PARTE 2: LA MUJER QUE ÉL LLAMÓ NADIE.

A las nueve en punto, las puertas de la sala se cerraron.

Alejandro miró su reloj.

—¿Dónde está el nuevo presidente?

Nadie respondió.

Julián Herrera, director financiero, permanecía sentado al otro extremo de la mesa con una carpeta negra frente a él.

Teresa Salgado ocupaba el asiento reservado para asesoría jurídica.

Aquello incomodó a Alejandro.

—¿Desde cuándo necesitamos abogados para presentar una expansión?

Teresa levantó la vista.

—Desde que descubrimos que existen dos versiones del mismo informe.

La sonrisa de Alejandro desapareció por un segundo.

Verónica apretó la carpeta contra su pecho.

—Seguramente se trata de una actualización —dijo Alejandro—. Podemos aclararlo durante mi presentación.

Julián intervino.

—Eso esperamos.

La puerta volvió a abrirse.

Todos se pusieron de pie.

Alejandro acomodó su saco y sonrió, preparado para recibir al ejecutivo extranjero que imaginaba.

Pero quien entró fue Mariana.

El silencio fue absoluto.

Alejandro frunció el ceño.

—¿Qué haces aquí?

Mariana no respondió.

Caminó lentamente alrededor de la mesa.

Verónica la observaba como si acabara de aparecer un fantasma.

—Mariana —insistió Alejandro—, esta es una reunión privada.

Ella continuó caminando.

Hasta llegar al asiento principal.

Entonces colocó su carpeta azul sobre la tarjeta blanca sin nombre.

Y se sentó.

Alejandro dejó de respirar.

—¿Qué significa esto?

Julián se puso de pie.

—Señores miembros del consejo, presentamos formalmente a la nueva presidenta ejecutiva de Grupo Altavista.

Miró hacia Mariana.

—La señora Mariana Duarte.

Nadie habló.

Alejandro soltó una risa nerviosa.

—Esto tiene que ser una broma.

—No lo es —respondió Mariana.

—Tú no trabajas aquí.

—Eso también es incorrecto.

Julián proyectó el primer documento.

Duarte Analytics aparecía como titular de un paquete accionario adquirido progresivamente durante los últimos tres años.

Junto con otros inversionistas representados mediante acuerdos de voto, Mariana controlaba la mayoría necesaria para reorganizar la dirección ejecutiva.

Alejandro miraba la pantalla sin comprender.

—Duarte Analytics…

Volvió lentamente la cabeza hacia su esposa.

—¿Es tuya?

—Desde hace siete años.

Verónica palideció.

Mariana abrió la carpeta.

—Podríamos hablar de mi empresa durante horas, pero no estamos aquí para discutir mi currículum.

Miró directamente a Alejandro.

—Estamos aquí para hablar del tuyo.

Teresa colocó dos informes sobre la mesa.

—Esta es la evaluación original de la expansión.

Después colocó otros dos.

—Y esta es la versión presentada al consejo.

Los documentos comenzaron a circular.

Riesgos eliminados.

Pasivos ocultos.

Proyecciones alteradas.

Advertencias borradas.

El ambiente cambió inmediatamente.

—¿Quién autorizó estas modificaciones? —preguntó uno de los consejeros.

Alejandro reaccionó.

—Mi equipo realizó ajustes normales.

—¿Normales? —preguntó Mariana.

Proyectó un correo.

En la pantalla apareció el nombre de Verónica.

“Cambiar ‘riesgo alto’ por ‘ajuste temporal’. El consejo no aprobará la expansión si ve el informe como está.”

Verónica se levantó.

—Eso está fuera de contexto.

Mariana proyectó otro.

Esta vez el remitente era Alejandro.

“Elimina cualquier referencia a Duarte Analytics antes de circular la versión final.”

Nadie volvió a defenderlo.

Alejandro miró a Mariana.

—¿Estuviste espiándome?

—Audité una empresa que ahora tengo la responsabilidad de dirigir.

—¡Soy tu esposo!

—Esta mañana parecías bastante orgulloso de actuar como si no lo fueras.

Verónica bajó la mirada.

Alejandro apretó los puños.

—No mezcles nuestra vida privada con esto.

Mariana permaneció serena.

—No lo estoy haciendo.

Sacó un documento.

—Por eso tu infidelidad no aparece en ninguna página de esta auditoría.

Después sacó otro.

—Pero la manipulación de información corporativa sí.

El consejo comenzó a revisar los anexos.

Entonces llegó el golpe más grave.

Julián mostró las cifras reales.

Si Grupo Altavista ejecutaba la expansión de 620 millones bajo las condiciones propuestas, tendría que asumir contratos inflados y compromisos financieros capaces de poner en riesgo cientos de empleos.

Uno de los consejeros miró a Alejandro.

—Nos dijiste que el riesgo era mínimo.

—Porque lo era.

—Los números dicen otra cosa.

Alejandro señaló a Mariana.

—¡Sus números!

Mariana negó.

—No.

Empujó una carpeta hacia él.

—Los tuyos.

Dentro estaban las versiones originales preparadas por su propio departamento.

Alejandro no abrió la carpeta.

Sabía lo que contenía.

Verónica sí lo entendió.

—Alejandro…

Él la fulminó con la mirada.

—Cállate.

Aquella palabra terminó de romper la alianza entre ambos.

—No —respondió Verónica.

Se levantó.

—Tú dijiste que solo estábamos haciendo más presentable el proyecto.

Alejandro palideció.

—Siéntate.

—Dijiste que los riesgos estaban exagerados.

—Verónica.

—¡Y dijiste que Mariana jamás descubriría nada porque no entendía cómo funcionaba esta empresa!

El silencio se volvió insoportable.

Mariana la observó.

No necesitó hacer ninguna pregunta.

Verónica acababa de confirmar delante del consejo que ambos conocían las modificaciones.

Teresa cerró su carpeta.

—Creo que tenemos suficiente.

Alejandro se levantó bruscamente.

—No pueden hacerme esto.

Mariana lo miró.

—Tienes razón.

Él pareció recuperar esperanza.

—El consejo debe hacerlo.

Julián levantó la mano.

La votación duró menos de dos minutos.

Nueve votos a favor.

Uno en contra.

Una abstención.

Alejandro Robles quedó suspendido de todas sus funciones mientras avanzaba la investigación interna.

Verónica también fue apartada de cualquier proyecto estratégico.

Alejandro permaneció de pie.

Horas antes había entrado en aquel edificio convencido de que todos mirarían cómo llegaba acompañado de su amante.

Ahora todos lo miraban por una razón muy diferente.

Mariana se levantó.

—La reunión terminó.

—Tú y yo todavía tenemos que hablar.

—Sí.

Sacó el último sobre de su carpeta azul.

Lo dejó delante de él.

Alejandro reconoció inmediatamente el nombre del despacho jurídico.

—¿Qué es esto?

—Lo que debí entregarte hace meses.

Abrió el sobre.

Documentos de divorcio.

Su rostro se endureció.

—¿Vas a destruir catorce años por un error?

Mariana sintió el golpe de aquellas palabras.

Catorce años resumidos como si la traición hubiera ocurrido por accidente.

—No, Alejandro.

Lo miró por última vez como esposa.

—Tú llevas mucho tiempo destruyéndolos. Yo solamente dejé de protegerte de las consecuencias.

Salió de la sala.

Tres meses después, la investigación confirmó irregularidades graves en la expansión.

El proyecto fue cancelado y renegociado desde cero.

Los recortes masivos también fueron detenidos.

Alejandro nunca regresó a su antiguo cargo.

Verónica abandonó la compañía semanas después.

Y Mariana hizo algo que sorprendió incluso al consejo.

No convirtió su llegada en una campaña sobre su vida personal.

No concedió entrevistas hablando de su matrimonio.

No humilló públicamente a Alejandro.

Simplemente trabajó.

Una tarde regresó al departamento de Polanco.

Alejandro ya había retirado sus pertenencias.

Sobre la mesa encontró una fotografía de su aniversario número diez.

Los dos aparecían sonriendo.

Mariana la sostuvo durante unos segundos.

Había amado realmente al hombre de aquella fotografía.

Pero también comprendió algo.

Quizá Alejandro nunca había visto a la mujer completa que tenía delante.

Solo había visto aquello que ella hacía por él.

Mariana guardó la fotografía en un cajón y cerró.

A la mañana siguiente llegó temprano a Torre Reforma.

Cuando las puertas del elevador se abrieron en el piso 41, varias personas la saludaron.

—Buenos días, presidenta.

Mariana sonrió.

—Buenos días.

Entró en la sala del consejo.

La tarjeta blanca seguía sobre la mesa.

Esta vez tenía un nombre.

MARIANA DUARTE.

Pasó los dedos sobre las letras.

La frase de Alejandro regresó a su memoria:

“Hoy todos van a entender que tú nunca fuiste nadie sin mí.”

Mariana miró la ciudad detrás del cristal.

Y finalmente comprendió por qué aquellas palabras ya no dolían.

Porque Alejandro había tenido razón en una sola cosa: aquel día todos entendieron quién era ella.

Solo que el primero en descubrirlo demasiado tarde fue él.

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