Parte 2: ESTA VEZ, ME FUI SIN MIRAR ATRÁS

Julia asintió satisfecha.

Y algo dentro de mí se apagó.

No fue amor.

Ni esperanza.

Fue esa última costumbre absurda de creer que, si aguantaba un poco más, Fernando algún día entendería.

Me incorporé apoyándome en la mesa.

Fernando me miró por fin.

—Elena…

No respondí.

Fui hasta el dormitorio, cerré la puerta y eché el cerrojo.

Del otro lado, Julia bufó.

—Déjala. Ya saldrá cuando se le pase el drama.

Me quedé inmóvil.

Drama.

Tres años reducidos a esa palabra.

Abrí el armario.

Saqué una maleta.

Luego otra.

No lloré mientras guardaba ropa.

No lloré cuando metí mis documentos en una carpeta.

Tampoco lloré al quitarme el anillo.

Lo dejé sobre la cómoda.

Después abrí la aplicación del banco.

La cuenta conjunta tenía bastante dinero.

Pero yo no toqué ni un euro que no pudiera demostrar que era mío.

Transferí únicamente mis ahorros personales.

Descargué movimientos.

Guardé recibos.

Hice fotografías de documentos.

Y entonces recordé algo.

La entrada del piso.

Julia siempre repetía que aquella vivienda era «de su hijo».

Pero no era verdad.

La mayor parte de la entrada la había pagado mi padre.

Cuando Fernando y yo nos casamos, mis padres vendieron un pequeño terreno y me entregaron el dinero para ayudarme.

Fernando había prometido que mi nombre aparecería en la escritura.

Nunca comprobé si lo había cumplido.

Aquella noche sí.

Encontré la copia digital.

Mis manos empezaron a temblar.

El piso figuraba a nombre de ambos.

Cincuenta por ciento.

Cincuenta por ciento.

Sonreí por primera vez.

Desde el salón, Julia volvió a gritar.

—¡Elena! Cuando termines de hacerte la víctima, ven a limpiar el té.

Cerré la cremallera de la maleta.

Después llamé a mi hermana.

—Clara.

—¿Qué pasa?

—Necesito que vengas a buscarme.

Hubo silencio.

—¿Fernando te hizo algo?

Miré mi reflejo.

—Sí.

La voz de Clara cambió.

—Voy para allá.

—Y llama a papá.

—¿Por qué?

—Porque mañana necesito un abogado.

Veinte minutos después escuché el timbre.

Cuando abrí la puerta del dormitorio, Julia seguía en el sofá.

Fernando estaba en la cocina.

Los dos miraron mis maletas.

Fernando frunció el ceño.

—¿Qué estás haciendo?

—Me voy.

Julia soltó una carcajada.

—¿Por dos bofetones?

Seguí caminando.

Fernando se interpuso.

—No exageres.

Lo miré.

Qué extraño.

Durante años ese rostro había sido mi hogar.

Ahora solo veía a un hombre incapaz de tomar una decisión sin mirar primero a su madre.

—Apártate.

—Elena, hablemos.

—Ya hablamos.

—Yo estaba enfadado.

—No.

Negué.

—Tu madre estaba enfadada. Tú solo obedeciste.

Aquello le dolió.

Lo vi.

Julia se levantó.

—No permitas que te hable así.

Y ocurrió exactamente lo que esperaba.

Fernando volvió la cabeza hacia ella.

Automáticamente.

Ni siquiera se dio cuenta.

Solté una pequeña risa.

—Ahí está.

Él volvió a mirarme.

—¿Qué?

—La razón por la que me voy.

En ese momento Clara apareció en la puerta acompañada de mi padre.

Mi padre me vio la cara.

Se quedó completamente inmóvil.

—¿Quién hizo eso?

Fernando palideció.

—Señor, fue una discusión entre nosotros…

Mi padre levantó una mano.

—No te he preguntado qué fue.

Miró a Fernando directamente.

—Te he preguntado quién lo hizo.

Fernando guardó silencio.

Yo respondí:

—Él.

Mi padre cerró los ojos durante un segundo.

Cuando volvió a abrirlos, su voz era tranquila.

Demasiado tranquila.

—Recoge todo lo que necesites.

Julia dio un paso adelante.

—Esta es una cuestión de matrimonio. Los padres no deberían meterse.

Mi padre la miró.

—Curioso.

—¿Qué cosa?

—Hace cinco minutos usted estaba diciéndole a su hijo cómo tratar a su esposa.

Julia enrojeció.

—Yo educo a mi hijo.

—Pues debería haberlo hecho treinta años antes.

Clara tuvo que ocultar una sonrisa.

Fernando parecía hundirse.

Yo cogí las maletas.

Él intentó sujetar una.

—Elena, quédate esta noche. Mañana hablaremos con calma.

Me aparté.

—Mañana hablarás con mi abogado.

Su expresión cambió.

—¿Abogado?

Julia se rio.

—¿Crees que puedes asustarnos con un divorcio?

—No intento asustarlos.

La miré.

—Estoy intentando salir de aquí.

Me marché.

Y no volví la cabeza.


A la mañana siguiente bloqueé a Fernando.

Pero antes hice algo más.

Fui al médico.

Guardé el informe.

Después fui con un abogado.

Le expliqué el matrimonio.

El piso.

Las cuentas.

Los insultos.

Y lo ocurrido la noche anterior.

Cuando terminé, él juntó las manos sobre la mesa.

—¿Quiere intentar una separación temporal?

—No.

—¿Está segura?

—Completamente.

—Entonces prepararemos el divorcio.

Respiré.

—Hay otra cosa.

Le entregué la escritura.

La revisó.

—Usted posee la mitad de la vivienda.

—Sí.

—Entonces podemos solicitar la división de la propiedad o que una de las partes compre la participación de la otra.

Asentí.

—Quiero vender.

—¿Aunque su marido quiera quedarse allí?

Pensé en Julia sentada en aquel sofá como si fuera su trono.

—Especialmente por eso.

Mi abogado sonrió apenas.

—Entendido.

Esa fue la decisión que ellos jamás imaginaron.

Durante años Fernando había presumido de aquella casa.

Julia la llamaba «la casa de mi hijo».

Había recibido allí a familiares.

Había cambiado muebles sin preguntarme.

Había elegido incluso qué habitación sería «para su futuro nieto».

Pero legalmente no podían conservarla sin pagarme mi parte.

Y Fernando no tenía dinero suficiente.

Tres semanas después recibí una llamada desde el número de Clara.

—Creo que deberías contestar.

—¿A quién?

—A Fernando.

Suspiré.

Acepté.

Su voz llegó desesperada.

—Elena, retira la solicitud de venta.

—No.

—Mi madre vive aquí.

—Entonces puedes comprar mi parte.

—Sabes que ahora mismo no tengo ese dinero.

—Entonces vende.

—¡Esta también es mi casa!

—Exactamente.

Hice una pausa.

—También era la mía cuando permitiste que me humillaran dentro de ella.

Fernando guardó silencio.

Luego cambió el tono.

—Mamá está enferma desde que te fuiste.

No respondí.

—No come bien.

Silencio.

—La casa está hecha un desastre.

Seguí callada.

Finalmente pregunté:

—¿Y?

Pareció desconcertado.

—¿Cómo que “y”?

—No entiendo qué esperas que haga.

—Ella era tu suegra.

—Era.

Aquella palabra volvió a aparecer.

Y esta vez sonó todavía mejor.

Fernando respiró con dificultad.

—Mi madre dice que deberías venir a disculparte.

Me eché a reír.

No pude evitarlo.

—Entonces dile que siga esperando.

Colgué.

Pero Julia no sabía esperar.

Dos días después apareció en casa de mis padres.

Golpeó la puerta durante casi cinco minutos.

Cuando abrí, empezó a gritar.

—¡Estás destruyendo a mi hijo!

Yo permanecí tranquila.

—Fernando tiene treinta y cuatro años.

—¡Desde que te fuiste no sabe hacer nada!

Aquello me hizo quedarme quieta.

Julia continuó:

—No cocina. No limpia. Llega tarde al trabajo. Está completamente perdido.

Entonces entendí la ironía.

Había criado a un hombre incapaz de vivir sin una mujer que lo sirviera, y ahora estaba furiosa porque yo me negaba a seguir ocupando ese puesto.

—Pues enséñele.

Julia me señaló.

—Una esposa tiene responsabilidades.

—Ya no soy su esposa.

—¡Todavía no!

—Eso cambiará pronto.

Su rostro se volvió rojo.

—¿Crees que podrás encontrar a otro hombre a tu edad?

Sonreí.

—No me fui para encontrar otro hombre.

Me acerqué a la puerta.

—Me fui para encontrarme a mí.

Y cerré.

Creí que aquello sería lo último.

Me equivoqué.

Esa misma noche mi abogado me llamó.

—Elena, tenemos un problema.

Me incorporé en la cama.

—¿Qué ocurrió?

—Su marido acaba de presentar documentación intentando demostrar que usted renunció a su parte del piso hace dos años.

Sentí frío.

—Eso es imposible.

—Hay un documento firmado.

—Yo nunca firmé nada.

—Entonces necesitaremos demostrarlo.

Apreté el teléfono.

—¿Quién presentó ese documento?

Mi abogado permaneció callado un instante.

—No fue Fernando.

—¿Entonces?

—Su suegra.

Cerré los ojos.

Claro.

Julia.

—Hay algo todavía más extraño —añadió.

—¿Qué?

—El documento fue preparado por una empresa que ya no existe.

—¿Y?

Escuché papeles moviéndose.

—Estoy revisando los antiguos registros.

De pronto dejó de hablar.

—¿Qué pasa?

—Elena…

Su tono había cambiado.

—Dígame.

—La empresa estaba registrada a nombre de alguien de su familia.

Me incorporé completamente.

—¿De quién?

Hubo un silencio largo.

Después pronunció un nombre que me dejó helada.

—De su padre.

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