Gu Huai Zhou me esperó toda la noche.
Lo supe porque a las siete de la mañana había treinta y seis llamadas perdidas, once mensajes y una fotografía de la entrada de mi antiguo apartamento.
【Estoy aquí.】
【Vuelve.】
【Tenemos que hablar.】
El último decía:
【No puedes casarte con alguien por despecho.】
Leí aquella frase mientras desayunaba frente a Lu Jing Yan.
Mi nuevo esposo llevaba uniforme y sostenía una taza de café como si casarse inesperadamente el día anterior hubiera sido una tarea administrativa más.
—¿Qué dice? —preguntó.
Le mostré la pantalla.
Jing Yan leyó.
Después respondió:
—Tiene razón en una cosa.
Lo miré.
—¿Cuál?
—No deberías casarte por despecho.
Mi corazón se hundió apenas.
Él dejó la taza.
—Por suerte, te casaste conmigo porque aceptaste una propuesta excelente.
Me reí.
—Qué arrogante.
—Gu tenía razón sobre eso.
No respondí a Huai Zhou.
Pero él apareció esa misma tarde.
Yo estaba recogiendo mis últimas pertenencias cuando escuché golpes en la puerta.
—¡Abre!
Conocía aquella voz.
Abrí.
Gu estaba delante de mí.
Todavía llevaba el uniforme médico.
Parecía no haber dormido.
Sus ojos fueron inmediatamente a mi mano.
A la alianza.
Su expresión se volvió terrible.
—Quítatela.
Lo miré.
—No.
—Esto ya ha ido demasiado lejos.
—¿Qué cosa?
—Tu berrinche.
Durante siete años había escuchado aquella palabra cada vez que algo me dolía más de lo que él consideraba razonable.
Esta vez sonreí.
—Estoy casada.
—Con Lu Jing Yan.
—Correcto.
—Ayer por la mañana ibas a casarte conmigo.
—Ayer por la mañana tú ibas a casarte conmigo.
Lo miré directamente.
—Yo sí aparecí.
Su rostro se tensó.
—Yi Ning necesitaba ayuda.
—Su hijo quería subir a una noria.
—No entiendes la situación.
—La entendí perfectamente cuando marcaste “me gusta” en el comentario que decía que parecíais una familia de tres.
Huai Zhou se quedó callado.
—Fue una estupidez.
—Sí.
—Entonces, ¿por una estupidez destruyes siete años?
Negué despacio.
—No fueron una noria y un “me gusta”.
Levanté un dedo.
—Fue la primera cita cancelada.
Otro.
—La segunda.
Otro.
—La tercera.
Seguí hasta nueve.
—Fueron nueve veces diciéndome con tus acciones que siempre habría alguien más importante.
Él bajó la voz.
—Pero tú sabías que terminaría casándome contigo.
Ahí estaba el problema.
Me reí.
—Exactamente.
Gu frunció el ceño.
—¿Qué?
—Estabas tan seguro de que yo siempre seguiría allí que dejaste de tratarme como alguien que podía irse.
Su expresión cambió.
Por primera vez pareció comprenderlo.
—Podemos arreglarlo.
—No.
—Cancela este matrimonio.
—No.
—Él no te conoce como yo.
—Eso espero.
La respuesta le dolió.
Entonces una voz apareció detrás de mí.
—¿Hay algún problema?
Lu Jing Yan.
Huai Zhou apretó la mandíbula.
—Esto es entre ella y yo.
Jing Yan se colocó a mi lado.
No delante.
No respondió por mí.
Solo dijo:
—Entonces pregúntale si quiere hablar contigo.
Gu me miró.
—¿Quieres?
Negué.
—No.
Fue una palabra pequeña.
Pero terminó siete años.
Wen Yi Ning me llamó dos días después.
No contesté.
Me envió un mensaje larguísimo.
Decía que todo había sido un malentendido.
Que jamás había pretendido interferir.
Que Gu únicamente la trataba como una hermana.
Que su hijo se había encariñado con él porque no tenía padre presente.
Y finalmente:
【Si hubiera sabido que te molestaba tanto, jamás le habría pedido ayuda.】
Respondí una sola vez.
【Lo sabías.】
No volvió a escribirme.
Porque ambas sabíamos que era cierto.
Ella sabía las fechas.
Sabía lo del registro.
Incluso había escrito “lo olvidé” debajo de la fotografía de la noria.
No necesitaba pelear con ella.
Gu había sido quien me debía lealtad.
Y Gu había elegido.
Una semana después, el grupo militar volvió a explotar.
Alguien había enviado una fotografía.
Gu Huai Zhou estaba fuera del hospital, discutiendo con Wen Yi Ning.
Después llegó un mensaje:
【El capitán Gu pidió traslado.】
Otro:
【Parece que ya no habla con la hermana Wen.】
No respondí.
Jing Yan sí.
【No conviertan este grupo en una revista de chismes.】
Alguien respondió inmediatamente:
【Dice el hombre que se casó con la novia del capitán en cuarenta minutos.】
Jing Yan:
【Era soltera cuando firmó.】
Otro:
【Coronel Lu, llevaba siete años esperando.】
Jing Yan:
【Y yo llegué puntual.】
Tuve que dejar el teléfono porque empecé a reírme.
Ese hombre era verdaderamente insoportable.
Nuestro matrimonio tampoco se convirtió mágicamente en un cuento perfecto.
La primera semana descubrí que Jing Yan doblaba las toallas con precisión militar.
La segunda, que detestaba dejar platos en el fregadero.
La tercera, que podía despertarse a las cinco de la mañana sin alarma, una característica que personalmente consideraba un defecto grave.
Pero nunca desaparecía sin explicaciones.
Nunca me hacía esperar durante horas.
Cuando surgía una misión, me decía:
—No sé cuándo terminaré. No me esperes despierta.
Y luego, en cuanto podía, enviaba un mensaje.
No grandes promesas.
Solo consistencia.
Una noche le pregunté:
—¿Alguna vez tuviste miedo de que me arrepintiera?
Jing Yan tardó en responder.
—Sí.
—¿Y por qué lo hiciste?
Me miró.
—Porque prefería arriesgarme a que me rechazases después de decirte la verdad que pasar otros años fingiendo que no me importabas.
Sentí un dolor extraño en el pecho.
No de tristeza.
Era la sensación de descubrir cuánto tiempo había aceptado migajas creyendo que eran amor.
Tres meses después hubo una ceremonia en la región militar.
Gu también asistió.
Fue la primera vez que lo veía desde aquella discusión.
Nos cruzamos en el pasillo.
Él se detuvo.
Yo también.
Sus ojos bajaron hacia mi alianza.

—Parece que sigues casada.
—Eso suele ocurrir después de una boda.
Sonrió con amargura.
—Siempre haces bromas cuando estás incómoda.
—Ya no estoy incómoda contigo.
Aquello lo hizo callar.
Después dijo:
—Pedí una cita en el registro.
Lo miré sin entender.
—La décima.
Entonces comprendí.
—Fui aquella mañana —continuó—. La semana después de que te casaras.
Su voz era baja.
—Me senté exactamente donde tú solías esperarme.
No dije nada.
—Estuve allí hasta que cerraron.
Tragó saliva.
—Quería saber cómo se sentía.
Por primera vez sentí tristeza por él.
Pero no amor.
—Huai Zhou…
—Lo sé.
Negó.
—Llegué tarde.
—Sí.
—No solo ese día.
Lo miré.
Finalmente lo había entendido.
—No.
—Llegué tarde durante años.
Asentí.
Después seguí caminando.
No necesitábamos decir nada más.
Al final del corredor estaba Jing Yan.
Me esperaba con dos cafés.
Cuando llegué, me entregó uno.
—¿Todo bien?
Miré atrás.
Gu seguía allí.
Solo.
Por primera vez, era él quien veía marcharse a alguien sin poder pedirle que esperara.
Volví la mirada hacia mi marido.
—Sí.
Jing Yan señaló el reloj.
—Nuestra reserva es a las siete.
—Todavía falta una hora.
—Precisamente.
—¿Temes que lleguemos tarde?
Me miró como si hubiera dicho una barbaridad.
—Jamás llegaría tarde a una cita contigo.
Sonreí.
Tomé su mano.
Y mientras caminábamos juntos, comprendí por qué mi historia con Gu había terminado realmente.
No fue porque Lu Jing Yan apareciera.
Ni por Wen Yi Ning.
Ni siquiera por aquella novena cita perdida.
Terminó porque un día dejé de confundir esperar eternamente con ser amada.
Gu siempre creyó que habría otra oportunidad.
Otra fecha.
Otra promesa.
Otra vez en que yo aceptaría un “lo siento” y regresaría al mismo lugar.
Hasta que aquella tarde miré al hombre que llevaba años llegando demasiado tarde…
y elegí al que simplemente había estado allí.
Gu Huai Zhou tuvo nueve oportunidades para convertirse en mi esposo.
Lu Jing Yan necesitó una.
Y esta vez, cuando salí del registro civil con un certificado rojo entre las manos, no tuve que mirar hacia la puerta esperando que alguien apareciera.
Mi marido ya caminaba a mi lado.