PARTE 2: EL FUNERAL ERA SOLO LA PRIMERA PARTE DEL PLAN.

El primer golpe contra la puerta hizo caer una botella de detergente del estante.

El segundo abrió una grieta junto al marco.

Doña Teresa abrazó a Valeria contra su pecho y se alejó todo lo que pudo.

—¡Mamá, abre ahora mismo! —gritó Mauricio.

Teresa no respondió.

La operadora del 911 seguía al teléfono.

—Las unidades están llegando. Permanezca con la niña y no abra la puerta.

Las sirenas ya se escuchaban frente a la casa.

Entonces los golpes cesaron.

De repente.

Aquel silencio asustó a Teresa todavía más.

Valeria levantó apenas la cabeza.

—Abuelita…

—Aquí estoy, mi niña.

—Papá tiene otra llave.

Teresa sintió un escalofrío.

Un segundo después escuchó pasos alejándose.

No iban hacia la puerta principal.

Mauricio estaba huyendo.

—¡Se está escapando! —avisó Teresa por teléfono.

Afuera se escucharon voces.

—¡Policía! ¡Nadie se mueva!

Después llegaron órdenes, pasos apresurados y una puerta abriéndose violentamente.

Karla comenzó a gritar.

—¡Yo no hice nada! ¡Fue idea de Mauricio!

Teresa cerró los ojos.

Aquella frase confirmó lo que todavía deseaba que fuera una pesadilla.

Minutos después, un agente llamó al cuarto de lavado.

—Señora Méndez, somos policías. Mauricio está bajo custodia. Puede abrir.

Teresa abrió lentamente.

Dos paramédicos entraron detrás de los agentes.

Cuando vieron a Valeria, actuaron de inmediato.

La niña se aferró al chal de su abuela.

—No quiero ir con papá.

—No vas a ir con él —prometió Teresa.

Los paramédicos la trasladaron a una ambulancia.

Teresa subió con ella.

Desde la puerta trasera vio a Mauricio esposado junto a una patrulla.

Él levantó la cabeza.

Sus ojos encontraron los de su madre.

—Mamá, estás cometiendo un error.

Teresa lo miró como si no reconociera al hombre al que había dado la vida.

—El error fue confiar en ti.

Las puertas de la ambulancia se cerraron.

En el hospital, los médicos confirmaron que Valeria necesitaba atención inmediata y observación.

Pero estaba viva.

Viva.

Teresa permaneció junto a su cama hasta que la niña se quedó dormida.

Cerca de las tres de la madrugada apareció una detective.

—Soy la inspectora Daniela Robles.

Teresa se levantó.

—¿Qué encontraron?

Daniela cerró la puerta antes de responder.

—Necesito preguntarle primero algo. ¿Quién organizó el funeral?

—Mauricio.

—¿La funeraria?

Teresa intentó recordar.

—Él dijo que se ocuparía de todo.

—¿Usted vio algún empleado de una funeraria esta noche?

La pregunta la desconcertó.

Pensó en las flores.

En las sillas.

En el ataúd.

En las personas que habían llevado comida.

Pero no recordó uniformes, documentos ni vehículo funerario.

—No.

Daniela asintió.

—Porque aparentemente ninguna funeraria registrada recibió el cuerpo de Valeria.

Teresa sintió que las piernas le fallaban.

—Entonces ¿de dónde salió el ataúd?

—Eso estamos investigando.

La detective colocó una bolsa transparente sobre la mesa.

Dentro estaba la llave que Teresa había encontrado bajo el forro.

—Hay otro problema.

—¿Cuál?

—Esta llave no corresponde solamente a los candados que sujetaban a Valeria.

Teresa frunció el ceño.

—¿Qué quiere decir?

—Tiene dos funciones.

Daniela sacó una fotografía.

Mostraba la parte inferior del ataúd.

Los agentes habían retirado el acolchado y descubierto una pequeña cerradura escondida en la madera.

—Había un compartimento secreto.

—¿Qué encontraron?

La detective guardó silencio durante un instante.

—Documentos.

Teresa sintió que el corazón comenzaba a golpearle el pecho.

—¿Qué documentos?

—Una póliza de seguro.

Otra fotografía apareció sobre la mesa.

El nombre de Valeria figuraba claramente.

La cantidad asegurada era enorme.

—Mauricio contrató esto hace cuatro meses —explicó Daniela—. Pero eso no es lo más extraño.

Pasó a la siguiente página.

—También encontramos copias de pasaportes, certificados y documentos relacionados con cuentas bancarias abiertas a nombre de la niña.

—Valeria tiene seis años.

—Precisamente.

Teresa miró hacia su nieta dormida.

—¿Para qué necesitaba todo eso?

—Todavía no lo sabemos.

A la mañana siguiente, Mauricio pidió un abogado.

Karla, en cambio, comenzó a hablar.

Afirmó que todo había empezado meses atrás, cuando Mauricio descubrió que una parte importante del patrimonio de su difunto padre no pasaría directamente a él.

Teresa conocía aquel patrimonio.

Su esposo había sido propietario de varios terrenos y acciones.

Antes de morir había creado un fideicomiso.

Mauricio recibiría una parte.

Pero otra quedaría reservada para Valeria.

—¿Cuánto? —preguntó Daniela.

Teresa dio una cifra aproximada.

La detective dejó de escribir.

—Eso cambia muchas cosas.

Dos horas después regresó acompañada por otro agente.

—Confirmamos el fideicomiso.

Dejó una carpeta frente a Teresa.

—Si Valeria fallecía antes de determinada edad, parte de los activos podían pasar a su padre como administrador de la sucesión.

Teresa cerró los ojos.

Ya entendía.

No necesitaba escuchar el resto.

—Por dinero.

Daniela no respondió inmediatamente.

—Parece ser una parte del motivo.

—¿Una parte?

—Encontramos algo más.

La policía había registrado el estudio de Mauricio.

Dentro de una caja fuerte aparecieron documentos con diferentes nombres.

Certificados.

Fotografías.

Transferencias.

Y una lista de fechas.

Teresa recorrió la página.

Había cinco nombres.

El último era Valeria.

—¿Quiénes son los demás?

Daniela la observó con gravedad.

—Eso estamos intentando averiguar.

Valeria despertó en ese momento.

—Abuelita.

Teresa dejó inmediatamente los papeles.

—Aquí estoy.

La niña miró a la detective y después hacia la puerta.

—¿Papá ya se fue?

—Sí.

Valeria permaneció callada.

Después preguntó:

—¿Y el señor del sótano?

Daniela y Teresa se miraron.

—¿Qué señor? —preguntó la detective.

Valeria apretó la sábana.

—El que venía cuando papá pensaba que yo estaba dormida.

Teresa se acercó.

—¿Lo conocías?

La niña negó con la cabeza.

—Papá lo llamaba doctor.

Daniela abrió su libreta.

—¿Recuerdas algo más?

Valeria pensó durante varios segundos.

—Tenía un maletín gris.

La detective dejó de escribir.

Teresa notó inmediatamente el cambio en su expresión.

—¿Qué pasa?

Daniela sacó su teléfono.

—Durante el registro encontramos un maletín gris en el sótano.

Valeria palideció.

—Ese.

—¿Qué había dentro?

Daniela miró primero a la niña.

Después a Teresa.

—Todavía lo están analizando.

Pero Valeria comenzó a negar con la cabeza.

—Papá decía que después del funeral nos iríamos lejos.

—¿Quiénes?

—Papá, Karla y yo.

—Pero todos creían que estabas muerta.

Valeria asintió.

—Papá dijo que Valeria tenía que morir.

Teresa sintió que se le detenía el corazón.

La niña continuó:

—Porque después yo tendría otro nombre.

Daniela se levantó inmediatamente.

Salió al pasillo y realizó una llamada.

Cuando regresó, su rostro estaba completamente serio.

—Señora Méndez, tenemos que trasladar a Valeria a un lugar protegido en cuanto los médicos lo permitan.

—¿Por qué?

—Porque Mauricio quizá no estaba intentando deshacerse de ella.

Teresa miró a su nieta.

—Entonces ¿qué estaba haciendo?

Daniela puso sobre la mesa uno de los documentos encontrados en el compartimento del ataúd.

Era un certificado de nacimiento.

La fotografía correspondía a Valeria.

Pero el nombre escrito debajo no era Valeria Méndez.

—Creemos que estaban preparando una identidad nueva para ella —dijo Daniela—. El funeral habría servido para que legalmente todos dejaran de buscar a Valeria.

Teresa sintió un frío profundo.

Entonces la puerta se abrió.

Otro policía entró apresuradamente.

—Inspectora, tenemos un problema.

—¿Qué ocurrió?

—El hombre del maletín.

Daniela se puso de pie.

—¿Lo identificaron?

El agente asintió.

—Sí.

Después miró a Teresa.

—Y usted lo conoce.

La habitación quedó en silencio.

—¿Quién es? —preguntó ella.

El policía dejó una fotografía sobre la mesa.

Teresa la miró.

Y sintió que el mundo desaparecía bajo sus pies.

Porque el hombre que aparecía entrando en casa de Mauricio la noche anterior era alguien a quien Doña Teresa había enterrado quince años atrás.

Su propio esposo.

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