Parte 2: EL FAVOR QUE ME DEBÍA

Ethan tardó varios segundos en reaccionar.

—Eso es imposible.

La funcionaria volvió a comprobar la pantalla.

—La actualización procede del registro consular. Elena Jiang renovó documentación de identidad hace seis días.

Vivian se volvió hacia Ethan.

—Debe ser un error.

Pero él ya no la escuchaba.

Había una única frase repitiéndose dentro de su cabeza.

Elena está viva.

—¿Dónde? —preguntó.

—Señor, no puedo proporcionarle esa información.

Ethan sacó el teléfono y llamó a Chloe.

Ella respondió al cuarto tono.

—¿Qué quieres?

—Elena está viva.

Silencio.

Eso bastó.

—Chloe.

—No sé de qué hablas.

—Acabo de comprobarlo.

Su voz tembló por primera vez.

—¿Dónde está mi exesposa?

Chloe soltó una risa amarga.

—Qué curioso. Cuando estaba a tu lado apenas te importaba dónde estaba.

Y colgó.

Ethan salió del Registro Civil sin mirar atrás.

—¡Ethan! —gritó Vivian.

Él se detuvo.

Entonces recordó el primer problema.

Se volvió lentamente.

—¿Sigues casada?

Vivian palideció.

—Puedo explicarlo.

—Contesta.

—Daniel y yo nos separamos hace años.

—No te he preguntado eso.

Vivian comenzó a llorar.

—Fue un error cuando estaba en Inglaterra.

Ethan la miró como si acabara de verla por primera vez.

—¿Desde cuándo?

Ella guardó silencio.

—¿Desde cuándo estás casada?

—Tres años.

Ethan sintió un vacío helado.

Tres años.

Exactamente el tiempo que había pasado desde su divorcio conmigo.

—¿Elena lo sabía?

La expresión de Vivian cambió.

Demasiado tarde.

Ethan lo entendió.

—Lo sabía.

—Ella me investigó.

—¿Y no me dijiste nada?

—¡Porque te habría perdido!

Ethan soltó una carcajada sin alegría.

Aquella mañana había ido a casarse con el supuesto amor de su juventud.

Una hora después había descubierto que ella tenía marido.

Y que la esposa que creyó muerta durante tres años había estado viva todo ese tiempo.


Me encontró nueve días después.

Yo vivía en Lisboa bajo mi nombre real.

Ya no tenía sentido esconderlo.

Durante aquellos tres años había terminado un máster, abierto una pequeña consultora y construido una vida donde nadie me llamaba señora Lu.

Aquella tarde salí de mi oficina y vi un Maybach negro frente al edificio.

Me detuve.

Ethan estaba apoyado junto al coche.

Más delgado.

Más serio.

Cuando me vio, no se movió.

Yo tampoco.

Finalmente habló.

—Hola, Elena.

—Hola, Ethan.

Sus ojos recorrieron mi rostro como si necesitara comprobar que realmente existía.

—Estás viva.

—Eso parece.

—Me hicieron creer que estabas muerta.

—Sí.

—Durante tres años.

—Sí.

Su mandíbula se tensó.

—¿Sabes lo que fue recibir aquella urna?

Mi expresión cambió apenas.

—¿Sabes lo que fue ser tu esposa?

El golpe funcionó.

Ethan bajó la mirada.

—¿Por qué?

—Porque necesitaba desaparecer.

—Podías haberte ido.

—Me fui.

—¡Fingiste tu muerte!

—Porque sabía que la familia Lu intentaría encontrarme. Tu madre ya había empezado a investigar dónde pensaba instalarme.

Ethan se quedó inmóvil.

No lo sabía.

—¿Mi madre?

—Ella quería asegurarse de que jamás pudiera utilizar nuestro matrimonio contra vosotros.

Abrí mi bolso.

—Tengo pruebas.

—¿Por eso me pediste aquel favor?

Sonreí.

Por fin había llegado.

—No.

Saqué una pequeña tarjeta y se la entregué.

Una dirección.

Una hora.

—Mañana. Diez de la mañana.

—¿Qué hay allí?

—La razón por la que regresé oficialmente.


Al día siguiente Ethan apareció puntual.

Era una notaría privada.

Chloe estaba conmigo.

También había dos abogados.

Sobre la mesa descansaba una carpeta sellada que reconoció inmediatamente.

Pertenecía a su abuela.

—¿Qué es esto?

Mi abogado respondió:

—El testamento complementario de la señora Lu.

Ethan frunció el ceño.

—El testamento se ejecutó hace tres años.

—No completamente.

Abrí la carpeta.

La abuela de Ethan había sabido mucho más de nuestra relación de lo que ambos imaginábamos.

Antes de morir había separado una participación importante de la empresa familiar y la había colocado en un fideicomiso.

Había una condición.

Si nuestro matrimonio terminaba por decisión de Ethan durante los cinco años posteriores a su muerte, aquellas acciones no pasarían directamente a él.

Ethan leyó la cláusula.

Después me miró.

—¿A quién pasan?

—A una fundación.

—¿Qué fundación?

Giré la página.

Su rostro cambió.

La fundación llevaba mi nombre.

—No quiero tu dinero —dije—. Nunca lo quise.

—Entonces, ¿por qué has vuelto?

—Porque tu madre intenta impugnar el fideicomiso alegando que estoy muerta.

Ethan comprendió.

—Y como estás viva…

—Su argumento desaparece.

Se levantó.

—¿Qué quieres de mí?

Ahí estaba.

El favor.

El único precio que había pedido por nuestro divorcio.

—Quiero que declares que sabías que nuestra separación fue decisión tuya. Que yo nunca exigí dinero, acciones ni propiedades.

Ethan me observó.

—Eso destruirá la demanda de mi madre.

—Exactamente.

—Y podría costarle el control de parte del grupo.

—Probablemente.

Silencio.

—Me pediste un favor sin condiciones.

—Y tú aceptaste.

Ethan cerró los ojos.

—Lo haré.

No hubo negociación.

Quizá era culpa.

Quizá por primera vez simplemente estaba cumpliendo su palabra.

Dos semanas después declaró ante los abogados.

La impugnación de su madre se derrumbó.

La fundación conservó las acciones y, según los deseos de su abuela, sus dividendos comenzaron a financiar becas para mujeres sin recursos.

Yo no recibí ni un yuan.

Era exactamente como quería.

Antes de regresar a China, Ethan me pidió cinco minutos.

Nos encontramos junto al río.

—Vivian y yo terminamos —dijo.

—No tienes que explicármelo.

—Nunca llegamos a casarnos.

—Lo imaginé.

Me miró.

—Daniel apareció.

Casi sonreí.

—También lo imaginé.

Permanecimos callados.

Entonces Ethan preguntó:

—¿Alguna vez me amaste?

Lo miré sorprendida.

—Muchísimo.

Aquello pareció dolerle más que cualquier reproche.

—¿Y ahora?

Miré el agua.

—Ahora puedo recordarte sin querer regresar.

Ethan bajó la cabeza.

—Elena… si hubiera sabido…

—Pero no supiste.

Lo interrumpí suavemente.

—Y esa es la diferencia. Tu abuela vio valor en mí cuando tú todavía estabas preguntándote si Vivian volvería.

Me alejé unos pasos.

—Espera.

Me giré.

Ethan tenía los ojos enrojecidos.

—¿Volveré a verte?

Sonreí.

—Espero que no necesites otro favor.

Fue la última vez que vi a Ethan Lu.

Durante tres años todos creyeron que había muerto.

La verdad era mucho más sencilla.

Elena Jiang no había muerto en aquel viaje.

Había muerto mucho antes, dentro de un matrimonio donde siempre ocupaba el segundo lugar.

La mujer que subió a aquel avión simplemente decidió empezar de nuevo.

Y cuando finalmente regresó, no fue para recuperar al hombre que la había perdido.

Regresó para recuperar su nombre.

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