PARTE 2: LA NOCHE EN QUE CAMBIARON LAS REGLAS

A las once y cuarenta y siete sonó el timbre.

Daniela ya estaba encerrada en su habitación.

Había cenado una manzana, revisado dos veces la alarma del teléfono y colocado la escritura del departamento dentro del cajón de su buró.

No quería discutir más.

Desde el pasillo escuchó la voz de Mauricio.

—¿Papá? ¿Qué haces aquí?

Luego la de Teresa.

—Yo lo llamé.

Daniela abrió los ojos.

Hubo un silencio.

Después Rogelio habló.

—Ponte zapatos.

—¿Qué?

—Zapatos, Mauricio.

Daniela se levantó.

Cuando salió al pasillo encontró una escena extraña.

Rogelio estaba junto a la puerta con una bolsa de supermercado en una mano.

Teresa permanecía en la cocina.

Sobre la mesa había tres cosas.

Un cuchillo.

Una bolsa de papas.

Y una tabla de cortar.

Mauricio miró todo aquello.

—¿Qué es esto?

Teresa señaló una silla.

—Siéntate.

—Mamá, mañana hablamos.

—Ahora.

Mauricio soltó una carcajada.

—¿También Daniela te puso en mi contra?

Teresa tomó una papa.

—Tu esposa llegó después de trabajar doce horas y tú me dijiste que estaba en casa todo el día quejándose.

Mauricio palideció.

Daniela se apoyó contra la pared.

—Mamá…

—Cállate.

Teresa comenzó a pelar la papa.

—También dijiste que habías adelgazado porque Daniela no te alimentaba.

Rogelio miró el abdomen de su hijo.

—Pues no parece una emergencia.

Daniela tuvo que morderse el labio.

—¿Para esto me hicieron levantarme? —protestó Mauricio.

Teresa dejó el cuchillo.

—No. Te levantamos porque quiero entender dónde fallamos contigo.

Mauricio se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Tu padre trabajó treinta y ocho años. Yo trabajé veintinueve. Los dos cocinábamos. Los dos limpiábamos. Cuando naciste, Rogelio cambiaba pañales aunque entrara a trabajar a las cinco de la mañana.

Rogelio asintió.

—Y cocinaba horrible.

—Todavía cocinas horrible.

—Eso también.

Teresa volvió a mirar a Mauricio.

—Entonces explícame cómo nuestro hijo terminó creyendo que una esposa es una empleada doméstica con sueldo propio.

—Están exagerando.

Daniela sintió que algo dentro de ella se aflojaba.

Por primera vez alguien más estaba viendo lo que llevaba meses intentando explicar.

Mauricio señaló a su esposa.

—Ella gana más que yo.

—Actualmente cualquiera gana más que tú —respondió Rogelio.

—¡Estoy construyendo mi carrera!

—Desde el sofá.

Mauricio golpeó la mesa.

—¡Basta!

Teresa deslizó hacia él la bolsa.

—Pela.

—¿Qué?

—Las papas.

—No voy a pelar papas.

—Entonces no comes.

—¡Tengo treinta y dos años!

Exactamente. Ese es el problema.

Daniela soltó una risa involuntaria.

Mauricio la fulminó.

—¿Te parece divertido?

Su tono hizo desaparecer inmediatamente su sonrisa.

Teresa lo vio.

Vio también cómo Daniela bajaba los ojos por reflejo.

Y su expresión cambió.

—¿Le hablas así normalmente?

—Es mi esposa.

—No pregunté quién es. Pregunté si la tratas así.

Mauricio guardó silencio.

Rogelio dejó su chaqueta sobre una silla.

—Hijo, ¿cuánto pagaste de gastos este mes?

—Eso es asunto nuestro.

—Cero —respondió Daniela.

Mauricio giró.

—¡Nadie te preguntó!

Rogelio golpeó la mesa con la palma.

A ella no le vuelves a hablar así delante de mí.

El rostro de Mauricio se endureció.

—Esta es mi casa.

Daniela respiró profundamente.

—No.

Todos la miraron.

—Esta es mi casa.

Entró en la habitación y regresó con una carpeta.

Sacó la escritura.

—La heredé antes del matrimonio. Está únicamente a mi nombre.

Mauricio se rio.

—Otra vez con eso.

—Sí. Otra vez.

Colocó el documento frente a él.

—Porque parece que necesitas recordarlo.

Mauricio ni siquiera lo leyó.

—Soy tu marido. También tengo derechos.

—Y obligaciones.

—¿Me estás amenazando?

Daniela lo miró.

Meses pagando.

Meses limpiando.

Meses justificándolo.

Y aquella noche, finalmente, estaba demasiado cansada para seguir teniendo miedo de una discusión.

—No.

Hizo una pausa.

—Te estoy dando treinta días para conseguir trabajo estable y empezar a pagar tu parte.

Mauricio abrió la boca.

—Y tu madre no se queda a vivir aquí.

Teresa levantó una mano.

—En eso estamos completamente de acuerdo.

Mauricio la miró horrorizado.

—¿De qué lado estás?

—Del lado de la persona que tiene razón.

—¡Soy tu hijo!

—Por eso mismo tengo la obligación de decirte cuando te estás convirtiendo en un inútil.

Rogelio empujó la bolsa de papas hacia él.

—Empieza pelando.

Mauricio tomó una papa y la lanzó contra la mesa.

—No pienso participar en esta humillación.

Caminó hacia la puerta.

—¿Adónde vas? —preguntó Daniela.

—Donde alguien me valore.

Sacó el teléfono.

Entonces apareció una notificación.

Daniela también la recibió.

Movimiento detectado en la puerta principal.

Pero estaban todos allí.

Frunció el ceño.

La aplicación mostraba una grabación de aquella tarde.

Mauricio entrando al departamento.

No estaba solo.

Una mujer joven caminaba detrás de él.

Daniela sintió que se le congelaba el cuerpo.

—Mauricio.

Él se detuvo.

—¿Quién es ella?

Le mostró la pantalla.

Su rostro perdió el color.

Teresa se levantó.

—¿Qué mujer?

Daniela reprodujo el video.

La desconocida entraba cargando una caja.

Mauricio miraba hacia el pasillo antes de cerrar rápidamente la puerta.

La grabación continuó.

Cuarenta minutos después, la mujer salía sin la caja.

Rogelio miró a su hijo.

—Habla.

—Es una clienta.

—¿Una clienta trae cajas a tu casa?

—Material de trabajo.

Daniela amplió la imagen.

En la caja había un logotipo.

Casa de Empeño San Marcos.

Su corazón dio un vuelco.

Corrió hacia el mueble del comedor.

Abrió el cajón donde guardaba una pequeña caja de madera heredada de su abuela.

Vacío.

—No.

Revisó otro cajón.

Después otro.

—Daniela —preguntó Teresa—, ¿qué falta?

Ella levantó la mirada.

—Las joyas de mi abuela.

Mauricio retrocedió.

—Puedo explicarlo.

—¿Las empeñaste?

—Necesitaba dinero.

—¿Para qué?

Silencio.

Rogelio avanzó.

—Mauricio.

—Debía algunas cosas.

—¿Cuánto?

No respondió.

Daniela tomó su teléfono.

—Voy a llamar a la policía.

Mauricio se abalanzó para quitárselo.

Rogelio lo sujetó.

—¡Ni se te ocurra!

—¡Suéltame!

Entonces alguien golpeó la puerta.

Tres veces.

Daniela miró la cámara.

La misma mujer del video esperaba afuera.

Pero esta vez llevaba una carpeta.

Mauricio dejó de forcejear.

—No abras.

Daniela lo miró.

—¿Quién es?

—Dani, por favor.

Aquello fue suficiente.

Abrió.

La mujer miró primero a Mauricio.

Después a Daniela.

—¿Daniela Morales?

—Sí.

Le entregó la carpeta.

—Creo que esto le pertenece.

Dentro había copias de documentos.

Estados de cuenta.

Préstamos.

Fotografías de las joyas.

Y un contrato con una cifra que hizo que Daniela sintiera náuseas.

Ochocientos cincuenta mil pesos.

—¿Qué es esto?

La mujer miró a Mauricio.

—La deuda de su esposo.

Daniela pasó otra página.

Entonces encontró algo peor.

Como garantía del préstamo aparecía una propiedad.

Su propiedad.

El departamento.

—Esto es imposible.

Buscó la firma.

DANIELA MORALES.

Pero ella jamás había firmado aquello.

Levantó lentamente los ojos.

—Mauricio…

Él ya estaba llorando.

—Yo podía devolverlo.

—Falsificaste mi firma.

—Solo necesitaba tiempo.

La mujer negó con la cabeza.

—Señora Morales, hay algo más que debería saber.

Sacó un último documento.

—Ese préstamo no fue para financiar ningún negocio.

Daniela sintió que el corazón le golpeaba las costillas.

—Entonces ¿para qué fue?

La mujer miró directamente a Mauricio.

—Pregúntele por la segunda familia que mantiene desde hace once meses.

Y esta vez…

hasta Teresa dejó caer el cuchillo.

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