—¿Darle las gracias?
Miré el diamante que brillaba en la mano de Sofía.
Lo reconocería entre mil.
No solo porque Alejandro me lo hubiera entregado al pedirme matrimonio, sino porque yo misma había elegido aquella piedra tres años atrás.
—Entonces explícame una cosa —dije—. Si Sofía encontró mi anillo, ¿por qué lo lleva puesto?
Alejandro frunció el ceño.
—Otra vez con lo mismo.
Sofía escondió inmediatamente la mano.
—Carmen, por favor…
—No te he preguntado a ti.
Alejandro golpeó la mesa.
—¡Basta!
Me miró con esa expresión que durante años había conseguido hacerme dudar de mí misma.
—El anillo forma parte de la campaña. Sofía necesitaba llevarlo durante la ceremonia.
—Entiendo.
Sonreí.
—Entonces que me lo devuelva.
Sofía palideció.
Alejandro soltó una carcajada.
—Después de cómo la has tratado, ¿eso es lo único que te importa?
Ahí comprendí que no necesitaba escuchar nada más.
Saqué el teléfono.
Tenía siete llamadas perdidas de mi abogado.
Y un mensaje:
“Todo está preparado. Solo necesitamos tu autorización.”
Respondí con dos palabras.
“Proceded hoy.”
Alejandro vio que escribía.
—¿Con quién hablas?
—Con alguien que sí sabe leer contratos.
Su rostro se tensó.
—¿Qué significa eso?
Guardé el teléfono.
—Lo descubrirás.
Me marché.
A la mañana siguiente, Alejandro convocó otra junta extraordinaria.
Esta vez no me avisó.
Quería anunciar oficialmente la redistribución de mis acciones.
Según él, mi comportamiento había perjudicado la reputación de la empresa y, como presidente, tenía derecho a “proteger los intereses de los accionistas”.
Sofía estaba sentada a su derecha.
Y seguía llevando mi anillo.
Cuando entré en la sala, Alejandro sonrió.
—Pensaba que no vendrías.
—No me perdería esto.
Los directivos evitaron mirarme.
Alejandro proyectó un documento.
—Como anuncié ayer, el quince por ciento de las acciones asignadas a Carmen será transferido como compensación extraordinaria.
—¿Asignadas? —pregunté.
—Sí.
—Qué palabra tan interesante.
Alejandro perdió la paciencia.
—Firma y terminemos.
Empujó el contrato hacia mí.
No lo toqué.
—No.
—Carmen.
—He dicho que no.
Sofía intervino suavemente:
—Quizá deberíamos darle tiempo…
Alejandro le sonrió.
Después me miró.
—Esta es tu última oportunidad. Si no firmas, anuncio públicamente mi compromiso real con Sofía.
Algunos presentes bajaron la cabeza.
Esperaban verme llorar.
En lugar de eso, aplaudí lentamente.
Una vez.
Dos.
Tres.
—Perfecto.
Alejandro quedó desconcertado.
—¿Qué haces?
—Celebrando vuestra felicidad.
Entonces se abrió la puerta.
Entraron tres personas.
Mi abogado.
Una notaria.
Y el director financiero de la empresa.
Alejandro se levantó.
—¿Qué significa esto?
Mi abogado dejó una carpeta sobre la mesa.
—Significa, señor Alejandro Ruiz, que usted acaba de intentar transferir acciones que no tiene autoridad para tocar.
El silencio fue inmediato.
Alejandro se rio.
—Soy el presidente.
—Presidente ejecutivo —corregí—. No propietario mayoritario.
Su sonrisa desapareció.
Durante años, Alejandro había contado una versión muy conveniente sobre el nacimiento de la empresa.
Decía que él había empezado desde cero.
Que yo simplemente lo había acompañado.
La verdad era diferente.
Cuando nadie quiso financiar su primera idea, fui yo quien aportó los ahorros de mi familia.
Cuando la compañía estuvo a punto de quebrar, fue una sociedad patrimonial creada por mi padre la que compró la deuda.
Y cuando llegaron los primeros inversores, fui yo quien aceptó mantener mi participación bajo una estructura fiduciaria para que Alejandro pudiera aparecer públicamente como fundador y presidente.
Nunca me importó el reconocimiento.
Lo amaba.
Ese había sido mi error.
El director financiero abrió el registro.
—La participación directa e indirecta vinculada a la señora Carmen Vega asciende actualmente al cuarenta y seis por ciento.
Alejandro se quedó inmóvil.
—Eso es imposible.
Mi abogado continuó:
—Y existen derechos de voto adicionales vinculados a la deuda convertible adquirida por su sociedad familiar.
Miré a Alejandro.
—¿Quieres saber lo divertido?
No respondió.
—Ayer intentaste quitarme mi quince por ciento creyendo que eso era todo lo que poseía.
Su rostro se volvió blanco.
—Carmen…
—Todavía no he terminado.
Mi abogado colocó otro documento delante de él.
—La señora Vega ha solicitado una junta formal de accionistas para votar la destitución del actual presidente.
Sofía retiró lentamente su silla de Alejandro.
Él lo notó.
—¿Qué haces?
—Nada —balbuceó ella.
Alejandro se volvió hacia mí.
—¿Vas a destruir nuestra empresa por una discusión?
—Nuestra empresa.
Repetí las palabras despacio.
—Por fin has dicho algo correcto.
El teléfono de Alejandro empezó a sonar.
Después el del director financiero.
Luego varios móviles alrededor de la mesa.
Algo estaba ocurriendo.
El director financiero miró la pantalla.
—Han suspendido temporalmente determinadas facultades ejecutivas hasta que termine la revisión societaria.
—¡No pueden hacer eso!
—Sí pueden —respondió mi abogado.
Alejandro me señaló.
—Todo esto porque Sofía usó un maldito anillo.
Negué con la cabeza.
—Todavía sigues sin entenderlo.
Me acerqué a Sofía.

—Dámelo.
Esta vez no hubo lágrimas.
Con manos temblorosas, se quitó el anillo y lo dejó sobre la mesa.
Lo observé.
Entonces sonreí.
—Gracias.
Alejandro resopló.
—¿Ya estás satisfecha?
—No.
Saqué una pequeña lupa de joyero que había llevado conmigo.
Revisé el interior.
Allí estaba.
Una diminuta inscripción.
Pero faltaba otra marca.
Mi sonrisa desapareció.
—Este no es mi anillo.
Sofía se quedó rígida.
Alejandro parpadeó.
—¿Qué?
—La piedra es la misma. La montura no.
Miré a Sofía.
—Alguien sacó el diamante original y lo colocó en otro anillo.
—¡Estás loca! —gritó ella.
—Entonces no tendrás problema en explicar dónde está la montura original.
Sofía retrocedió.
Mi abogado abrió una última carpeta.
—Quizá esto ayude.
Sacó varias fotografías de seguridad.
En ellas aparecía Sofía entrando, dos meses atrás, en una joyería privada.
No estaba sola.
Alejandro se inclinó para mirar al hombre que aparecía junto a ella.
Y se quedó petrificado.
—No…
Sofía comenzó a llorar.
Pero esta vez Alejandro no la consoló.
—¿Qué hacías con él?
—Puedo explicarlo.
—¡¿QUÉ HACÍAS CON ÉL?!
La sala entera quedó en silencio.
El hombre de la fotografía era uno de los principales inversores de la compañía.
Y también el rival que llevaba un año intentando comprarla.
Mi abogado dejó entonces otro documento delante de Alejandro.
—Tenemos motivos para creer que el anillo nunca se perdió accidentalmente.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué quieres decir?
Mi abogado me miró.
—Que alguien necesitaba provocar una ruptura entre vosotros, sacar a Carmen del consejo y conseguir que Alejandro transfiriera sus acciones.
Todos miramos a Sofía.
Ella dejó de llorar.
Y por primera vez, aquella expresión dulce desapareció completamente de su rostro.
Alejandro parecía incapaz de respirar.
—Sofía…
Ella lo miró.
Después miró el contrato que él había preparado para entregarle mis acciones.
Y sonrió.
—¿De verdad creíste que quería casarme contigo?
En ese instante, el director financiero recibió otro mensaje.
Lo leyó.
Palideció.
—Tenemos un problema mucho mayor.
—¿Cuál? —pregunté.
Levantó lentamente la mirada.
—Alguien acaba de intentar vender la empresa usando la firma digital de Alejandro.
Y la operación había sido autorizada desde el ordenador de Sofía.