PARTE 2: EL HIJO QUE NUNCA DEBIÓ EXISTIR.

—¿De quién es realmente este bebé?

Alejandro seguía bloqueándome el paso.

Nuestro hijo apretaba su dedo con aquella pequeña mano mientras lo observaba con sus enormes ojos oscuros.

Respiré hondo.

—Creo que es tuyo.

Alejandro dejó de respirar.

—¿Qué acabas de decir?

—Que probablemente eres su padre biológico.

Retiró lentamente el dedo de la mano del bebé.

—Sofía, esto no tiene gracia.

—No estoy bromeando.

Lo llevé al despacho y cerré la puerta.

Por primera vez desde nuestra boda, Alejandro parecía verdaderamente nervioso.

—Hace aproximadamente un año estuve en el Hotel Imperial —comencé—. Había una tormenta.

Su expresión cambió.

—Continúa.

—Conocí a un hombre aquella noche. Estaba herido y no quiso decirme su nombre.

Alejandro se quedó inmóvil.

Levanté mi mano.

—Tenía una cicatriz junto al pulgar.

Sus ojos bajaron inmediatamente hacia su propia mano.

—A la mañana siguiente había desaparecido.

—Sofía…

—Y dejó una tarjeta negra sobre la mesa.

Alejandro cerró los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, toda su frialdad había desaparecido.

—Eras tú.

No era una pregunta.

Asentí.

Él retrocedió hasta sentarse.

Durante meses había visto a Alejandro negociar empresas multimillonarias sin cambiar de expresión.

Pero ahora sus manos temblaban.

—Eso es imposible.

—Tenemos una prueba bastante convincente dormida en mis brazos.

Alejandro miró al bebé.

—Me dijeron que nunca podría tener hijos.

—Tal vez se equivocaron.

—No entiendes. Mi familia consultó especialistas durante años.

—Entonces consulta uno más.

Aquella misma tarde Alejandro ordenó realizar una prueba de paternidad.

También pidió nuevos estudios médicos.

No contó nada a su familia.

Durante tres días casi no habló.

La cuarta mañana llegó el resultado.

Yo estaba desayunando cuando entró en el comedor sosteniendo un sobre.

Su madre lo siguió.

—¿Qué sucede?

Alejandro no respondió.

Se sentó frente a mí.

Abrió el documento.

Leyó la primera página.

Después la segunda.

Sus ojos se humedecieron.

Nunca lo había visto así.

—Alejandro…

Levantó la mirada.

—La probabilidad de paternidad es superior al 99,99 %.

Su madre dejó caer la taza.

—¿Qué?

Alejandro volvió a mirar al bebé.

—Es mío.

La señora Pei se cubrió la boca.

—¡Mi nieto!

Después comenzó a llorar.

Yo también sentí que las piernas me temblaban.

Pero Alejandro no celebró.

Había algo más.

—¿Qué dicen tus estudios?

Su mandíbula se tensó.

—Que nunca fui estéril.

El comedor quedó en silencio.

—¿Cómo?

Alejandro dejó otro informe sobre la mesa.

—Tengo una lesión antigua, pero no produce esterilidad. La posibilidad de tener hijos es menor que el promedio, nada más.

Su madre palideció.

—Eso no puede ser. Los médicos dijeron…

Alejandro levantó la cabeza.

—¿Qué médicos?

Ella guardó silencio.

Y entonces comprendí que aquello era mucho más grande que nuestro matrimonio.

Durante veinte años alguien había permitido que Alejandro creyera que jamás podría ser padre.

—Quiero mis expedientes originales —ordenó.

La señora Pei salió inmediatamente.

Horas después regresó acompañada por el médico privado de la familia.

Traían una caja con documentos antiguos.

Alejandro revisó cada página.

Hasta encontrar algo extraño.

El diagnóstico inicial no decía “esterilidad permanente”.

Decía:

“Pronóstico reproductivo incierto. Requiere seguimiento.”

Pero un informe elaborado dos años después había cambiado aquellas palabras por:

“Infertilidad irreversible.”

—¿Quién firmó esto? —pregunté.

Alejandro observó el nombre.

Doctor Liang Zhou.

El antiguo médico personal de su abuelo.

El problema era que Liang había muerto hacía cinco años.

Parecía que la verdad moriría con él.

Hasta que la madre de Alejandro recordó algo.

—Liang tenía un hijo. También es médico.

Lo encontraron esa misma noche.

Al principio se negó a hablar.

Pero cuando Alejandro le mostró ambos informes, el hombre terminó confesando.

—Mi padre recibió dinero.

Alejandro apretó los puños.

—¿De quién?

El médico bajó la mirada.

—De su tío, Ricardo Pei.

El silencio fue absoluto.

Ricardo era el hermano menor del padre de Alejandro.

Y durante años había sido el siguiente candidato para heredar el Grupo Pei si Alejandro moría sin descendencia.

Todo empezó a tener sentido.

Si Alejandro creía que era estéril, probablemente jamás buscaría tener hijos.

Y sin hijos, el control futuro del imperio terminaría pasando a la rama de Ricardo.

La noticia llegó a la familia como una explosión.

Ricardo negó todo.

Amenazó con demandar.

Dijo que el médico mentía.

Hasta que los abogados encontraron transferencias antiguas vinculadas a una empresa que él controlaba.

Tres días después fue destituido del consejo mientras comenzaba una investigación interna.

Pero para mí aquello ya era secundario.

Esa noche encontré a Alejandro sentado junto a la cuna.

Nuestro hijo dormía.

—¿Estás bien? —pregunté.

—No sé.

Me senté a su lado.

Alejandro permaneció en silencio durante un largo rato.

—Toda mi vida pensé que jamás tendría esto.

Miró al pequeño.

—Por eso acepté casarme contigo.

Mi corazón se encogió.

—Lo sé.

—No.

Se volvió hacia mí.

—No acepté solamente porque necesitara un heredero.

Guardé silencio.

Alejandro continuó:

—Después de aquella noche en el Imperial intenté encontrarte.

Parpadeé.

—¿Qué?

—Regresé al hotel. Pedí registros. Revisé cámaras. Pero habías dado un nombre incompleto.

—Pensé que habías desaparecido porque te arrepentiste.

—Me fui porque recibí una llamada de emergencia. Cuando regresé, ya no estabas.

Solté una pequeña risa incrédula.

—Entonces somos dos idiotas.

Alejandro sonrió.

Y apareció aquel hoyuelo.

Nuestro hijo se movió dentro de la cuna.

Tenía exactamente el mismo.

—Cuando tu padre propuso el matrimonio —continuó Alejandro—, reconocí tu fotografía.

Lo miré sorprendida.

—¿Sabías quién era yo?

—Sí.

—¿Y nunca dijiste nada?

—Pensé que estabas embarazada de otro hombre.

No pude evitar reír.

—Te casaste conmigo creyendo que llevaba el hijo de otro.

—Sí.

—¿Por qué?

Alejandro me miró durante varios segundos.

—Porque prefería criarlo contigo antes que vivir sin volver a verte.

Esta vez fui yo quien se quedó sin palabras.

—¿Y todas esas noches que llegabas tarde?

—Estaba investigando quién filtraba información dentro de la empresa.

—Los rumores decían que tenías amantes.

Alejandro frunció el ceño.

—¿Y tú les creíste?

—Nuestro matrimonio empezó como una “cooperación”.

Sus orejas volvieron a ponerse rojas.

—Podemos renegociar los términos.

Sonreí.

—¿Otra negociación?

—Una definitiva.

Tomó mi mano.

—Quiero un matrimonio verdadero, Sofía. No por la familia. No por el Grupo Pei. Y tampoco porque tengamos un hijo.

Miró al bebé.

Después volvió a mirarme.

—Por nosotros.

Seis meses después celebramos otra ceremonia.

Pequeña.

Sin acuerdos empresariales.

Sin periodistas.

Sin contratos familiares.

Nuestro hijo estuvo en brazos de su abuela durante toda la ceremonia.

Cuando Alejandro terminó sus votos, el pequeño abrió los ojos y arrugó la frente exactamente como su padre.

Todos comenzaron a reír.

Yo también.

Porque durante meses había pensado que el destino me había obligado a casarme con un hombre incapaz de darme hijos mientras yo esperaba el bebé de un desconocido.

La verdad era mucho más absurda.

El desconocido era mi esposo.

El hombre supuestamente estéril era el padre.

Y el bebé que debía ocultar nuestro secreto terminó siendo quien reveló la verdad.

Alejandro tomó a nuestro hijo entre sus brazos y después me besó la frente.

—¿Todavía crees que nuestro matrimonio fue una cooperación?

Lo miré sonriendo.

—Sí.

—¿Sí?

—Pero parece que el proyecto salió bastante bien.

Alejandro soltó una carcajada.

Y mientras nuestro hijo extendía sus pequeñas manos hacia nosotros, comprendí algo.

A veces la vida no corrige sus errores de manera elegante.

A veces simplemente coloca la verdad frente a ti con los mismos ojos, las mismas cejas y el mismo hoyuelo que el hombre que juraba que jamás podría convertirse en padre.

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