Mariana esperó doce días antes de regresar a Guadalajara.
No llamó a Sergio.
No llamó a sus antiguos compañeros.
Y, sobre todo, no cometió el error de ir directamente por la memoria USB.
Primero necesitaba saber hasta dónde llegaba aquello.
Desde un coche prestado por don Eusebio, observó su propio funeral.
Sergio estaba en primera fila.
Traje negro.
Cabeza inclinada.
Una mano sobre el ataúd vacío.
Cuando llegaron las cámaras, incluso lloró.
Paulina permanecía unos metros detrás, vestida de negro y con expresión solemne.
Mariana sintió náuseas.
Pero entonces vio algo más importante.
Chuy.
El supuesto testigo del accidente.
Estaba apartado junto al estacionamiento.
Sergio se acercó discretamente y le entregó un sobre.
Mariana tomó varias fotografías.
Aquella misma noche contactó a una única persona.
La fiscal Elena Robles.
Habían trabajado juntas durante nueve años.
—Necesito que escuches hasta el final antes de decir mi nombre en voz alta.
Hubo silencio.
—¿Mariana?
—Estoy viva.
Elena tardó varios segundos en responder.
—Dios mío.
—Sergio intentó matarme.
Dos horas después se encontraron en un departamento seguro.
Mariana contó todo.
La póliza.
Nexo.
Paulina.
Chuy.
El puente.
Y la memoria USB.
—Si apareces ahora —advirtió Elena—, Sergio cambiará de estrategia.
—Por eso no voy a aparecer.
—¿Qué quieres hacer?
Mariana la miró.
—Quiero que siga creyendo que ganó.
Con autorización y apoyo oficial, recuperaron discretamente la memoria de la oficina de Nexo.
Lo que encontraron era mucho peor de lo esperado.
Había transferencias entre empresas fantasma.
Facturas falsas.
Pagos a funcionarios.
Documentos donde la firma digital de Mariana aparecía autorizando operaciones que ella jamás había visto.
Y una carpeta llamada simplemente:
“M.C.”
Dentro había informes sobre ella.
Horarios.
Rutas.
Historial médico.
Copias de su póliza.
Incluso fotografías del puente tomadas tres meses antes.
Elena levantó la vista.
—Esto no fue una decisión impulsiva.
Mariana sintió frío.
—Llevaba meses preparándolo.
Pero todavía faltaba algo.
Entre los archivos apareció una grabación de Sergio y Paulina.
No demostraba directamente el intento de homicidio.
Pero sí revelaba el plan financiero.
Mariana debía morir.
Sergio cobraría el seguro.
Nexo quedaría bajo su control.
Después utilizarían la empresa de Mariana como responsable aparente de varias operaciones ilegales de la constructora.
La muerta cargaría con el fraude.
Ellos se quedarían con el dinero.
—No quería solamente matarme —susurró Mariana.
Elena negó.
—Quería enterrarte con todos sus delitos.
Entonces Mariana comprendió qué debía hacer.
Sergio esperaba recibir los ocho millones después de que se completaran los procedimientos correspondientes.
Para celebrarlo, organizó una reunión privada con inversionistas.
Necesitaba convencerlos de que la muerte de Mariana había cerrado definitivamente los problemas de Nexo.
Aquella sería la noche.
El salón del hotel estaba lleno cuando Sergio subió al escenario.
Paulina estaba sentada en primera fila.
—Han sido semanas difíciles —comenzó él—. Perdí a mi esposa…
Su voz se quebró perfectamente.
Mariana observaba desde otra habitación.
—…pero Mariana habría querido que siguiéramos adelante.
Elena la miró.
—¿Preparada?
Mariana respiró hondo.
—Sí.
Sergio continuó:
—Por ella, por nuestra empresa y por nuestro futuro.
Entonces las pantallas detrás de él se apagaron.
Apareció una fotografía.
El puente.
Sergio dejó de hablar.
Después apareció la póliza de ocho millones.
Luego las transferencias.
Las empresas fantasma.
Los pagos.
Y finalmente una frase:
“ARCHIVO M.C.”
Paulina se levantó.
—¿Qué demonios es esto?
Sergio miró hacia el técnico.
—¡Apáguenlo!
Pero nadie lo hizo.
Una grabación comenzó a reproducirse.
Era su propia voz hablando de cómo utilizarían Nexo cuando Mariana ya no pudiera defenderse.
Los invitados comenzaron a murmurar.
Sergio palideció.
—Esto está manipulado.
Entonces una voz sonó desde el fondo.
—No todo.
Sergio se quedó petrificado.
Mariana entró.
El salón entero quedó en silencio.

Paulina soltó un grito.
Sergio retrocedió como si estuviera viendo un fantasma.
—No…
Mariana caminó hacia él.
—Hola, Sergio.
—Tú estás…
—¿Muerta?
Se detuvo frente al escenario.
—Vi mi funeral. Estuvo bonito.
Sergio empezó a mirar hacia las salidas.
Demasiado tarde.
Elena entró acompañada por agentes.
—Sergio Herrera, necesitamos que nos acompañe.
Él perdió finalmente el control.
—¡Ella se cayó!
Mariana no dijo nada.
—¡Fue un accidente!
Elena tampoco respondió.
—¡Chuy la vio!
Entonces entró Chuy.
Pero esta vez no estaba allí para ayudarlo.
Había aceptado colaborar después de que los investigadores lo enfrentaran con los pagos.
Sergio comprendió.
Miró a Paulina.
—Tú dijiste que estaba arreglado.
Paulina palideció.
—¡Cállate!
—¡Me dijiste que Chuy jamás hablaría!
El salón quedó en silencio.
Mariana cerró los ojos un instante.
Sergio acababa de hacer lo único que ella esperaba.
Hablar.
Los agentes se acercaron.
Paulina intentó marcharse.
También fue detenida.
Sergio miró a Mariana.
—Después de ocho años, ¿vas a hacerme esto?
Ella casi no podía creerlo.
—¿Hacerte qué?
—Destruirme.
Mariana negó lentamente.
—Yo no preparé la póliza.
—No falsifiqué documentos.
—No compré un testigo.
—Y no empujé a nadie desde un puente.
Lo miró directamente.
—Yo solo sobreviví.
Meses después, Mariana recuperó el control de Nexo mientras el proceso judicial seguía su curso.
Las pruebas financieras permitieron separar las operaciones legítimas de su agencia de las maniobras realizadas a sus espaldas.
El seguro nunca pagó los ocho millones.
Y el supuesto accidente dejó de investigarse como tal.
Don Eusebio fue la primera persona a la que Mariana visitó cuando finalmente pudo dejar de esconderse.
Le llevó una caña de pescar nueva.
El hombre la miró.
—Muy cara.
—Me salvó la vida. Déjeme exagerar un poco.
Don Eusebio sonrió.
Después señaló el río a lo lejos.
—¿Todavía te da miedo?
Mariana observó el agua.
—Sí.
—¿Entonces?
Ella respiró profundamente.
—Que me dé miedo no significa que vuelva a controlar mi vida.
Aquella tarde permaneció junto al río hasta el atardecer.
Sergio había preparado durante años la muerte perfecta de su esposa.
Había conseguido un testigo.
Una historia.
Una póliza.
Incluso un funeral.
Solo cometió un error.
Se aseguró de que todos creyeran que Mariana Cárdenas estaba muerta antes de comprobar que realmente lo estuviera.
Y la mujer cuyo funeral había celebrado terminó convirtiéndose en la principal testigo de su caída.