PARTE 2: LA PROPUESTA NUNCA FUE POR AMOR.

Me quedé mirando el nombre de Diego en la pantalla.

Diego Navarro.

No su madre.

No un empleado del banco.

No un desconocido intentando cometer fraude.

Mi novio había intentado modificar el beneficiario del patrimonio de mi padre la misma mañana en que pensaba pedirme matrimonio.

Sentí un escalofrío.

En mi vida anterior nunca supe que aquel fondo existía.

Eso significaba que Diego sí lo sabía.

Y probablemente lo había sabido durante años.

Llamé inmediatamente al abogado.

—Soy Elena Vargas. Acabo de recibir su mensaje.

—Señorita Vargas, gracias por responder. Soy Arturo Mendoza. Necesito pedirle que no firme ningún documento relacionado con su matrimonio, propiedades o beneficiarios hasta que podamos reunirnos.

Miré hacia las puertas del hospital.

Diego todavía estaba dentro.

—¿Qué intentó hacer exactamente?

Hubo un breve silencio.

—Esta mañana recibimos una solicitud para iniciar el cambio de beneficiario secundario del fideicomiso. La petición incluía información personal que muy pocas personas deberían conocer.

Mi mano se cerró alrededor del teléfono.

—¿Cuánto dinero hay?

—No debería discutir la cifra completa por teléfono.

—Necesito saberlo.

Arturo respiró profundamente.

—El patrimonio actual supera los cuatro millones.

Cerré los ojos.

Cuatro millones.

En mi primera vida había trabajado hasta morir pagando préstamos, facturas y gastos médicos mientras una fortuna que me pertenecía permanecía escondida.

—¿Por qué nunca me contactaron antes?

—Lo intentamos.

Abrí los ojos.

—¿Qué?

—Durante años enviamos correspondencia a la dirección registrada. Después recibimos documentos indicando que usted había solicitado posponer cualquier comunicación hasta cumplir cuarenta años.

Mi corazón comenzó a golpearme el pecho.

—Yo nunca envié nada.

Silencio.

—Eso es precisamente lo que temíamos.

Entonces lo entendí.

Diego no acababa de descubrir mi herencia.

Llevaba años impidiendo que yo la descubriera.

Recordé nuestra primera mudanza.

Él había insistido en encargarse del correo porque decía que yo trabajaba demasiado.

Recordé documentos que me pedía firmar sin explicaciones.

Recordé sobres que desaparecían.

Recordé aquella sonrisa paciente cuando yo preguntaba por nuestras finanzas.

Todo adquiría un significado diferente.

—Quiero reunirme con usted hoy.

—Estoy en mi oficina. Y, señorita Vargas…

—¿Sí?

—No venga acompañada por el señor Navarro.

—No pensaba hacerlo.

Colgué.

En ese momento las puertas automáticas del hospital se abrieron.

Diego apareció caminando hacia mí.

Su madre venía detrás.

Clara permanecía unos metros más atrás en una silla de ruedas.

Guardé el teléfono.

—¡Elena!

Diego me alcanzó.

—Tenemos que hablar.

—Ya terminamos.

—No puedes destruir una relación de seis años en diez minutos.

Lo observé.

Qué extraño resultaba verlo ahora.

En mi primera vida aquel rostro había sido mi hogar.

Ahora solo veía al hombre que había disfrutado de todo lo que yo construí después de mi muerte.

—¿Desde cuándo sabes del fideicomiso de mi padre?

Diego se quedó completamente quieto.

Su madre también.

Pero fue Clara quien cometió el error.

Sus dedos apretaron de inmediato los brazos de la silla.

Los tres lo sabían.

Sonreí.

—Interesante.

—No sé de qué estás hablando —respondió Diego.

Saqué el teléfono.

—Entonces supongo que tampoco sabes por qué tu nombre aparece en una solicitud presentada esta mañana.

Su rostro cambió.

Solo durante un segundo.

Pero fue suficiente.

—Elena, puedo explicarlo.

—Hace diez segundos no sabías de qué estaba hablando.

—Porque estás alterada.

Ahí estaba otra vez.

La misma estrategia.

Hacerme dudar de mí misma.

Su madre intervino.

—Diego quería protegerte.

Me giré hacia ella.

—¿También usted lo sabía?

La mujer palideció.

Diego la fulminó con la mirada.

Demasiado tarde.

—¿Protegerme de cuatro millones de dólares?

Clara levantó la cabeza bruscamente.

—¿Cuatro millones?

La sorpresa en su rostro parecía auténtica.

Aquello me llamó la atención.

Quizás Clara sabía del fondo, pero no conocía la cantidad.

Diego sí.

—No hagas una escena —murmuró él.

—Tú me pediste matrimonio delante de una habitación llena de personas.

Di un paso hacia él.

—¿Cuánto tiempo llevas planeándolo?

—No estaba planeando nada.

—Entonces dame tu teléfono.

Diego retrocedió.

—¿Qué?

—Tu teléfono.

—Eso es absurdo.

—Si no tienes nada que esconder, desbloquéalo.

Su madre comenzó a protestar.

Pero yo ya no necesitaba verlo.

Su negativa era una respuesta.

Me di la vuelta.

Diego volvió a sujetarme del brazo.

Esta vez levanté la voz.

—¡Suéltame!

Varias personas se giraron.

Él retiró inmediatamente la mano.

—Elena, escucha. Acabo de perder un órgano. Estoy medicado. No podemos tener esta conversación así.

Casi sentí admiración por su capacidad para convertir cualquier situación en sacrificio.

—Tienes razón.

Sonreí.

—Hablaremos cuando mi abogado esté presente.

Aquellas palabras lo asustaron más que cualquier acusación.

—¿Abogado?

—El administrador del patrimonio de mi padre.

La madre de Diego se acercó.

—Elena, no hagas tonterías. Una vez que se meten abogados, las familias terminan destruidas.

—Perfecto.

Continué caminando.

Entonces Clara habló.

—Diego, déjala.

Me detuve.

Él también.

Clara estaba observándolo de una manera extraña.

—¿Qué dijiste?

—Que la dejes ir.

Diego frunció el ceño.

—No te metas.

—Me dijiste que ella ya había aceptado.

El silencio cayó entre nosotros.

Me giré lentamente.

—¿Aceptado qué?

Clara comprendió inmediatamente que había hablado demasiado.

—Nada.

Me acerqué a ella.

—Clara.

No respondió.

—¿Qué te dijo Diego que yo había aceptado?

Ella miró hacia él.

Diego avanzó.

—Está cansada. Acaba de recibir un trasplante.

Pero Clara ya había empezado a comprender algo.

—Dijiste que Elena sabía lo del fondo.

Diego palideció.

—Cállate.

—Dijiste que después de casarse ibas a controlar el dinero y que entonces podríamos devolver…

Se detuvo.

Devolver.

Aquella palabra quedó suspendida en el aire.

—¿Devolver qué? —pregunté.

Clara comenzó a llorar.

Diego dio otro paso hacia ella.

—No digas una palabra más.

Pero ahora Clara parecía tenerle miedo.

Un miedo que nunca había visto antes.

Metió la mano debajo de la manta que cubría sus piernas y sacó su teléfono.

—Hay algo que tienes que saber, Elena.

Diego intentó arrebatárselo.

Clara gritó.

Un guardia del hospital se acercó inmediatamente.

—Señor, retroceda.

Diego levantó las manos.

Clara desbloqueó el teléfono con dedos temblorosos.

—Antes de la operación encontré unos archivos en su computadora.

—¡Clara!

—Pensé que eran documentos financieros.

Me entregó el teléfono.

Había fotografías de varias páginas.

Reconocí inmediatamente mi nombre.

Mi número de identificación.

Mi firma.

Pero yo jamás había firmado aquellos papeles.

Seguí deslizando.

Seguro de vida.

Poder financiero.

Autorizaciones bancarias.

Y finalmente apareció un documento fechado tres semanas antes de mi propuesta de matrimonio.

Sentí que el mundo se detenía.

Era una póliza.

Mi nombre aparecía como asegurada.

Diego figuraba como beneficiario.

Pero había algo todavía peor.

La póliza ya estaba activa.

—¿Cómo puede existir esto si nunca firmé?

Clara comenzó a sollozar.

—Porque alguien falsificó tu firma.

Levanté la vista hacia Diego.

Él ya no intentaba explicarse.

Solo observaba el teléfono.

Entonces Clara deslizó una última fotografía.

—Elena… eso no es lo peor.

En la pantalla apareció una conversación entre Diego y un contacto guardado únicamente como “M”.

El último mensaje había sido enviado aquella misma mañana.

Lo leí.

Y sentí que la sangre abandonaba mi rostro.

“Cuando Elena acepte el matrimonio, tendremos acceso legal. Esta vez no podemos permitir que llegue viva a los cuarenta.”

Me faltaban exactamente seis meses para cumplir cuarenta años.

Pero antes de que pudiera decir una palabra, el teléfono de Clara vibró.

Un nuevo mensaje del contacto “M” apareció frente a nosotros.

“DIEGO FALLÓ. ACTIVEN EL PLAN B CON ELENA ESTA NOCHE.”

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