PARTE 2: EL PRECIO DE SU TRAICIÓN.

—Vas a devolver el dinero. Ahora mismo.

Aparté el teléfono ligeramente de mi oído.

Adrián no estaba pidiendo nada.

Estaba dándome una orden.

Como si todavía fuera mi prometido. Como si el Grupo Salvatierra fuera una extensión de su familia. Como si después de casarse con otra mujer pudiera llamarme y exigirme que siguiera sosteniendo su empresa.

—No —respondí.

Hubo un silencio.

—¿Qué dijiste?

—Que no.

—Elena, no sabes lo que estás haciendo.

Miré desde mi oficina las luces de la ciudad.

—Precisamente porque sé lo que estoy haciendo, retiré el dinero.

Su respiración se volvió pesada.

—¡Mi padre acaba de decirme que tres bancos suspendieron nuestras líneas de crédito!

—Entonces deberías hablar con los bancos.

—¡Esto es por Sofía!

—No. Esto es porque el Grupo Ferrer depende de capital ajeno para mantener proyectos que no puede financiar.

—¡Mentira!

—Mañana recibirás el informe de riesgo. Léelo antes de volver a gritarme.

Colgué.

Mi asistente, que permanecía frente al escritorio, me observó en silencio.

—¿Está bien?

Pensé en aquella pregunta.

Tres semanas antes habría dicho que sí aunque fuera mentira.

Ahora no necesitaba fingir.

—Todavía no. Pero lo estaré.

A la mañana siguiente comenzó el desastre.

Uno de los principales proveedores del Grupo Ferrer exigió garantías adicionales. Después otro congeló un envío. Antes del mediodía, dos inversionistas solicitaron explicaciones.

Las acciones cayeron.

Adrián apareció ante las cámaras asegurando que todo estaba bajo control.

Sofía estaba a su lado.

Vestía de blanco y sostenía su brazo mientras sonreía.

—Nuestra familia está más unida que nunca —declaró Adrián—. Algunos conflictos personales están intentando convertirse en ataques empresariales, pero no permitiremos que eso ocurra.

Mi asistente apagó la televisión.

—Acaba de acusarla públicamente.

—Déjalo.

—¿No responderá?

—Las cifras responderán por mí.

Dos horas después publicamos el informe financiero que justificaba nuestra retirada.

No mencionamos la boda.

No mencionamos a Sofía.

Solo mostramos números.

Y los números eran devastadores.

El Grupo Ferrer llevaba casi un año ocultando problemas de liquidez.

Nuestra inversión no iba a financiar crecimiento.

Iba a tapar agujeros.

Aquella tarde, el valor de sus acciones volvió a caer.

Pero Adrián todavía no entendía.

Tres días después entró en mi oficina sin cita.

Esta vez no parecía arrogante.

Parecía desesperado.

—Necesito setenta y dos horas.

—¿Para qué?

—Para conseguir otro inversionista.

—Eso no depende de mí.

Golpeó el escritorio.

—¡Claro que depende de ti! Si restauras temporalmente las garantías, puedo cerrar el acuerdo.

Lo miré.

—¿Quieres que mi empresa garantice tus deudas después de que rompiste nuestro compromiso y te casaste con otra mujer?

—¡Esto no tiene nada que ver con nuestro matrimonio!

—Exactamente.

Me incliné hacia él.

—Por eso estoy tomando una decisión empresarial.

Adrián abrió la boca, pero no encontró respuesta.

Entonces la puerta se abrió.

Mi padre entró acompañado por dos abogados.

—Adrián —dijo—, creo que deberías marcharte.

Él se volvió.

—Señor Salvatierra, usted sabe que nuestras familias…

—Nuestras familias iban a unirse mediante un matrimonio que tú cancelaste.

Mi padre dejó una carpeta sobre la mesa.

—La relación comercial será evaluada exactamente como cualquier otra.

Adrián miró primero a mi padre y después a mí.

Finalmente comprendió algo que debería haber entendido desde el principio.

Yo no estaba actuando sola.

El consejo entero respaldaba la decisión.

Se marchó sin despedirse.

Pensé que aquello sería el final.

Me equivocaba.

Una semana después, Sofía pidió verme.

Llegó sin Adrián.

Su apariencia era muy distinta de las fotografías de su boda.

—Necesito hablar contigo —dijo.

—Tienes cinco minutos.

Se sentó.

—Adrián cree que mi familia puede salvar al Grupo Ferrer.

—¿Puede?

Bajó la mirada.

—No.

Aquello no me sorprendió.

La fortuna Laurent llevaba años deteriorándose.

—Entonces deberías decírselo.

—No puedo.

—Ese problema tampoco me pertenece.

Sofía apretó las manos.

—Él se casó conmigo porque mi padre le prometió acceso a un fondo europeo.

La observé con atención.

—¿Y?

—Ese fondo rechazó la operación hace dos meses.

Me quedé en silencio.

Eso significaba que Adrián había cancelado nuestra boda creyendo que Sofía podía reemplazar no solo a su prometida…

sino también al dinero de mi familia.

—¿Él lo sabe?

Sofía negó.

—Todavía no.

Me levanté.

—Entonces tu matrimonio comenzó con una mentira. Tendrán mucho de qué hablar.

Ella también se levantó.

—Elena, espera.

—Tus cinco minutos terminaron.

Dos días después, la verdad salió a la luz.

El padre de Sofía confirmó que no existía ningún fondo disponible.

Adrián comprendió que su nueva esposa no podía salvarlo.

Pero para entonces ya era demasiado tarde.

El consejo del Grupo Ferrer convocó una reunión extraordinaria.

Su propio padre votó a favor de retirarle temporalmente la dirección ejecutiva.

Cuando Adrián salió del edificio, decenas de periodistas lo esperaban.

La fotografía apareció en todos los medios.

El hombre que una semana antes celebraba haber encontrado “al amor de su vida” salía ahora de la empresa familiar sin cargo y sin poder.

Esa noche volvió a llamarme.

Esta vez no gritó.

—Elena…

Casi no reconocí su voz.

—¿Qué quieres?

—Cometí un error.

Cerré los ojos.

Finalmente había llegado.

No una disculpa.

Una necesidad.

—¿Cuál de todos?

—Casarme con Sofía.

—Eso tendrás que resolverlo con tu esposa.

—Nunca debí dejarte.

Solté una pequeña risa.

—No me extrañas a mí, Adrián. Extrañas todo lo que venía conmigo.

—No es verdad.

—Entonces dime algo que extrañes de mí que no tenga relación con mi apellido, mis contactos o mi empresa.

Silencio.

No pudo responder.

Y esa fue la única respuesta que necesitaba.

—Adiós, Adrián.

—¡Elena, espera!

Colgué.

Seis meses después, el Grupo Ferrer sobrevivió tras vender varias divisiones y aceptar nuevos inversionistas. Adrián nunca recuperó la dirección.

Su matrimonio con Sofía terminó antes de cumplir un año.

Yo no celebré ninguna de esas cosas.

No las necesitaba.

Una mañana encontré sobre mi escritorio la vieja carpeta de nuestra boda.

Invitaciones.

Contratos.

Fotografías.

En una de ellas, Adrián me abrazaba mientras yo sonreía hacia la cámara.

Observé durante unos segundos a aquella versión de mí misma.

Después cerré la carpeta.

Mi asistente entró.

—La junta la espera, señora Salvatierra.

Me levanté.

—Vamos.

Antes de salir, deposité la carpeta en una caja destinada al archivo.

No necesitaba destruir el pasado.

Solo necesitaba dejar de vivir dentro de él.

Adrián creyó que cancelar nuestra boda significaba reemplazarme por una mujer que le parecía más dulce.

Nunca entendió que no estaba perdiendo únicamente una prometida.

Estaba perdiendo a la única persona que había sostenido su futuro mientras él daba por sentado que jamás se marcharía.

Y cuando finalmente quiso recuperarme, ya no quedaba nada que negociar.

Porque el día que Adrián eligió a otra mujer, yo también elegí a alguien.

Me elegí a mí misma.

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