PARTE 2: ESTA VEZ LLEGARÍA ANTES DE QUE FUERA DEMASIADO TARDE.

Noah no respondió.

Seguía temblando cuando los guardias lo acompañaron hacia el interior del edificio.

Yo caminaba a su lado.

Ethan venía detrás de nosotros, completamente en silencio.

Nadie hizo preguntas hasta que llegamos a una sala privada del centro médico universitario.

Un médico pidió hablar primero con Noah a solas.

Acepté.

Pero antes de que cerraran la puerta, él me miró.

—¿Te vas a ir?

Sentí que el corazón se me apretaba.

—No.

—¿Seguro?

—Me quedaré aquí.

Solo entonces dejó que la puerta se cerrara.

Ethan permaneció apoyado contra la pared.

Durante varios minutos ninguno de los dos habló.

Finalmente preguntó:

—¿Qué está pasando?

—No puedo explicártelo todo.

—Saliste corriendo de mi fiesta. Entraste en una residencia universitaria bajo la lluvia. Después subiste buscando a Noah como si supieras exactamente dónde encontrarlo.

Me miró fijamente.

—Amelia, parecía que sabías que algo iba a ocurrir.

Bajé la mirada.

¿Cómo podía explicarle que ya había vivido aquellos días?

¿Cómo podía decirle que, en otra vida, Noah no había llegado a esa sala?

—Solo sabía que necesitaba encontrarlo.

Ethan soltó una respiración cansada.

—¿Desde cuándo te importa tanto?

La pregunta me molestó.

—Siempre me importó.

—No de esta manera.

No respondí.

Porque tenía razón.

Me había importado Noah durante años.

Pero lo había querido como se quiere algo que uno cree permanente.

Nunca imaginé que pudiera desaparecer.

Y quizá ese había sido mi error más cruel: confundir su lealtad con una garantía.

La puerta se abrió cuarenta minutos después.

El médico salió primero.

—Por ahora necesita acompañamiento y tranquilidad. No debería quedarse solo.

Asentí inmediatamente.

—Yo me quedaré con él.

Ethan giró hacia mí.

—Amelia.

Lo ignoré.

Entré.

Noah estaba sentado junto a la ventana, vestido con ropa seca que una enfermera le había conseguido.

Parecía agotado.

Cuando me vio, intentó sonreír.

—Lo siento.

Me senté frente a él.

—No vuelvas a disculparte por necesitar ayuda.

Bajó la cabeza.

—Arruiné tu fiesta.

—La fiesta no importa.

—Ethan acaba de regresar después de años.

—Él puede esperar.

Noah levantó lentamente los ojos.

En mi vida anterior había leído cientos de páginas donde él se convencía de que Ethan siempre sería primero.

Aquella noche podía empezar a demostrarle que ya no quería seguir viviendo de la misma manera.

Pero tampoco quería reemplazar una crueldad por otra.

No podía utilizar su dolor para hacer promesas impulsivas.

—Noah —dije—, lo que siento ahora es complicado.

Su expresión se cerró.

—Lo entiendo.

—No. Escúchame.

Me acerqué un poco.

—He pasado demasiado tiempo aceptando que otros decidieran cómo debía ser mi futuro.

Mi familia daba por hecho que acabaría con Ethan.

Tú dabas por hecho que jamás podrías significar lo suficiente para mí.

Y yo dejé que ambas cosas ocurrieran sin preguntarme qué quería realmente.

Noah guardó silencio.

—Así que no voy a prometerte algo solo porque tengo miedo de perderte.

Pareció dolerle.

Pero continué.

—Voy a hacer algo más difícil.

—¿Qué?

—Voy a conocerte de verdad.

Sus ojos se humedecieron.

—Me conoces desde hace años.

—Conozco al Noah que siempre estaba disponible cuando yo lo necesitaba.

Negué lentamente.

—Quiero conocer al que existe cuando no está resolviendo mis problemas.

Aquello lo dejó completamente quieto.

—Quiero saber qué quieres hacer después de graduarte. Qué lugar quieres conocer. Qué música odias. Qué harías si no tuvieras que agradecerle nada a mi familia.

Me tembló la voz.

—Quiero saber quién eres cuando nadie te necesita.

Noah bajó la cabeza.

—No sé si sé responder eso.

—Entonces podemos descubrirlo.

A la mañana siguiente, mi abuelo llegó al hospital.

Noah intentó levantarse inmediatamente.

—Señor Moore.

Mi abuelo levantó una mano.

—Quédate sentado.

Después me miró.

—Ethan me contó algo.

Sentí tensión en los hombros.

—¿Qué cosa?

—Que anoche rechazaste delante de todos cualquier insinuación sobre un futuro matrimonio con él.

—Correcto.

—¿Por Noah?

—Por mí.

Mi respuesta hizo que Noah me mirara.

Mi abuelo también se sorprendió.

—Toda la familia esperaba otra cosa.

—Entonces toda la familia tendrá que acostumbrarse.

No discutió.

Tal vez porque mi expresión le dejó claro que no cambiaría de opinión.

Dos días después ocurrió algo que yo recordaba perfectamente.

En mi vida anterior, esa mañana había aceptado acompañar a Ethan a una entrevista organizada por nuestras familias.

Las fotografías terminaron en todos los medios.

Fue una de las imágenes que Noah había guardado antes de morir.

Esta vez cancelé.

Ethan apareció personalmente en casa.

—¿Estás evitando verme?

—Estoy cambiando algunas cosas.

—Desde que regresé, apenas hemos hablado.

—Tal vez porque durante años todos hablaron por nosotros.

Frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

—Que no quiero casarme contigo.

Por primera vez, Ethan perdió aquella seguridad tranquila que siempre lo acompañaba.

—Nunca te he pedido matrimonio.

—Precisamente.

—Entonces ¿por qué estamos hablando de esto?

—Porque nuestras familias llevan años construyendo una historia que ninguno de los dos se molestó en detener.

Lo miré.

—Yo la estoy deteniendo ahora.

Ethan permaneció callado.

Después preguntó:

—¿Lo amas?

Sabía que hablaba de Noah.

—No lo sé todavía.

Aquella fue la respuesta más honesta que podía darle.

—Pero quiero tener la oportunidad de descubrir lo que siento sin utilizarte a ti como destino inevitable ni a él como segunda opción.

Ethan soltó una risa amarga.

—Así que después de todos estos años, el que termina fuera de la historia soy yo.

—No.

Negué lentamente.

—Nunca debimos tratar nuestras vidas como una historia donde alguien tenía que ganar.

Pasaron las semanas.

Noah regresó gradualmente a clases.

Yo dejé de llamarlo solamente cuando necesitaba ayuda.

Empecé a preguntarle cosas.

Pequeñas cosas.

Descubrí que odiaba el café que siempre bebía conmigo.

Lo tomaba porque yo lo prefería.

Descubrí que quería investigar enfermedades cardíacas porque su padre había muerto sin recibir atención adecuada.

Descubrí que soñaba con vivir cerca del mar.

Y descubrí algo todavía más doloroso.

Había construido tantos hábitos alrededor de mí que apenas distinguía cuáles eran realmente suyos.

Así que puse una regla.

—Durante un mes no puedes hacerme ningún favor que yo pueda hacer sola.

Noah me miró como si hubiera perdido la cabeza.

—¿Por qué?

—Porque quiero que dejes de medir tu valor por lo útil que eres para mí.

—Eso es absurdo.

—Perfecto. Entonces será fácil.

No lo fue.

Pero funcionó.

Poco a poco empezó a decir que no.

A tener planes sin mí.

A discutir conmigo.

La primera vez que canceló una cena porque tenía un ensayo importante en el laboratorio, sonreí durante diez minutos.

Él me escribió:

“¿Por qué pareces tan feliz de que no vaya?”

Respondí:

“Porque elegiste algo que querías tú.”

Seis meses después, mi abuelo organizó otra cena.

Esta vez Noah llegó como invitado.

No como becado.

No como el muchacho agradecido al que nuestra familia había ayudado.

Como investigador seleccionado para un programa internacional por sus propios méritos.

Cuando entró, Ethan también estaba allí.

Se saludaron con educación.

Nada más.

Después Noah vino hacia mí.

—Tengo algo que decirte.

—Eso suena grave.

Sacó una carta.

—Me aceptaron en Boston.

Sentí orgullo.

Y también miedo.

En otra vida habría querido retenerlo.

Esta vez sonreí.

—Tienes que ir.

Noah me observó cuidadosamente.

—Son dos años.

—Lo sé.

—Podríamos vernos muy poco.

—También lo sé.

—¿Y aun así quieres que vaya?

Tomé su mano.

—No quiero que vuelvas a construir tu futuro alrededor de mí.

Sus ojos se llenaron de emoción.

—¿Y nosotros?

Respiré profundamente.

Durante meses habíamos caminado hacia aquella pregunta.

Esta vez no tenía miedo.

—Nosotros podemos intentarlo.

—¿Intentar qué?

Sonreí.

—Dejar de fingir que no sabemos lo que está pasando.

Noah soltó una pequeña risa.

—Eso suena peligrosamente parecido a una confesión.

—Tal vez lo sea.

—Amelia.

—¿Sí?

—Llevo años esperando escuchar algo así.

Mi sonrisa desapareció.

—Entonces no esperes más.

No prometimos eternidad.

No prometimos que sería fácil.

Prometimos honestidad.

Dos años después, Noah regresó.

Yo estaba esperándolo en el aeropuerto.

Cuando cruzó las puertas, llevaba el mismo reloj barato que habían colocado dentro de aquella caja en mi primera vida.

Esta vez estaba vivo.

Sonriendo.

Corriendo hacia mí.

Lo abracé.

Y mientras sentía su corazón contra el mío, recordé aquella última línea del cuaderno negro.

“Cuando ya no esté, ¿Amelia me recordará alguna vez?”

Cerré los ojos.

Había pasado años creyendo que regresar en el tiempo significaba que debía salvarlo.

Pero finalmente entendí algo más importante.

Noah no necesitaba convertirse en el centro de mi vida para saber que su vida tenía valor.

Necesitaba tener un futuro que también le perteneciera a él.

Y yo no necesitaba amarlo por culpa.

Necesitaba elegirlo libremente.

Cuando nos separamos, Noah sacó algo del bolsillo.

Era una caja de música.

La misma que había restaurado en mi primera vida.

La abrió.

La melodía comenzó a sonar.

—Esta vez quería entregártela yo mismo.

Sentí lágrimas en los ojos.

—¿Esta vez?

Noah frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

Sonreí.

—Nada.

Tomé su mano.

Había secretos que quizá nunca podría explicar.

Pero mientras caminábamos juntos hacia la salida, supe que había conseguido aquello por lo que habría dado cualquier cosa en mi primera vida.

Tres días más.

Tres días se habían convertido en años.

Años en los que Noah aprendió que era mucho más que alguien esperando ser elegido.

Y años en los que yo aprendí que amar a una persona no significaba salvarla ni poseerla.

Significaba caminar a su lado mientras ambos elegían seguir adelante.

La primera vez conocí sus sentimientos cuando ya era demasiado tarde.

La segunda, llegué a tiempo para descubrirlos junto a él.

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