PARTE 2: QUERÍA MI CASA, MI PROMETIDO Y HASTA MI VIDA.

La transferencia tenía una referencia sencilla.

NOAH PARKER — 85.000 DÓLARES.

Sentí que el aire desaparecía de la habitación.

Noah.

Mi prometido.

El hombre que acababa de sentarse conmigo la noche anterior para decirme que Vanessa tenía un problema.

El mismo hombre que había fingido sorpresa cuando descubrimos que ella copiaba cada paso de mi vida.

Cerré el documento.

No lloré.

Tampoco llamé a ninguno de los dos.

Primero necesitaba saber la verdad.

Aquella noche, cuando Noah llegó, dejé el teléfono grabando sobre la mesa.

—¿Conoces el apartamento 1602?

Se detuvo mientras se quitaba la chaqueta.

Solo fue un segundo.

—¿El de tu edificio nuevo?

—Sí.

—¿Qué pasa con él?

—Nada. Pensaba comprar también una plaza de estacionamiento y quería saber si conocías los precios.

Su expresión volvió a relajarse.

—Ni idea.

Mintió con demasiada facilidad.

Entonces comprendí que aquello no había empezado ayer.

A la mañana siguiente llamé al agente.

—Necesito saber cuándo se hizo la transferencia de Noah Parker.

Revisó el expediente.

—Hace aproximadamente dos meses.

Dos meses.

Mucho antes de que Vanessa me acompañara a visitar el complejo.

—¿Y quién encontró primero este proyecto?

El hombre guardó silencio.

—La señorita Shaw.

Cerré los ojos.

Todo había sido preparado.

Vanessa había descubierto el complejo.

Había conseguido que yo me interesara.

Después esperó hasta saber qué apartamento elegiría para comprar exactamente el de enfrente.

Y Noah había puesto parte del dinero.

Pero todavía faltaba saber por qué.

Decidí continuar fingiendo.

Le dije a Vanessa que finalmente compraría el collar de 12.800 dólares.

Dos horas después me llamó.

—¿Ya lo compraste?

—Mañana.

—¿Estás segura? Es muchísimo dinero.

—Noah quiere pagarlo.

Hubo un pequeño silencio.

—Qué generoso.

Sonreí.

—Siempre lo ha sido conmigo.

Aquella misma tarde, Noah recibió una llamada mientras se duchaba.

Su teléfono vibró sobre la mesa.

No necesitaba revisarlo.

La pantalla mostró el nombre.

VANESSA.

Debajo apareció el mensaje.

“¿También vas a pagarle el collar?”

Después llegó otro.

“Me prometiste que dejarías de gastar tanto en ella cuando termináramos lo del apartamento.”

Sentí que algo dentro de mí se volvía completamente frío.

Tomé fotografías de ambos mensajes.

Después dejé el teléfono exactamente donde estaba.

Cuando Noah salió, me besó la frente.

—¿Qué quieres cenar?

Lo miré.

—Cualquier cosa.

—¿Estás bien?

—Perfectamente.

Y era verdad.

Porque la incertidumbre había terminado.

Ahora sabía quiénes eran.

Lo único que faltaba era descubrir qué querían hacer conmigo.

La respuesta llegó dos días después.

Vanessa me invitó a tomar café.

—He estado pensando en tu boda.

—¿Qué pasa con ella?

—Quizá deberías firmar un acuerdo prenupcial.

Casi me atraganté.

—¿Tú me recomiendas eso?

—Solo quiero protegerte.

Aquella frase casi consiguió hacerme reír.

—¿De Noah?

—No exactamente. Pero tienes más propiedades que él.

Asentí lentamente.

—Hablaré con mi abogado.

Su expresión cambió.

—No hace falta involucrar abogados todavía.

Ahí estaba.

El miedo.

—¿Por qué no?

—Porque puede parecer que desconfías de Noah.

—Pero acabas de recomendarme un acuerdo prenupcial.

Vanessa tardó demasiado en responder.

Esa noche entendí el plan.

No querían simplemente copiarme.

Querían mantenerme cerca mientras construían una segunda vida con mi dinero alrededor de ellos.

Noah había ayudado a Vanessa a comprar el 1602 porque planeaba pasar tiempo allí sin levantar sospechas.

¿Quién cuestionaría que mi mejor amiga viviera frente a nosotros?

Podría entrar y salir constantemente.

Tendrían la excusa perfecta.

Y yo sería la única idiota que creería que aquello era una coincidencia.

Así que preparé mi última prueba.

Le dije a Noah que había recibido una importante bonificación y que quería utilizarla para pagar anticipadamente parte de nuestra boda.

La cifra era falsa.

Doscientos mil dólares.

Esa noche fingí quedarme dormida.

A las doce y diecisiete, Noah salió al balcón.

Lo escuché hablar en voz baja.

—Tiene mucho más dinero del que pensábamos.

Silencio.

—No, todavía no sospecha nada.

Mi corazón golpeaba con fuerza.

—Después de casarnos será diferente.

Otra pausa.

Entonces pronunció la frase que terminó de destruir cualquier sentimiento que todavía quedara dentro de mí.

—Solo aguanta un poco más, Vanessa. Después ya no tendremos que escondernos.

Grabé todo.

A la mañana siguiente cancelé el compromiso.

No se lo dije.

Primero llamé a mi abogado.

Después al banco.

Luego al organizador de la boda.

El depósito recuperable volvió a mi cuenta.

El acceso de Noah a cualquier gasto compartido quedó bloqueado.

Y finalmente llamé al agente inmobiliario.

—Quiero cerrar definitivamente la compra del 1603.

—¿Está segura de que no quiere el 1601?

Sonreí.

—Completamente.

Dos semanas después llegó el día de la entrega de llaves.

Vanessa apareció vestida de blanco, radiante.

—¡Sorpresa!

Levantó unas llaves frente a mí.

—¡Compré el apartamento de enfrente!

Fingí sorpresa.

—¿El 1602?

—Sí.

Se acercó para abrazarme.

—No quería decirte nada hasta hoy. ¡Vamos a ser vecinas!

Noah sonrió detrás de ella.

—Eso será genial.

Los miré a ambos.

—Seguro que sí.

Vanessa señaló el 1601.

—Vamos. Quiero ver tu casa.

El agente carraspeó.

—En realidad…

Saqué mis llaves.

Y caminé hasta otra puerta.

1603.

Vanessa dejó de sonreír.

—¿Qué haces?

Abrí.

—Entrar en mi apartamento.

—Pero compraste el 1601.

—Cambié de opinión.

Su rostro perdió el color.

Noah me miró fijamente.

—¿Cuándo?

—El mismo día que descubrí que Vanessa había comprado el 1602.

Silencio.

La sonrisa desapareció de ambos.

Me volví hacia Noah.

—También fue el día que empecé a preguntarme por qué mi prometido había transferido 85.000 dólares para pagarlo.

Vanessa retrocedió.

Noah palideció.

—Puedo explicarlo.

—Perfecto.

Saqué el teléfono.

Reproduje su conversación del balcón.

“Solo aguanta un poco más, Vanessa. Después ya no tendremos que escondernos.”

Nadie habló.

Vanessa empezó a llorar.

—No es lo que parece.

—Curioso. Noah iba a decir exactamente lo mismo.

Me quité el anillo de compromiso.

No se lo entregué.

Lo guardé en el bolsillo.

—La boda está cancelada.

Noah dio un paso hacia mí.

—Escúchame.

—Ya escuché suficiente.

Vanessa intentó tomarme del brazo.

—Claire, somos amigas desde hace ocho años.

La miré.

—No.

Aparté su mano.

—Tú llevas ocho años intentando convertirte en mí.

Por primera vez no tuvo respuesta.

Meses después vendí el anillo.

Utilicé parte del dinero para remodelar el 1603 exactamente como yo quería.

Nada de tonos crema.

Nada elegido por Vanessa.

El 1602 salió nuevamente al mercado antes de terminar el año.

Noah y Vanessa tampoco duraron.

Cuando desapareció la emoción de engañarme, descubrieron que desconfiaban el uno del otro tanto como yo había aprendido a desconfiar de ellos.

Una tarde, mientras regaba las plantas de mi balcón, recibí un mensaje de Vanessa.

“Solo quiero saber una cosa. ¿Cuándo dejaste de confiar en mí?”

Miré las ventanas del antiguo 1602.

Después respondí.

“El día que descubrí que querías vivir frente a mi puerta.”

Pensé unos segundos.

Y añadí:

“Aunque ahora entiendo que llevabas años intentando vivir mi vida.”

Bloqueé su número.

Después dejé el teléfono.

Había perdido una amiga.

Había perdido un prometido.

Pero no sentía que me hubieran quitado nada.

Porque las personas que realmente me querían nunca habrían necesitado copiarme, competir conmigo ni esperar mi caída para ocupar mi lugar.

Entré en mi apartamento y cerré la puerta.

Entonces escuché el clic de la cerradura.

Sonreí.

Vanessa había comprado el apartamento frente al mío porque quería estar lo más cerca posible de mi vida.

Lo único que nunca imaginó fue que, cuando finalmente consiguiera llegar hasta mi puerta, yo ya habría elegido otra.

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