Lo sé.

—Dos malditos años.

Leo se escondió detrás de mí.

Aquello me devolvió a la realidad.

—Basta.

Todos me miraron.

—Mi hijo no necesita escuchar esto.

Tomé su mano.

Alejandro dio un paso hacia nosotros.

—Claudia, por favor.

—Mañana.

—¿Mañana?

—Si quieres respuestas, mañana vienes solo.

Miré a Lucía.

—Sin ella.


Al día siguiente nos encontramos en una cafetería.

Mi hermana se quedó con Leo.

Alejandro llegó veinte minutos antes.

Había una carpeta sobre la mesa.

—¿Qué es eso?

—Todo lo que encontré.

No la toqué.

—Primero responde algo.

—Lo que quieras.

—¿Por qué nunca me preguntaste por el vídeo?

Bajó la mirada.

—Porque fui un cobarde.

Esperaba una explicación.

No llegó.

—Estaba destrozado por la muerte de Mateo. Vi aquellas imágenes y quise creerlas porque necesitaba alguien a quien culpar.

Apretó los puños.

—Cuando terminamos, quería que sufrieras.

Aquello dolió incluso después de cinco años.

—Lo conseguiste.

—Lo sé.

—No. No lo sabes.

Respiré hondo.

—Dos semanas después de que me dejaras descubrí que estaba embarazada.

Alejandro levantó la cabeza.

—Intenté llamarte.

Su rostro cambió.

—Mi número ya no funcionaba.

—Lucía me convenció de cambiarlo.

Solté una risa amarga.

—Fui a tu casa. Tu madre me abrió.

Alejandro palideció.

—¿Mi madre?

—Le dije que estaba embarazada.

Silencio.

—Me dijo que ya lo sabía todo sobre “Mateo y yo”. Me llamó mentirosa. Después me dio dinero para desaparecer.

—No…

—Lo rechacé.

Recordaba aquella tarde perfectamente.

—Luego me dijo que tú estabas comprometido con Lucía.

Alejandro cerró los ojos.

—Nunca estuvimos comprometidos.

—Yo no lo sabía.

—¿Por eso te fuiste?

—Por eso y porque no tenía nada allí.

Me mudé con mi tía a otra ciudad.

Leo nació siete meses después.

No puse el nombre de Alejandro en el certificado.

Durante cinco años fui madre sin pedirle nada.

—¿Leo es mío? —preguntó finalmente.

Lo miré.

—Sí.

Alejandro se cubrió el rostro con ambas manos.

Permaneció así mucho rato.

Cuando volvió a mirarme tenía los ojos rojos.

—Me perdí todo.

—Sí.

No iba a suavizarlo.

—Su nacimiento.

—Sí.

—Sus primeros pasos.

—Sí.

—Su primera palabra.

—Fue “pan”.

Una risa rota escapó de su garganta.

—Claro. Es un Montes.

Casi sonreí.

Casi.

—Quiero una prueba de ADN —dije.

Me miró sorprendido.

—Pensé que…

—No es para convencerte. Es para que todo quede claro legalmente.

Asintió.

—Haré lo que quieras.

El resultado llegó una semana después.

99,99%.

Alejandro era el padre de Leo.

Pero eso no lo convertía automáticamente en papá.

Se lo expliqué.

—No vas a aparecer un lunes y llevártelo el sábado.

—Entiendo.

—No vas a comprarlo con juguetes.

—Entiendo.

—Y si desapareces otra vez…

—No desapareceré.

—Eso también lo dijiste cuando teníamos dieciocho años.

Aquello lo silenció.

—Entonces no te lo prometo —respondió finalmente—. Te lo demostraré.

Y eso hizo.

Empezó con una hora en el parque.

Leo lo llamaba “inspector Montes”.

Alejandro lo odiaba.

Yo lo encontraba divertidísimo.

Después llegaron las tardes de fútbol.

Los deberes.

Las llamadas antes de dormir.

Una tarde Leo apareció con una rodilla raspada y corrió directamente hacia Alejandro.

—Papá, mira.

Los dos nos congelamos.

Leo ni siquiera se dio cuenta.

Alejandro se agachó.

—Déjame verla.

Pero le temblaban las manos.


Lucía confesó todo.

El vídeo original todavía existía en una antigua copia de seguridad.

También encontraron mensajes donde hablaba con la persona que había realizado la edición.

Su relación con Alejandro terminó definitivamente.

No hubo una gran escena romántica entre él y yo después.

No podía haberla.

Cinco años no desaparecen porque descubramos quién mintió.

Una noche, después de dejar dormido a Leo, Alejandro se quedó frente a mi puerta.

—Quiero preguntarte algo.

—Pregunta.

—¿Alguna vez podrías perdonarme?

Pensé en la Claudia de cinco años atrás.

La embarazada que lloró sola.

La que tuvo miedo durante el parto.

La que aprendió a montar una cuna sin ayuda.

—Por el vídeo, quizá.

Alejandro bajó la mirada.

—¿Y por no confiar en ti?

—Eso tardará más.

Asintió.

No pidió nada.

Meses después seguía allí.

No como mi novio.

No todavía.

Como el padre que Leo merecía.

Y quizá aquello era más importante.

Un domingo encontré a ambos dormidos en el sofá.

Leo tenía la cabeza sobre su pecho.

Alejandro mantenía un brazo alrededor de él incluso dormido.

Me quedé observándolos.

Alejandro abrió los ojos.

—¿Qué?

—Nada.

—Estás sonriendo.

—No exageres.

Sonrió.

La misma sonrisa que ahora veía también en nuestro hijo.

Lucía nos había robado cinco años.

Pero hubo algo que no pudo falsificar.

La sangre.

Los gestos.

La pequeña cicatriz heredada.

Y aquella pregunta inocente de Leo dentro de una comisaría había terminado desenterrando una verdad que llevaba demasiado tiempo esperando.

Alejandro y yo no recuperamos nuestra antigua historia.

Esa había terminado.

Pero empezamos lentamente otra.

Sin vídeos.

Sin secretos.

Sin promesas imposibles.

Y esta vez, antes de creer cualquier cosa sobre mí, Alejandro aprendió algo que debería haber hecho cinco años antes:

preguntarme.

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