Valeria tomó el vaso.
Rodrigo sonrió.
—Así me gusta.
Ella acercó el jugo a sus labios, pero en ese instante las luces comenzaron a apagarse.
El maestro de ceremonias anunció la proyección del video conmemorativo de Grupo Villarreal.
Oscuridad.
Era su oportunidad.
Valeria dejó su vaso sobre la mesa.
Apenas podía distinguir las siluetas.
Frente a ella estaban las dos bebidas casi idénticas.
La suya.
Y la de Camila.
Intercambió los vasos.
Cuando regresaron las luces, Rodrigo seguía mirando la pantalla.
No había visto nada.
Camila tomó su coctel.
Bebió.
Valeria sintió una punzada de miedo.
No sabía qué había puesto Rodrigo en su bebida.
Quizás había cometido un error terrible.
—¿No vas a beber? —susurró él.
Valeria fingió hacerlo.
Solo humedeció los labios.
Pasaron cinco minutos.
Nada.
Diez.
Entonces Camila dejó caer el tenedor.
El metal golpeó el plato.
Rodrigo giró inmediatamente.
—¿Estás bien?
Camila parpadeó varias veces.
—Tengo… muchísimo calor.
Ernesto la miró.
—¿Quieres salir?
—No.
Su voz sonaba extraña.
Demasiado relajada.
Camila bebió agua.
Después comenzó a reír.
—Qué gracioso.
—¿Qué cosa? —preguntó Rodrigo.
Ella lo señaló.
—Tu cara.
Rodrigo palideció.
Valeria lo vio comprender.
Camila había bebido el vaso equivocado.
—Camila —dijo rápidamente—. Ven conmigo.
Intentó levantarla.
Ella apartó su mano.
—No me toques.
Varias personas de la mesa principal miraron hacia ellos.
—Necesitas aire —insistió Rodrigo.
Camila soltó otra carcajada.
—Siempre quieres controlar todo.
—Baja la voz.
—Como cuando me dijiste que Valeria estaría demasiado confundida para recordar lo de esta noche.
El corazón de Valeria se detuvo.
Rodrigo perdió el color.
—Estás diciendo tonterías.
—No.
Camila sonrió hacia Valeria.
—Tu marido tenía un plan precioso para ti.
Rodrigo intentó taparle la boca.
Andrés se levantó inmediatamente.
—No la toque.
—Esto no te concierne.
—Si una invitada está desorientada después de beber algo, sí.
Valeria sacó discretamente su teléfono y comenzó a grabar.
Camila apoyó los codos sobre la mesa.
—Rodrigo quería que Valeria firmara.
Valeria sintió frío.
—¿Firmara qué?
Camila giró hacia ella.
—Tus acciones.
Rodrigo golpeó la mesa.
—¡Cállate!
Ahora todos miraban.
Ernesto se puso de pie.
—¿Qué acciones?
Camila lo observó y comenzó a reír nuevamente.
—Ay, don Ernesto.
Su expresión cambió.
—Usted tampoco sabe.
—¿Saber qué?
Rodrigo agarró a Camila del brazo.
—Nos vamos.
—¡Suéltame!
Ella se liberó.
—Valeria tiene más acciones que tú.
El salón pareció encogerse.
Ernesto miró a su nuera.
—¿De qué está hablando?
Valeria tampoco entendía.
Camila continuó:
—Las acciones de Lucía.
Ese nombre cambió completamente el rostro de Ernesto.
Lucía Villarreal.
Su esposa fallecida.
La madre de Rodrigo.
—¿Qué sabes de Lucía? —preguntó Ernesto.
Camila sonrió.
—Sé dónde dejó el verdadero testamento.
Rodrigo se abalanzó.
Andrés volvió a interponerse.
—No la toque.
—¡Está intoxicada!
Valeria lo miró.
—Qué interesante elección de palabra.
Rodrigo quedó inmóvil.
—¿Por qué sabes que está intoxicada?
Silencio.
—Yo dije que estaba desorientada —continuó Valeria—. Tú dijiste intoxicada.
Andrés entendió inmediatamente.
—Valeria, ¿qué ocurrió?
Ella sacó de su bolso una servilleta.
Dentro estaba el pequeño frasco.
Horas antes, cuando Rodrigo había dejado el saco sobre una silla para bailar con Camila, Valeria lo había recuperado.
Lo puso sobre la mesa.
—Mi esposo vertió esto en mi bebida.

Ernesto miró a su hijo.
—Rodrigo.
—¡No es lo que parece!
—Lo vi —dijo Valeria—. Y tengo el reflejo grabado en mi teléfono.
Era una exageración.
Pero Rodrigo no lo sabía.
Y su reacción fue suficiente.
—¡Borra ese video!
Andrés sonrió fríamente.
—Acaba de ayudarnos bastante.
Camila comenzó a llorar.
—Yo le dije que no lo hiciera.
Valeria se acercó.
—¿Qué quería que firmara?
—Una cesión.
—¿De qué?
Camila señaló a Ernesto.
—Cuando murió su esposa, dejó un fideicomiso.
Ernesto negó.
—Lucía dejó todo a Rodrigo.
—Eso decía el testamento que ustedes encontraron.
Camila bajó la voz.
—No el verdadero.
Rodrigo parecía aterrorizado.
Valeria sintió que estaba abriendo una puerta que llevaba años cerrada.
—¿Dónde está?
Camila la miró.
—Tu esposo lo encontró hace siete meses.
—¿Y qué decía?
Rodrigo gritó:
—¡No le respondas!
Camila sonrió.
—Que Lucía dejó el treinta y cinco por ciento de Grupo Villarreal a la esposa de su hijo.
Valeria dejó de respirar.
—¿A mí?
—No exactamente.
Camila soltó una pequeña carcajada.
—Lo dejó a la mujer que Rodrigo tuviera legalmente como esposa cuando Ernesto cumpliera setenta años.
Ernesto miró el reloj.
Después el enorme pastel preparado para la gala.
Aquella noche celebraban también su cumpleaños número setenta.
Valeria comprendió.
El fideicomiso se activaba esa misma noche.
—Por eso necesitabas mi firma —susurró.
Rodrigo no respondió.
—Querías que estuviera desorientada.
—Valeria, podemos hablar en privado.
—¿Y qué iba a firmar exactamente?
Camila respondió por él.
—Una renuncia irrevocable.
Ernesto se dejó caer en la silla.
—Rodrigo…
Pero Camila todavía no había terminado.
—También necesitaba que pareciera que Valeria había bebido demasiado.
Andrés frunció el ceño.
—¿Para qué?
Camila miró hacia el segundo piso del salón.
Había habitaciones privadas reservadas para ejecutivos.
—Porque después pensaban fotografiarla con otro hombre.
Valeria sintió náuseas.
—¿Quiénes?
Camila abrió la boca.
Entonces se detuvo.
Sus ojos se clavaron en alguien detrás de Valeria.
El miedo atravesó su rostro.
—No…
Valeria giró.
Un hombre mayor acababa de entrar al salón.
Ernesto se levantó tan rápido que volcó su silla.
—¿Qué haces tú aquí?
Valeria nunca había visto a aquel hombre.
Pero Camila comenzó a temblar.
—Él organizó todo.
Rodrigo retrocedió.
—Camila, cállate.
El desconocido caminó directamente hacia la mesa.
Dejó una carpeta frente a Valeria.
—Señora Villarreal, creo que debería leer esto antes de llamar a la policía.
Valeria abrió la primera página.
Era un informe de laboratorio.
Había dos nombres.
RODRIGO VILLARREAL.
Y debajo:
ERNESTO VILLARREAL.
Resultado:
PATERNIDAD BIOLÓGICA EXCLUIDA.
Valeria levantó lentamente la mirada.
Ernesto parecía incapaz de respirar.
Entonces el desconocido pronunció siete palabras:
—Rodrigo nunca fue hijo de Ernesto Villarreal.