PARTE 2: EL EXTRAÑO QUE PODÍA CAMBIARLO TODO

Rosalía no supo exactamente por qué empezó a hablar.

Quizá porque aquel hombre no la conocía.

Quizá porque no tendría que volver a verlo.

O quizá porque llevaba demasiado tiempo guardándolo todo.

—Perdí mi trabajo hace cuatro meses.

Emiliano se sentó en el extremo contrario de la banca.

No dijo nada.

Rosalía continuó.

—Mi hermana tiene diecisiete años. Somos solo nosotras desde que murió nuestra madre.

Miró sus manos.

—Valeria quiere estudiar ingeniería. Es buenísima. Mucho mejor de lo que yo fui a su edad.

Sonrió apenas.

—Le prometí que iría a la universidad.

—¿Y ahora crees que no podrás cumplirlo?

Aquella pregunta la hizo bajar la mirada.

—Ahora estoy intentando que no nos echen del departamento.

Emiliano observó su ropa sencilla, los zapatos desgastados y la carpeta que sobresalía de su bolsa.

—¿Eso son currículos?

Rosalía asintió.

—Treinta y dos.

—¿Treinta y dos?

—Hoy.

Por primera vez, algo parecido a sorpresa apareció en su rostro.

—¿Y nadie te contrató?

Rosalía soltó una risa amarga.

—Dos dijeron que estoy sobrecalificada.

—¿Para qué?

—Estudié administración dos años.

—¿Por qué lo dejaste?

El silencio llegó de golpe.

Rosalía miró hacia los niños junto a la fuente.

—Mi mamá enfermó.

No necesitó explicar más.

Emiliano entendió.

—Después murió y Valeria todavía era pequeña.

—Así que te quedaste con ella.

—Alguien tenía que hacerlo.

—¿Cuántos años tenías?

—Veintidós.

Emiliano guardó silencio.

Rosalía respiró hondo.

—Lo siento. No sé por qué te estoy contando todo esto.

—Porque pregunté.

—La mayoría pregunta por educación.

—Yo pregunté de verdad.

Aquella frase la hizo mirarlo.

Por primera vez notó que él no llevaba alianza.

Un reloj elegante brillaba discretamente bajo la manga de su camisa.

Debía costar más que varios meses de renta.

Pero Rosalía no preguntó quién era.

Y a Emiliano pareció gustarle precisamente eso.

—¿Cuánto debes? —preguntó.

Rosalía se tensó.

—No necesito dinero.

—No he dicho que vaya a darte dinero.

—Sonó exactamente así.

Él sonrió.

—Tienes razón.

Rosalía se levantó.

—Gracias por escucharme.

—Espera.

Emiliano sacó una tarjeta.

Ella la miró.

PRADO INDUSTRIAS.

Debajo había un nombre.

Emiliano Prado.

Rosalía levantó los ojos.

Conocía aquella empresa.

Todo el país conocía aquella empresa.

Construcción, energía, tecnología, logística.

Miles de empleados.

—¿Tú trabajas allí?

Emiliano tardó un segundo.

—Algo así.

Rosalía no vio el pequeño destello divertido en sus ojos.

—Preséntate mañana a las nueve.

—¿Para qué?

—Tenemos vacantes administrativas.

Ella miró la tarjeta.

—No quiero caridad.

La sonrisa desapareció.

—Entonces no aceptes ninguna.

Se levantó.

—Ve a la entrevista y consigue el puesto.

—¿Y si no soy suficientemente buena?

Emiliano sostuvo su mirada.

—Entonces no te contratarán.

Eso sí le gustó.

Rosalía guardó la tarjeta.

—Está bien.

—Nueve en punto.

—Estaré allí.


A la mañana siguiente, Rosalía llegó a Prado Industrias a las ocho y veinte.

El edificio tenía treinta plantas.

Mármol.

Cristal.

Guardias.

Personas caminando tan rápido que parecían tener cada minuto comprado de antemano.

Rosalía llevaba su mejor blusa.

No era nueva.

Pero estaba perfectamente planchada.

Se acercó a recepción.

—Buenos días. Tengo una entrevista.

—¿Con quién?

Rosalía entregó la tarjeta.

La recepcionista la miró.

Después miró la tarjeta otra vez.

Su expresión cambió.

—Un momento.

Hizo una llamada.

Cinco minutos después apareció una mujer de traje negro.

—Señorita Rosalía Méndez.

—Sí.

—Acompáñeme.

La llevaron directamente al piso veintinueve.

Rosalía empezó a ponerse nerviosa.

—Creo que hay un error.

—¿Por qué?

—Busco un puesto administrativo.

—Lo sé.

Las puertas del ascensor se abrieron.

Una sala de juntas enorme esperaba al fondo.

Tres ejecutivos estaban sentados allí.

Rosalía tragó saliva.

La entrevista duró una hora.

Preguntaron sobre presupuestos.

Organización.

Atención al cliente.

Resolución de crisis.

Cuando terminaron, uno de los hombres cerró su carpeta.

—¿Por qué dejó sus estudios?

Rosalía respondió la verdad.

—Mi madre enfermó y mi hermana dependía de mí.

—¿Se arrepiente?

Pensó en Valeria.

—De haber dejado la universidad, sí.

Hizo una pausa.

—De haber cuidado a mi familia, nunca.

La mujer del centro sonrió.

—Gracias.

Rosalía salió convencida de que había fracasado.

Entonces escuchó una voz detrás.

—No estuvo mal.

Se giró.

Emiliano estaba allí.

Pero ya no vestía como el extraño del parque.

Varias personas se detenían para saludarlo.

—Buenos días, señor Prado.

—Señor Prado, la reunión de adquisiciones está lista.

—Señor Prado, necesitamos su firma.

Rosalía miró la tarjeta que todavía llevaba en la mano.

Después a él.

—No.

Emiliano arqueó una ceja.

—¿No qué?

—Dijiste que trabajabas aquí.

—Trabajo aquí.

—¡Eres el dueño!

—También trabajo bastante.

Rosalía lo miró horrorizada.

—¿Preparaste esta entrevista?

—Conseguí que te permitieran entrar.

Su voz se volvió seria.

—El resto lo hiciste tú.

—¿Les dijiste que me contrataran?

—No.

—¿Lo prometes?

—Sí.

Rosalía respiró.

Entonces la puerta se abrió.

La directora de recursos humanos salió.

—Señorita Méndez.

Rosalía se giró.

—Queremos ofrecerle el puesto.

Se quedó inmóvil.

—¿De verdad?

—Coordinadora administrativa junior. Tres meses de prueba.

Rosalía se llevó una mano a la boca.

El salario era casi el doble de lo que ganaba en la cafetería.

—Acepto.

Cuando volvió a mirar a Emiliano, él ya caminaba hacia su oficina.

No esperaba agradecimiento.

Eso la sorprendió todavía más.


Tres semanas después, Rosalía había pagado la renta atrasada.

Valeria nunca supo lo cerca que estuvieron de perder el departamento.

—¡Te dije que conseguirías algo mejor! —gritó cuando Rosalía le contó del empleo.

—Todavía estoy a prueba.

—Te contratarán.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque eres insoportablemente responsable.

Rosalía rio.

Todo parecía empezar a mejorar.

Hasta que una tarde recibió una llamada de su antiguo casero.

—Señorita Méndez, tenemos un problema con el contrato.

—¿Qué problema?

—Alguien presentó una reclamación sobre la propiedad.

Rosalía frunció el ceño.

—No entiendo.

—El edificio fue vendido.

—¿Nos van a desalojar?

—No exactamente.

Aquello no la tranquilizó.

—Entonces ¿qué pasa?

—El nuevo propietario pidió revisar específicamente su contrato.

Rosalía sintió que se le hundía el estómago.

—¿Quién compró el edificio?

Hubo una pausa.

—Una subsidiaria de Prado Inversiones.

Rosalía dejó de respirar.


A la mañana siguiente entró directamente al despacho de Emiliano.

Su asistente intentó detenerla.

—Señorita Méndez…

—Necesito hablar con él.

Emiliano levantó la cabeza desde su escritorio.

—Déjala entrar.

Rosalía cerró la puerta.

—Compraste mi edificio.

Él no fingió sorpresa.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque estaba a la venta.

—Hay miles de edificios a la venta.

Emiliano dejó la pluma.

—Rosalía…

—Te dije que no quería caridad.

—No es caridad.

—Entonces explícame qué es.

Él permaneció callado demasiado tiempo.

Rosalía sintió una punzada de decepción.

—¿Me investigaste?

—Sí.

—¿Por qué?

Emiliano se levantó.

—Porque cuando dijiste tu apellido en el parque, pensé que podía tratarse de una coincidencia.

Rosalía frunció el ceño.

—¿Una coincidencia con qué?

Él abrió un cajón.

Sacó una fotografía antigua.

La puso sobre la mesa.

Rosalía la tomó.

En ella aparecía una mujer joven.

Su madre.

Muchísimo más joven.

Y junto a ella estaba un hombre que Rosalía no reconocía.

En la parte posterior había una fecha de hacía veintiséis años.

—¿Dónde conseguiste esto?

Emiliano no respondió.

Rosalía levantó la vista.

—¿Cómo conocías a mi madre?

La expresión de Emiliano cambió.

—Yo no la conocí.

—Entonces ¿quién es ese hombre?

Él tardó varios segundos.

—Mi padre.

Rosalía quedó inmóvil.

—No entiendo.

Emiliano tomó otro documento.

Era una carta.

El nombre de su madre aparecía en la primera línea.

—Mi padre murió hace seis meses —dijo—. Encontramos esto entre sus documentos privados.

—¿Qué dice?

—Que durante años pagó discretamente la educación de una niña.

Rosalía sintió frío.

—¿Qué niña?

Emiliano sostuvo su mirada.

—Tú.

Ella retrocedió.

—Eso es imposible.

—Hay transferencias desde que naciste hasta que cumpliste dieciocho.

—Mi madre jamás dijo…

—Lo sé.

Emiliano respiró profundamente.

—Por eso compré el edificio. Porque descubrí quién era el propietario anterior.

—¿Qué tiene que ver?

Su expresión se endureció.

—Todo.

Sacó una última página.

Rosalía reconoció inmediatamente el nombre.

El casero que llevaba meses presionándola.

—Ese hombre no solo conocía a tu madre.

Emiliano señaló una firma antigua.

—También aparece como testigo en tu acta de nacimiento original.

Rosalía sintió que el corazón se detenía.

—¿Original?

Emiliano abrió una segunda carpeta.

—Rosalía…

—¿Qué?

Él la miró con una seriedad que hizo que todo su cuerpo se tensara.

—El apellido Méndez fue añadido cuando tenías dos años.

La habitación quedó en silencio.

—¿Y cuál era mi apellido antes?

Emiliano deslizó el documento hacia ella.

Rosalía bajó la mirada.

Y el aire desapareció de sus pulmones.

Porque junto a su nombre había un apellido que había visto cada mañana durante tres semanas en la entrada del edificio donde trabajaba.

PRADO.

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