Parte 2: ESTA VEZ, EL CASO LLEVABA MI NOMBRE

A la mañana siguiente llegué al bufete antes que nadie.

La lluvia había cesado.

Yo también.

Ya no tenía ganas de discutir.

Solo quería poner cada cosa en su sitio.

Entré en mi despacho, encendí el ordenador y abrí el expediente del caso Mercer.

Era el asunto más importante que había llevado hasta entonces.

Una disputa empresarial valorada en más de ochenta millones.

Durante siete meses había trabajado fines de semana, noches y festivos para construir la estrategia.

Sophia aparecía como abogada de apoyo.

Ethan, aunque trabajaba en otra firma, había utilizado mi caso para acercarse a varios ejecutivos del sector.

Ambos habían convertido mi trabajo en una escalera.

Y yo se la había sostenido.

Hasta ahora.

Abrí los permisos digitales.

Eliminé a Sophia.

Luego envié una solicitud formal al socio director.

“Por pérdida de confianza profesional y errores reiterados, solicito su sustitución inmediata en el equipo Mercer.”

Adjunté todo.

Correcciones.

Plazos incumplidos.

Documentos presentados con errores.

Versiones que yo había tenido que rehacer.

Durante meses había protegido a Sophia.

Había corregido sus fallos antes de que los socios los vieran.

Porque era mi mejor amiga.

Qué palabra tan cara.

A las ocho y veinte apareció.

Entró en mi despacho sin llamar.

—¿Me quitaste el acceso?

—Sí.

—Claire, ¿estás hablando en serio?

—Completamente.

Cerró la puerta.

—¿Por lo de ayer?

—No.

Le señalé una carpeta.

—Por esto.

La abrió.

Su rostro cambió.

—Son errores normales.

—No en un caso de ochenta millones.

—Pero siempre los corregimos juntas.

—No.

La miré.

—Yo los corregía. Tú te llevabas el crédito.

Sophia apretó los labios.

—Nunca pensé que fueras a utilizar nuestro trabajo contra mí.

—Es mi trabajo.

—¡Yo también he estado en ese caso!

—Entonces dime quién preparó la estrategia para cuestionar la cláusula de exclusividad.

Silencio.

—¿Quién detectó la contradicción entre los anexos tres y siete?

Nada.

—¿Quién rehízo tu escrito la semana pasada después de que citaras una norma derogada?

Su cara se puso roja.

—No tienes derecho a humillarme.

—No te estoy humillando.

Me recliné en la silla.

—Te estoy dejando trabajar sin que yo esconda tus errores.

Eso pareció asustarla más que cualquier insulto.

—¿Qué dijiste a los socios?

—La verdad.

—Claire…

Su voz cambió.

Más suave.

Más conocida.

—Somos amigas desde la universidad.

—Éramos.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—¿De verdad vas a tirar tantos años por Ethan?

Solté una risa.

—Esto es exactamente lo que todavía no entiendes.

—¿Qué?

—No estoy haciendo esto por Ethan.

La miré directamente.

—Estoy haciéndolo porque tú llevas meses comportándote como si lo mío estuviera disponible para ti. Mi trabajo. Mi tiempo. Mi abrigo. Incluso mi pareja.

Sophia se quedó inmóvil.

—Yo nunca quise quitarte a Ethan.

—Entonces fue una casualidad que siempre te sentaras delante.

—Me mareo.

—Que él supiera cómo tomas el café.

—Somos amigos.

—Que te escribiera de madrugada.

—Por trabajo.

—Que llevaras mi abrigo sobre las piernas mientras yo estaba empapada detrás.

Silencio.

Me incliné hacia adelante.

—Una casualidad puede ocurrir una vez.

—Seis meses de casualidades ya son una elección.

Sophia dejó de llorar.

Su expresión cambió.

—¿Sabes qué? Quizá Ethan simplemente está cansado de una mujer que convierte todo en un interrogatorio.

Ahí estaba.

La verdad.

No completa.

Pero suficiente.

—Gracias.

Frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque acabas de dejar de fingir.

Abrió la puerta con violencia.

—Te vas a arrepentir.

—Quizá.

La miré salir.

—Pero no de esto.


Ethan apareció cuarenta minutos después.

Ni siquiera trabajaba en nuestro edificio.

Aun así, atravesó recepción como si tuviera derecho a entrar.

—Tenemos que hablar.

—No.

—Claire.

—Estoy trabajando.

Cerró la puerta.

—Sophia me llamó llorando.

Sonreí.

—Por supuesto.

—¿La sacaste del caso?

—Sí.

—Eso puede perjudicar su carrera.

—Sus errores pueden perjudicar la mía.

—No mezcles temas personales con el trabajo.

Me quedé mirándolo.

—¿Quieres repetir eso?

—Sabes a qué me refiero.

—Perfectamente.

Me levanté.

—Por eso puedo demostrar cada decisión profesional que he tomado esta mañana.

Le mostré la documentación.

Ethan apenas la miró.

—Ella te admiraba.

—Pues tenía una forma curiosa de demostrarlo.

—Solo porque se sentó en un asiento…

—Terminamos.

—No lo dices en serio.

—Lo dije ayer.

Ethan soltó el aire con frustración.

—Claire, llevamos cuatro años juntos.

—Lo sé.

—Íbamos a casarnos.

Aquella frase me dolió.

Pero ya no lo suficiente.

—¿Sabes qué es lo peor?

Él guardó silencio.

—Que durante meses pensé que estaba celosa.

Bajé la voz.

—Me avergonzaba sentirme incómoda porque tú siempre encontrabas una razón para priorizarla.

—Nunca la prioricé.

—Ayer yo estaba empapada.

Señalé el respaldo de mi silla, donde había colgado otro abrigo.

—Y le diste el mío.

Ethan abrió la boca.

—Eso no significa nada.

—Exactamente.

Asentí.

—Cada cosa por separado no significaba nada. Todas juntas significaban que yo siempre quedaba después.

Su teléfono vibró.

Vi el nombre en la pantalla.

Sophia.

No dije nada.

Él tampoco.

La llamada terminó.

Volvió a sonar.

Ethan rechazó esta vez.

—Mira. No voy a contestar.

Me dio una tristeza inesperada.

—Ya es demasiado tarde.

—Puedo poner límites.

—No quiero enseñarte a respetarme después de cuatro años.

Me dirigí a la puerta.

—Y ahora sal de mi despacho.


A mediodía me llamó el socio director.

—Claire, ven a la sala grande.

Cuando llegué, Sophia ya estaba allí.

También Recursos Humanos.

Sobre la mesa había una copia del expediente Mercer.

El socio señaló una silla.

—Tenemos un problema.

Sophia estaba pálida.

—¿Qué ocurrió?

Él abrió un documento.

—Anoche recibimos un correo anónimo indicando que parte de la estrategia legal del caso había sido compartida con una firma externa.

Sentí un escalofrío.

—¿Cuál?

El socio me miró.

Pronunció el nombre de la firma donde trabajaba Ethan.

Mi estómago se cerró.

—Eso es imposible.

—Eso esperamos.

Colocó varios registros sobre la mesa.

—Pero los accesos muestran descargas desde las credenciales de Sophia.

La miré.

Ella negó inmediatamente.

—Yo no envié nada.

—Entonces explícanos por qué descargaste estos documentos a las dos y diecisiete de la madrugada hace tres semanas.

Sophia empezó a respirar más rápido.

—Trabajo desde casa.

—No eran documentos asignados a ti.

Silencio.

Yo recordé aquella fecha.

Tres semanas atrás.

Ethan había cancelado una cena conmigo.

Dijo que tenía una reunión urgente.

Sophia también había faltado al trabajo al día siguiente porque, supuestamente, estaba enferma.

—¿A qué firma se enviaron? —pregunté.

El socio negó.

—No podemos demostrar todavía que se enviaran. Solo que fueron descargados.

Sophia se volvió hacia mí.

—Claire, tú sabes que jamás haría algo así.

Quise creerla.

Durante un instante.

Entonces Recursos Humanos colocó una impresión sobre la mesa.

Era un correo.

Enviado desde una cuenta personal.

El remitente estaba oculto parcialmente.

Pero el destinatario no.

Ethan Cole.

Mi corazón empezó a golpear.

Sophia dejó de respirar.

El socio leyó una línea.

—“Adjunto la versión nueva. Claire todavía no sabe que la tenemos.”

Levanté lentamente la vista.

Sophia empezó a llorar.

—Puedo explicarlo.

La misma frase.

Siempre la misma.

—¿Qué le enviaste?

—No era información completa.

—¿Qué le enviaste?

—Solo una parte.

—¿Por qué?

Su voz se quebró.

—Ethan dijo que necesitaba entender vuestra estrategia porque su firma estaba preparando una propuesta para un cliente relacionado.

Sentí frío.

—¿Y tú se la diste?

—No pensé que fuera grave.

—¿No pensaste?

Di un paso hacia ella.

—Compartiste información confidencial de mi caso con mi novio.

—Exnovio —murmuró.

El socio golpeó la mesa.

—Esto no es una discusión personal.

Tenía razón.

Era peor.

Podíamos perder el caso.

Podíamos enfrentarnos a sanciones.

Sophia podía perder su licencia.

Y Ethan…

—¿Él te lo pidió directamente?

Sophia no respondió.

—Sophia.

Finalmente asintió.

Sentí que algo dentro de mí se volvía completamente frío.

Ya no importaba el asiento.

Ni el abrigo.

Ni los mensajes de madrugada.

Ethan no solo había utilizado nuestra relación para acercarse a Sophia. Había utilizado a Sophia para acercarse a mi trabajo.

Mi teléfono vibró.

Un mensaje de Ethan.

“Claire, no creas todo lo que Sophia diga. Ven a verme antes de hablar con nadie.”

Lo mostré al socio.

Él frunció el ceño.

—No respondas.

—No pensaba hacerlo.

Entonces Sophia dijo algo que hizo que todos la miráramos.

—Hay más.

El socio se inclinó.

—¿Qué quieres decir?

Ella se cubrió el rostro.

—Ethan no quería solo el expediente Mercer.

La miré.

—¿Qué más quería?

Sophia bajó las manos.

Sus ojos estaban rojos.

—Información sobre ti.

—¿Sobre mí?

—Tus clientes. Tus contactos. Tus borradores.

Sentí que me faltaba aire.

—¿Desde cuándo?

Sophia empezó a llorar de verdad.

—Desde antes de que empezara a salir contigo.

El mundo se quedó inmóvil.

—Eso es imposible.

Ella negó.

—No.

—Ethan me conoció en la fiesta de Daniel.

—No fue casualidad.

Mi garganta se cerró.

—¿Qué estás diciendo?

Sophia me miró como si por fin comprendiera la magnitud de lo que había hecho.

—Su firma llevaba meses intentando contratarte.

—Yo rechacé su oferta.

—Lo sé.

—Entonces ¿qué tiene que ver Ethan?

Sophia tragó saliva.

—Él fue quien propuso acercarse a ti personalmente.

No pude moverme.

Cuatro años.

Cumpleaños.

Vacaciones.

Navidades.

Planes de boda.

Todo empezó con una estrategia empresarial.

—¿Estás diciendo que mi relación con Ethan…?

Sophia cerró los ojos.

—Empezó porque su firma quería acceso a ti.

Antes de que pudiera reaccionar, la puerta de la sala se abrió.

Uno de los asistentes entró rápidamente.

—Claire, hay dos investigadores abajo preguntando por ti.

—¿Por mí?

—Sí.

Dejó una tarjeta sobre la mesa.

Era de una unidad especializada en delitos corporativos.

Y debajo había una nota manuscrita.

Solo decía:

“No contacte con Ethan Cole. Creemos que sabe que estamos investigándolo.”

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