PARTE 2: CREYERON QUE PODÍAN ROBARME TODO.

A la mañana siguiente, el gato naranja estaba sentado sobre la mesa de la cocina, observándome desayunar.

—Hoy será divertido —dijo dentro de mi cabeza.

Levanté la taza.

—¿Qué van a hacer?

Movió la cola lentamente.

—Vivian intentará quedarse con tu cliente más importante. Ethan la ayudará.

—¿Cómo?

—Robando tu presentación.

Dejé la taza sobre la mesa.

—¿Estás seguro?

El gato me miró con evidente ofensa.

—Soy un gato que habla. Creo que ya superamos la etapa en la que dudas de mí.

No pude evitar sonreír.

Una hora después llegué a la oficina.

Vivian ya estaba allí.

—¡Claire!

Corrió hacia mí como si nada hubiera ocurrido.

—¿Trajiste finalmente tu carta de renuncia?

—Claro.

Su rostro se iluminó.

—Perfecto.

Saqué una carpeta del bolso.

Vivian intentó mirar su contenido.

La cerré inmediatamente.

—La entregaré después de la reunión.

Su sonrisa vaciló.

—¿Qué reunión?

—La de Morrison Pharmaceuticals.

Sus ojos cambiaron apenas un segundo.

Pero fue suficiente.

Morrison era nuestra cuenta más importante.

El contrato valía millones.

Y yo llevaba seis meses preparando la propuesta.

Vivian se inclinó hacia mí.

—Pensé que yo podría ayudarte con la presentación.

—No hace falta.

—Claire, pronto te irás. Sería mejor que alguien conociera todos los detalles.

—Tienes razón.

Sonreí.

—Por eso ya dejé todo preparado.

Se relajó.

No sabía que la presentación que había dejado en la carpeta compartida era falsa.

La verdadera estaba guardada únicamente en mi computadora.

A las once, recibí una alerta.

Vivian había descargado el archivo señuelo.

Cinco minutos después se levantó de su escritorio.

—Voy por café.

El gato tenía razón.

Aquella misma tarde, cuando entramos en la sala de reuniones, Vivian apareció con el director comercial.

Y Ethan estaba sentado junto a él.

Me detuve.

—¿Qué haces aquí?

Ethan sonrió.

—Mi empresa también participa en esta operación. Pensé que sería una buena oportunidad para apoyarlas.

Vivian se sentó junto a él.

Demasiado cerca.

Entonces el director anunció:

—Vivian quiere presentar una propuesta alternativa.

Ella se levantó.

—Creo que Claire ha trabajado demasiado y, considerando que pronto dejará la empresa, preparé una opción para garantizar la continuidad.

Me miró con falsa preocupación.

—Espero que no te moleste.

—En absoluto.

Vivian abrió su presentación.

Primera diapositiva.

Segunda.

Tercera.

Entonces apareció una cifra enorme:

PROYECCIÓN DE CRECIMIENTO: 840 %.

El cliente frunció el ceño.

El director comercial se inclinó hacia delante.

—¿Ochocientos cuarenta por ciento?

Vivian palideció.

—Sí.

—¿En doce meses?

—Correcto.

Uno de los ejecutivos de Morrison soltó una risa incrédula.

—Eso es imposible.

Vivian cambió rápidamente de diapositiva.

La siguiente contenía datos falsos.

La siguiente, una estrategia absurda.

Había diseñado aquel archivo para que cualquiera que intentara apropiárselo quedara en evidencia.

Ethan empezó a mirar nerviosamente la pantalla.

—Vivian —murmuró—. Esa no era…

Ella lo fulminó con la mirada.

Demasiado tarde.

El director general se volvió hacia mí.

—Claire, ¿esta es la propuesta de tu equipo?

Abrí mi computadora.

—No.

Proyecté el archivo verdadero.

—Esta es mi propuesta.

Durante cuarenta minutos expliqué cada fase.

Presupuesto.

Riesgos.

Expansión.

Retorno esperado.

Cuando terminé, el representante de Morrison cerró su carpeta.

—Queremos continuar con Claire como responsable directa.

El director general asintió.

—Así será.

Vivian permaneció inmóvil.

Al salir, me agarró del brazo.

—¿Me tendiste una trampa?

Retiré lentamente su mano.

—¿Por qué descargaste un archivo que nunca te envié?

No respondió.

Ethan apareció detrás de ella.

—Claire, no hagas un drama.

Lo miré.

—¿Tú también conocías esa presentación?

Silencio.

Saqué el teléfono.

—Qué extraño.

Abrí el audio grabado en el estacionamiento.

La voz de Ethan llenó el pasillo.

—“Cuando nos casemos, podré usar su dinero para mantenerte.”

Vivian perdió todo el color.

Ethan intentó quitarme el teléfono.

Retrocedí.

—No me toques.

Dos compañeros se habían detenido cerca.

Después otros tres.

Ethan bajó la voz.

—Podemos hablar en privado.

—No tenemos nada de qué hablar.

Me quité lentamente el anillo que llevaba desde hacía años.

Él miró mi mano.

—Claire…

Lo coloqué sobre una mesa.

—Siete años esperando que quisieras casarte conmigo. Resulta que solo esperabas tener acceso a mi dinero.

Vivian comenzó a llorar.

—Puedo explicarlo.

—No quiero escucharte.

—Nuestra amistad significa mucho para mí.

La miré.

—¿Tanto como mi puesto?

No respondió.

Esa misma tarde entregué al departamento de cumplimiento los registros del archivo descargado y la evidencia de que Vivian había intentado presentar mi trabajo como suyo.

La investigación comenzó inmediatamente.

Tres días después, fue despedida.

Ethan me llamó desde seis números diferentes.

Bloqueé todos.

Pero todavía faltaba algo.

El lunes, cuando la empresa anunció oficialmente mi nombramiento como directora de marketing, recibí también el paquete de participación accionaria.

Vivian había querido expulsarme justo antes de que ocurriera.

Si hubiera firmado aquella renuncia, habría perdido una cantidad que podía cambiar completamente mi futuro.

Esa noche regresé a mi nuevo apartamento.

El gato naranja estaba estirado sobre el sofá.

—No está mal —dijo—. Podrías comprarme salmón de mejor calidad ahora que eres rica.

Dejé las llaves sobre la mesa.

—Todavía tengo una pregunta.

Abrió un ojo.

—¿Por qué me regaló Vivian precisamente a ti?

El gato bostezó.

—Porque no sabía que podía escucharme.

Me quedé quieta.

—¿Ella no puede?

—Nadie puede.

—Entonces ¿por qué yo sí?

El animal se incorporó.

—Quizá porque necesitabas escuchar algo que todos los demás podían ver.

Me quedé mirándolo.

Después me eché a reír.

—Eres insoportable.

—Y salvé tu carrera.

—También es cierto.

Pasaron varios meses.

Morrison renovó su contrato.

Mi campaña superó todos los objetivos.

Y el consejo comenzó a discutir mi siguiente ascenso.

Ethan, en cambio, descubrió que perderme era más caro de lo que había imaginado.

El apartamento donde vivíamos estaba a mi nombre.

El coche que utilizaba también.

Incluso varios contactos profesionales que habían impulsado su carrera provenían de mi red.

Sin mí, tuvo que empezar a resolver solo los problemas que durante años yo había solucionado silenciosamente.

Vivian intentó conseguir trabajo en otras compañías del sector.

Pero cuando le preguntaban por qué había abandonado su último puesto, nunca encontraba una respuesta convincente.

Una tarde la encontré afuera de una cafetería.

—Claire.

Me detuve.

Parecía cansada.

—Solo quiero preguntarte algo.

—¿Qué?

—¿Cómo descubriste todo?

Pensé en el gato naranja dormido sobre mi sofá.

Sonreí.

—Digamos que alguien me ayudó a abrir los ojos.

—¿Quién?

—Un amigo más leal que tú.

Seguí caminando.

Aquella noche, cuando entré en casa, encontré al gato junto a la ventana.

—¿Cómo estuvo tu día?

Me quité los zapatos.

—Vivian preguntó quién me contó todo.

—¿Y qué dijiste?

—Que fue un amigo leal.

El gato levantó orgullosamente la cabeza.

—Acepto atún como agradecimiento.

Me reí.

Había estado a punto de abandonar mi carrera, mis acciones y mi independencia porque confiaba ciegamente en dos personas.

Pero al final no perdí mi vida.

La recuperé.

Y quizá lo más extraño de todo era que la persona que me ayudó a descubrir la verdad ni siquiera era una persona.

Me acerqué al sofá y acaricié la cabeza naranja.

El gato cerró los ojos satisfecho.

—Claire.

—¿Sí?

—Hay otra cosa que deberías saber.

Mi mano se detuvo.

—¿Qué cosa?

Abrió un ojo.

Después miró hacia la puerta.

—El vecino nuevo está enamorado de ti.

Lo miré horrorizada.

—Ni se te ocurra.

El gato ronroneó.

—Tranquila. Esta vez parece buena persona. Pero si quieres, puedo investigarlo.

Y por primera vez en mucho tiempo, me eché a reír sin miedo a descubrir la verdad.

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