Parte 2: LA MADRASTRA QUE ÉL ELIGIÓ

El hombre se levantó del sofá.

—Puedes quedarte.

Casi pensé que había oído mal.

—¿He conseguido el trabajo?

—Mi hijo acaba de comer más contigo en diez minutos que conmigo en tres días.

El pequeño levantó inmediatamente la cabeza.

—¡Porque ella sabe hablar con Optimus!

El hombre lo ignoró y extendió la mano.

—Alejandro Vega.

Claro que sabía quién era.

Presidente del Grupo Vega.

El hombre cuya fortuna aparecía constantemente en revistas económicas.

Le estreché la mano.

—Carmen.

—Ya lo sé.

Después señaló al niño.

—Él es Nico.

Nico me miró con desconfianza.

—No soy pequeño.

—Entendido.

—Y tampoco necesito madrastra.

—Perfecto.

Eso pareció desconcertarlo.

—¿No vas a decir que quieres ser mi nueva mamá?

—No.

—¿Por qué?

Me encogí de hombros.

—Porque acabamos de conocernos.

Nico se quedó pensando.

Alejandro también.

Aquella noche me asignaron una habitación en la segunda planta.

Era más grande que todo el apartamento donde había vivido con mi exmarido.

Me senté sobre la cama y miré mi única maleta.

Por primera vez desde el divorcio pude respirar.

No sabía cuánto duraría aquel trabajo.

Pero tenía techo.

Comida.

Y una oportunidad.

A la mañana siguiente descubrí por qué ninguna candidata anterior había sobrevivido demasiado.

Nico era un pequeño huracán.

Se negaba a vestirse.

Odiaba lavarse los dientes.

Escondía los zapatos.

Y cuando algo no salía como quería, gritaba:

—¡Todas las mujeres se van!

Aquella frase me hizo detenerme.

No era rabia.

Era miedo.

Así que dejé de intentar controlarlo.

Empecé a darle opciones.

—¿Camiseta azul o roja?

—¡Ninguna!

—Perfecto. Entonces yo elijo la verde.

—¡Azul!

—Buena elección.

Con la comida hicimos equipos de Transformers.

Para bañarse, convertimos la bañera en una misión submarina.

Para dormir, inventábamos historias.

Poco a poco, el pequeño tirano dejó de luchar contra mí porque comprendió que yo no estaba intentando vencerlo.

Una noche se quedó dormido agarrado a mi manga.

Alejandro apareció en la puerta.

—No suele permitir que nadie se quede cuando duerme.

—Tiene miedo de despertarse solo.

Su expresión cambió.

—¿Te lo dijo?

—No hacía falta.

Alejandro permaneció en silencio.

Después explicó:

—Su madre se marchó cuando tenía un año.

No pregunté más.

Sabía demasiado bien lo que significaba ser abandonado.

Pasaron tres meses.

Yo había encontrado trabajo durante el día en una pequeña empresa de contabilidad, y Alejandro reorganizó mi horario con Nico para que pudiera recuperar mi independencia.

—No necesitas trabajar fuera —dijo una tarde—. Puedo pagarte más.

Negué.

—Necesito saber que, si mañana este empleo termina, podré mantenerme sola.

Me miró durante varios segundos.

—¿Tu exmarido te dejó sin dinero?

Bajé la mirada.

—Sí.

Alejandro no preguntó cuánto.

No dijo que había sido una estupidez depender económicamente de alguien.

Solo respondió:

—Entonces entiendo.

Aquello me gustó más de lo que debía.

Pero puse distancia.

El mayordomo había sido muy claro el primer día.

Yo estaba allí por Nico.

Y así quería mantenerlo.

Hasta que apareció Marcos.

Mi exmarido.

Me encontró una tarde a la salida del trabajo.

—Carmen.

Me detuve.

Llevaba tres meses sin verlo.

—¿Qué quieres?

Me observó de arriba abajo.

—Te ves mejor.

—Gracias.

—Mi madre dijo que estás trabajando otra vez.

Claro.

Mi exsuegra.

En aquella ciudad los rumores viajaban más rápido que los autobuses.

Marcos sonrió con aquella expresión paternalista que conocía demasiado bien.

—Supongo que ya entendiste que vivir sola no es tan fácil.

No respondí.

—Puedes volver.

Lo miré sorprendida.

—¿Perdón?

—Ya te has castigado suficiente.

Casi me reí.

Él continuó:

—Mamá también está dispuesta a perdonarte.

Aquello sí me hizo reír.

—Qué generosa.

Marcos frunció el ceño.

—No empieces.

—No estoy empezando nada. Precisamente lo terminé.

Intenté marcharme.

Me agarró del brazo.

—Carmen, deja el orgullo.

Antes de que pudiera apartarme, escuché una voz infantil.

—¡SUÉLTALA!

Nico apareció corriendo.

Detrás venía Alejandro.

El niño se plantó delante de mí como si sus cuatro años fueran suficientes para enfrentarse al mundo entero.

—¡No toques a mi mamá!

Me quedé inmóvil.

Marcos también.

—¿Mamá?

Nico levantó la barbilla.

—¡Sí!

Alejandro llegó hasta nosotros.

Su mirada cayó sobre la mano de Marcos.

—Le aconsejo que la suelte.

Marcos lo reconoció.

Y palideció.

—Señor Vega…

Me soltó inmediatamente.

Después me miró.

—¿Qué haces con él?

—No es asunto tuyo.

Marcos soltó una risa nerviosa.

—Carmen, no te hagas ilusiones. Un hombre como él jamás…

—Termina esa frase —dijo Alejandro.

Marcos calló.

Yo tomé la mano de Nico.

—Vámonos.

Aquella noche, después de acostarlo, me senté junto a Alejandro.

—Tenemos un problema.

—¿Marcos?

—Nico.

Alejandro arqueó una ceja.

—Me llamó mamá.

—Lo escuché.

—Hay que explicarle que no lo soy.

—¿Quieres que lo haga?

Abrí la boca.

No salió nada.

Alejandro me observó.

—Esa no era la respuesta que esperabas darte, ¿verdad?

—No.

Sonrió ligeramente.

—Carmen, no voy a pedirte que ocupes ningún lugar que no quieras.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Qué quieres?

Su sonrisa desapareció.

—Eso es más complicado.

Mi corazón empezó a latir demasiado rápido.

Alejandro respiró hondo.

—El cartel fue idea de Nico.

Parpadeé.

—¿Qué?

—Escuchó al mayordomo decir que necesitaba una cuidadora. Él decidió que necesitaba una madre y cambió algunas palabras.

No pude evitar reír.

—¿Un niño de cuatro años puso “alojamiento y comida incluidos”?

—Eso fue el mayordomo.

—Ah.

Silencio.

Entonces Alejandro dijo:

—Pero ahora tengo otro problema.

—¿Cuál?

Me miró directamente.

—Que yo tampoco quiero que te vayas.

Aquella noche no ocurrió nada.

Y agradecí que fuera así.

Yo acababa de salir de un matrimonio donde había perdido independencia, confianza y autoestima.

No necesitaba saltar inmediatamente a otra relación.

Necesitaba reconstruirme.

Alejandro lo entendió.

Durante los meses siguientes seguimos siendo exactamente lo que éramos.

Yo trabajaba.

Cuidaba a Nico.

Ahorraba.

Y empecé a pagar mi propia habitación, aunque Alejandro protestó.

Un año después, conseguí un ascenso.

Cuando llegué a casa con la noticia, Nico saltó sobre mí.

—¡Mi mamá es jefa!

—Todavía no soy tu mamá.

Puso los ojos en blanco.

—Llevas diciendo eso muchísimo tiempo.

Alejandro soltó una carcajada.

Fue entonces cuando llamaron a la puerta.

Marcos.

Había venido acompañado por mi exsuegra.

—Carmen —dijo él—, ya ha pasado suficiente tiempo.

Lo miré sin entender.

—¿Suficiente para qué?

—Para que reconozcas que te equivocaste.

Nico apareció detrás de mí.

—¡¿Qué equivocada ni qué niño muerto?!

Todos nos quedamos congelados.

—¡Mi mamá es la mejor persona del mundo!

—Nico —dije intentando no reír—, esa expresión no se dice.

—¡Pero él empezó!

Marcos me miró.

—¿De verdad permites esto?

Antes de responder, sentí un brazo rodeándome suavemente los hombros.

Alejandro.

—Mi mujer, aunque se equivoque, siempre tiene razón.

Giré la cabeza.

—¿Tu mujer?

—Estoy practicando.

—Pues practica más lejos.

Nico empezó a reír.

Incluso el mayordomo tuvo que darse la vuelta.

Marcos, en cambio, parecía haber tragado hielo.

—¿Estás con él?

Lo miré.

Después miré a Alejandro.

—Todavía estamos negociándolo.

—Llevamos ocho meses negociando —murmuró Alejandro.

—Las decisiones importantes requieren paciencia.

Nico levantó la mano.

—Yo voto que sí.

Sonreí.

Marcos ya no tenía nada que decir.

Y cuando cerré la puerta, comprendí que la verdadera victoria nunca había sido terminar en la casa del hombre más rico de la ciudad.

No necesitaba un millonario para rescatarme.

Necesitaba un lugar seguro desde el que pudiera volver a ponerme en pie.

Después hice el resto.

Recuperé mi carrera.

Mis ahorros.

Mi confianza.

Y también encontré a un niño que había pegado un cartel buscando una madre sin comprender realmente qué significaba aquella palabra.

Dos años después, Nico llevó los anillos en nuestra boda.

Cuando llegó su turno de entregarlos, se negó.

—Primero quiero preguntar algo.

Todos rieron.

—¿Qué? —pregunté.

Me miró seriamente.

—Ahora sí eres mi mamá de verdad, ¿no?

Me arrodillé frente a él.

—Si tú quieres que lo sea.

Nico me abrazó con todas sus fuerzas.

—Ya eras mi mamá desde los Transformers.

Lloré.

Alejandro también, aunque después lo negó.

Y mientras abrazaba a aquel pequeño tirano, recordé la noche en que llegué con una maleta, sin dinero y creyendo que mi vida se había terminado.

A veces una puerta se cierra porque detrás de ella ya no queda nada para ti.

Y a veces, en la noche más oscura, encuentras un pequeño cartel absurdo pegado en una farola…

que termina señalándote el camino hacia casa.

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