PARTE 2: LOS TACONES ROJOS FUERON SOLO EL PRINCIPIO.

Gabriel llegó a la oficina a las nueve y doce de la mañana.

A las nueve y trece descubrió que ya no podía entrar en su propio despacho.

Su tarjeta ejecutiva emitió un pitido rojo.

Lo intentó otra vez.

Nada.

—¿Qué demonios pasa?

La recepcionista bajó la mirada.

—Señor Stone, el consejo está reunido en la sala principal.

Gabriel se quedó inmóvil.

—¿Sin mí?

—La reunión fue convocada por una accionista.

Entonces su teléfono vibró.

Era Sofía.

—Gabriel, mis tarjetas están rechazando todos los pagos. El propietario del apartamento dice que la transferencia de este mes fue cancelada. ¿Qué hiciste?

—Nada.

—Pues arréglalo.

—Sofía, ahora no.

—¡Me prometiste que ese apartamento sería mío!

Gabriel colgó.

Todavía no entendía que el apartamento nunca había sido pagado con su dinero.

Mientras tanto, yo estaba sentada frente a mi abogado, con mi hija dormida contra el pecho.

Había pasado la noche en una propiedad que Gabriel desconocía.

Mi madre me la había dejado años atrás y nunca permití que entrara en las cuentas matrimoniales.

—La auditoría preliminar encontró más de lo esperado —dijo mi abogado.

Deslizó una carpeta hacia mí.

Viajes.

Hoteles.

Joyas.

Restaurantes.

El alquiler del apartamento de Sofía.

Todo pagado desde cuentas corporativas.

Pero había algo peor.

—Mira esta transferencia.

Observé la cifra.

Doscientos ochenta mil dólares.

—¿A dónde fue?

—A una empresa llamada Lambert Consulting.

Sentí que el estómago se me cerraba.

—Lambert.

—Exactamente.

La empresa había sido registrada a nombre del hermano de Sofía.

Mi abogado pasó otra página.

—Y no fue una sola transferencia.

Había nueve.

Durante dieciocho meses.

Gabriel no solo me había engañado.

Había utilizado una empresa de la que yo poseía el treinta y cinco por ciento para financiar su relación con Sofía.

Miré a mi hija.

Dormía tranquilamente, ajena a todo.

—Continúa con la auditoría.

—Esto podría acabar con Gabriel como director ejecutivo.

—Lo sé.

—¿Estás segura?

Pensé en él arrodillado frente a Sofía.

Pensé en mis zapatillas durante el embarazo.

Pensé en aquellas palabras.

“¿No tienes manos?”

—Completamente.

En la empresa, Gabriel irrumpió finalmente en la sala del consejo acompañado por seguridad.

Doce personas estaban sentadas alrededor de la mesa.

Mi asiento estaba vacío.

Sobre él descansaba una carpeta.

—¿Qué significa esto? —exigió.

El presidente del consejo levantó la vista.

—Se ha solicitado una auditoría extraordinaria.

Gabriel palideció.

—¿Quién?

Nadie necesitó responder.

Lo comprendió solo.

—Ella.

El presidente abrió la carpeta.

—Su esposa conserva el treinta y cinco por ciento de las acciones con derecho a voto.

Gabriel soltó una risa nerviosa.

—Esas acciones son prácticamente simbólicas.

—No cuando otros tres accionistas respaldan la solicitud.

El silencio fue inmediato.

Por primera vez, Gabriel comprendió que yo no me había marchado huyendo.

Me había marchado preparando el terreno.

—Quiero hablar con mi esposa.

—Eso tendrá que resolverlo con sus abogados.

Gabriel salió furioso.

Me llamó diecisiete veces.

No contesté.

Después llegaron los mensajes.

Primero fueron órdenes.

“Vuelve a casa.”

Luego amenazas.

“No conseguirás quitarme a mi hija.”

Después apareció algo que jamás esperaba leer.

“Podemos arreglarlo.”

Sonreí sin alegría.

Tres meses después del nacimiento de nuestra hija, era la primera vez que Gabriel utilizaba la palabra “podemos”.

Demasiado tarde.

Aquella tarde, Sofía apareció en la casa.

No sabía que yo había regresado acompañada por mi abogado para recoger algunas pertenencias.

Entró utilizando una llave.

Una llave de mi casa.

Nos encontramos frente a frente en el recibidor.

Ella se detuvo.

Yo miré la llave entre sus dedos.

—Así que también tenías acceso.

Sofía recuperó rápidamente la sonrisa.

—Gabriel me la dio por emergencias.

—¿Qué tipo de emergencia?

Miré sus zapatos.

No eran los tacones rojos.

Aquella vez llevaba zapatillas deportivas.

—¿Que se te rompiera una correa?

Su sonrisa desapareció.

—No deberías sentirte tan segura.

—¿Por qué?

Sofía se acercó.

—Porque Gabriel nunca te amó como tú creías.

Aquello ya no podía herirme.

—Entonces ambos hemos dejado de perder el tiempo.

Intentó pasar junto a mí.

Mi abogado se interpuso.

—La vivienda pertenece exclusivamente a mi clienta. Le recomiendo marcharse.

Sofía se volvió hacia mí.

—¿La casa es tuya?

—Siempre lo fue.

Por primera vez vi auténtica sorpresa en su rostro.

Gabriel evidentemente tampoco le había contado eso.

—Entonces quédate con ella —escupió—. Gabriel tiene cosas mucho más importantes.

—¿Como la empresa?

Su expresión cambió.

Solo ligeramente.

Pero lo suficiente.

—¿Qué sabes?

—Más de lo que él cree.

Sofía guardó silencio.

Después sonrió.

—No sabes nada.

Y se marchó.

Aquellas palabras se quedaron conmigo.

Esa misma noche recibí los resultados de la segunda fase de la auditoría.

Mi abogado llamó pasadas las once.

—Necesito que veas algo.

—¿Más transferencias?

—No.

Su voz era distinta.

—Esto es mucho peor.

Abrió una videollamada y compartió varios documentos.

Gabriel había utilizado activos corporativos como garantía para préstamos privados.

Había firmado contratos sin autorización.

Y algunas firmas pertenecían a miembros del consejo que aseguraban no haber firmado jamás aquellos documentos.

Sentí frío.

—¿Estamos hablando de falsificación?

—Posiblemente.

—¿Cuánto dinero?

Mi abogado permaneció en silencio unos segundos.

—Más de ocho millones.

Miré a mi hija dormida en la cuna portátil.

Todo aquello había ocurrido mientras yo estaba embarazada.

Mientras preparaba una habitación infantil.

Mientras Gabriel decía estar trabajando hasta medianoche.

—Entrega todo a los auditores externos.

—Ya lo hice.

A la mañana siguiente, Gabriel apareció frente a la casa.

Golpeó la puerta.

—¡Abre!

No respondí.

—¡Sé que estás ahí!

Mi abogado había insistido en que no estuviera sola, así que dos miembros de seguridad permanecían dentro.

Gabriel volvió a golpear.

—¡No puedes hacerme esto!

Me acerqué sin abrir.

—Tú dijiste que yo no podía hacer nada.

Silencio.

—Cometí un error con Sofía.

Casi reí.

—Sofía no es el problema más grande que tienes ahora.

—¿Qué significa eso?

Entonces un automóvil negro se detuvo frente a la casa.

Mi abogado bajó del vehículo.

Llevaba otra carpeta.

Gabriel lo vio y su rostro cambió.

—¿Qué encontraron?

Nadie respondió.

Mi abogado entró y cerró la puerta.

—Tenemos un problema.

—¿Qué ocurrió?

Colocó sobre la mesa un documento que yo jamás había visto.

Era un acuerdo firmado ocho meses atrás.

Mi nombre aparecía al final.

Pero yo nunca lo había firmado.

Sentí que la sangre se me helaba.

—¿Qué es esto?

—Un documento mediante el cual supuestamente autorizaste la transferencia de parte de tus acciones.

—Eso es falso.

—Lo sabemos.

Miré la fecha.

Era del día en que yo estaba hospitalizada por una complicación durante el embarazo.

Entonces vi el nombre del beneficiario.

Y todo mi cuerpo quedó inmóvil.

No era Gabriel.

Era Sofía Lambert.

Mi abogado pasó lentamente a la última página.

—Y hay algo más.

Señaló una cláusula escondida entre decenas de párrafos.

La leí una vez.

Luego otra.

Mi respiración se detuvo.

Porque aquella cláusula no hablaba solamente de mis acciones.

También mencionaba un fideicomiso creado a nombre de nuestra hija semanas antes de que ella naciera.

Levanté la vista.

—¿Qué intentaba hacer Gabriel con mi bebé?

Mi abogado no respondió.

Sacó un segundo documento de la carpeta y lo colocó frente a mí.

—Eso es precisamente lo que tenemos que descubrir antes de que él pueda activarlo.

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