PARTE 2: LA DEMANDA DE 718.000 DÓLARES

Adrian me sostuvo la mirada durante cinco segundos.

—Porque sabía que si te pedía que vinieras, no vendrías.

—Correcto.

—Y si te decía que estaba investigando un fraude, harías preguntas.

—También correcto.

—Preguntas que podían ponerte en peligro.

Parpadeé.

—¿Así que decidiste acusarme de un delito?

Evelyn se masajeó las sienes.

—Te dije que sonaba peor cuando lo explicabas en voz alta.

Adrian la ignoró.

Abrió una carpeta y deslizó varios documentos hacia mí.

—Mira las fechas.

Eran extractos de mi tarjeta negra.

Restaurantes.

Hoteles.

Compras.

Todo normal hasta que vi varias operaciones que no reconocía.

42.000 dólares.

86.000.

115.000.

Todas aparecían como gastos autorizados por mí.

—Yo no hice esto.

—Lo sé —respondió Adrian.

Levanté la cabeza.

—Entonces ¿de dónde salen los 718.430 dólares?

Evelyn contestó:

Es exactamente la cantidad que alguien desvió usando tu identidad durante los últimos dieciocho meses.

La sala quedó en silencio.

Volví a mirar el requerimiento.

De pronto ya no parecía una rabieta ridícula.

Parecía una trampa.

—¿Para quién?

Adrian giró su portátil.

En pantalla apareció un correo interno.

“Emma Lawson ha sido formalmente requerida. Comparecerá hoy a las 10:00.”

Miré el reloj.

10:07.

—Querías que alguien supiera que estaba aquí.

—Sí.

—¿Y ahora?

Adrian miró hacia la puerta.

—Ahora esperamos a ver quién entra en pánico.

Como si el universo hubiera estado escuchándolo, alguien llamó.

Entró Marcus Rowe, uno de los socios fundadores.

Tenía unos sesenta años y una sonrisa paternal que siempre me había parecido demasiado perfecta.

—Adrian, acabo de enterarme de lo de Emma.

Sus ojos aterrizaron sobre mí.

Y durante una fracción de segundo vi algo.

Miedo.

—Qué desagradable —continuó—. Espero que podamos resolverlo discretamente.

Adrian entrelazó las manos.

—Eso espero.

Marcus miró mis maletas.

—Supongo que intentabas abandonar el país.

—Supone mucho.

Su sonrisa se tensó.

—Con setecientos mil dólares involucrados, cualquiera sospecharía.

Yo no había mencionado la cifra.

Evelyn tampoco.

Adrian permaneció completamente inmóvil.

—Marcus —preguntó—, ¿cómo sabes que son setecientos mil?

Silencio.

El rostro del hombre cambió.

Solo un poco.

Pero fue suficiente.

Evelyn cerró la puerta.

Marcus soltó una pequeña carcajada.

—El requerimiento circuló por administración.

—No —dijo Evelyn—. Lo redactamos nosotros tres. Nunca salió de esta sala.

Nosotros tres.

Comprendí entonces que hasta mi llegada había formado parte del plan.

Marcus miró hacia la puerta.

Luego hacia Adrian.

—Esto es absurdo.

Adrian empujó otro documento sobre la mesa.

—Tenemos las transferencias.

La sonrisa desapareció.

—No sabes lo que estás haciendo.

—Llevo tres semanas sabiéndolo.

Marcus palideció.

Adrian continuó:

—Creaste empresas pantalla, alteraste facturas de clientes y utilizaste gastos vinculados a mi cuenta personal para cubrir movimientos. Elegiste a Emma porque pensabas que nadie cuestionaría que ella gastara cantidades absurdas.

Lo miré, ofendida.

—Oye.

—Emma.

—Continúa.

Evelyn tuvo que ocultar una sonrisa.

Marcus se levantó.

—No pueden demostrar que fui yo.

—Eso pensábamos —dijo Evelyn— hasta que intentaste acceder esta mañana a la cuenta que figuraba en el requerimiento falso.

Marcus se quedó inmóvil.

Adrian giró otra vez el portátil.

La cuenta nunca existió antes de ayer. Era un señuelo.

Por primera vez, Marcus perdió completamente la compostura.

—Hijo de—

La puerta se abrió.

Dos investigadores federales entraron acompañados por seguridad.

Todo ocurrió rápidamente después de eso.

Marcus exigió un abogado.

Adrian respondió que, considerando las circunstancias, quizá sería mejor que buscara uno fuera del bufete.

Yo disfruté esa parte más de lo apropiado.

Cuando se lo llevaron, Marcus se volvió hacia Adrian.

—¿Vas a destruir una firma de treinta años por una mujer?

Adrian ni pestañeó.

—No.

Después me miró.

Voy a destruirla porque robaste a mis clientes. Lo de la mujer es personal.

La puerta se cerró.

Respiré lentamente.

—Bueno.

Tomé el asa de una maleta.

—Caso resuelto. Felicidades. Me voy.

Adrian se levantó.

—Emma.

—No.

—Escúchame.

—Me acusaste formalmente de estafarte.

—Era ficticio.

—¡Me rastreaste hasta el aeropuerto!

—Eso sí fue real.

Evelyn recogió su carpeta.

—Voy a retirarme antes de presenciar cómo el mejor litigante de Chicago pierde otro caso por incapacidad emocional.

Cuando salió, quedamos solos.

Adrian caminó hacia mí.

—¿Por qué terminaste conmigo?

Me reí.

—¿En serio?

—En serio.

—Evelyn volvió. Llegabas tarde. Escondías llamadas. Pasabas todas las noches con ella.

—Investigando a Marcus.

—Yo no sabía eso.

—Podías haber preguntado.

Aquello me hizo callar.

Adrian bajó la voz.

—Dos años, Emma.

Su expresión ya no era fría.

Parecía cansado.

—Viviste conmigo dos años. Gastaste mi dinero sin pedir permiso, reorganizaste mi apartamento, insultaste mis corbatas y una vez reservaste vacaciones mientras yo estaba en mitad de un juicio.

—Las necesitabas.

—Probablemente.

Dio otro paso.

—Pero cuando pensaste que Evelyn había regresado por mí, desapareciste sin preguntarme nada.

Aparté la mirada.

—No iba a competir con ella.

Nunca hubo ninguna competición.

Lo miré.

Adrian sacó algo del bolsillo interior de su chaqueta.

Mi tarjeta negra.

La misma que había dejado sobre la encimera.

La puso sobre la mesa.

—¿Sabes por qué nunca pregunté cuánto gastabas?

—Porque eres obscenamente rico.

—También.

Casi sonreí.

—Pero principalmente porque nunca me importó.

—Eso no suena romántico.

—Déjame terminar.

Su voz se suavizó.

—El primer año investigué cada transferencia que hacías.

Abrí mucho los ojos.

—¿Qué?

—Soy abogado. Desconfiar es prácticamente una enfermedad profesional.

—Qué encantador.

—Descubrí que pagaste la hipoteca de tus padres, los estudios de tu hermano y tratamientos médicos de tu tía. Después empezaste a gastar en estupideces porque descubriste que me molestaba menos verte comprar zapatos que verte preguntarme si podías ayudar a tu familia.

Me quedé muda.

—Así que dejé de revisar.

Empujó la tarjeta hacia mí.

—Nunca fuiste una cazafortunas.

—Adrian…

—Y Evelyn jamás fue mi gran amor.

Fruncí el ceño.

—Todo el mundo dice que la perseguiste dos años.

—Sí.

—¿Entonces?

Por primera vez desde que lo conocía, Adrian Hale pareció avergonzado.

—La perseguía porque me ganaba en todos los concursos de debate.

Me quedé mirándolo.

—¿Qué?

—Quería derrotarla.

La puerta se abrió ligeramente.

Evelyn asomó la cabeza.

—Confirmo. Era insoportable.

Y volvió a cerrarla.

Me tapé la cara.

—Terminé una relación de dos años porque dos desconocidas en un spa dijeron que estabas enamorado de tu rival de debate.

—Parece que sí.

—No vuelvas a hablar de esto.

—Imposible.

Lo señalé.

—Todavía no te he perdonado por la demanda.

—No espero que lo hagas hoy.

Aquello me sorprendió.

Adrian tomó el requerimiento de mis manos y lo rompió por la mitad.

—La acusación queda retirada. Los 718.430 dólares quedan oficialmente reconocidos como fraude de Marcus Rowe. Tus cuentas están limpias.

—¿Y nosotros?

Esta vez tardó en responder.

—Eso no puedo resolverlo con un documento.

Miré mis maletas.

Después la tarjeta.

Después a él.

Había estado preparada para huir porque creía conocer el final de nuestra historia.

Resultaba que ni siquiera había entendido el conflicto.

Tomé la tarjeta negra.

Adrian levantó una ceja.

—¿Eso significa algo?

—Significa que me debes un vuelo.

—Emma.

—Y quinientos dólares del conductor.

—Emma.

—Y terapia por haber recibido una acusación de fraude antes del desayuno.

Finalmente sonrió.

Aquella sonrisa arrogante que llevaba dos años sacándome de quicio.

—¿Cena esta noche?

Lo pensé deliberadamente.

—Una cena.

—Una.

—No significa que volvamos.

—Entendido.

—Y yo elijo el restaurante.

—Eso me preocupa más que el FBI.

Caminé hacia la puerta.

Antes de salir, me volví.

—Por cierto, Adrian.

—¿Sí?

Levanté la tarjeta negra.

¿Sigue sin límite?

Su sonrisa desapareció.

—Emma.

Sonreí.

—Consideraré tu respuesta una confirmación.

Evelyn soltó una carcajada desde el pasillo.

Y por primera vez desde que había escuchado su nombre en aquel spa, entendí algo bastante simple:

Evelyn nunca había vuelto para quitarme a Adrian.

Había vuelto para ayudarlo a descubrir a un ladrón.

El único idiota que casi destruyó nuestra relación había sido Adrian.

Bueno.

Adrian y yo.

Pero mientras entrábamos juntos al ascensor, abrí discretamente la aplicación de una joyería.

Después de todo, si el mejor abogado de Chicago quería una segunda oportunidad, tendría que aprender que algunas negociaciones podían salir extraordinariamente caras.

Related Posts

Parte 2: LA HERENCIA TAMBIÉN PAGA LAS CUENTAS

Michael miró las maletas como si todavía esperara que desaparecieran. —No puedes hablar en serio. —Nunca he hablado más en serio. Diane se dejó caer sobre la…

Parte 2: LA CARPETA NEGRA

No abrí la puerta. Primero encendí la cámara del pasillo y guardé la grabación. Eleanor volvió a golpear. —¡Sé que estás ahí! Anthony intentó parecer más tranquilo….

Parte 2: LA DUEÑA HA VUELTO

Celeste miró a Elliot. Después miró a los dos agentes. Y finalmente volvió a mirar la escritura que tenía entre las manos. —¿Propietaria? —repitió. Elliot ni siquiera…

PARTE 2: EL HOMBRE QUE TODOS SUBESTIMARON.

El primer lunes de Esteban en Unidad San Miguel comenzó a las seis de la mañana. Cuando llegó, los ingenieros ya discutían frente a una mesa cubierta…

Parte 2: EL REGALO QUE PERDIERON

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Vanessa. Cerré mi bolso. —Guardando algo que ya no corresponde entregar. Su sonrisa desapareció. —¿Qué había en ese sobre? —Mi regalo de bodas….

Parte 2: LA VERDAD SOBRE LA CAMIONETA

Mi mano quedó suspendida a centímetros de las llaves. —¿Qué tengo que saber? Ethan miró a su madre. Por primera vez desde que nos habíamos mudado allí,…

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *