PARTE 2: LA DEUDA QUE LO DESTRUYÓ

Cameron se marchó poco después de las diez.

Antes de subir a su camioneta, miró hacia la ventana del departamento.

Serena seguía allí.

Inmóvil.

Con Calvin detrás.

Cameron no necesitó ver nada más.

Apenas llegó a casa de Rose, sacó el teléfono.

—Necesito que revises un nombre —dijo—. Calvin Maynard.

Al otro lado de la línea hubo una pausa.

—¿Qué buscas?

Cameron miró las notas que había tomado mentalmente durante la cena.

—Todo.


Dentro del departamento, Calvin cerró la puerta.

La sonrisa desapareció inmediatamente.

—Tu tío hace demasiadas preguntas.

Serena retrocedió.

—Solo intentaba conocerte.

—No soy idiota.

Calvin se acercó.

—¿Le contaste algo?

—No.

—Mírame.

Serena levantó los ojos.

—No le conté nada.

Era verdad.

Todavía.

Calvin la observó unos segundos.

Después señaló el dormitorio.

—Vete.

Serena obedeció.

Cerró la puerta.

Esperó.

Cuando escuchó la ducha, sacó del fondo de un cajón el documento que llevaba días escondiendo.

Era un informe del hospital.

Había acudido sola después de la última agresión.

El médico había documentado las lesiones.

Serena había mentido diciendo que se había caído.

Pero antes de marcharse, el doctor había escrito algo que ella había leído veinte veces:

“Las lesiones observadas no parecen compatibles con una caída accidental.”

Serena tomó una fotografía del informe.

Y se la envió a Cameron.

No escribió ninguna explicación.

No hacía falta.

La respuesta llegó treinta segundos después.

“Mañana por la mañana voy por ti.”

Serena sintió miedo.

Después sintió algo que llevaba dos años sin reconocer.

Alivio.


A las siete y cuarto, alguien llamó a la puerta.

Calvin salió del dormitorio irritado.

—¿Quién demonios…?

Abrió.

Cameron estaba allí.

No venía solo.

Rose esperaba junto al ascensor.

Y detrás de Cameron había un hombre con traje gris y un maletín.

Calvin frunció el ceño.

—¿Qué significa esto?

Cameron entró.

—Serena va a recoger sus cosas.

—Esta es mi casa.

—Entonces será fácil. Tú te quedas. Ella se va.

Calvin rio.

—Serena no va a ninguna parte.

—Sí voy.

Todos se giraron.

Serena estaba junto al dormitorio con una maleta.

Calvin la miró como si acabara de traicionarlo.

—Sube y guarda eso.

Ella no se movió.

—No.

Una sola palabra.

Pero decirla hizo que le temblaran las piernas.

Calvin avanzó.

Cameron se interpuso.

—No vuelvas a acercarte a ella así.

—Quítate.

—Inténtalo.

El hombre del traje abrió el maletín.

—Señor Maynard, también sería conveniente que mantuviera la distancia. Soy abogado de la familia.

Calvin se detuvo.

Su expresión cambió.

—¿Abogado?

Cameron sacó una copia del informe hospitalario.

—Anoche me preguntaste por qué hacía tantas preguntas.

Lo dejó sobre la mesa.

—Esta es la respuesta.

Calvin palideció.

—Ella se cayó.

Cameron no levantó la voz.

—Eso lo decidirán otros.

Serena tomó aire.

Caminó hacia la puerta.

Calvin comprendió que realmente estaba perdiendo el control.

—Si sales, no vuelvas.

Serena se detuvo.

Durante dos años aquella amenaza habría funcionado.

Esta vez se giró.

—Ese es exactamente el plan.

Y salió.


Pero Cameron todavía no había terminado.

Mientras Serena descansaba en casa de Rose, él recibió la información que había solicitado.

Leyó el primer documento.

Después el segundo.

Al llegar al tercero, llamó inmediatamente al abogado.

—¿Estás viendo esto?

—Sí.

—Ochocientos mil dólares.

—Exactamente.

Calvin debía 800.000 dólares.

Pero eso no era lo extraño.

La deuda pertenecía a una empresa de financiamiento industrial.

Una empresa que Cameron conocía perfectamente.

Porque él había trabajado para su principal accionista durante catorce años.

—¿Por qué le prestaron tanto? —preguntó Cameron.

—No se lo prestaron personalmente.

—Explícate.

—El dinero fue entregado para comprar maquinaria destinada a un proyecto logístico.

Cameron recordó la cena.

Los supuestos proyectos.

Las cifras incorrectas.

Las contradicciones.

—La maquinaria nunca existió.

—Eso parece.

Cameron cerró los ojos.

Calvin no era un ejecutivo exitoso.

Estaba fingiendo serlo mientras utilizaba empresas inexistentes para conseguir financiamiento.

Pero entonces el abogado añadió:

—Hay algo peor.

—¿Qué?

—Para conseguir el préstamo presentó garantías.

—¿Qué garantías?

Silencio.

—Una propiedad a nombre de Serena.

Cameron se puso de pie.

—Serena no tiene propiedades.

—Eso creíamos.


Una hora después, Cameron dejó una carpeta delante de su sobrina.

—Necesito que mires esta firma.

Serena la observó.

—Parece la mía.

—¿La hiciste tú?

—No.

Cameron pasó la página.

Había una escritura.

Serena frunció el ceño.

—No entiendo.

Rose se sentó junto a ella.

Cameron habló despacio.

—Tu abuelo creó un fideicomiso antes de morir.

Serena levantó la cabeza.

—¿Qué?

—Una nave industrial y dos terrenos quedaron reservados para ti. Debían transferirse cuando cumplieras treinta años.

—Cumplí treinta hace dos años.

—Exactamente.

El mismo año en que Calvin la convenció de abandonar su empleo.

Serena sintió un escalofrío.

Cameron continuó:

—Calvin sabía que existían.

—¿Cómo?

—Eso intento descubrir.

Serena miró nuevamente los documentos.

—¿Usó mis propiedades como garantía?

—Falsificando tu autorización.

El rostro de Rose se endureció.

—Entonces nunca quiso que dejara el trabajo para cuidarla.

Cameron negó.

—Quería controlar sus finanzas.

Serena recordó cuentas.

Contraseñas.

Documentos que Calvin le pedía firmar deprisa.

Su insistencia en encargarse del correo.

De pronto, los últimos dos años parecían diferentes.

Más calculados.

—¿Cuánto valen esas propiedades?

Cameron guardó silencio.

—Tío.

—Actualmente, alrededor de tres millones.

Serena dejó caer los papeles.

Calvin le había repetido durante años que sin él no tenía nada.

Mientras tanto, estaba robando algo que siempre había sido suyo.

El teléfono de Cameron sonó.

Era el abogado.

Escuchó durante unos segundos.

Su expresión cambió.

—Entendido.

Colgó.

—¿Qué pasó? —preguntó Serena.

—Calvin intentó salir del país esta mañana.

Rose palideció.

—¿Lo detuvieron?

—Sí.

Serena debería haber sentido satisfacción.

No la sintió.

Solo cansancio.

Hasta que Cameron añadió:

—Pero antes de detenerlo encontraron algo en su coche.

—¿Qué?

Cameron tardó demasiado en responder.

—Documentos de identidad.

—¿De quién?

—Tuyos.

Serena frunció el ceño.

—Mis documentos están aquí.

—Estos llevan tu fotografía.

Cameron deslizó una imagen sobre la mesa.

—Pero otro nombre.

Serena miró el documento.

Y sintió que el aire desaparecía.

La fecha de nacimiento era diferente.

El apellido también.

—No entiendo.

Cameron sacó otro papel.

Un certificado de defunción.

Rose lanzó un grito ahogado.

Serena leyó su propio nombre.

Su fecha de nacimiento.

Y una fecha de fallecimiento registrada hacía dieciocho meses.

—Esto es imposible.

Cameron la miró con una expresión que Serena jamás le había visto.

Miedo.

—La deuda de ochocientos mil no era el final.

Señaló el certificado.

—Calvin llevaba dieciocho meses construyendo legalmente la muerte de una mujer que seguía viviendo con él.

Serena sintió que las manos empezaban a temblarle.

—¿Para qué?

Entonces el abogado volvió a llamar.

Cameron activó el altavoz.

—Encontramos la respuesta —dijo el hombre.

—Habla.

—Hay una póliza vinculada a esa identidad.

Serena cerró los ojos.

—¿Cuánto?

El abogado respiró profundamente.

—Cinco millones de dólares.

Hubo un silencio.

Después añadió:

—Y Calvin no figura como único beneficiario.

Cameron frunció el ceño.

—¿Quién más?

—Una mujer.

—¿Nombre?

La respuesta hizo que Rose dejara caer su taza.

Porque todos conocían aquel nombre.

Y esa mujer estaba sentada en la misma habitación que Serena.

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