Alejandro no entró al apartamento.
Cada parte de él le exigía correr hasta Valeria, arrancarla de aquella casa y enfrentarse a Mariana y Diego.
Pero Ramiro tenía razón.
Si actuaba en ese momento, podía salvar a su hija esa noche.
Si esperaba unas horas, podía descubrir todo el plan y asegurarse de que jamás pudieran acercarse a ella otra vez.
—Necesito saber qué contiene ese frasco —dijo Alejandro.
Ramiro asintió.
—Y necesitamos sacar a Valeria sin alertarlos.
Alejandro miró la transmisión.
Su hija dormía inquieta.
—Hazlo.
A las siete de la mañana, Mariana recibió un mensaje.
Alejandro le había escrito desde el supuesto viaje.
“Las reuniones se complicaron. Probablemente vuelva pasado mañana.”
Mariana sonrió al leerlo.
Después llamó a Diego.
—Tenemos tiempo.
—¿La niña?
—Durmiendo.
—Hoy necesitamos otra grabación.
Mariana bajó la voz.
—¿Y mañana?
Diego tardó unos segundos en responder.
—Mañana terminamos.
Alejandro apretó los puños.
—¿Terminamos qué?
Ramiro señaló la pantalla.
—Escuche.
Diego continuó:
—El especialista llegará a las cuatro. Cuando revise los vídeos, recomendará internarla.
Alejandro sintió que la sangre se le helaba.
—¿Qué especialista?
—Uno que nos debe dinero —respondió Mariana—. Firmará lo necesario.
Diego soltó una risa.
—Después Alejandro tendrá una hija oficialmente inestable y tú serás la esposa preocupada que lleva meses intentando ayudarla.
Mariana caminó hacia la habitación de Valeria.
—¿Y la tutela?
Silencio.
Luego Diego respondió:
—Ese es el verdadero premio.
Alejandro se levantó.
La casa de Fernanda nunca había sido el objetivo principal.
Solo era una pieza.
—Ramiro, averigua qué significa.
La respuesta llegó cuarenta minutos después.
Ramiro dejó una carpeta frente a Alejandro.
—Su esposa consultó a dos abogados de familia durante los últimos tres meses.
—¿Para divorciarse?
—No exactamente.
Alejandro abrió la carpeta.
Había copias de correos, registros públicos y movimientos relacionados con una empresa vinculada a Diego.
Entonces encontró una referencia al patrimonio de Valeria.
La leyó dos veces.
—No.
Fernanda no solo había dejado la casa.
Antes de morir había creado un patrimonio para su hija que incluía inversiones y participaciones en la empresa de su familia.
Valeria tendría acceso completo cuando fuera adulta.
Hasta entonces, Alejandro administraba los bienes.
—Si usted quedara incapacitado o perdiera la custodia —explicó Ramiro—, habría que nombrar otro representante legal.
Alejandro levantó lentamente la mirada.
—Mariana.
—Si logra establecer que usted ignoró durante meses una supuesta enfermedad grave de Valeria, podría intentar presentarlo como un padre negligente.
Todo encajó.
Las grabaciones.
Las falsas crisis.
El supuesto especialista.
La casa.
No querían convencerlo solamente de que Valeria estaba enferma. Querían construir pruebas de que Alejandro había sido incapaz de protegerla.
—Van por todo —murmuró.
Ramiro negó.
—Creo que hay algo más.
A las diez, Mariana volvió a sacar el frasco.
Pero esta vez Valeria no quiso beber.
—Papá dijo que no tengo que tomar cosas que me hagan sentir mal.
Mariana se quedó inmóvil.
—¿Cuándo dijo eso?
La niña comprendió demasiado tarde su error.
—No sé.
Mariana dejó el vaso.
Se agachó frente a ella.
—Valeria, ¿tu papá sabe lo de las vitaminas?
La pequeña empezó a llorar.
Alejandro agarró las llaves.
—Se acabó.
Ramiro volvió a detenerlo.
—Espere.
Mariana tomó el teléfono.
—Diego, tenemos un problema.
Cinco minutos después, Diego apareció.
Entró sin llamar.
—¿Qué le contaste? —preguntó a Valeria.
La niña retrocedió.
—Nada.
Diego miró a Mariana.
—No podemos esperar hasta mañana.
—El especialista viene a las cuatro.
—Ya no importa.
Sacó unos documentos de su portafolio.
—Pasamos directamente al plan B.
Mariana palideció.
—Dijiste que no sería necesario.
—Pues lo es.
Alejandro amplió la imagen.
En la primera página pudo leer su propio nombre.
Y debajo:
SOLICITUD DE CUSTODIA DE EMERGENCIA.
—Llama a la policía —ordenó Alejandro.
Ramiro ya tenía el teléfono en la mano.
Diego colocó otro documento sobre la mesa.
—Tenemos los vídeos. Tenemos al médico. Tenemos tu declaración.
—Pero Alejandro está vivo y perfectamente bien.
Diego sonrió.
—Por ahora.
Mariana lo miró fijamente.
—¿Qué significa eso?
Por primera vez, ella parecía genuinamente asustada.
Diego bajó la voz.
—Significa que tú hiciste tu parte. Ahora déjame hacer la mía.
Alejandro sintió un escalofrío.
Ramiro dejó de hablar por teléfono.
—La policía está en camino.
—¿Cuánto?
—Ocho minutos.
Ocho minutos eran demasiado.
En la pantalla, Valeria comenzó a caminar hacia su habitación.
Diego la agarró del brazo.
—Tú te quedas aquí.
—¡Suéltame!
Mariana intervino.
—Diego, la estás lastimando.
Él la apartó.
—¿Ahora tienes conciencia?
Entonces ocurrió algo inesperado.

Valeria mordió la mano de Diego y corrió.
Se encerró en su habitación.
—¡Abre! —gritó él golpeando la puerta.
Alejandro ya estaba saliendo.
—Voy por mi hija.
Esta vez Ramiro no intentó detenerlo.
Llegaron al edificio antes que la primera patrulla.
Alejandro subió corriendo.
Al aproximarse al apartamento escuchó gritos.
Luego un golpe.
Después silencio.
Abrió con su llave.
—¡Valeria!
Diego apareció desde la cocina.
Al verlo, se quedó petrificado.
—Tú estabas en Monterrey.
—Ese fue tu primer error.
Mariana retrocedió.
—Alejandro, puedo explicarlo.
—Aléjate de mi hija.
—No entiendes…
—Lo vi todo.
El color desapareció de su rostro.
Sirenas sonaron en la calle.
Diego corrió hacia la salida, pero Ramiro bloqueó la puerta.
Segundos después llegaron los agentes.
Alejandro no miró a Mariana.
Corrió hacia la habitación.
—Valeria, soy papá.
La puerta se abrió.
Su hija se lanzó contra él.
Alejandro la abrazó con cuidado.
—Ya está, mi amor.
Pero la niña negó desesperadamente.
—No, papá.
—¿Qué pasa?
—Diego dijo que había otra persona.
Alejandro se quedó inmóvil.
—¿Qué persona?
Valeria señaló hacia la sala.
—El señor que venía cuando tú trabajabas.
Mientras los agentes esposaban a Diego y separaban a Mariana, uno de ellos encontró una carpeta escondida dentro de su bolso.
Alejandro la abrió.
Había fotografías suyas.
Horarios.
Rutas.
Información sobre sus viajes.
Y un seguro de vida contratado meses atrás.
Beneficiaria: Mariana.
Pero debajo apareció algo mucho peor.
Una fotografía tomada seis años antes.
Fernanda estaba saliendo de una clínica.
La madre de Valeria.
Alejandro dejó de respirar.
—Esto fue antes de que Fernanda muriera.
Ramiro tomó la fotografía.
En el reverso había una fecha y unas iniciales.
Mariana comenzó a gritar desde el pasillo:
—¡Yo no sabía nada de eso!
Diego soltó una carcajada mientras lo esposaban.
—Pregúntale quién nos presentó.
Alejandro se acercó.
—¿Qué sabes de Fernanda?
Diego sonrió.
—Mucho más que tú.
Uno de los agentes encontró entonces un segundo teléfono escondido en el abrigo de Diego.
La pantalla se iluminó.
Había un mensaje recién recibido.
“¿Alejandro firmó?”
Debajo aparecía otro:
“Si descubrió lo de la niña, adelanten lo mismo que hicimos con Fernanda.”
Alejandro sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Fernanda había muerto después de una enfermedad repentina que los médicos nunca lograron explicar del todo.
Le arrebató el teléfono al agente con la mirada clavada en el nombre del contacto.
Y entonces lo reconoció.
No era un desconocido.
No era un médico.
No era siquiera alguien relacionado con Mariana.
Era el hermano mayor de Fernanda.
Y acababa de enviar un tercer mensaje:
“No permitan que Alejandro descubra quién heredaría todo si Valeria también desaparece.”