PARTE 2: ESTA VEZ, TE ELIJO A TI

Adrian Wells fue el primero en apartar la mirada.

Fue un movimiento mínimo.

Pero Nina lo vio.

También vio cómo sus dedos se cerraban alrededor de la taza de té.

—Señorita Hayes —saludó él.

Señorita Hayes.

Tan distante.

Tan correcto.

Nina casi quiso reír.

El diario de su vida anterior estaba lleno de páginas escritas por aquel hombre.

“Hoy Nina llevaba una cinta azul.”

“Nina odia las bebidas demasiado dulces.”

“Nina sonrió cuando comenzó a llover.”

Y, sin embargo, allí estaba Adrian fingiendo que verla no significaba nada.

Su padre señaló el sofá.

—Llegaste en buen momento. Adrian vino para hablar de un asunto importante.

Nina se sentó.

Adrian permaneció rígido.

—Señor Hayes, quizá deberíamos continuar otro día.

—¿Por qué? —preguntó Nina.

Él la miró.

—Pensé que tendría otros compromisos.

—Los cancelé.

—Entiendo.

No entendía absolutamente nada.

Nina podía verlo.

Su padre carraspeó.

—Adrian propone una alianza entre Wells Capital y nuestra familia.

—¿Qué clase de alianza?

El hombre mayor pareció incómodo.

Adrian respondió:

—Matrimonial.

Exactamente como recordaba.

En la vida anterior, Nina había entrado en aquella habitación, escuchado la propuesta y reaccionado como si la hubieran insultado.

Había dicho que jamás se casaría con un desconocido.

Que amaba a Ethan.

Que prefería quedarse sola antes que convertirse en moneda de negociación.

Adrian había retirado personalmente la propuesta.

Dos años después, cuando la empresa de su padre atravesó una crisis, terminaron casándose por otras circunstancias.

Ella pasó aquel matrimonio esperando que terminara.

Él pasó aquel año amándola en silencio.

Nina lo miró.

—¿Con quién tendría que casarme?

Su padre casi se atragantó.

Adrian quedó inmóvil.

—Conmigo —respondió.

—Ah.

Nina asintió.

—De acuerdo.

Silencio.

Su padre abrió la boca.

La cerró.

Adrian parecía haber olvidado cómo respirar.

—¿Perdón?

—He dicho que de acuerdo.

—Nina —intervino su padre—, esto no es una broma.

—No estoy bromeando.

Adrian se levantó.

—Señor Hayes, necesito hablar con su hija a solas.

Cinco minutos después estaban en la terraza.

El viento movía suavemente el cabello de Nina.

Adrian permaneció a varios pasos de distancia.

—No tienes que aceptar.

—Lo sé.

—Tu padre no perderá mi inversión si rechazas la propuesta.

Nina sintió una punzada en el pecho.

Incluso entonces.

Incluso cuando creía que ella amaba a otro hombre, Adrian había preparado una salida para que pudiera rechazarlo sin consecuencias.

—¿Por qué quieres casarte conmigo?

Él tardó demasiado.

—Nuestras familias se beneficiarían.

Mentiroso.

Nina recordó una frase del diario:

“Si alguna vez me pregunta por qué acepté casarme con ella, probablemente mentiré. Decirle que llevo años queriéndola sería poner sobre sus hombros un sentimiento que nunca pidió.”

Sus ojos ardieron.

—¿Solo por negocios?

Adrian bajó la mirada.

—Sí.

—Perfecto.

Ella dio un paso hacia él.

—Entonces casémonos.

Adrian levantó bruscamente la cabeza.

—¿Y Ethan Shaw?

—¿Qué pasa con él?

—Pensé que estabas enamorada de él.

—Ya no.

Aquellas dos palabras parecieron golpearlo.

—Los sentimientos no desaparecen en una tarde.

—Algunos necesitan cinco años para desaparecer.

Adrian frunció el ceño.

Nina comprendió que había hablado demasiado.

—Digamos que hoy finalmente abrí los ojos.

Su teléfono comenzó a sonar.

Ethan.

Rechazó la llamada.

Volvió a sonar.

Otra vez.

Adrian observó la pantalla.

—Puedes responder.

—No quiero.

—Nina.

—¿Siempre eres tan considerado con el hombre que quieres que tu futura esposa olvide?

Adrian quedó completamente paralizado.

Nina sonrió.

—Buenas noches, señor Wells.

Y entró en la casa.


Ethan apareció cuarenta minutos después.

No llamó.

Entró directamente.

—¡Nina!

Ella estaba en el salón revisando documentos con su padre y Adrian.

Ethan se detuvo al verlo.

—¿Qué hace él aquí?

Adrian levantó tranquilamente los ojos.

—Buenas noches.

—Te pregunté qué haces aquí.

Nina cerró la carpeta.

—Está hablando conmigo.

—Tenemos que irnos.

—¿Tenemos?

Ethan respiró con fuerza.

—Claire está llorando desde que saliste del restaurante.

Nina casi admiró su descaro.

—Entonces consuélala.

—¡Eso intento! Pero cree que provocó una pelea entre nosotros.

—No hubo ninguna pelea.

—¿Qué?

—Para pelear tendríamos que seguir siendo pareja.

El rostro de Ethan cambió.

—No digas tonterías.

—Terminamos.

—Nina.

—Cuatro años fueron suficientes.

Ethan se acercó.

—¿Estás haciendo esto porque le pelé camarones?

—No.

—¿Por Claire?

Nina lo miró fijamente.

Recordó al niño que nacería.

Las mentiras.

La propuesta de matrimonio que años después terminaría convertida en una humillación.

—Estoy haciéndolo por mí.

Ethan soltó una risa incrédula.

—Mañana se te pasará.

Intentó tomarle la muñeca.

Una mano lo detuvo.

Adrian.

No había violencia en su rostro.

Solo una frialdad absoluta.

—La señorita Hayes dijo que terminaron.

Ethan miró su mano.

—Suéltame.

Adrian lo hizo.

—No vuelva a tocarla sin permiso.

—¿Quién demonios eres para decirme eso?

Nina respondió antes que él.

—Mi prometido.

El silencio fue brutal.

Adrian giró hacia ella.

Ethan palideció.

—¿Tu qué?

Nina tomó el documento que acababa de revisar.

—Adrian me propuso matrimonio.

—Eso es absurdo.

—Acepté.

—¡Lo conociste hoy!

Nina miró a Adrian.

No.

Lo había conocido demasiado tarde.

Había necesitado morir una vez para conocer realmente al hombre con quien se había casado.

—Lo conozco suficiente.

Ethan negó con la cabeza.

—Estás intentando ponerme celoso.

—No eres tan importante.

Aquello sí lo hirió.

—Te vas a arrepentir.

Nina sonrió.

—Quizá.

Pero esta vez pensaba arrepentirse de sus propias decisiones.

No de haber desperdiciado años esperando a Ethan.

Él salió dando un portazo.

Cuando quedaron solos, Adrian habló:

—No deberías utilizar un matrimonio para vengarte.

Nina lo miró.

—No lo estoy haciendo.

—Entonces dime por qué yo.

La pregunta llevaba cuatro años escondida detrás de sus ojos.

Nina deseó decirle la verdad.

Que había leído su diario.

Que sabía cómo terminaría su vida.

Que sabía que aquel hombre moriría creyendo que ella jamás había comprendido cuánto la amaba.

Pero todavía no podía.

Se acercó.

—Dame tiempo.

Adrian sostuvo su mirada.

—¿Para qué?

—Para aprender a conocerte como debí hacerlo desde el principio.

Por primera vez, su máscara se quebró.

Solo un poco.

Y Nina vio esperanza.

Entonces el teléfono de Adrian vibró.

Miró el mensaje.

Su expresión cambió inmediatamente.

—¿Qué ocurre?

—Nada.

Guardó el teléfono demasiado rápido.

Nina recordó otra cosa.

Una página del diario.

Una fecha.

Esa fecha.

“Hoy recibí los resultados. El médico dice que, si no comienzo el tratamiento inmediatamente, podría no llegar a los treinta.”

Nina sintió que el corazón se le detenía.

En su vida anterior nunca supo que Adrian había estado enfermo antes de casarse.

Él había ocultado todo.

—Adrian.

—¿Sí?

Ella miró el bolsillo donde acababa de guardar el teléfono.

—¿Acabas de recibir un mensaje de tu médico?

El rostro de Adrian perdió todo color.

—¿Cómo sabes eso?

Nina no respondió.

Porque acababa de comprender algo mucho peor.

Si realmente había regresado cinco años…

quizá no había vuelto únicamente para dejar de amar al hombre equivocado.

Quizá había vuelto para impedir que Adrian Wells muriera.

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