Parte 2: OCHO MESES DEMASIADO TARDE

—Ocho meses.

Repetí aquellas palabras como un idiota.

Miré la pierna de Mia y luego su rostro.

—¿Qué pasó?

Mia apretó los labios.

Lucas respondió por ella.

—Tuvo un accidente.

—Le pregunté a mi hija.

—Y yo te estoy evitando obligarla a contarte algo que deberías saber desde hace meses.

Sentí que la sangre me hervía.

—No te metas entre mi hija y yo.

Lucas soltó una risa amarga.

—Ethan, no necesito meterme. Entre ustedes ya hay más de un año de distancia.

Noah tiró suavemente de mi manga.

—Papá, ¿quién es ella?

Mia bajó la mirada.

Mi estómago se retorció.

—Es Mia.

—¿Tu amiga?

No supe qué responder inmediatamente.

Lucas me observaba.

Finalmente dije:

—Mi hija.

Noah abrió mucho los ojos.

—¿Tienes una hija?

Aquella pregunta me golpeó de una manera absurda.

—Sí.

—Nunca me hablaste de ella.

Mia levantó la cabeza.

Durante un segundo nuestras miradas se encontraron.

Luego dijo:

—No pasa nada.

Pero sí pasaba.

Pasaba demasiado.

Me agaché frente a ella.

—Mia, dime qué ocurrió con tu pierna.

—Me caí.

—¿Dónde?

—En casa.

—¿Te rompiste algo?

Lucas intervino:

—Necesitó cirugía.

Me puse de pie de golpe.

—¿Cirugía?

Mia retrocedió.

Vi miedo en sus ojos.

Miedo hacia mí.

Bajé inmediatamente la voz.

—Cariño… ¿por qué nadie me avisó?

Ella miró a Lucas.

—Mia, mírame. ¿Tu madre no me llamó?

Silencio.

Entonces mi hija metió la mano en su mochila.

Sacó un teléfono viejo.

Abrió algo y me mostró la pantalla.

Diecisiete llamadas.

Todas realizadas ocho meses atrás.

Todas al mismo número.

El mío.

Debajo había mensajes.

«Papá, estoy en el hospital.»

«Me van a operar.»

«Tengo miedo.»

«¿Puedes venir?»

Y el último:

«No importa. Mamá ya llegó.»

Sentí que algo me atravesaba el pecho.

—Yo nunca recibí esto.

Lucas me miró fijamente.

—Eso mismo dijo tu exesposa.

Saqué mi teléfono.

—Mi número no ha cambiado.

Mia guardó el suyo.

—Ya sé.

—Entonces ¿por qué…?

Una voz apareció detrás de nosotros.

—Ethan.

Olivia.

Se acercaba sonriendo, pero al reconocer a Lucas y después a Mia, se detuvo.

Su rostro cambió apenas un instante.

Tan rápido que quizá nadie más lo habría notado.

Yo sí.

—¿Qué haces aquí? —pregunté.

—Quería sorprenderlos.

Noah corrió hacia ella.

—¡Mamá! Papá tiene otra hija.

La sonrisa de Olivia se tensó.

—Lo sé, cariño.

Miré nuevamente mi teléfono.

Diecisiete llamadas.

De repente recordé algo.

Ocho meses atrás había cambiado de móvil.

Olivia había configurado el nuevo porque yo estaba ocupado.

También había insistido en sincronizar mis contactos.

—Olivia.

—¿Sí?

—¿Alguna vez bloqueaste el número de Mia?

El color desapareció de su cara.

—¿Qué?

—Contesta.

—Claro que no.

Lucas extendió la mano.

—Dame tu teléfono.

—¿Para qué?

—Desbloquéalo.

Lo hice.

Lucas entró en los números bloqueados.

Deslizó el dedo.

Entonces se detuvo.

Giró la pantalla hacia mí.

Allí estaba el número de mi hija.

Sentí que el mundo se detenía.

Miré a Olivia.

—Explícame esto.

—Ethan, puedo explicarlo.

—Hazlo.

—Fue un accidente.

—¿Durante ocho meses?

—Yo…

Mia agarró la mano de Lucas.

—Tío Lucas, quiero irme.

Aquellas palabras me dolieron todavía más.

Ella quería irse con él.

No conmigo.

—Mia, espera.

—Estoy cansada, papá.

—Solo dame cinco minutos.

Negó lentamente.

—Te di ocho meses.

No pude responder.

Lucas se marchó con ella.

Esta vez no intenté detenerlos.

Me giré hacia Olivia.

—¿Por qué?

Ella comenzó a llorar.

—Después del divorcio estabas destruido. Cada vez que tu ex te escribía terminabas de mal humor. Yo solo quería proteger nuestra nueva familia.

—Mia no es mi ex.

—Lo sé.

—Es mi hija.

—¡Y Noah también necesitaba un padre!

La miré incrédulo.

—¿Así que decidiste que para ser padre de Noah tenía que dejar de ser padre de Mia?

Olivia guardó silencio.

Ese silencio fue suficiente.

Entonces apareció un recuerdo.

Las dos únicas veces que había visto a Mia después del divorcio habían ocurrido porque mis padres organizaron los encuentros.

Nunca porque Olivia me lo recordara.

Siempre había una razón.

Un viaje.

Una cena.

Un problema de Noah.

Y yo había permitido que ocurriera.

Olivia había cerrado la puerta, pero yo había decidido no comprobar por qué mi hija dejó de llamar.

Aquella culpa era mía.

—¿Qué accidente tuvo?

Olivia negó.

—No lo sé.

—¿Nunca preguntaste?

—Ethan…

Me marché.

Encontré a Lucas en el estacionamiento.

Mia ya estaba dentro de su coche.

—Necesito saberlo.

Lucas cerró la puerta cuidadosamente.

—Ahora sí.

—Puedes odiarme después. Dime qué le pasó.

Me sostuvo la mirada.

—Se cayó por las escaleras.

—¿Cómo?

—Tu ex estaba trabajando. Mia estaba sola unos minutos. Resbaló.

Sentí náuseas.

—¿Qué lesión?

—Fractura complicada. Hubo daño en la pierna.

—¿Se recuperará?

Lucas tardó demasiado en responder.

—Los médicos esperan que sí.

Miré hacia el coche.

Mia observaba por la ventana.

—¿Tú estuviste en el hospital?

—Sí.

—¿Cuánto tiempo?

—Todas las noches durante las primeras dos semanas.

Cerré los ojos.

Mi mejor amigo había estado sentado junto a mi hija mientras yo ayudaba a Noah con sus deberes, iba a cenas familiares y me convencía de que finalmente tenía la vida perfecta.

—¿Y su madre?

—También.

—¿Por qué no vino a buscarme?

Lucas apretó la mandíbula.

—Lo hizo.

Abrí los ojos.

—¿Qué?

—Fue a tu casa la noche anterior a la cirugía.

No recordaba aquello.

Entonces sí recordé.

Una noche Olivia me había dicho que mi ex había aparecido para provocar problemas.

Yo ni siquiera salí.

Le dije:

«Dile que deje de utilizar a Mia como excusa para meterse en nuestra vida».

Se me revolvió el estómago.

—Dios mío…

Lucas negó.

—No culpes solamente a Olivia.

—Lo sé.

—Tu ex llamó. Mia llamó. Tus padres intentaron hablar contigo. Yo también.

Lo miré.

—¿Tú?

—Tres veces.

Entonces recordé sus mensajes.

«Necesitamos hablar.»

Yo había respondido:

«Estoy ocupado. Otro día.»

Nunca pregunté sobre qué.

Lucas abrió la puerta del conductor.

Lo sujeté.

—Quiero arreglarlo.

—No puedes recuperar ocho meses en una tarde.

—Pero puedo empezar hoy.

—Eso no depende de ti.

Miré a Mia.

Ella seguía sin mirarme.

—Entonces esperaré.

Lucas suspiró.

—Hay otra cosa que debes saber.

—¿Qué?

Miró hacia Mia antes de continuar.

—La lesión no fue la razón por la que dejó temporalmente la escuela antes del divorcio.

Sentí un escalofrío.

—¿Entonces qué ocurrió?

Lucas permaneció callado.

—Dímelo.

Finalmente sacó su teléfono.

Abrió una fotografía tomada más de un año atrás.

Era Mia en una habitación de hospital.

Mucho antes del accidente.

—¿Por qué estaba hospitalizada?

Lucas me miró con una tristeza que me hizo sentir miedo.

—Porque mientras tú estabas enamorándote de Olivia, tu hija llevaba meses enferma.

Sentí que dejaba de respirar.

—¿Enferma de qué?

Lucas iba a responder.

Pero entonces Mia bajó la ventanilla.

—Tío Lucas.

Él se volvió.

Mi hija me miró directamente.

Tenía lágrimas en los ojos.

—No se lo digas.

—Mia…

—Por favor.

Me acerqué.

—Cariño, soy tu padre. Tengo derecho a saberlo.

Ella negó.

Y sus siguientes palabras terminaron de destrozarme.

—Lo eras cuando todavía necesitaba que lo supieras.

Lucas subió al coche.

Antes de cerrar la puerta, me entregó una tarjeta.

Era de un hospital infantil.

En la parte posterior había una fecha.

La reconocí inmediatamente.

Era el mismo día en que me había casado con Olivia.

Debajo aparecía el nombre de Mia.

Y una sola palabra escrita a mano:

«Cirugía».

El coche se alejó.

Yo permanecí inmóvil mirando aquella tarjeta.

Entonces mi teléfono vibró.

Era un mensaje de mi madre.

«Ethan, tu exesposa acaba de llamarme. Ha regresado antes de su viaje. Y sabe que viste a Mia.»

Llegó un segundo mensaje.

«Dice que esta vez no permitirá que vuelvas a destruirla.»

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