PARTE 2: LA VERDAD LLEGÓ SEIS AÑOS DEMASIADO TARDE.

El lunes siguiente llegué a la empresa veinte minutos antes de lo habitual.

Quería evitar a Lucas.

No porque todavía sintiera algo por él.

Eso era lo que me repetía.

Pero desde aquella conversación frente a mi edificio, una herida que creía cerrada había vuelto a doler.

Abrí el correo.

Había una invitación a reunión.

Remitente: Lucas Lu.

Asunto: PROYECTO AURORA.

Mi corazón se detuvo un segundo.

Aurora.

Ese era el nombre del proyecto artístico que me habían acusado de plagiar seis años atrás.

Entré en la sala de juntas cinco minutos después.

Lucas estaba solo.

Sobre la mesa había una carpeta vieja.

Reconocí inmediatamente el sello de nuestra preparatoria.

—¿Qué es esto?

Él empujó la carpeta hacia mí.

—Todo lo que debiste recibir hace seis años.

No la abrí.

—No quiero nada.

—Alma.

—Director Lu, si esto no tiene relación con mi trabajo actual, quiero volver a mi oficina.

Su expresión se endureció.

—Tiene relación contigo.

—Ese es precisamente el problema.

Me levanté.

Lucas habló antes de que llegara a la puerta.

—Nicole no actuó sola.

Me detuve.

No giré.

—¿Qué dijiste?

—La denuncia anónima contra tu plaza nacional no fue enviada por ella.

Ahora sí lo miré.

Lucas abrió la carpeta.

Dentro había copias de correos electrónicos, declaraciones y documentos de la escuela.

—Después de que te marchaste, investigué todo.

—¿Durante seis años?

—No.

Bajó la mirada.

—Durante seis años intenté encontrarte.

Solté una risa corta.

—Qué romántico.

—No estoy intentando ser romántico.

—Me alegra, porque llegas tarde.

Lucas soportó el golpe sin responder.

Después señaló un documento.

—Nicole confesó el plagio porque alguien la amenazó con mostrar pruebas.

—¿Tú?

—Sí.

—Entonces felicidades.

—Pero antes de confesar me dijo algo más.

Sentí un mal presentimiento.

—La idea de acusarte no fue suya.

La habitación pareció enfriarse.

—¿De quién?

Lucas tardó demasiado en responder.

—Del profesor Han.

Recordé inmediatamente aquel nombre.

Han Wei.

Profesor de arte.

Mi mentor.

El hombre que durante dos años había dicho que yo tenía talento suficiente para entrar en cualquier academia del país.

—Eso es imposible.

—No.

Lucas deslizó otra hoja.

Era un correo.

El profesor Han había enviado fotografías de mi proyecto a Nicole varias semanas antes de la entrega.

Ella había copiado partes.

Después, cuando descubrió que mi trabajo había sido seleccionado para el programa nacional, entró en pánico.

Han le propuso una solución.

Acusarme primero.

—¿Por qué haría algo así?

Lucas cerró los ojos.

—Porque quería que otra estudiante recibiera tu plaza.

—¿Quién?

No respondió.

Entonces comprendí que aquello era peor de lo que parecía.

—Dímelo.

—Su hija.

Me quedé inmóvil.

El profesor Han jamás había dicho que tuviera una hija en nuestra escuela.

Lucas continuó.

—Estudiaba con otro apellido.

Me mostró una fotografía.

Reconocí el rostro.

Era una chica de nuestra clase.

La misma que había recibido la plaza nacional después de mi traslado.

Sentí que algo se rompía dentro de mí.

Durante seis años había pensado que había perdido mi futuro por una pelea adolescente.

Pero no.

Había sido planificado.

—¿Y la escuela lo sabía?

Lucas no respondió inmediatamente.

Eso fue suficiente.

—Lo sabía.

—Algunas personas.

—¿Quiénes?

—El subdirector.

—¿Quién más?

—El responsable del comité artístico.

Mis manos comenzaron a temblar.

—¿Y tú qué hiciste?

Lucas levantó la mirada.

La culpa estaba escrita en su rostro.

—Al principio creí a Nicole.

—Eso ya lo sé.

—Cuando confesó, fui al comité.

—¿Y?

—Me dijeron que el caso estaba resuelto.

—¿Resuelto?

Mi voz se quebró.

—Yo había perdido la beca.

—Lo sé.

—Mi madre estaba hospitalizada.

Él se quedó inmóvil.

—¿Hospitalizada?

Lo miré fijamente.

—No sabías eso.

—No.

—Claro que no.

Di un paso atrás.

—Porque nunca preguntaste.

El silencio se volvió insoportable.

Lucas parecía haber recibido un golpe.

—Alma, yo…

—Mi madre escuchó que todos decían que su hija era una ladrona.

Las palabras comenzaron a salir antes de que pudiera detenerlas.

—Aquella noche intentó hacerse daño.

Lucas palideció.

—Yo la encontré.

Tragué saliva.

—Después nos fuimos.

—Alma…

—No digas mi nombre como si eso arreglara algo.

Él apretó los puños.

—No puedo arreglarlo.

—Finalmente dices algo correcto.

Salí de la sala.

Durante toda la mañana no pude concentrarme.

A las once recibí un mensaje.

No era de Lucas.

Era de recursos humanos.

El director general había convocado una reunión extraordinaria para las tres de la tarde.

A esa hora, más de cincuenta empleados estaban reunidos en el auditorio.

Lucas subió al escenario.

Detrás de él apareció el logotipo de una fundación.

FUNDACIÓN AURORA.

Sentí que me faltaba el aire.

—Hace seis años —comenzó—, una estudiante perdió una oportunidad académica por una acusación falsa de plagio.

Varias personas comenzaron a murmurar.

Yo permanecí inmóvil.

—Durante años, las personas responsables no enfrentaron consecuencias.

En la pantalla aparecieron documentos.

Correos.

Declaraciones.

Fechas.

—Esta empresa financiará una investigación independiente sobre todas las becas gestionadas por aquella institución durante ese periodo.

Lo miré con incredulidad.

Lucas continuó.

—También hemos creado un fondo para estudiantes perjudicados por fraude académico.

Todos comenzaron a aplaudir.

Yo no.

Cuando terminó, fui directamente a su oficina.

—¿Qué estás haciendo?

—Lo que debí hacer hace seis años.

—No uses mi historia para limpiar tu conciencia.

—No lo hago por eso.

—Entonces ¿por qué?

Me miró.

—Porque fui cobarde.

Aquella respuesta me sorprendió.

—Creí lo que era más cómodo creer.

Continuó.

—Nicole era mi novia. Tú eras la chica silenciosa que nunca explicaba nada. Elegí el lado fácil.

—Sí.

—Y cuando descubrí la verdad, pensé que encontraría la manera de compensarte.

—No puedes.

—Lo sé.

Por primera vez no intentó defenderse.

No dijo que era joven.

No dijo que había cometido un error.

Simplemente aceptó la culpa.

Eso dolió más.

Dos semanas después, la investigación llegó a los medios.

El profesor Han fue suspendido.

El antiguo subdirector admitió haber ocultado información.

La beca obtenida por su hija quedó bajo revisión.

Mi nombre fue limpiado oficialmente.

Recibí una carta de la escuela.

“Reconocemos que Alma Liang fue acusada injustamente.”

La leí una sola vez.

Después la guardé.

No lloré.

La justicia tardía no devolvía seis años.

Pero al menos dejaba de llamarme culpable.

Un viernes, Lucas me pidió hablar.

Nos encontramos en la terraza del edificio.

—Presenté mi renuncia —dijo.

Lo miré sorprendida.

—¿Por qué?

—Porque el consejo considera que utilicé recursos de la empresa por un asunto personal.

—¿Es verdad?

Sonrió ligeramente.

—Sí.

—Eso fue bastante estúpido.

—También.

Por primera vez en años casi me reí con él.

Lucas sacó algo del bolsillo.

Una hoja doblada.

Era una copia del diseño que había ganado aquel concurso.

Mi diseño.

—Lo conservaste.

—Durante seis años.

—¿Por qué?

Me miró durante mucho tiempo.

—Porque la primera vez que comprendí que quizá te había juzgado mal ya era demasiado tarde.

No respondí.

—Alma, no voy a pedirte que olvides.

—Bien.

—Ni voy a pedirte que me perdones.

—Mejor.

Asintió.

Después sonrió con tristeza.

—Pero sí quería decirte algo que debí decir cuando teníamos dieciocho años.

Esperé.

—Tu trabajo era extraordinario.

Sentí un nudo inesperado en la garganta.

Él continuó.

—Y tú no plagiaste a nadie.

Miré la ciudad.

Seis años atrás habría dado cualquier cosa por escuchar esas palabras.

Ahora ya no las necesitaba.

Pero eso no significaba que no importaran.

—Gracias.

Lucas me entregó la hoja.

—Adiós, Alma.

Caminó hacia la puerta.

Antes de que desapareciera, lo llamé.

—Lucas.

Se giró.

—La primera frase que me dijiste todavía la recuerdo.

Su expresión cambió.

—En la cena mentí.

—Lo imaginé.

—Pero ya no duele igual.

Lucas permaneció en silencio.

Yo doblé cuidadosamente aquella hoja.

—Eso significa que finalmente puedo dejarla atrás.

Él sonrió.

Esta vez no había esperanza en su expresión.

Solo alivio.

—Entonces me alegro.

Se marchó.

Yo me quedé sola en la terraza.

Durante años había imaginado que superar el pasado significaba olvidarlo.

Estaba equivocada.

A veces superar algo significa poder recordarlo sin permitir que siga decidiendo quién eres.

Miré mi antiguo dibujo.

Después lo guardé en el bolso.

Lucas llegó seis años tarde con la verdad.

Pero yo había llegado justo a tiempo para recuperar algo mucho más importante.

Mi nombre.

Mi trabajo.

Y la vida que una mentira nunca debió arrebatarme.

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