Seguí deslizando la pantalla.
Cada mensaje hacía que las dos fresas que Daniel me había llevado parecieran más humillantes.
Tres semanas antes, Sophia había escrito:
—Señor Miller, el bolso llegó. Me encanta, pero era demasiado caro.
Daniel respondió:
—Tú te lo mereces. No pienses en el precio.
Abrí la fotografía adjunta.
Era un bolso de diseñador.
Recordaba perfectamente aquel día porque Daniel había regresado a casa diciendo que debía controlar nuestros gastos antes de que naciera el bebé.
—Tenemos que ahorrar, Emma. Ahora somos tres.
Yo incluso había cancelado una cita con mis amigas porque me sentía culpable gastando dinero.
Continué leyendo.
Había cenas.
Perfumes.
Joyas.
Reservas de hotel.
Y transferencias.
Muchas transferencias.
Entonces encontré un mensaje de hacía dos meses.
Sophia:
—¿Seguro que Emma no sospecha nada?
Daniel:
—Emma confía demasiado en mí. Además, con el embarazo está concentrada en otras cosas.
Sentí náuseas.
Apagué la pantalla durante unos segundos y apoyé una mano sobre mi vientre.
Mi bebé se movió suavemente.
Aquello me devolvió la claridad.
No podía despertar a Daniel y enfrentarlo sin saber hasta dónde llegaba todo.
Volví a encender el teléfono.
Busqué por palabras.
“Emma”.
Aparecieron decenas de resultados.
En uno, Sophia se burlaba de un vestido premamá que yo había usado durante una cena de empresa.
—Parece una cortina.
Daniel había respondido con un emoji de risa.
En otro, ella preguntaba:
—¿Todavía duerme contigo?
La respuesta tardó apenas un minuto.
—Claro. Si empiezo a comportarme diferente, sospechará.
Se me rompió algo por dentro.
No por Sophia.
Ni siquiera por las fresas.
Por aquella frase.
Cada vaso de agua que Daniel me había llevado.
Cada beso en la frente.
Cada consulta médica a la que me había acompañado.
Cada vez que había acariciado mi vientre preguntando cómo estaba “nuestro pequeño”.
De repente, ya no sabía qué parte de mi matrimonio había sido verdadera.
Tomé fotografías de toda la conversación con mi teléfono.
Después encontré algo diferente.
Una carpeta de documentos enviados por Sophia.
El archivo más reciente se llamaba:
“Proyecto Aurora”.
Lo abrí.
Era documentación de una propiedad.
Un apartamento de lujo.
Y junto al documento había un mensaje de Daniel:
—Cuando esté todo terminado, será nuestro lugar.
Sophia respondió:
—¿Y Emma?
Daniel:
—Después del nacimiento resolveré lo de ella.
Sentí un escalofrío.
¿Qué significaba “resolver”?
Seguí leyendo.
Entonces apareció una frase que me dejó inmóvil.
—¿Y si descubre que utilizaste su dinero?
Mi respiración se detuvo.
¿Mi dinero?
Daniel respondió:
—No lo descubrirá. Ella nunca revisa las cuentas de inversión.
Me levanté de la cama.
Fui al despacho.
Durante años, Daniel había administrado parte del patrimonio que heredé de mi abuela. Siempre decía que tenía más experiencia financiera y que yo no debía preocuparme.
Encendí el ordenador.
Abrí nuestras cuentas.
Y entendí por qué últimamente insistía tanto en que ahorráramos.
Faltaban ciento veinte mil dólares.
Tuve que agarrarme al escritorio.
Revisé las transferencias.
Varias habían terminado en una sociedad que no reconocía.
Busqué el nombre.
La sociedad figuraba como compradora del apartamento del Proyecto Aurora.
Daniel no solo estaba regalándole cosas a Sophia.
Estaba construyendo una vida con ella usando mi dinero.
Escuché un ruido detrás de mí.
Me giré.
Daniel estaba en la puerta.
—Emma.
El corazón me dio un vuelco.
—¿Qué haces despierta?
Miró el ordenador.
Después mi teléfono.
Durante un segundo vi miedo en sus ojos.
Solo uno.
Luego apareció nuevamente el esposo amable.
—Cariño, deberías estar descansando.
Se acercó.
Cerré el portátil.
—No podía dormir.
—Ven.
Intentó acariciarme.
Retrocedí.
Su mano quedó suspendida en el aire.
—¿Ocurre algo?
Lo miré.
Quería preguntarle por Sophia.

Por el apartamento.
Por mi dinero.
Pero recordé aquella frase:
“Después del nacimiento resolveré lo de ella”.
—Me siento un poco mareada.
Su expresión cambió inmediatamente.
—¿Quieres que vayamos al hospital?
Perfecto.
Otra actuación impecable.
—No. Dormiré un poco.
Daniel me acompañó hasta la cama.
Cinco minutos después volvió a quedarse dormido.
Yo no cerré los ojos.
A las siete de la mañana llamé a mi abogado desde el baño.
Le envié todo.
Mensajes.
Transferencias.
Documentos.
—Emma —me dijo después de revisarlos—, no lo enfrentes todavía.
—¿Por qué?
—Porque necesito confirmar algo.
—¿Qué?
Hubo una pausa.
—La sociedad que compró ese apartamento no está únicamente vinculada a Daniel.
Mi mano se apretó alrededor del teléfono.
—¿A quién más?
—Dame unas horas.
Aquella tarde, Daniel anunció que tenía una reunión importante.
Antes de marcharse me besó la frente.
—No salgas sola.
Sonreí.
—No lo haré.
Esperé diez minutos.
Después pedí un taxi.
Tenía la dirección del apartamento.
Cuando llegué, vi el coche de Daniel estacionado delante.
Subí.
La puerta del apartamento estaba entreabierta.
Escuché la voz de Sophia.
—¿Cuándo vas a decírselo?
Daniel respondió:
—Después de que nazca el bebé.
—Siempre dices lo mismo.
—No puedo precipitarme.
Sophia soltó una risa.
—¿Y las fresas?
—¿Qué pasa con ellas?
—Espero que Emma disfrutara mis sobras.
Los dos rieron.
Cerré los ojos.
Aquello fue suficiente.
Saqué el teléfono y activé la grabadora.
Entonces Sophia dijo algo que no esperaba.
—Tu madre quiere saber si ya firmó los últimos documentos.
Mi sangre se heló.
¿Su madre?
Daniel bajó la voz.
—Todavía no.
—Pues date prisa. Si Emma descubre para qué eran realmente esas firmas, tendremos un problema.
Miré mi teléfono.
Mi abogado acababa de enviarme un mensaje.
“Emma, ya confirmé el segundo nombre vinculado a la sociedad.”
Debajo apareció un documento.
Lo abrí.
Y sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
La copropietaria del apartamento no era Sophia.
Era mi suegra.
En ese preciso instante, la puerta se abrió de golpe.
Daniel estaba frente a mí.
Miró mi teléfono.
Luego la grabadora encendida.
Su rostro cambió por completo.
Ya no había sonrisa.
—Emma —dijo lentamente—. Dame el teléfono.
Retrocedí protegiendo mi vientre.
Entonces Sophia apareció detrás de él.
Y antes de que pudiera decir nada, una tercera voz surgió desde el interior del apartamento.
Una voz que conocía demasiado bien.
—Ya es tarde, Daniel. Si Emma está aquí, significa que lo ha descubierto todo.
Levanté la mirada.
Y la persona que salió de aquella habitación hizo que olvidara por un instante hasta cómo respirar.