PARTE 2: EL PRECIO DE DESPRECIARLA

Ricardo leyó la primera página dos veces.

—¿Qué demonios es esto?

Mariana se sentó frente a él.

—La lista de bienes que deben revisarse antes de que firme cualquier acuerdo.

Ricardo soltó una carcajada.

—¿Bienes? Mariana, tú no tienes nada.

—Entonces no deberías preocuparte.

Daniela se acercó por detrás de él.

Teresa también dejó de sonreír.

Mariana señaló una línea.

—El departamento de Polanco.

Ricardo endureció el rostro.

—Es mío.

—No. Lo compramos durante el matrimonio.

Pasó la página.

—Las acciones de Solaris adquiridas hace doce años.

Otra página.

—Las dos cuentas de inversión.

Otra.

—Y la casa de Valle de Bravo.

Ricardo cerró la carpeta.

—Mis abogados se encargarán.

—Perfecto.

Mariana se levantó.

—Los míos también.

Aquella respuesta lo desconcertó.

Durante años, Ricardo había confundido la tranquilidad de Mariana con ignorancia.

No recordaba que antes de convertirse en la mujer que preparaba desayunos y esperaba despierta cuando sus hijos tenían fiebre, Mariana había negociado contratos millonarios sentada frente a ejecutivos mucho más intimidantes que él.

—Tienes hasta mañana para aceptar mis condiciones —dijo Ricardo—. Después retiro los tres mil pesos.

Mariana lo miró casi con lástima.

—Quédate con ellos.

Teresa resopló.

—Mucho orgullo para alguien que saldrá de aquí con una maleta.

Sofía apareció en las escaleras con dos mochilas.

—Estamos listas, mamá.

Leonardo ni siquiera bajó a despedirse.

Eso fue lo único que consiguió hacer tambalear a Mariana.

Miró una última vez hacia el segundo piso.

Nada.

Tomó su maleta.

—Vamos.

Ricardo frunció el ceño.

—¿Adónde piensas ir?

—Ya no es asunto tuyo.


Veinte minutos después, Sofía miraba por la ventana del taxi.

—Mamá… ¿tenemos suficiente dinero?

Mariana tomó su mano.

—Sí.

—¿Para cuánto?

Mariana sonrió.

—Para bastante tiempo.

El automóvil no se dirigió a un apartamento barato.

Entró en un hotel de lujo sobre Paseo de la Reforma.

Sofía abrió los ojos.

—Mamá…

—Solo estaremos aquí unos días.

En recepción, una mujer se acercó inmediatamente.

—Señora Mariana Salcedo, bienvenida. La suite está preparada.

Sofía esperó hasta entrar al ascensor.

—¿Qué está pasando?

Mariana guardó silencio.

Cuando estuvieron solas en la suite, abrió su computadora.

Entró en una cuenta.

Después giró la pantalla.

Sofía miró la cifra.

320,000,000 MXN.

Parpadeó.

Volvió a mirar.

—¿Eso es…?

—Sí.

—¿Trescientos veinte millones?

Mariana asintió.

Sofía se quedó con la boca abierta.

—¿Somos ricas?

Mariana rio por primera vez en días.

—Yo tengo dinero. Tú tienes que terminar la secundaria.

Sofía se lanzó sobre ella.

Pero después se apartó.

—¿Leonardo sabe?

La sonrisa desapareció.

—No.

—¿Papá?

—Tampoco.

Sofía permaneció callada.

—¿Vas a decírselo?

Mariana cerró la computadora.

—No tengo ninguna obligación de convencer a alguien de mi valor enseñándole mi cuenta bancaria.


Mientras tanto, en Lomas de Chapultepec, Daniela ya había comenzado a reorganizar la casa.

—Este sofá debería cambiarse.

Teresa asentía encantada.

Leonardo pidió comida a domicilio.

A las once de la noche llamó:

—¡Mamá!

Nadie respondió.

Se quedó quieto.

Por costumbre había esperado que Mariana apareciera.

Daniela levantó la vista desde su teléfono.

—¿Qué necesitas?

—Mi inhalador de repuesto.

—¿Dónde está?

Leonardo frunció el ceño.

—Mamá sabe.

Ricardo estaba trabajando.

Teresa dormía.

Después de buscar durante veinte minutos, Leonardo encontró una caja perfectamente etiquetada en su armario.

Dentro había inhaladores, recetas, teléfonos médicos y un calendario de consultas.

Todo organizado por Mariana.

Leonardo cerró la caja con brusquedad.

No quiso pensar en ello.

A la mañana siguiente tampoco había desayuno.

Daniela tomaba café.

—Puedes pedir algo.

—Mamá siempre…

Se detuvo.

Daniela arqueó una ceja.

—Tu madre ya no vive aquí.

Por primera vez, la casa que Leonardo había elegido porque prometía una “vida buena” se sintió extrañamente vacía.


Tres días después, Ricardo recibió una llamada de su abogado.

—Tenemos un problema.

—¿Cuál?

—Mariana contrató a Valdés, Cortés y Asociados.

Ricardo se incorporó.

Era uno de los despachos familiares más caros de México.

—¿Cómo puede pagarlos?

—No lo sé.

Aquella tarde apareció otro problema.

Corporativo Solaris celebraba su gala anual.

Ricardo llegó con Daniela.

Teresa y Leonardo los acompañaban.

Daniela llevaba un vestido que había costado más de lo que Mariana gastaba en ropa durante un año entero.

—Esta es la vida que merecemos —susurró Ricardo.

Leonardo sonrió.

Entonces varios fotógrafos se giraron hacia la entrada.

Un automóvil negro acababa de detenerse.

Primero bajó Sofía.

Después Mariana.

Leonardo dejó de sonreír.

Su madre no llevaba el suéter viejo.

Vestía un traje sencillo y elegante.

Cabello recogido.

Espalda recta.

Pero lo que verdaderamente sorprendió a Ricardo fue el hombre que caminaba junto a ella.

—No puede ser —murmuró.

Era Alejandro Valdés.

Socio principal del despacho que representaba a Mariana.

Teresa palideció.

—¿Qué hace ella aquí?

Mariana pasó junto a ellos.

Leonardo dio un paso.

—Mamá.

Ella se detuvo.

—Hola, Leonardo.

Él miró su ropa.

Luego a Alejandro.

—¿De dónde sacaste dinero para todo esto?

Mariana sostuvo su mirada.

—Buenas noches, hijo.

Y siguió caminando.

No respondió.

Aquello dolió a Leonardo más de lo esperado.

Dentro del salón, el presidente de Solaris subió al escenario.

—Antes de comenzar, tenemos un anuncio extraordinario.

Ricardo apenas prestó atención.

Estaba mirando a Mariana.

—Como saben, nuestro grupo busca desde hace meses un nuevo socio estratégico para financiar la expansión internacional.

Daniela tomó una copa.

—Hoy podemos confirmar que las negociaciones han avanzado.

En las pantallas apareció el nombre de un fondo privado.

Ricardo se quedó inmóvil.

Había visto ese nombre aquella mañana en unos documentos confidenciales.

El fondo estaba negociando una inversión capaz de cambiar completamente el control accionarial de Solaris.

El presidente sonrió.

—Esta noche tenemos entre nosotros a la persona que representa al principal beneficiario de ese fondo.

Mariana cerró los ojos un instante.

Alejandro le susurró:

—Todavía puedes mantenerte anónima.

Ella miró al otro extremo del salón.

Ricardo.

Daniela.

Teresa.

Y Leonardo.

Su hijo la observaba como si estuviera viendo a una desconocida.

Entonces Mariana recordó sus palabras.

“Eres solo una ama de casa sin dinero.”

Abrió los ojos.

—No.

Entregó su copa a Sofía.

—Ya me escondí durante demasiados años.

Alejandro sonrió.

El presidente extendió una mano hacia el lugar donde estaban.

—Señoras y señores…

Ricardo comenzó a perder el color.

Mariana avanzó.

Pero antes de que el presidente pronunciara su nombre, el teléfono de Alejandro vibró.

Miró la pantalla.

Su expresión cambió.

—Mariana.

—¿Qué ocurre?

Él le mostró un mensaje.

URGENTE: SOLICITUD DE BLOQUEO JUDICIAL DEL FIDEICOMISO SALCEDO.

Mariana frunció el ceño.

—Eso es imposible.

—Hay más.

Alejandro abrió el documento adjunto.

—Alguien afirma que parte de los 320 millones no te pertenece.

—¿Quién?

Alejandro bajó la voz.

—Una persona que asegura ser heredera directa de tu tía.

Mariana sintió un escalofrío.

—Mi tía no tuvo hijos.

—Eso creíamos.

Giró la pantalla.

Había una fotografía.

Una mujer de aproximadamente cuarenta años.

Y debajo, un nombre.

Mariana dejó de respirar.

Conocía aquel rostro.

Era Daniela Fuentes.

Al otro lado del salón, la amante de Ricardo levantó lentamente su copa.

Y sonrió.

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