—Señora, ¿se encuentra bien?
La voz me devolvió al presente.
Levanté la mirada.
Mi hija, Emma, estaba a pocos metros, junto a mi marido, Daniel. Él sostenía su pequeño abrigo mientras ella contemplaba fascinada las insignias y uniformes del salón.
—Mamá, mira.
Sonreí.
—Te veo, cariño.
Entonces escuché detrás de mí:
—Anna.
La copa casi se me escapó.
Nadie me llamaba así desde hacía siete años.
Me giré lentamente.
Lucas estaba inmóvil.
Su rostro había perdido todo el color.
—Disculpe —respondí—. Creo que me confunde con alguien.
Se acercó.
—No.
Sus ojos recorrieron mi rostro.
La cirugía reconstructiva había cambiado mis facciones después del accidente. Las cicatrices habían desaparecido casi por completo, mi cabello era diferente y ahora todos me conocían como Elena Bennett Cole.
Pero había cosas que una operación no podía borrar.
La forma de mirar.
La voz.
Los recuerdos.
—Anna murió —murmuró alguien.
Lucas seguía observándome.
—¿Quién eres?
Daniel apareció a mi lado.
—Mi esposa.
Lucas miró su mano sobre mi hombro.
Después vio a Emma corriendo hacia nosotros.
—¡Papá!
Daniel la levantó.
Lucas bajó los ojos hacia ella.
Y algo en su expresión se quebró.
—¿Cuántos años tiene?
Mi cuerpo se tensó.
—Eso no es asunto suyo, comandante.
Emma escondió la cara en el cuello de Daniel.
—Mamá, ese señor me asusta.
Daniel me miró.
No necesitábamos hablar.
—Nos vamos.
Pasé junto a Lucas.
Entonces me agarró de la muñeca.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
Me solté violentamente.
—No vuelva a tocarme.
El salón quedó en silencio.
Lucas miró mi muñeca como si acabara de recordar otra rota siete años atrás.
—Eres tú.
No respondí.
—Anna.
—Mi nombre es Elena.
—¡Te reconocería aunque hubieran cambiado cada parte de tu cara!
Daniel dio un paso entre nosotros.
—Mi esposa le pidió que no la tocara.
Lucas lo miró.
—Esto no tiene nada que ver contigo.
—Todo lo relacionado con ella tiene que ver conmigo si ella quiere que así sea.
Aquello pareció desconcertarlo.
Quizá porque Daniel acababa de resumir en una frase algo que Lucas jamás había comprendido.
Amar a alguien no significa poseerlo.
Entonces apareció Vivian.
Seguía siendo hermosa.
Más elegante, más madura.
Y llevaba a Finn de la mano.
—Lucas, ¿qué ocurre?
Me vio.
Se quedó petrificada.
Su mirada descendió inmediatamente hacia Emma.
—No puede ser.
Lucas se volvió.
—¿Tú también la reconoces?
Vivian palideció.
—No sé de qué hablas.
—Acabas de decir que no puede ser.
—Porque se parece a…
—¿A mi esposa muerta?
La palabra esposa hizo que Emma levantara la cabeza.
—Mamá, ¿él te conoce?
Me arrodillé.
—Hace mucho tiempo.
—¿Antes de papá?
—Sí.
Lucas escuchó.
Y aquella simple respuesta terminó de convencerlo.
—¿Por qué?
Su voz se quebró.
—¿Por qué me hiciste creer que estabas muerta?
Lo miré.
Siete años atrás habría dado cualquier cosa por escuchar dolor en su voz.
Ahora no sentí satisfacción.
Solo cansancio.
—Porque cuando estaba viva a tu lado, tú ya me tratabas como si no existiera.
Vivian intervino.
—Esto es una locura.
La miré.
—Hola, Vivian.
Retrocedió.
—No eres Anna.
—Entonces no deberías estar temblando.
Finn miró confundido a los adultos.
Lucas se volvió hacia Vivian.
—Llévatelo.
—Lucas…
—Ahora.
Ella se marchó con el niño.
Lucas volvió hacia mí.
—Necesito hablar contigo.
—No.
—Te lloré siete años.
—Yo te lloré mientras todavía estaba casada contigo.
Se quedó inmóvil.
—No sabes lo que fue encontrar tus cosas después del accidente.
—Y tú no sabes lo que fue descubrir que mi marido me daba medicamentos sin mi consentimiento.
Su expresión cambió.
Daniel ya conocía la historia.
Pero los demás no.

Varios antiguos compañeros bajaron sus copas.
—Anna…
—No uses ese nombre como si todavía te perteneciera.
Lucas tragó saliva.
—Puedo explicarlo.
—¿Puedes devolverme el embarazo que perdí?
No respondió.
—¿Puedes devolverme los años en que pensé que había algo mal en mí?
Silencio.
—¿Puedes devolverme la noche en que pedí ayuda y elegiste a Vivian?
Lucas cerró los ojos.
—Cuando regresé a buscarte, ya no estabas.
—Exactamente.
Tomé la mano de Daniel.
—Y fue la mejor decisión que tomé.
Lucas miró a Emma otra vez.
—¿Ella es…?
—No.
Respondí antes de que terminara.
—Emma no es tu hija.
Vi algo extraño atravesar su rostro.
Dolor.
Y después confusión.
—Pero tiene cinco años.
Daniel habló con calma.
—Mi esposa no le debe explicaciones sobre nuestra hija.
Nos marchamos.
Pensé que aquello terminaría allí.
Me equivocaba.
A las seis de la mañana siguiente alguien golpeó la puerta de nuestra habitación del hotel.
Daniel miró por la mirilla.
—Es una mujer mayor.
Abrí.
Mi antigua suegra estaba allí.
La mujer que me había ayudado a desaparecer.
Había envejecido muchísimo.
Cuando me vio, comenzó a llorar.
—Anna.
La abracé.
Ella había cumplido su promesa durante siete años.
—¿Cómo me encontraste?
—Lucas me llamó anoche.
Me separé.
—¿Le dijiste algo?
—Nada.
Entonces sacó un sobre.
—Pero tienes que marcharte de aquí.
—¿Por qué?
Miró hacia el pasillo.
—Porque Vivian ya sabe que sobreviviste.
—¿Y?
—Hay algo que nunca te conté sobre aquella noche.
Sentí frío.
—¿Qué cosa?
Entró y cerró la puerta.
—El accidente de los fuegos artificiales no fue la razón por la que te ayudé a desaparecer.
Daniel se acercó.
—Explíquese.
Mi antigua suegra me entregó el sobre.
Dentro había fotografías, registros médicos y una copia de un informe que jamás había visto.
—Después del accidente investigué los medicamentos que Lucas te daba.
—Ya sé para qué eran.
Ella negó.
—No, Anna.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Eso fue lo que Lucas creyó.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué significa?
Sacó un informe de laboratorio.
—Las pastillas que encontraste en casa no coincidían completamente con las que el médico había autorizado.
Sentí que el estómago se me cerraba.
—¿Quién las cambió?
Ella no respondió.
No necesitaba hacerlo.
—Vivian.
Asintió.
—Encontré pruebas de que había entrado varias veces en vuestra casa mientras Lucas estaba fuera.
Daniel tomó el documento.
—¿Lucas lo sabe?
—No.
—¿Por qué nunca se lo dijiste?
Su rostro se derrumbó.
—Porque encontré algo peor.
Sacó una fotografía.
Mostraba a Vivian hablando con un hombre junto al edificio donde ocurrió el accidente.
La fecha era la misma.
—¿Quién es?
—El técnico encargado de los fuegos artificiales.
Mi respiración se detuvo.
—No…
—Murió hace tres años.
—¿Qué tiene que ver conmigo?
Mi antigua suegra sacó la última hoja.
Era una declaración firmada antes de su muerte.
Solo necesité leer unas líneas.
El accidente de aquella noche quizá nunca había sido un accidente.
Entonces sonó mi teléfono.
Número desconocido.
Respondí.
No habló nadie.
Después llegó una fotografía.
Emma saliendo del salón la noche anterior.
Tomada desde lejos.
Debajo había un mensaje:
“Anna debería haber permanecido muerta.”
Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
Daniel tomó inmediatamente su teléfono.
Pero mi antigua suegra me agarró del brazo.
—Hay algo más.
—¿Qué?
Miró la fotografía de Emma y empezó a temblar.
—Anoche, cuando vi a tu hija, entendí por qué Vivian está asustada.
—¿De qué hablas?
Levantó los ojos hacia mí.
—Porque Emma tiene los mismos ojos que Finn.
Me quedé sin respiración.
—Eso es imposible.
Ella negó lentamente.
—No estoy diciendo que Lucas sea su padre.
Hizo una pausa.
—Estoy diciendo que quizá Vivian te mintió sobre quién es realmente el padre de Finn.