¿A dónde podía ir ahora?
La respuesta llegó en forma de un nombre que llevaba años sin atreverme a marcar.
Claudia.
Mi mejor amiga de la universidad.
La misma que, cuando rechacé la oportunidad de hacer el doctorado para quedarme junto a Mateo, me había preguntado:
—Natalia, ¿estás segura de que algún día él renunciaría a algo así por ti?
Entonces me enfadé con ella.
Ahora entendía por qué.
Marqué.
Respondió al tercer tono.
—¿Natalia?
Solo escuchar mi nombre en su voz consiguió quebrar algo dentro de mí.
—Claudia… ¿puedo quedarme contigo esta noche?
Hubo un silencio.
Después:
—Mándame tu ubicación.
No preguntó nada más.
Cuarenta minutos después apareció en su coche, bajó, vio mi maleta y mi cabello todavía pegajoso por la sopa.
Su expresión cambió.
—¿Qué te hizo?
—Se acabó.
Claudia me abrazó.
Y por primera vez aquella noche lloré.
No por Mateo.
Lloré por los diez años que había dejado desaparecer intentando convencer a alguien de que me eligiera.
A la mañana siguiente desperté en el sofá de Claudia con treinta y siete llamadas perdidas de números desconocidos.
Mateo.
Había encontrado otras formas de llamarme.
También tenía mensajes de su madre.
“Deja de comportarte como una niña.”
“Mateo está muy enfadado.”
“Deberías disculparte con Valeria por arruinar la cena.”
Me eché a reír.
Los bloqueé todos.
Entonces Claudia dejó una taza de café delante de mí.
—¿Qué vas a hacer?
Miré mi certificado de nutricionista sobresaliendo de la maleta.
—Volver a trabajar.
—¿Después de tantos años?
—Después de tantos años.
Claudia sonrió.
—Entonces quizá esto te interese.
Abrió su portátil.
Claudia trabajaba como investigadora en una prestigiosa clínica especializada en nutrición digestiva.
Me mostró una convocatoria.
Buscaban a una coordinadora para desarrollar programas alimentarios destinados a pacientes con enfermedades gastrointestinales.
—No tengo experiencia reciente.
—Tienes diez años de experiencia práctica.
—Cuidando a Mateo.
—No.
Claudia me señaló.
—Estudiando. Diseñando dietas. Obteniendo certificaciones. Investigando ingredientes. Lo hiciste por el hombre equivocado, pero el conocimiento sigue siendo tuyo.
Aquella frase cambió algo.
Envié mi solicitud.
Tres días después me llamaron.
Una semana después estaba sentada frente al director médico.
Dos semanas después tenía trabajo.
El salario no era extraordinario.
Para mí significaba libertad.
Mientras tanto, Mateo pasó de la arrogancia a la incredulidad.
Primero me envió flores.
Después un collar.
Luego apareció frente a la clínica.
Lo vi esperando junto a su coche.
—Natalia.
Seguí caminando.
Me bloqueó el paso.
—Tenemos que hablar.
—No tenemos nada.
—¿De verdad vas a tirar diez años por un cuenco de sopa?
Lo miré.
Todavía no lo entendía.
—No terminé contigo por una sopa.
—Entonces ¿por qué?
—Porque tardé diez años en comprender que para ti siempre fui el servicio de mantenimiento de una relación que solo existía en mi cabeza.
Su rostro se endureció.
—Estás exagerando.
—¿Has comido hoy?
Mateo parpadeó.
—¿Qué?
—¿Has tomado el protector gástrico?
Silencio.
—¿Dormiste bien?
No respondió.
Sonreí.
—Exactamente.
Intentó agarrarme de la muñeca.
Retrocedí.
—Natalia, Valeria y yo no tenemos nada.
—Ya no me importa lo que tengan.
Eso sí le dolió.
Lo vi claramente.
Mateo podía soportar mi rabia. Lo que no sabía soportar era mi indiferencia.
—Vuelve a casa.
—No.
—¿Dónde estás viviendo?
—No es asunto tuyo.
—Soy tu pareja.
—Eras.
Lo dejé allí.
Durante los meses siguientes recuperé pequeñas partes de mí misma.
Volví a llamar a antiguos amigos.
Retomé estudios que había abandonado.
Mis protocolos nutricionales empezaron a funcionar especialmente bien con pacientes de gastritis crónica.
La clínica me ofreció participar en un proyecto de investigación.
Por primera vez en una década, cuando alguien pronunciaba mi nombre, no añadía:
“La novia de Mateo”.
Yo era simplemente Natalia.
Y mientras yo avanzaba, Mateo empezó a derrumbarse.
Me enteré por Claudia.
—Lo ingresaron anoche.
Mi mano se detuvo sobre el teclado.
—¿Qué pasó?
—Crisis gástrica severa.
Durante unos segundos regresaron los viejos reflejos.
¿Qué había comido?
¿Había tomado su medicación?
¿Quién estaba vigilando sus horarios?
Entonces cerré el documento.
—Espero que se recupere.
Y seguí trabajando.
Dos días después apareció Valeria en la clínica.
Entró en mi despacho sin cita.

—Necesitas venir conmigo.
—No.
—Mateo está hospitalizado.
—Ya lo sé.
Pareció desconcertada.
—Entonces ¿cómo puedes estar aquí tan tranquila?
La miré.
—Porque ya no soy responsable de él.
Valeria apretó el bolso.
—No quiere comer nada de lo que le dan.
—Hay nutricionistas en el hospital.
—Dice que nadie prepara la comida como tú.
Casi sonreí.
—Entonces tendrá que aprender.
Valeria perdió su expresión dulce.
—¿Esto es venganza?
—No.
Me levanté.
—Venganza sería querer verlo sufrir. Yo simplemente ya no quiero organizar mi vida para evitar que sufra.
Ella se quedó callada.
Antes de marcharse, murmuró:
—Pensé que nunca serías capaz de dejarlo.
—Yo también.
Aquella noche recibí un correo.
No era de Mateo.
Era de la Universidad de Barcelona.
Habían revisado un artículo en el que Claudia me había incluido como colaboradora.
Querían entrevistarme para un programa de investigación doctoral.
Me quedé mirando la pantalla.
La oportunidad que había abandonado diez años atrás regresaba de una forma distinta.
Y esta vez dije sí.
Seis meses después, durante un congreso nacional de nutrición clínica, presenté mi primer trabajo ante más de cuatrocientas personas.
Cuando terminé, el auditorio aplaudió.
Entre el público vi una cara conocida.
Mateo.
Estaba en la última fila.
Más delgado.
Más pálido.
Solo.
Al terminar, me esperó en el vestíbulo.
—Estuviste increíble.
—Gracias.
Bajó la mirada.
—Ahora entiendo lo que abandonaste por mí.
—Yo también.
—Natalia…
Sus ojos estaban rojos.
—Me equivoqué.
No respondí.
—Valeria se marchó hace meses.
—Lo siento.
—No la quería como pensaba.
Aquello habría significado el mundo para la Natalia de antes.
Para la mujer que tenía delante de él ahora, no significaba nada.
—¿Podemos empezar de nuevo?
Lo miré durante unos segundos.
—No.
Mateo tragó saliva.
—¿Hay otra persona?
Sonreí.
—Sí.
Su rostro se descompuso.
Me llevé una mano al pecho.
—Yo.
—Por primera vez, me elegí a mí.
Pasé junto a él.
Pero antes de llegar a la puerta escuché:
—Natalia.
Me giré.
Mateo tenía lágrimas en los ojos.
—¿Alguna vez me quisiste de verdad?
La pregunta me hizo sonreír con tristeza.
—Durante diez años.
Hice una pausa.
—Ese nunca fue el problema.
—¿Entonces cuál fue?
Lo miré por última vez.
—Que durante esos mismos diez años tú nunca aprendiste a quererme a mí.
Salí del edificio.
Afuera brillaba el sol.
Mi teléfono vibró.
Era el correo definitivo de la universidad.
“Nos complace comunicarle que ha sido admitida en el programa de doctorado.”
Me quedé mirando aquellas palabras.
Diez años atrás había renunciado a ese sueño por Mateo.
Ahora volvía a mí.
Solo que esta vez no era una muchacha esperando que alguien reconociera cuánto valía.
Era una mujer que finalmente lo sabía.
Guardé el teléfono y seguí caminando.
El cuenco de sopa que Mateo había estampado sobre mi cabeza no había destruido mi vida.
Había roto los últimos grilletes que me impedían recuperarla.