PARTE 2: LA PROMESA QUE NUNCA OLVIDÓ.

Me quedé mirando la fotografía durante tanto tiempo que Julian terminó apoyándose contra el respaldo de la silla.

—¿Guardaste esto diecinueve años?

—Mi madre la guardó primero.

Señaló la frase escrita detrás.

—Yo añadí la segunda parte.

Sentí que las mejillas me ardían.

—Julian, tenía seis años.

—Lo sé.

—A esa edad también quería vivir en una casa hecha de chocolate.

—Eso sí habría sido complicado.

No pude evitar sonreír.

Él también lo hizo, pero después recuperó su expresión profesional.

—Ahora sí. Entrevista real.

Guardó la fotografía.

Durante los siguientes cuarenta minutos, Julian dejó de ser el chico de la bicicleta azul.

Se convirtió completamente en el director ejecutivo de Parker Global.

Preguntó por mis proyectos anteriores.

Por las decisiones difíciles que había tomado.

Por qué había renunciado sin tener otro empleo asegurado.

No suavizó ninguna pregunta.

Y yo dejé de pensar en nuestra infancia.

Respondí como había preparado.

Cuando terminé, Julian cerró mi currículum.

—¿Sabes cuál fue tu mayor error en tu antiguo trabajo?

Fruncí el ceño.

—¿Renunciar demasiado tarde?

—Exactamente.

Me sorprendí.

—¿Cómo sabes eso?

—Porque alguien con tus resultados no debería haber pasado tres años haciendo café para un supervisor incompetente.

Su tono era tranquilo, pero había algo molesto en sus ojos.

—No necesito que me defiendas.

—No lo hago.

Se inclinó hacia delante.

—Te estoy diciendo por qué quiero contratarte.

Mi corazón dio un pequeño salto.

—¿Tengo el puesto?

—Recursos Humanos te enviará la oferta esta tarde.

Parpadeé.

—¿Así de rápido?

—La decisión no depende de que te conociera de niña.

Colocó mi expediente frente a mí.

—Tus pruebas técnicas fueron las mejores entre los candidatos finales.

Eso cambió algo dentro de mí.

No quería entrar a Parker Global porque Julian sintiera nostalgia.

Quería merecerlo.

—Entonces aceptaré si las condiciones son adecuadas.

Julian levantó una ceja.

—Sigues siendo igual.

—¿Cómo?

—A los seis años también negociabas.

—No recuerdo eso.

—Me prometiste matrimonio a cambio de que te comprara helado durante una semana.

Me tapé la cara.

—Por favor, deja de recordar cosas.

Su risa llenó la sala.

Dos semanas después comencé a trabajar en Parker Global.

Y descubrí rápidamente que tener como director al niño al que había prometido matrimonio era mucho menos romántico de lo que sonaba.

Julian era exigente.

Muy exigente.

Rechazó mi primer informe.

Me obligó a rehacer una presentación completa.

Durante una reunión señaló delante de todos que mis previsiones eran demasiado conservadoras.

Cuando entré furiosa en su oficina después, cerré la puerta.

—¿Disfrutas torturándome?

—Profesionalmente, sí.

Lo fulminé con la mirada.

Él empujó una taza hacia mí.

Era mi café exacto.

Sin azúcar.

Con un poco de leche.

—Soborno —dije.

—Estrategia diplomática.

Pasaron tres meses.

Por primera vez en años, me despertaba queriendo ir a trabajar.

Mi equipo escuchaba mis ideas.

Mis proyectos avanzaban.

Y Julian jamás volvió a mencionar la promesa infantil delante de otros.

Conmigo, en cambio, era otra historia.

Una noche salimos del edificio casi a medianoche.

Estaba lloviendo.

Julian abrió un paraguas.

—Te acompaño.

—Puedo llegar sola.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué vienes?

Me miró.

—Porque quiero.

Caminamos juntos hasta la estación.

Bajo aquella lluvia, finalmente hice la pregunta que llevaba meses evitando.

—Julian, ¿de verdad me recordaste durante todos estos años?

Su paso se hizo más lento.

—Sí.

—¿Por qué?

Sonrió ligeramente.

—Porque fuiste la primera persona que lloró cuando me fui.

No esperaba aquella respuesta.

—Yo era una niña.

—Precisamente.

Miró la calle.

—Todos los adultos me decían que mudarnos era algo bueno. Una oportunidad. Una nueva vida. Tú fuiste la única persona que dijo que no quería que me marchara.

Guardé silencio.

—Después crecí —continuó—. Cambié de ciudad. Fui a la universidad. Trabajé fuera del país.

—¿Y nunca me buscaste?

—Sí.

Me detuve.

—¿Qué?

Julian también se detuvo.

—Hace seis años encontré a tu madre en redes sociales.

Abrí mucho los ojos.

—¿Seis años?

—Pero tú estabas estudiando, después empezaste a trabajar y parecía que tenías tu propia vida.

—¿Así que simplemente observaste desde lejos?

—No quería aparecer y convertir una promesa infantil en una obligación.

Aquello era completamente diferente de lo que había imaginado.

—Entonces ¿por qué ahora?

Julian sonrió.

—Porque enviaste un currículum directamente a mi empresa.

—No sabía que era tuya.

—Yo lo interpreté como una señal.

Solté una carcajada.

—Eso es hacer trampa.

—Probablemente.

Llegamos a la entrada de la estación.

Antes de separarnos, Julian habló otra vez.

—Emma.

—¿Sí?

—La oferta de trabajo fue por tu capacidad.

Asentí.

—Pero todo lo demás…

Su mirada se suavizó.

—Eso sí es personal.

Durante los meses siguientes dejamos de fingir que entre nosotros solo existía una relación profesional.

No hubo promesas exageradas.

Ni declaraciones delante de toda la empresa.

Solo cenas después del trabajo.

Caminatas largas.

Historias de los diecinueve años que habíamos perdido.

Y el extraño descubrimiento de que el niño que recordaba y el hombre que tenía delante seguían compartiendo pequeños gestos.

Julian todavía inclinaba la cabeza cuando estaba preocupado.

Todavía odiaba las pasas.

Todavía empujaba hacia mí el postre que sabía que me gustaba más.

Un año después, durante una cena familiar, mi madre apareció con una caja vieja.

—Encontré esto.

Gemí inmediatamente.

—Mamá, no.

Sacó la fotografía.

Julian comenzó a reír.

—Mi favorita.

—Traidor.

Mi madre le entregó algo más.

Era una pequeña corona de papel amarillento.

La misma de la fotografía.

Julian la sostuvo cuidadosamente.

Después me miró.

—Emma.

—No empieces.

—Tengo una duda importante.

—Julian.

Metió una mano en el bolsillo.

Entonces dejé de respirar.

No sacó la corona.

Sacó una pequeña caja.

Mi madre se llevó ambas manos a la boca.

Julian no se arrodilló inmediatamente.

Primero colocó frente a mí aquella fotografía de hacía diecinueve años.

Después señaló mi letra infantil.

—Técnicamente, tú preguntaste primero.

Las lágrimas comenzaron a nublarme la vista.

—Eso no cuenta.

—Entonces tendremos que hacerlo correctamente.

Se arrodilló.

Abrió la caja.

—Emma, esta vez somos adultos. Esta vez sabes perfectamente lo que estás prometiendo.

Me miró con la misma sonrisa del chico que una vez me llevó en bicicleta cuando me lastimé la rodilla.

—¿Quieres casarte conmigo?

Me reí mientras lloraba.

—De acuerdo.

Julian arqueó una ceja.

—¿Solo “de acuerdo”?

Me incliné hacia él.

—Te esperaré.

Durante un segundo quedó completamente inmóvil.

Entonces comprendió que acababa de devolverle exactamente las palabras que me había dicho cuando tenía seis años.

Y sonrió.

Diecinueve años atrás hice una promesa sin entender lo que significaba.

Esta vez la repetí sabiendo exactamente a quién estaba eligiendo.

Y quizá algunas promesas infantiles estaban destinadas a olvidarse.

Pero la nuestra simplemente había esperado el momento adecuado para cumplirse.

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