Parte 2: ESTA VEZ, QUE LA CUIDE SU ESPOSA

Miré el último mensaje de Lucas durante casi un minuto.

Luego bloqueé la pantalla.

No respondí.

A las seis en punto apagué el ordenador, recogí mi bolso y salí de la oficina como cualquier otro día.

Sofía levantó la cabeza.

—¿No tenías que ir a cuidar a tu exsuegra?

Me detuve.

Durante años, aquella pregunta habría sido suficiente para hacerme sentir culpable.

Esta vez no.

—No.

Sofía parpadeó.

—¿Está mejor?

—No lo sé.

Y por primera vez comprendí lo extraño que sonaba aquello.

No lo sé.

Tres palabras normales.

Tres palabras que durante años me habían parecido imposibles.

Yo siempre sabía si la madre de Lucas había comido.

Si había tomado sus medicamentos.

Si tenía fiebre.

Si había dormido.

Si necesitaba cambiar de posición.

Sabía más de su salud que su propio hijo.

Pero ya no era mi responsabilidad.

Salí del edificio.

El teléfono empezó a sonar antes de llegar al coche.

Lucas.

Lo dejé sonar.

Volvió a llamar.

Luego otra vez.

Finalmente apareció un mensaje.

«Ana, ¿dónde estás? Mi madre está sola.»

Respondí por primera vez.

«Entonces vuelve a casa.»

La respuesta llegó inmediatamente.

«Estoy cenando con Laura y sus padres.»

Sonreí.

«Perfecto. Puedes llevarles la cena a tu madre.»

Tres puntos aparecieron en la pantalla.

Desaparecieron.

Volvieron.

Finalmente:

«No empieces.»

Me apoyé contra el coche.

«Lucas, estamos divorciados. Tu madre ya no es mi suegra. Tú tienes esposa. Organízate con ella.»

Su llamada llegó en menos de cinco segundos.

Esta vez contesté.

—¿Qué demonios te pasa?

Su voz era exactamente la misma que utilizaba cuando yo olvidaba comprar algo o llegaba diez minutos tarde al hospital.

—Nada.

—Mi madre tiene fiebre.

—Entonces llama a un médico.

—¡Ya despedí a la cuidadora porque dijiste que normalmente ibas por las tardes!

—Nunca dije que seguiría haciéndolo después del divorcio.

Hubo silencio.

—Ana, te doy dos mil euros todos los meses.

Ahí estaba.

Por fin.

—¿Y?

—No seas infantil. Sabes perfectamente por qué.

Me eché a reír.

—No, Lucas. Durante el divorcio dijiste ante nuestros abogados que era una compensación económica.

—Eso era una formalidad.

—Qué interesante.

Mi voz se volvió tranquila.

—Porque yo tengo una copia firmada.

Lucas dejó de hablar.

—Y en ninguna parte aparece que yo deba cuidar de tu madre.

—Ana…

—Si esos dos mil euros eran un salario encubierto, entonces deberíamos hablar también de contrato laboral, cotizaciones y tres años de cuidados anteriores sin remunerar.

Otra pausa.

—Estás amenazándome.

—No. Estoy dejando de trabajar gratis.

Colgué.

Aquella noche dormí ocho horas seguidas por primera vez en años.

A la mañana siguiente tenía veintitrés llamadas perdidas.

Siete de Lucas.

Nueve de su hermana Patricia.

Cuatro de un número desconocido.

Y tres de Laura.

No respondí ninguna.

A las nueve y media, Patricia apareció en mi oficina.

Entró furiosa.

—¿Qué clase de persona abandona a una anciana enferma?

Mis compañeros levantaron la cabeza.

Yo cerré lentamente el documento que estaba revisando.

—Su hija, por ejemplo.

Se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Tu madre lleva tres años postrada en cama. ¿Cuántas noches has pasado cuidándola?

Patricia apretó los labios.

—Yo tengo niños.

—Y yo tenía trabajo.

—Pero tú eras su nuera.

—Era.

Aquella palabra cayó entre nosotras como una piedra.

—Ahora Lucas tiene otra esposa.

Patricia soltó una risa despectiva.

—Laura no sabe cuidar enfermos.

—Aprenderá.

—¡Eso no funciona así!

Me levanté.

—Curioso. Conmigo sí funcionó así.

Patricia se acercó.

—Mi hermano te paga.

Saqué el convenio de divorcio de mi bolso.

Lo llevaba conmigo desde la noche anterior.

Lo puse sobre la mesa.

—Muéstrame dónde dice que debo cuidar a vuestra madre.

Patricia no lo tocó.

—Todos sabemos cuál era el acuerdo.

—Entonces será fácil demostrarlo ante un juez.

Su expresión cambió.

—Porque si ese dinero era un pago por cuidados, quiero que quede registrado oficialmente. Y también quiero reclamar todo lo que trabajé antes sin cobrar.

Patricia palideció.

—No harías eso.

—Pruébame.

Se marchó sin despedirse.

Ese mismo día tomé la decisión que acabaría cambiándolo todo.

Llamé a un abogado.

No para pelear por los dos mil euros.

Ni siquiera por el apartamento.

Quería revisar absolutamente todo.

Durante nuestro matrimonio, Lucas había manejado las cuentas familiares porque, según él, «yo ya tenía suficiente ocupándome de la casa».

Yo había firmado documentos sin leerlos.

Poderes.

Autorizaciones.

Declaraciones.

Papeles bancarios.

Confiaba en él.

Mi abogado tardó menos de una semana en encontrar la primera irregularidad.

—Ana, necesito que vengas.

Su tono hizo que se me encogiera el estómago.

Cuando llegué, había tres carpetas sobre la mesa.

—¿Qué ocurre?

Él abrió la primera.

—Durante el matrimonio, usted aparece como copropietaria de una pequeña empresa.

Fruncí el ceño.

—Yo nunca he tenido una empresa.

—Legalmente, sí.

Me mostró una escritura.

Mi nombre aparecía allí.

Mi firma también.

Era una empresa creada siete años atrás.

—No firmé esto.

El abogado levantó la mirada.

—Eso complica bastante las cosas.

Abrió la segunda carpeta.

Había movimientos bancarios.

Cientos.

Algunos por cantidades enormes.

—Esta sociedad recibió pagos de varias compañías vinculadas a su exmarido.

—¿Para qué?

—Eso estamos investigando.

Pasó otra página.

—Pero después el dinero salió hacia cuentas distintas.

—¿A nombre de quién?

—De su exmarido, su hermana… y su madre.

Sentí frío.

—¿Su madre?

—Sí.

Entonces entendí algo.

La mujer que todos describían como completamente dependiente aparecía relacionada con movimientos de cientos de miles de euros.

—¿Lucas utilizó mi nombre para esconder dinero?

El abogado no respondió inmediatamente.

—Es una posibilidad.

Abrió la tercera carpeta.

—Pero esto es más grave.

Era una póliza.

Seguro de responsabilidad empresarial.

Yo figuraba como administradora principal.

—¿Qué significa?

—Que si se demuestra fraude fiscal o falsificación dentro de esa sociedad, sobre el papel usted podría aparecer como responsable.

Me quedé sin aire.

Lucas no solo me había utilizado como cuidadora.

También me había utilizado como escudo.

Recordé su generosidad durante el divorcio.

Los doscientos mil euros.

El coche.

Los dos mil mensuales.

No era culpa.

No era compensación.

Era una forma de mantenerme tranquila.

De evitar que revisara nada.

Aquella noche recibí otro mensaje.

Laura.

«Ana, por favor, tenemos que hablar.»

Casi lo ignoré.

Pero añadió una fotografía.

Era Lucas dormido.

A su lado había documentos abiertos.

Reconocí inmediatamente uno de ellos.

La empresa que supuestamente estaba a mi nombre.

Laura escribió:

«Creo que Lucas me está haciendo lo mismo que te hizo a ti.»

Nos encontramos al día siguiente en una cafetería lejos del centro.

Laura parecía diez años mayor que en las fotografías de su boda.

—No sabía nada —dijo inmediatamente.

—¿Nada de qué?

—De la empresa. Del dinero. Ni siquiera sabía que seguía enviándote pagos.

La observé.

—Pero sí sabías que esperaba que yo siguiera cuidando a su madre.

Laura bajó la mirada.

—Me dijo que tú querías hacerlo.

Solté una risa seca.

—Claro.

Ella empujó una memoria USB hacia mí.

—Encontré esto.

No la toqué.

—¿Qué contiene?

—Copias de documentos.

—¿Por qué me los das?

Laura tragó saliva.

—Porque ayer Lucas me pidió que firmara varios papeles.

—¿Y?

—Uno me convertía en administradora de otra empresa.

Sentí un escalofrío.

—¿Firmaste?

—No.

Entonces me miró.

—Y cuando me negué, me dijo exactamente lo mismo que según él te decía a ti.

—¿Qué?

Laura respiró profundamente.

—«No necesitas entenderlo. Solo confía en mí.»

Aquella frase borró cualquier duda.

Llevé la memoria directamente a mi abogado.

Dos días después, su llamada llegó a las siete de la mañana.

—Ana, no salga de casa.

Me incorporé.

—¿Por qué?

—Porque anoche alguien entró en mi despacho.

Mi corazón empezó a golpear.

—¿Robaron los documentos?

—Lo intentaron.

—¿Y la memoria?

—Está segura.

Respiré.

Entonces él continuó.

—Pero encontramos algo dentro que usted necesita conocer.

—¿Qué?

Silencio.

—Hay grabaciones.

—¿De Lucas?

—Sí.

—¿Hablando de las empresas?

—También.

Su voz se volvió más seria.

—Pero hay una conversación entre Lucas, Patricia y su madre tomada tres semanas antes de su divorcio.

Me puse de pie lentamente.

—¿Qué dicen?

Mi abogado tardó varios segundos en responder.

—Hablan sobre usted.

—¿Sobre mí qué?

Entonces escuché la frase que convirtió todos aquellos años de matrimonio en algo mucho más oscuro.

—Estaban planeando hacerla responsable de toda la deuda antes de que Lucas se casara con Laura.

Me quedé inmóvil.

—No puede ser.

—Ana…

—¿Qué?

—Hay algo más.

Apreté el teléfono.

—Dígamelo.

—La voz de su exsuegra aparece claramente en la grabación.

—¿Y?

Mi abogado respiró profundamente.

—No suena como una mujer que apenas puede hablar ni moverse.

Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.

Durante tres años había alimentado a aquella mujer.

La había levantado.

La había cambiado.

Había limpiado su cuerpo.

Había organizado mi vida entera alrededor de su supuesta parálisis.

—¿Qué está diciendo?

La respuesta llegó lentamente.

—Ana… creo que su exsuegra nunca estuvo tan incapacitada como todos le hicieron creer.

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