PARTE 2: MI NOVIO ERA EL DOCTOR REED

Durante los siguientes veinte minutos no escribí una sola palabra.

Lucas estaba sentado a cinco metros de mí.

Yo tenía abierto el informe.

Él tenía abierto un expediente.

Y los dos fingíamos que nada había ocurrido.

Mi teléfono vibró.

“¿Estás enfadada conmigo?”

Miré a Lucas.

Él seguía escribiendo.

Respondí:

“¿Por qué estaría enfadada?”

Tres segundos después:

“Porque colgaste.”

Lucas bajó la mirada hacia su teléfono.

Mi corazón dio un salto.

Necesitaba una última prueba.

Escribí:

“Levanta la mano izquierda.”

Silencio.

Lucas dejó de escribir.

Después levantó lentamente la cabeza.

Sus ojos encontraron los míos.

No levantó la mano.

Mi teléfono vibró.

“Emma, esto ya empieza a parecer un interrogatorio.”

Tragué saliva.

“Hazlo.”

Lucas me sostuvo la mirada.

Y entonces…

levantó la mano izquierda.

Me hundí en la silla.

—Dios mío.

—¿Algún problema, doctora Carter? —preguntó con absoluta tranquilidad.

—Ninguno.

—Parece preocupada.

—Estoy descubriendo cosas.

Una de sus cejas se levantó.

—¿Cosas?

—Traumáticas.

Por primera vez vi algo parecido a diversión en sus ojos.

—Concéntrese en el informe.

Lo odiaba.

Lo odiaba muchísimo.

Y, aparentemente, llevaba seis meses llamándolo cariño.


Esperé hasta terminar el turno.

Lucas entró en su despacho.

Yo fui detrás.

Cerré la puerta.

Él levantó la mirada.

—¿Necesita algo?

Saqué el teléfono.

Abrí nuestro chat.

Lo puse sobre su escritorio.

Lucas miró la pantalla.

Después me miró a mí.

—Explícate.

—Creo que es bastante evidente.

—Quiero escucharlo.

Sentí que me ardían las orejas.

—¿Eres tú?

Silencio.

—¿Quién?

—¡No hagas eso!

Lucas apoyó la espalda en la silla.

—¿Hacer qué?

—Actuar como si no supieras que llevamos seis meses hablando.

Su rostro permaneció serio.

Pero sus orejas volvieron a ponerse rojas.

Ahí estaba.

La prueba definitiva.

—Eres tú.

Lucas cerró los ojos un segundo.

—Sí.

Quise desaparecer.

Recordé todos mis mensajes.

“Viejo gruñón sexy.”

“Si algún día nos vemos, pienso abrazarte durante una hora.”

Y, peor todavía:

“Mi jefe es guapísimo hasta que abre la boca.”

Me tapé la cara.

—Quiero renunciar.

—Solicitud denegada.

—¡No puedes denegar mi renuncia!

—Entonces no renuncies por vergüenza.

Bajé las manos.

—¿Desde cuándo sabes que soy yo?

Lucas guardó silencio.

Mala señal.

—Lucas.

Era la primera vez que utilizaba su nombre dentro del hospital.

Sus ojos cambiaron ligeramente.

—Desde hace tres meses.

Me quedé petrificada.

—¿TRES MESES?

—Baja la voz.

—¡Me has estado viendo todos los días sabiendo que por las noches te llamaba mi amor!

—Técnicamente, algunas noches también me llamabas “tirano clínico”.

Quise lanzarle una carpeta.

—¿Cómo lo descubriste?

—Me enviaste una fotografía de un pastel.

—¿Y?

—Detrás aparecía tu credencial reflejada en una cuchara.

Mi alma volvió a abandonar mi cuerpo.

—¿Por qué no me dijiste nada?

Esta vez Lucas perdió la sonrisa.

—Porque eras mi interna.

—Sigo siendo tu interna.

—Exactamente.

Entendí.

—Entonces deberíamos terminar.

Lucas quedó inmóvil.

Aquella reacción dolió más de lo esperado.

—Si eso quieres.

—No dije que quisiera.

—Dijiste “deberíamos”.

—Porque eres mi supervisor.

—Eso puedo solucionarlo.

—¿Cómo?

—Pidiendo que otro médico supervise tu rotación.

Parpadeé.

—¿Harías eso?

—Emma, llevo tres meses intentando mantener completamente separadas ambas relaciones.

Solté una carcajada incrédula.

—¿Separadas? Esta tarde me diste un informe de mil palabras después de obligarme a observar a tu primo.

—Te asigné el mismo trabajo que habría dado a cualquier interno que intentara abandonar una valoración por incomodidad.

—Eres horrible.

—Eso también me lo dijiste anoche.

Me puse roja.

Lucas sonrió.

Una sonrisa real.

Era injustamente bonita.

Entonces recordé algo.

—Espera.

Él dejó de sonreír.

—¿Qué?

—Cuando te conté que mi jefe me regañaba…

—Sí.

—Tú siempre lo defendías un poco.

Lucas miró hacia otro lado.

—Intentaba ser objetivo.

—¡Eras tú defendiéndote a ti mismo!

—No siempre.

—Una vez dijiste: “Seguro que tiene motivos para exigirte tanto”.

—Los tenía.

Agarré un cojín del pequeño sofá de su despacho y se lo lancé.

Lucas lo atrapó.

—Violencia contra un superior. Grave.

—Cállate.

Entonces alguien abrió la puerta.

Ryan.

Caminaba con evidente incomodidad, pero su expresión estaba llena de curiosidad.

Miró el cojín.

Me miró.

Miró a Lucas.

—¿Interrumpo algo?

—Sí —dijimos ambos.

Ryan sonrió.

—Interesante.

Lucas señaló la puerta.

—Fuera.

—Solo venía a decirte que mi madre quiere saber si cenarás con nosotros.

—No.

Ryan me miró.

—Emma, ¿tú tienes planes?

—Ryan.

—¿Qué? Somos antiguos compañeros.

Lucas se puso de pie.

—Definitivamente fuera.

Ryan soltó una carcajada.

—Primo, ¿estás celoso?

Silencio.

Lucas lo miró.

Ryan dejó de sonreír.

—Ah.

Después me miró a mí.

Luego volvió a mirar a Lucas.

AH.

—Ryan.

—Ya me voy.

Salió riéndose.

Yo crucé los brazos.

—¿Estabas celoso durante la exploración?

—No.

—Mentiroso.

—Era un paciente.

—Eso mismo te dije por chat.

Lucas suspiró.

—No estoy orgulloso de ese mensaje.

—Yo pienso guardarlo para chantajearte toda la vida.

Sus ojos se quedaron en los míos.

Toda la vida.

Acababa de decirlo sin pensar.

El ambiente cambió.

Lucas dejó el cojín.

—Emma.

—¿Sí?

—Hay otra cosa que necesitas saber.

Mi sonrisa desapareció.

—¿Qué cosa?

—Cuando descubrí tu identidad, solicité inmediatamente que cambiaran tu supervisor.

—Pero sigues siendo mi supervisor.

—Porque rechazaron la solicitud.

—¿Quién?

Lucas abrió un cajón.

Sacó una carpeta.

—El director médico.

La abrió frente a mí.

Había una solicitud firmada tres meses atrás.

Debajo, una respuesta administrativa.

DENEGADA.

—¿Por qué la rechazaron?

—Eso es lo que llevo semanas intentando averiguar.

Pasó otra página.

—Ayer finalmente conseguí acceso al expediente interno.

Leí el documento.

Mi nombre aparecía varias veces.

Después vi una frase que me dejó helada.

“Mantener a la interna Emma Carter bajo supervisión directa del Dr. Lucas Reed hasta completar la evaluación especial.”

—¿Evaluación especial?

Lucas negó.

—No existe ninguna evaluación con ese nombre en nuestro programa.

Sentí frío.

—Entonces ¿quién escribió esto?

Lucas señaló la firma.

La reconocí.

Todo el hospital conocía ese apellido.

Dr. Nathan Carter.

Me quedé sin aire.

—No puede ser.

Lucas frunció el ceño.

—¿Lo conoces?

Levanté lentamente la mirada.

—Sí.

Mi voz apenas salió.

—Es mi padre.

Lucas quedó completamente inmóvil.

—Emma… en tus documentos dice que tu padre murió cuando eras niña.

—Eso creía.

Mi teléfono vibró.

Número desconocido.

Abrí el mensaje.

Solo contenía una fotografía.

Lucas y yo saliendo juntos del hospital tres noches atrás.

Debajo había una frase:

“Ya descubriste quién es tu novio. Ahora pregúntale por qué tu padre lo eligió para vigilarte.”

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