Parte 2: VALKIRIA NUNCA FUE DÉBIL

Nathaniel encontró los documentos del divorcio aquella misma noche.

Yo estaba cerrando mi última maleta cuando escuché sus pasos.

—¿Qué significa esto?

Me giré.

Sostenía los papeles con tanta fuerza que los bordes se habían arrugado.

Claire estaba detrás de él.

—Exactamente lo que dice.

—¿Quieres divorciarte?

—Sí.

Su expresión pasó de la incredulidad al enfado.

—¿Por qué?

Lo miré durante varios segundos.

Cinco años.

Y todavía tenía que preguntarlo.

—Porque escuché lo que dijiste sobre mí.

Nathaniel se quedó inmóvil.

Claire bajó discretamente la mirada.

—Amelia, aquello fue una conversación privada.

Casi sonreí.

—El desprecio no se vuelve menos real porque se diga detrás de una puerta.

—Estás exagerando.

Aquella frase terminó de apagar lo poco que quedaba.

Me puse el abrigo.

—Mi abogada se comunicará contigo.

Nathaniel bloqueó la puerta.

—¿A dónde vas?

—Eso dejó de ser asunto tuyo.

—Sigues siendo mi esposa.

Levanté los ojos.

—Por poco tiempo.

Claire intervino.

—Nathaniel, déjala pasar.

Él la miró.

Y fue suficiente.

Incluso en aquel momento, su expresión se suavizó al verla.

Yo ya no sentí celos.

Solo claridad.

Pasé junto a ellos.

Antes de salir, Claire dijo:

—Amelia.

Me detuve.

—No sabía que esto ocurriría por mi culpa.

—No ocurrió por ti.

Miré a Nathaniel.

—Nuestro matrimonio terminó porque durante cinco años él tuvo una esposa frente a sus ojos y decidió no verla.

Cerré la puerta.

Un mes después, Valkiria regresó oficialmente.

No fue sencillo.

Cinco años fuera habían cambiado procedimientos, equipos y personas.

Mi cuerpo tampoco era el de antes.

Así que entrené.

Estudié.

Me sometí a evaluaciones.

No exigí recuperar mi autoridad solo por haberla tenido alguna vez.

La recuperé demostrando que todavía podía ejercerla.

Cuando Marcus me vio entrar nuevamente en el centro de mando de Iron Raven, se cuadró.

—Bienvenida a casa, comandante.

Miré el emblema negro sobre la pared.

—Informe.

Y Valkiria volvió al trabajo.

La amenaza contra Nathaniel era real.

Una red extranjera había ofrecido una recompensa enorme por información que él poseía sobre varias operaciones de seguridad.

Mi misión no consistía en salvar a mi exmarido por amor.

Consistía en proteger un objetivo estratégico.

Eso me repetí cada mañana.

Hasta la conferencia de Washington.

Nathaniel seguía frente a mí, incapaz de apartar los ojos.

—Tú… eres Valkiria.

—Sí.

—Eso es imposible.

Marcus, situado detrás de mí, arqueó una ceja.

—General Reed, trabajé bajo las órdenes de la comandante Carter durante siete años. Le aseguro que es bastante posible.

Claire llegó segundos después.

—Nathaniel, ¿ya llegó…?

Me vio.

Después vio las insignias de mi uniforme.

Su rostro cambió.

—Comandante Carter.

Extendí la mano.

—Capitana Donovan.

Claire me la estrechó automáticamente.

—¿Usted es Valkiria?

—Así es.

La admiración apareció en sus ojos antes de que pudiera ocultarla.

—He estudiado sus operaciones durante años.

Nathaniel cerró los ojos.

La ironía era casi cruel.

La mujer que él consideraba digna de admiración admiraba precisamente a la esposa que él había despreciado.

Pero no había tiempo para disfrutar aquello.

Abrí la carpeta.

—General Reed, existe una amenaza activa contra usted. Desde este momento seguirá el protocolo de seguridad de Iron Raven.

Nathaniel seguía mirándome.

—Amelia, necesitamos hablar.

—Comandante Carter durante la operación.

Aquello pareció golpearlo.

—Entendido.

Las siguientes cuarenta y ocho horas fueron tensas.

Nathaniel obedecía mis órdenes, pero cada vez que nuestras miradas se cruzaban veía preguntas acumulándose detrás de sus ojos.

Finalmente encontró un momento.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

—¿Qué cosa?

—Quién eras.

Solté la tableta sobre la mesa.

—Lo sabías.

Frunció el ceño.

—No sabía lo de Valkiria.

—Sabías que había servido.

—Dijiste que habías dejado el ejército.

—Lo había hecho.

—Nunca mencionaste Iron Raven.

Lo miré.

—¿Alguna vez preguntaste?

Nathaniel abrió la boca.

Nada salió.

—Cuando nos casamos, mis expedientes operativos seguían clasificados. Después, cuando ciertas restricciones cambiaron, ya habías decidido quién era yo.

—Pensé que…

—Exactamente.

—Pensaste. Nunca preguntaste.

Su rostro se endureció.

—Renunciaste por nuestro matrimonio.

—Fue decisión mía.

—¿Por qué?

Esta vez tardé en responder.

—Porque te amaba.

Nathaniel palideció.

—Amelia…

—No conviertas eso en esperanza. Amar a alguien no significa que debas seguir permitiéndole despreciarte.

Antes de que pudiera contestar, sonó una alarma.

La amenaza había escalado.

El equipo de inteligencia detectó un intento de acceso al perímetro de seguridad.

La operación entró en fase crítica.

Durante las siguientes horas no hubo espacio para asuntos personales.

Coordiné equipos.

Ordené el traslado de Nathaniel.

Claire quedó integrada en el segundo anillo de seguridad.

Y por primera vez Nathaniel me vio trabajar.

No como esposa.

No como la mujer del delantal.

Como comandante.

Cuando la situación quedó controlada y las autoridades correspondientes asumieron la investigación de los responsables, amanecía.

Yo estaba revisando informes cuando Claire entró.

—Ahora entiendo algo.

—¿Qué?

—Por qué Nathaniel hablaba tanto de Valkiria.

Seguí leyendo.

—No me interesa.

Claire permaneció frente a mí.

—También entiendo por qué eso debe dolerle.

Levanté la mirada.

—Capitana, usted no me debe ninguna explicación.

—Pero quiero darle una.

Respiró profundamente.

—Nathaniel y yo no volvimos a estar juntos.

Aquello me sorprendió.

—La medalla…

—Se la regalé hace muchos años. Cuando éramos jóvenes.

—Regresó a un edificio en peligro por ella.

Claire guardó silencio.

—Sí.

—Eso es suficiente para mí.

Ella asintió.

—Lo entiendo.

Antes de marcharse se detuvo.

—Por cierto, comandante…

—¿Sí?

Claire sonrió ligeramente.

—Si alguna vez vuelvo a escuchar a alguien decir que usted solo sabe vivir entre ollas y delantales, procuraré estar presente para ver su cara cuando descubra la verdad.

No pude evitar sonreír.

Dos semanas después, la operación terminó.

Nathaniel estaba a salvo.

Mi misión había concluido.

Y nuestro divorcio también.

El día que firmamos los últimos documentos, él permaneció sentado frente a mí mucho después de que los abogados salieran.

—Claire pidió un traslado.

—No es asunto mío.

—Lo sé.

Nathaniel miró sus manos.

—He pensado mucho en lo que dije aquel día.

No respondí.

—Admiraba a Valkiria porque creía que representaba fuerza, disciplina, valor.

Levantó los ojos.

—Y tuve todo eso viviendo conmigo durante cinco años.

—No.

Frunció el ceño.

—¿No?

—Tuviste una mujer viviendo contigo durante cinco años.

Me incliné ligeramente hacia delante.

—Y eso debería haber sido suficiente para merecer respeto, aunque jamás hubiera sido Valkiria.

Nathaniel se quedó completamente inmóvil.

—Tienes razón.

Fue probablemente la primera vez que escuché esas palabras sin una excusa detrás.

—Lo siento, Amelia.

Asentí.

—Acepto tus disculpas.

Sus ojos se iluminaron apenas.

Entonces añadí:

—Pero no vuelvo.

La esperanza desapareció.

—¿Ni siquiera existe una posibilidad?

Pensé en la mujer que había doblado uniformes esperando una mirada de cariño.

Pensé en la comandante que había escondido sus medallas para no competir con el hombre que amaba.

Ambas seguían siendo yo.

Y ninguna merecía volver.

—No.

Nathaniel bajó la cabeza.

Me levanté.

—Adiós, general Reed.

—Amelia.

Me detuve.

—Durante años soñé con conocer a Valkiria.

Lo miré por última vez.

—Ese fue tu error.

—¿Cuál?

Sonreí.

—Estabas tan ocupado esperando conocer a una mujer extraordinaria que no aprendiste a respetar a la mujer común que creías tener en casa.

Salí.

Meses después, durante una ceremonia de Iron Raven, Marcus colocó frente a mí una vieja caja.

Dentro estaban mis medallas.

Las mismas que había guardado cinco años atrás.

—Pensé que querría recuperarlas.

Pasé los dedos sobre una de ellas.

—Nunca dejaron de ser mías.

Marcus sonrió.

—Exactamente.

Aquella noche regresé sola a mi apartamento.

Dejé el uniforme sobre una silla.

Preparé mi propia cena.

Y mientras cortaba verduras, me descubrí sonriendo.

Durante años Nathaniel había usado aquellas cosas como prueba de que yo era pequeña.

Cocinar.

Cuidar.

Esperar.

Pero finalmente comprendí que la fuerza nunca había estado en elegir entre ser Amelia o ser Valkiria.

Podía ser ambas.

Podía dirigir una operación por la mañana y preparar mi cena por la noche.

Podía tener cicatrices y ternura.

Medallas y delantales.

Nathaniel no me perdió porque desconociera mi rango.

Me perdió porque creyó que una mujer necesitaba un rango extraordinario para merecer su respeto.

Y cuando finalmente descubrió quién había sido su esposa todo aquel tiempo…

yo ya no necesitaba que él lo supiera.

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