PARTE 2: AHORA ÉL TRABAJABA PARA MÍ

Daniel fue el único que tardó en ponerse de pie.

Yo dejé mi carpeta sobre la mesa.

—Buenos días.

El director financiero sonrió.

—Señores, les presento oficialmente a Emily Hayes, directora ejecutiva de Hayes Global.

Daniel me miraba como si intentara reconciliar dos personas imposibles.

La esposa que había abandonado.

Y la mujer que acababa de entrar acompañada por un equipo de abogados y ejecutivos.

—¿Hay algún problema, señor Carter? —pregunté.

Escuchar su apellido en mi boca pareció despertarlo.

—Ninguno.

—Perfecto. Empecemos.

Durante noventa minutos hablamos de cifras, expansión y condiciones.

Daniel casi no intervino.

Cinco años atrás me explicaba sus negocios durante la cena como si yo fuera incapaz de entender una hoja de cálculo.

Ahora era yo quien preguntaba:

—¿Por qué el margen operativo de su división cayó nueve puntos?

Daniel aclaró la garganta.

—Tuvimos una reestructuración.

—Eso explica tres puntos.

Pasé una página.

—¿Los otros seis?

Silencio.

Uno de sus socios respondió por él.

Daniel apretó la mandíbula.

Al terminar, todos comenzaron a salir.

—Emily.

No me detuve.

—Señorita Hayes.

Eso sí me hizo girar.

—¿Sí?

Daniel cerró la puerta.

—¿Hayes Global es tuya?

—Soy su directora ejecutiva y accionista.

—¿Desde cuándo?

—¿Es relevante para el acuerdo?

—Para mí sí.

—Entonces tenemos prioridades diferentes.

Intenté salir.

Daniel habló detrás de mí.

—Creí que te habías marchado sin nada.

Me detuve.

—Lo hice.

Lo miré.

—Sin marido. Sin hermana. Sin familia que me defendiera.

Su rostro cambió.

—El dinero vino después.

—Emily…

—Hayes.

Pasé junto a él.

Esta vez fue Daniel quien se quedó atrás.


Aquella tarde regresé al hospital.

Mi madre estaba dormida.

Noah esperaba en el pasillo.

—Daniel me llamó.

—Qué sorpresa.

—Está alterado.

—Eso ya no es problema mío.

Noah guardó silencio.

Después preguntó:

—¿Nunca vas a perdonar a Ava?

Lo miré.

—Perdonar no significa volver a confiar.

—Ella lleva años arrepentida.

—¿Antes o después de tener una hija con mi esposo?

Noah bajó los ojos.

Me arrepentí del tono.

La niña no tenía culpa.

—Lo siento.

—Hay algo que no sabes —dijo.

Mi cuerpo se tensó.

—¿Qué?

Noah tardó demasiado.

—La niña no es de Daniel.

Parpadeé.

—¿Qué?

—Lily no es su hija.

Sentí que el suelo cambiaba bajo mis pies.

—Entonces ¿por qué estaban juntos en el aeropuerto?

—Porque Daniel ayuda a Ava.

—¿Desde cuándo Daniel ayuda gratuitamente a alguien?

Noah soltó aire.

—Precisamente.

Antes de que pudiera preguntar, la puerta de la habitación se abrió.

Mi madre estaba despierta.

—Emily.

Entré.

Ella miró a Noah.

—Déjanos solas.

Cuando se marchó, mi madre me tomó la mano.

—Hay algo que debí contarte hace cinco años.

Sentí cansancio antes incluso de escucharla.

—¿Sobre Ava?

Asintió.

—La noche anterior a que firmaras el divorcio, vino a verme.

—Lo recuerdo.

—No. No sabes por qué.

Mi madre tragó saliva.

—Ava estaba embarazada.

Cerré los ojos.

—Mamá, no necesito…

—No era de Daniel.

—No me importa de quién fuera.

—Debería.

Su mano tembló.

—Porque Daniel lo sabía.

Abrí los ojos.

—¿Qué?

—Él nunca dejó tu matrimonio para estar con Ava.

Aquello no tenía sentido.

Yo misma había encontrado mensajes.

Reservas de hotel.

Fotografías.

Daniel había admitido la relación.

—Entonces ¿por qué firmó el divorcio?

Mi madre comenzó a llorar.

—Porque alguien quería que lo hiciera.

—¿Quién?

No respondió.

—Mamá.

—Tu padre.

Me quedé completamente inmóvil.

—Papá llevaba muerto dos años.

Ella negó lentamente.

—Eso es lo que te dijimos.

Sentí frío.

—¿Qué acabas de decir?

Pero antes de responder, empezó a toser.

El monitor aceleró.

Entraron dos enfermeras.

Me hicieron salir.

Me quedé en el pasillo intentando respirar.

Mi padre.

Muerto.

Funeral.

Cementerio.

Todo estaba perfectamente grabado en mi memoria.

Mi teléfono vibró.

Era Daniel.

Lo rechacé.

Volvió a llamar.

Lo rechacé otra vez.

Entonces llegó un mensaje:

“Si tu madre te habló de tu padre, no preguntes nada por teléfono.”

Me quedé mirando la pantalla.

Daniel sabía.


Lo encontré esa noche en el estacionamiento del hospital.

—Habla.

Daniel miró alrededor.

—No aquí.

—Llevas cinco años decidiendo qué puedo saber. Se acabó.

—Emily…

—¿Mi padre está vivo?

Daniel cerró los ojos.

Y ese gesto fue suficiente.

Lo abofeteé.

—¡Cinco años!

—Déjame explicarlo.

—¡Fui a su funeral!

—Yo también creía que había muerto al principio.

—¿Cuándo descubriste la verdad?

—Tres meses antes del divorcio.

Sentí náuseas.

—¿Y no me dijiste nada?

—Me amenazó.

Solté una carcajada amarga.

—Claro. Ahora resulta que tú eres la víctima.

—No.

Daniel me miró directamente.

—Pero tampoco conocías a tu padre.

—Conocía perfectamente a mi padre.

—No, Emily.

Sacó un sobre del interior de su chaqueta.

—Conocías al hombre que él quería que vieras.

Dentro había documentos de empresas.

Transferencias.

Fotografías.

Y mi apellido actual.

Hayes.

—¿Qué significa esto?

Daniel señaló una sociedad.

HAYES CAPITAL MANAGEMENT.

Constituida veintisiete años atrás.

—¿Quién es Robert Hayes?

Daniel no respondió.

Me giré hacia él.

—¿Quién es?

—Tu padre.

Mi respiración se detuvo.

—Mi padre se llamaba Thomas Bennett.

—Legalmente, durante vuestro matrimonio sí.

Daniel pasó otra página.

—Antes era Robert Hayes.

Miré nuevamente mi nuevo apellido.

El apellido que había elegido cinco años atrás porque pertenecía a mi abuela materna.

O eso creía.

—No puede ser.

—Hayes Global no llegó a ti por casualidad, Emily.

Lo miré.

—Yo construí esa empresa.

—Construiste la compañía actual.

Daniel asintió.

—Pero el capital inicial que tu inversor anónimo puso hace cuatro años…

Mi corazón comenzó a golpearme.

Nunca había conocido personalmente a aquel inversor.

Todo se gestionó mediante abogados.

—No.

—Era él.

Retrocedí.

De pronto, mi reconstrucción también parecía contaminada por mi pasado.

—¿Qué tiene que ver Ava?

Daniel bajó la mirada.

—Ava descubrió la verdad antes que tú.

—¿Y?

—Intentó contártela.

—Estaba acostándose con mi marido.

Daniel apretó la mandíbula.

—Eso fue lo que queríamos que creyeras.

Silencio.

—¿Queríamos?

—Las fotografías fueron preparadas.

Lo miré con incredulidad.

—¿Me estás diciendo que fingiste una aventura con mi hermana?

—Sí.

—¿Por qué?

Daniel tardó varios segundos.

—Porque tu padre dijo que, si no conseguíamos que abandonaras la ciudad voluntariamente, iba a destruirte.

—¿Destruirme cómo?

Daniel abrió la boca.

Pero alguien habló detrás de nosotros.

—Creo que esa parte debería explicarla yo.

Me giré.

Un hombre mayor estaba junto a un automóvil negro.

Cabello gris.

Abrigo oscuro.

Una cicatriz sobre la ceja izquierda.

La misma cicatriz que recordaba besar cuando era niña.

Las piernas dejaron de sostenerme.

—Papá…

El hombre que había enterrado cinco años atrás dio un paso hacia mí.

—Hola, Emily.

No pude moverme.

Entonces abrió la puerta trasera del vehículo.

—Antes de que me odies, tienes que conocer a alguien.

Una mujer descendió.

La reconocí inmediatamente.

Valerie Hayes, presidenta del consejo de Hayes Global.

La mujer que cuatro años antes había financiado mi empresa.

Mi mentora.

La persona que me había ayudado a reconstruir mi vida.

Me miró con lágrimas en los ojos.

Y entonces mi padre dijo las palabras que hicieron que todo volviera a derrumbarse:

—Emily, ella no es solamente tu inversora.

Valerie extendió una mano hacia mí.

—Es tu hermana.

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