PARTE 2: EL ERROR DEL DOCTOR RIVAS

Mateo soltó una carcajada.

Lucas se cubrió la boca para disimular la suya.

Adrian ni siquiera sonrió.

Solo miró a Daniel con aquella calma peligrosa que usaba cuando estaba a punto de convertir una conversación en una negociación.

Daniel siguió mirándome.

—No sabía que tenías hermanos.

—Porque nunca preguntaste.

—Valeria…

—Doctor Rivas —lo corregí.

Aquello le dolió más de lo que esperaba.

Lo vi en sus ojos.

Pero antes de que pudiera responder, Adrian extendió la mano.

—Adrian Castell. Quiero revisar el informe completo antes de que firmen cualquier autorización.

Daniel miró la mano.

Después a él.

—Soy el cirujano responsable.

—Perfecto. Entonces sabrá explicarme por qué una paciente con sospecha de apendicitis aguda ingresó anoche y todavía no ha entrado al quirófano.

El ambiente cambió.

Daniel enderezó la espalda.

—Su estado se mantuvo estable.

Mateo dio un paso adelante.

—¿Estable?

—Mateo —dije.

—No, Val. Ayer apenas podías hablar.

Daniel lo miró.

—No necesito que me enseñe medicina.

Mateo sonrió sin humor.

—Y yo no necesito saber medicina para reconocer cuando alguien está tratando mal a mi hermana.

Lucas intervino antes de que la discusión empeorara.

—Queremos saber si está segura.

Daniel respondió con tono clínico.

—La cirugía es rutinaria, pero ningún procedimiento está libre de riesgos.

Lucas asintió.

—Entonces explíquelo.

Durante diez minutos, Daniel habló del procedimiento, anestesia, recuperación y posibles complicaciones.

Adrian hacía preguntas precisas.

Mateo interrumpía cuando algo no le gustaba.

Lucas me observaba cada pocos segundos.

Y yo…

yo observaba a Daniel.

Porque por primera vez comprendí que no estaba enfadado por ellos.

Estaba celoso.

No de una forma romántica.

Peor.

Parecía herido porque otras personas ocupaban el lugar que él había dado por sentado que siempre estaría vacío.

Cuando terminó, Adrian tomó el consentimiento.

—Quiero otra opinión.

Daniel frunció el ceño.

—No es necesaria.

—No pregunté si era necesaria.

—Cada hora de retraso aumenta riesgos.

Adrian lo miró directamente.

—Entonces conseguir otra opinión no debería tardar demasiado en un hospital que presume de excelencia.

Daniel apretó la mandíbula.

—¿Desconfía de mí?

—No lo conozco.

Mateo soltó:

—Yo sí desconfío.

—Mateo.

—¿Qué? Él es tu ex.

Daniel se volvió hacia él.

—Eso no afecta mi criterio profesional.

Mateo arqueó una ceja.

—Anoche se burló de que estaba sola, ¿verdad?

Se hizo silencio.

Mi sonrisa desapareció.

Daniel me miró.

—Valeria…

Lucas se quitó lentamente la mascarilla.

La enfermera que estaba junto a la puerta abrió los ojos al reconocerlo.

—¿Le dijo eso mientras tenía dolor?

—Fue una conversación privada.

Adrian levantó la vista del documento.

—Entonces sí ocurrió.

Daniel guardó silencio.

Mala respuesta.

Adrian cerró la carpeta.

—Quiero otro cirujano.

—Adrian, no hace falta —dije.

Él me miró.

—Val, necesito saber que quien te opere está pensando en tu apéndice y no en vuestro divorcio.

Daniel palideció.

—Mi profesionalidad no está en discusión.

Una voz femenina apareció desde el pasillo.

—Quizá debería estarlo.

Isabel Prado entró.

Daniel giró.

—Isabel.

Ella llevaba una tableta.

Su expresión ya no era dulce.

—El director quiere verte.

—Estoy atendiendo a una paciente.

—Precisamente por eso.

Daniel frunció el ceño.

—¿Qué ocurrió?

Isabel miró a Adrian.

—El señor Castell solicitó una revisión administrativa del ingreso.

Yo cerré los ojos.

—Adrian.

—Te dije que venía con abogado.

—No necesitabas declarar una guerra.

—Todavía no he declarado nada.

Mateo murmuró:

—Eso sonó aterrador.

Lucas asintió.

—Mucho.

Daniel perdió la paciencia.

—¿Quiénes demonios son ustedes realmente?

Mateo sonrió.

—Ah, ahora sí pregunta.

Daniel me miró.

—Valeria.

Me encogí de hombros.

—Ya te lo dijeron. Mi familia.

—No me refiero a eso.

Su mirada fue hacia Lucas.

Después a Adrian.

Finalmente a Mateo.

—¿Desde cuándo forman parte de tu vida?

Pensé unos segundos.

—Desde que tú dejaste de formar parte de ella.

Silencio.

Daniel bajó la mirada.

Por primera vez no tuvo respuesta.


La segunda opinión llegó cuarenta minutos después.

La doctora Helen Navarro, jefa de cirugía abdominal.

Revisó mis pruebas y pidió una ecografía adicional.

Después volvió con una expresión seria.

—Vamos a operar.

Adrian se incorporó.

—¿Hay algún problema?

—No grave todavía. Pero la inflamación progresó durante la noche.

Mateo miró a Daniel.

—¿Durante la noche?

Daniel tensó la mandíbula.

Helen continuó.

—Podríamos haber esperado unas horas si el cuadro hubiese permanecido igual. Ya no recomiendo esperar.

Lucas tomó mi mano.

—¿Cuándo?

—Ahora.

Todo ocurrió rápido.

Enfermeras entrando.

Papeles.

Medicamentos.

Preparación.

Mientras me llevaban hacia quirófano, Mateo caminó a mi derecha.

—Cuando despiertes, voy a darte una charla sobre pedir ayuda antes de estar medio muerta.

—Qué ganas de no despertar.

—No bromees.

Lucas me besó la frente.

—Estaré afuera.

Adrian levantó los documentos.

—Y yo voy a averiguar exactamente qué pasó anoche.

—Adrian…

—Después me regañas.

Sonreí débilmente.

Entonces vi a Daniel al final del pasillo.

Solo.

No llevaba la carpeta.

No hablaba con nadie.

Simplemente me observaba.

Cuando la camilla pasó junto a él, dijo:

—Valeria.

Giré la cabeza.

Su voz era distinta.

—Lo siento.

Tres años.

Nunca había escuchado esas palabras de su boca.

—¿Por qué?

No respondió.

Las puertas del quirófano se cerraron entre nosotros.


Desperté varias horas después.

Lo primero que escuché fue a Mateo discutiendo.

—No me importa quién sea su padre.

Adrian respondió en voz baja:

—Precisamente debería importarte.

Abrí los ojos.

Lucas fue el primero en verme.

—Val.

Los tres se acercaron.

—¿Todo salió bien?

—Sí —dijo Adrian—. La doctora Navarro dijo que llegaste a tiempo.

Mateo apretó los labios.

—Por poco.

—¿Qué pasó?

Nadie respondió.

Miré a Adrian.

—Dime.

Sacó un documento.

—Mientras estabas operándote revisamos tu expediente.

—¿Y?

—Alguien modificó la hora registrada para tu cirugía.

Mi somnolencia desapareció.

—¿Qué?

—La orden inicial decía intervención anoche.

Me quedé inmóvil.

—Pero Daniel dijo que podían esperar.

Adrian negó.

—Daniel no fue quien cambió la orden.

Miré a los tres.

—Entonces ¿quién?

Lucas parecía incómodo.

Mateo furioso.

Adrian deslizó el documento hacia mí.

En la parte inferior había una firma electrónica.

Dra. Isabel Prado.

Sentí frío.

—Eso no tiene sentido.

—Hay más —dijo Adrian.

—¿Qué?

—Isabel pidió personalmente que tu operación se retrasara hasta esta mañana.

Mi corazón comenzó a latir más rápido.

—¿Por qué?

La puerta se abrió.

Daniel entró.

Tenía el rostro pálido.

En una mano llevaba mi expediente.

En la otra, su teléfono.

—Porque Isabel sabía que Valeria estaba aquí antes de que yo llegara a emergencias.

Adrian se puso de pie.

—¿Cómo?

Daniel me miró.

Y por primera vez desde nuestro divorcio…

parecía asustado de verdad.

—Acabo de revisar las cámaras del hospital.

Hizo una pausa.

—Isabel estuvo en tu habitación anoche mientras estabas inconsciente.

Mateo avanzó.

—¿Qué hizo?

Daniel tragó saliva.

—Todavía no lo sé.

Entonces dejó el teléfono sobre mi cama.

En la pantalla había una imagen congelada.

Isabel junto a mi camilla.

Y en su mano…

una jeringa.

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