Parte 2: LA MUJER QUE DEJÓ DE ESPERAR

A la mañana siguiente, Guillermo abrió los ojos.

No porque hubiera ocurrido un milagro.

Sino porque ya no tenía sentido seguir fingiendo.

Rafael me lo contó después.

Guillermo esperó hasta comprobar que yo no regresaría. Entonces llamó a una enfermera mediante el botón que supuestamente llevaba años siendo incapaz de utilizar.

—Quiero hablar con mi abogado.

Esas fueron sus primeras palabras “oficiales” después de más de dos años en estado vegetativo.

Ni mi nombre.

Ni una pregunta sobre la mujer que lo había cuidado.

Su abogado.


Yo estaba sentada frente a la abogada Camila Ortega cuando recibí la noticia.

Camila había extendido sobre su escritorio todas las pruebas que había guardado durante años.

—Tenemos registros de gastos, comprobantes de cuidados, transferencias y testimonios del personal médico —dijo.

—¿Puedo divorciarme?

—Sí.

—No quiero nada que no me corresponda.

Camila me observó.

—Ese pensamiento tiene que desaparecer.

Fruncí el ceño.

—No quiero su dinero.

—No estamos hablando de venganza. Estamos hablando de bienes matrimoniales que su esposo intentó ocultar deliberadamente mientras la mantenía engañada.

Señaló las transferencias a Valeria.

—Cinco millones es lo que encontró en ese teléfono. No sabemos cuánto más movió.

Mi teléfono vibró.

Familia Costa.

No contesté.

Volvió a sonar.

Esta vez era la madre de Guillermo.

Finalmente respondí.

—¿Cómo pudiste abandonar a mi hijo?

Me quedé en silencio.

—¡Guillermo acaba de despertar y tú desapareces precisamente ahora!

Casi admiré la ironía.

—Señora Costa, su hijo despertó hace mucho.

Silencio.

—¿Qué tonterías dices?

—Pregúntele.

Colgué.


Dos horas después, el hospital era un caos.

La familia Costa había llegado creyendo que celebraría un milagro.

En cambio, encontró a Guillermo sentado en la cama, débil pero perfectamente consciente.

Su madre lloró.

—¡Hijo!

Guillermo apenas la miró.

—¿Dónde está Lucía?

Aquello sorprendió incluso a Rafael.

—La señora Su no regresó.

—Llámala.

—Creo que ya ha intentado comunicarse con ella.

Guillermo apretó los dientes.

—Entonces dígale que necesito verla.

Rafael lo observó.

—¿La necesita como esposa o como cuidadora?

Guillermo levantó la mirada.

—Eso no es asunto suyo.

—Durante años observé cómo esa mujer destruía su salud cuidándolo mientras usted decidía cuándo convenía volver a la vida.

Guillermo endureció el rostro.

—Doctor, tenga cuidado.

Rafael dejó el expediente sobre la mesa.

—Eso mismo debería hacer usted.

Porque antes de salir aquella noche, Rafael había entregado una declaración.

Fechas.

Evaluaciones neurológicas.

Respuestas conscientes.

Órdenes de Guillermo.

Y, sobre todo, las instrucciones para ocultarme su recuperación.


Tres días después, recibí una visita inesperada.

Valeria Lin.

Llegó a mi pequeño apartamento con un bolso cuyo precio probablemente equivalía a varios años de mi antiguo salario.

Era hermosa.

Elegante.

Perfectamente maquillada.

La “luna blanca”.

—Tenemos que hablar.

—No.

Intenté cerrar.

Puso la mano en la puerta.

—Guillermo me dijo que quieres demandarlo.

—Entonces habla con su abogado.

—Estás siendo ridícula. Ese matrimonio terminó mucho antes del accidente.

Aquello consiguió que abriera la puerta.

—¿Perdón?

Valeria sonrió.

—Guillermo nunca te amó.

Esperé sentir dolor.

No llegó.

—¿Has venido hasta aquí para contarme algo que ya sé?

Su sonrisa desapareció.

—Vine para evitar que cometas un error.

Sacó un documento.

Era un acuerdo.

A cambio de renunciar a cualquier reclamación sobre las transferencias, recibiría una cantidad considerable.

—Firma y desaparece.

Lo leí.

Después me reí.

—¿Qué ocurre?

—Cinco millones de yuanes y ustedes me ofrecen una fracción.

—Ese dinero nunca fue tuyo.

—Si salió de bienes matrimoniales, quizá un juez opine distinto.

Valeria palideció.

Entonces comprendí que Camila tenía razón.

Tenían miedo.

No de perderme.

De que investigara.

—Vete.

Valeria guardó el documento.

Antes de salir se volvió.

—Hay cosas que sería mejor que no descubrieras.

—Ahora quiero descubrirlas todas.


Camila tardó menos de una semana.

Me llamó a las siete de la mañana.

—Lucía, ven al despacho.

Sobre su mesa había un informe financiero.

—Las transferencias a Valeria no procedían de la cuenta personal de Guillermo.

—¿Entonces?

—De varias sociedades.

—¿De la familia Costa?

—Algunas.

Deslizó una página hacia mí.

Reconocí nombres de empresas que Guillermo solía mencionar cuando yo le leía las noticias.

—Durante su supuesto coma, alguien estuvo moviendo participaciones, vendiendo activos y creando sociedades a nombre de terceros.

—Guillermo.

—Sí.

Camila señaló una empresa.

—Y esta es particularmente interesante.

La sociedad había sido creada once meses después del accidente.

Accionista principal:

Valeria Lin.

Capital inicial:

Dos millones.

—¿Guillermo se lo dio?

—Eso parece.

—¿Por qué?

Camila me entregó otra hoja.

La empresa había comprado propiedades, acciones y participaciones que antes pertenecían al patrimonio de Guillermo.

A precios absurdamente bajos.

Comprendí lentamente.

—Estaba vaciando su patrimonio.

—Exactamente.

—Para que cuando me divorciara…

—Pareciera tener mucho menos.

Sentí una mezcla de asco y alivio.

Tres años creyendo que yo había sido estúpida.

Pero Guillermo había necesitado hospitales, médicos, abogados, empresas falsas y millones escondidos para engañarme.

Yo no había sido débil. Él había construido una maquinaria entera para aprovecharse de mi lealtad.


La noticia de su “milagrosa recuperación” se hizo pública dos semanas después.

La familia Costa organizó una conferencia.

Guillermo apareció en silla de ruedas.

Valeria estaba detrás.

Yo vi la transmisión desde el despacho de Camila.

Un periodista preguntó:

—Señor Costa, ¿dónde está su esposa?

Guillermo sonrió con tristeza ensayada.

—Mi esposa sufrió mucho durante mi enfermedad. Creo que necesita tiempo.

Casi tiré el teléfono.

Camila sonrió.

—Perfecto.

—¿Perfecto?

—Acaba de reconocer públicamente que eres su esposa durante el período completo.

Entonces presentó la demanda.


Aquella tarde Guillermo apareció en mi puerta.

Esta vez caminaba con bastón.

Lo observé sin sentir absolutamente nada.

—Lucía.

—¿Qué quieres?

—Hablar sin abogados.

—No.

—Valeria no significa lo que piensas.

Solté una carcajada.

—Le escribiste “mi amor”.

—Era complicado.

—Le diste millones.

—Tenía un motivo.

—Fingiste estar inconsciente mientras yo te limpiaba.

Guillermo cerró los ojos.

—Eso fue un error.

—No. Un error ocurre una vez. Tú me elegiste como víctima todos los días durante años.

Su rostro se endureció.

—Si sigues investigando, vas a perjudicar a mucha gente.

Ahí estaba.

La amenaza.

—¿Incluyéndote?

No respondió.

Entonces mi teléfono sonó.

Camila.

Contesté.

—Encontramos algo —dijo.

Miré a Guillermo.

Él debió notar el cambio en mi expresión.

—¿Qué encontraron?

Camila continuó:

—Revisamos los documentos del accidente.

—¿Qué tienen que ver con el divorcio?

—Mucho.

Escuché pasar páginas.

—Lucía, Guillermo no era quien conducía aquella noche.

Mi corazón dio un vuelco.

Siempre me habían dicho que viajaba solo.

—¿Quién conducía?

Camila guardó silencio un instante.

—Valeria.

Levanté la mirada hacia Guillermo.

Su rostro perdió todo el color.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

No respondí.

Camila añadió:

—Y eso no es lo peor. Según el informe original, Guillermo nunca estuvo en coma después del accidente.

Sentí que se me congelaba la sangre.

—¿Qué estás diciendo?

—El diagnóstico apareció después.

—¿Después de qué?

Escuché la respiración de Camila.

—Después de que Guillermo descubriera que alguien había intentado matarlo.

Miré al hombre frente a mí.

Por primera vez desde que había salido del hospital, Guillermo parecía realmente aterrorizado.

Entonces Camila pronunció la frase que cambió todo:

Lucía, creemos que fingir el coma nunca tuvo como objetivo engañarte a ti. Tú solo eras la coartada perfecta para convencer a quien provocó el accidente de que Guillermo seguía indefenso.

Guillermo dio un paso hacia mí.

—Cuelga.

Retrocedí.

—¿Quién intentó matarte?

Él no respondió.

Pero desde el teléfono, Camila sí.

—Tenemos el nombre de la persona que pagó al conductor.

Hizo una pausa.

—Valeria Lin.

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